HOMIL�A DEL NUNCIO APOST�LICO,
MONS. BENIAMINO STELLA,
EN EL SEMINARIO MAYOR DE BOGOT�.
BOGOT�, 4 AGOSTO 2005.
Lecturas:� Ez 3,16-21; Salmo 116,1-2;
Mat 9,35-10,1.
Agradezco vivamente la amable invitaci�n
que el Se�or Rector me curs� para poder compartir con todos Ustedes
la fe com�n que nos une.
Me consta el cari�o y la dedicaci�n
que el Se�or Cardenal Pedro Rubiano S�enz, Arzobispo de esta Iglesia
local, concede a esta instituci�n diocesana, porque no ignora que del
Seminario dependen, en gran parte, �la continuidad y la fecundidad
del ministerio sacerdotal de la Iglesia�.
Celebramos esta Eucarist�a para ser fieles al mandato de Jes�s quien,
como hemos escuchado en el Evangelio, nos ha dicho: “Rogad al due�o
de la mies que env�e obreros a su mies”.
Los que componen esta comunidad del
Seminario experimentan que no est�n en esta Casa por propia voluntad.
M�s bien, en lo profundo de su coraz�n, perciben c�mo el Se�or, en un
momento de su existencia, les hizo o�r su voz, fij� en ellos su mirada
y los invit� a ser heraldos de la misericordia y la compasi�n que �l
tiene para con todos los hombres, especialmente para con los m�s pobres,
para con los enfermos y para con los desvalidos.
De este modo, en la hora presente,
se hace tambi�n realidad que el Se�or sigue escogiendo a hombres
de este pueblo, para que, por la imposici�n de las manos participen
en su sagrada misi�n.
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redenci�n, preparan
a los hijos de Dios el banquete pascual, presiden al pueblo santo en
el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.
Los sacerdotes, al entregar su vida por el Se�or y por la salvaci�n
de sus hermanos, van configur�ndose a Cristo, y han de dar as� testimonio
constante de fidelidad y de amor.
Estas palabras que he pronunciado
est�n tomadas del Prefacio de la Misa de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote,
y nos muestran que la verdadera identidad del presb�tero consiste
en �prolongar la presencia de Cristo, �nico y supremo Pastor, siguiendo
su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del
reba�o que les ha sido confiado�.
De esas palabras tambi�n se desprende,
queridos Seminaristas, que el sacerdote, antes que nada, es alguien
que ha sentido la llamada de Jes�s. Es decir, el ministerio ordenado
en la Iglesia cat�lica no es fruto de una estrategia humana sino que
es el Se�or quien siempre toma la iniciativa. Fue Jes�s mismo quien
puso este criterio cuando, como se ha proclamado, �llam� a sus doce
disc�pulos y les dio autoridad para expulsar esp�ritus inmundos y curar
toda enfermedad y dolencia�.
Y podemos preguntarnos, �a qui�n
escoge el Se�or como mensajeros suyos? La respuesta es clara: el
Se�or llama al orden Sacerdotal a los que quiere, y los llama, sobre
todo, para que est�n con �l y sean los primeros en escuchar su palabra;
los elige para que velen sobre su pueblo y, como en el caso de Ezequiel,
se preocupen de la salvaci�n de los otros. En este sentido, los ministros
del Se�or no pueden olvidar que han de estar siempre alerta, como centinelas
y vig�as, sin ceder a su propio ego�smo o a intereses malsanos.
Esto nos est� indicando que la vocaci�n
al sacerdocio no es m�rito del hombre sino manifestaci�n de la predilecci�n
de Jes�s, que, al escoger a uno entre muchos, lo invita a una especial
amistad con �l. �Ya no os llamo siervos -dice Jes�s-, porque
el siervo no sabe lo que hace su Se�or; a vosotros os llamo ‘amigos’,
porque todo lo que o� de mi Padre os lo he dado a conocer”.
�Qu� dignidad tan grande la del sacerdote al ser amigo predilecto de
Jes�s! Ojal�, considerando ese don tan inmenso que el Se�or ha hecho
a sus sacerdotes, �stos nunca minusvaloren su amistad con Jes�s, sino
que sean fieles, hasta la misma muerte, a la predilecci�n que Cristo
les tiene!
Esto ser� verdad si el sacerdote es consciente que, cuando lo llam�
el Se�or a su servicio, se escribi� la p�gina m�s bella de su vida.
Creo, pues, no equivocarme si afirmo que la aut�ntica felicidad de un
sacerdote estriba en no traicionar jam�s la confianza que Cristo ha
depositado en �l.
Adem�s, cuando Ustedes reciban el
ministerio sacerdotal, queridos Seminaristas, ser�n marcados con
un sello indeleble que los transformar� en consagrados del Se�or.
En este sentido, es necesario subrayar
que el sacerdocio cat�lico no es una mera funci�n o un simple oficio,
que puede ejercerse durante unas horas al d�a. Si el ministerio sacerdotal
se entendiera de este modo, lo convertir�amos en una profesi�n m�s.
Los sacerdotes entonces, m�s que ministros del Se�or, ser�amos bur�cratas,
empleados o funcionarios. En cambio, el ejemplo de san Juan Mar�a Vianney,
cuya memoria lit�rgica hoy nos congrega, nos est� diciendo que esto
no es as�.
Este santo Pastor se consagr� por
completo a la misi�n que Cristo le confi�, pasando horas y horas en
el confesionario, dispensando a sus fieles el amor y el perd�n de Jes�s.
A esta labor tan loable entreg� todas sus energ�as, sin mirarse a s�
mismo sino s�lo buscando la gloria de Dios y la santidad de su grey.
El sacerdocio cat�lico tampoco es un encargo otorgado por delegaci�n
de la comunidad a la que se sirve. Por tanto, no puede ser revocable
por la misma o renunciable por aquel que ha asumido esa tarea.
Lejos de estas visiones reductivas
del ministerio sacerdotal, quisiera ante todos Ustedes afirmar que,
aquel que recibe el Sacramento del Orden experimenta una real e �ntima
transformaci�n en su interior ya que, mediante la unci�n del Esp�ritu
Santo, el consagrado queda identificado con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote,
para obrar con el poder de Cristo Cabeza y Esposo de la Iglesia, a quien
representa, y ser instrumento vivo de su acci�n redentora.
Al ser ministro de Cristo, el sacerdote
queda elegido para anunciar el Evangelio de Dios. No se pertenece ya a s� mismo, ni ha de llevar
una vida seg�n su propio capricho. A ejemplo de Cristo, no busca complacerse
a s� mismo sino que desea complacer al pr�jimo para su bien. De esta
manera, queda totalmente dedicado al Se�or y ha de orientar todo su
ser al bien de sus hermanos.
Por esta raz�n, nunca ha de proceder
de forma contraria a la dignidad de su condici�n sacerdotal. Antes bien,
en todo momento, el pueblo de Dios tiene derecho a contemplar que es
el Se�or quien act�a por medio de sus ministros, seg�n la palabra de
Cristo que afirm�: �Quien a vosotros os escucha, a m� me escucha;
y quien a vosotros os rechaza, a m� me rechaza; y quien me rechaza a
m�, rechaza a quien me envi�, dice el Se�or.
Aquel que ha sido agregado al Orden
Sacerdotal, por tanto, presta a Cristo Jes�s sus manos, sus labios,
su coraz�n, en definitiva, todo su ser, para que, por medio de �l, Cristo
siga alimentando a su pueblo, perdonando a los pecadores, anunciando
el Reino y conduciendo al reba�o. De la misma manera que �el Hijo
no puede hacer nada por su cuenta� �de suerte que su doctrina no es suya,
sino de Aqu�l que lo ha enviado-, Jes�s dice a los presb�teros: “separados
de m� no pod�is hacer nada”. Es el propio Cristo, pues, quien instruye
a los ni�os, visita a los enfermos y consuela a los tristes, cuando
los envuelve con el amor y la solicitud pastoral de sus sagrados ministros.
Finalmente, el sacerdocio no es una
cuesti�n privada, sino que est� puesto en la Iglesia para continuar
la obra de Jesucristo para la salvaci�n del mundo. Por consiguiente,
el sacerdote, escogido de entre los hombres, consagrado por Cristo,
se ordena para la misi�n y para el apostolado. A este prop�sito,
lo mismo que Cristo decidi� mandar a sus disc�pulos a esa gente que
lo segu�a, que estaba extenuada y abandonada, como ovejas que no tienen
pastor, en un d�a no muy lejano, tambi�n los
destinar� a Ustedes, queridos Seminaristas. Y Ustedes ir�n, en su nombre
y con la fuerza del Esp�ritu, a servir a una comunidad y, al frente
de ella, ser�n los testigos de su Evangelio, los dispensadores de su
gracia y los que muestren a los menos favorecidos la infinita caridad
de Cristo hacia ellos.
Al llegar a este punto, quisiera
dejar la meditaci�n sobre la Palabra de Dios y ponerme en actitud de
oraci�n sincera por los miembros de este Seminario Mayor de Bogot�.
A todos Ustedes los pongo bajo la
mirada amorosa de la Virgen Mar�a, Reina de los Ap�stoles. Que Ella
les ense�e a ser pobres, como Ella lo fue; a ser puros, como Ella lo
fue; a ser obedientes a Dios, como Ella lo fue.
Que Ella los impulse continuamente
a proclamar las grandezas del Se�or, como Ella lo hizo; que Ella los
gu�e siempre a Jes�s, el fruto bendito de su seno, para que, al meditar
su Palabra, encuentren en su puesta en pr�ctica la suprema dicha, aunque
esto, en ocasiones, sea exigente o les cueste trabajo. �No tengan miedo! �Dios que comenz� en Ustedes
la obra buena, �l mismo la llevar� a t�rmino�.
�As� sea!