Tema No. 1
PABLO: DE PERSEGUIDOR A PERSEGUIDO POR CAUSA DE CRISTO
Por el P. Juan Carlos Osorio
El pasado 29 de junio, solemnidad de los santos Pedro y
Pablo, fue inaugurado oficialmente el A�o de San Pablo por el Papa Benedicto
XVI, con una celebraci�n en
la Bas�lica de San Pablo Extramuros en Roma, donde
se encuentra su tumba. Este a�o tiene la intenci�n de honrar al santo al
cumplirse aproximadamente 2000 a�os de su nacimiento.
Desde los comienzos de
la Iglesia, Pablo ha sido un modelo inspirador de
quienes anuncian el Evangelio, pues es el m�s grande de todos los misioneros,
un predicador incansable y corajudo de Cristo, quien llev� el evangelio hasta
los confines del Imperio Romano por medio de sus viajes y fund� en muchos
lugares comunidades cristianas. El Papa Benedicto ha pedido a toda
la Iglesia inspirarse en este
a�o jubilar dedicado al Ap�stol de los gentiles e imitar sus abnegados y
valerosos esfuerzos misioneros. La fortaleza de su fe y sus dem�s virtudes
ayudar�n a
la Iglesia
entera vencer el miedo y el cansancio en la tarea urgente de anunciar a Cristo
a todas las gentes, en el comienzo de este nuevo Milenio.
El Papa Benedicto anhela que este magno evento espiritual y
pastoral estimule en todos los cristianos la renovaci�n de su fe en Jesucristo,
que llama a todos y a cada uno a anunciar y a dar testimonio del evangelio sin
ninguna clase de miedo. Este a�o jubilar ser� entonces un tiempo de gracia para
todos los creyentes cat�licos, que viven en un mundo que experimenta de
m�ltiples maneras el vac�o del materialismo consumista y el hast�o que produce
un estilo de vida superficial, alejada de Dios, y que por consiguiente necesita
el sabor de nuestra sal y la presencia discreta pero eficaz de nuestra luz,
para encontrar nuevo sentido a la existencia.
�Qui�n es San Pablo?
En primer lugar es la personalidad m�s prominente del Nuevo
Testamento, despu�s de Jes�s. De los 27 libros que componen el NT, trece de
ellos son cartas escritas por el ap�stol a diversas personas y comunidades.
Mucho de lo que sabemos de Pablo proviene de estos escritos, complementados por
narraciones de los Hechos de los Ap�stoles, en las que Pablo figura como
protagonista (cap�tulos 9-28).
Estas son las dos �nicas fuentes que tenemos a disposici�n
para conocer la vida de Pablo; sin embargo, ellas son de �pocas diferentes y
var�an en los detalles. A falta de una biograf�a formal, los estudiosos de
la Biblia han podido
reconstruir el esquema b�sico de la vida de Pablo. Ellos han usado las cartas
de Pablo como primera fuente de informaci�n, ya que fueron escritas por �l, y
han usado el libro de los Hechos para complementar la informaci�n proporcionada
por las cartas.
Pablo, tambi�n conocido por su nombre hebreo, Saulo (cf. Hch
13,9), naci� en Tarso, capital de la provincia romana de Cilicia, en Asia Menor
(la actual Turqu�a) entre los a�os 1 y 10 de la era cristiana (cf. Hch 21,39;
Flp 3,5; 2Cor 11,22; Rom 11,1), probablemente hacia el a�o 5. Dos textos ayudan
a valorar la fecha de su nacimiento: Hch 7,58 en donde a Pablo se le dice
�joven�, y Filem�n 9, donde Pablo se presenta como �anciano�.
Era un jud�o de la di�spora, perteneciente a la tribu de
Benjam�n. Sus padres eran oriundos de Gischala, en el norte de Galilea; seg�n
una tradici�n antigua, probablemente fueron llevados a Tarso como prisioneros
de guerra despu�s de la rebeli�n jud�a acaecida despu�s de la muerte de Herodes
el Grande (
4 a.C.)
y pacificada por el ej�rcito de Quintillo Varo, gobernador romano de Siria.
Algunos biblistas, por su parte, mencionan una tradici�n� diferente transmitida por San Jer�nimo, seg�n
la cual, Pablo naci� en Gischala y fue llevado con sus padres a Tarso. Se dice
que Pablo era �ciudadano romano� de nacimiento (cf. Hch 16,37; 22,25-28), lo
cual que permite suponer que sus padres debieron ser liberados de la esclavitud
por los romanos o prestaron un servicio al Imperio, y obtuvieron la ciudadan�a
romana, que fue heredada por Pablo. A los ocho d�as de su nacimiento, Pablo fue
circuncidado (Flp 3,5), como lo prescrib�a la ley jud�a.
Tarso, estaba situada a orillas del r�o Cidno y era una
regi�n muy f�rtil, rica en vi�as, cereales y lino para la fabricaci�n de telas.
Hab�a sido declarada �ciudad libre� por Antonio y Pompeyo (65-
64 a.C.), privilegio
confirmado por Julio C�sar, Marco Antonio y Augusto, emperadores romanos que la
visitaron. La ciudad era adem�s un centro bien conocido de cultura, filosof�a y
educaci�n. Sus escuelas estaban al nivel de las de Atenas y Alejandr�a.
Sobre la formaci�n de Pablo circulan dos opiniones: la
primera afirma que Pablo fue educado desde peque�o en Jerusal�n y la segunda
sostiene que su formaci�n inicial humana, religiosa y cultural la recibi� en
Tarso, ayudado por la posici�n econ�mica de sus padres. Pablo era un hombre
culto: adem�s del arameo, aprendi� la lengua y el arte de la ret�rica griega,
cuyo dominio se puede apreciar en sus cartas, y tuvo contacto con la filosof�a
estoica. Su formaci�n religiosa la adquiri� tanto de sus padres como en la
sinagoga local. Despu�s de terminar su educaci�n superior, se traslad� a Jerusal�n,
donde pudo profundizar en el conocimiento de la fe jud�a y vivirla con mayor
observancia. En Jerusal�n se adhiri� a los fariseos y adquiri� una s�lida
formaci�n en las Escrituras, en la ley oral y en los m�todos exeg�ticos de los
rabinos, inscribi�ndose en la escuela del Rabb� Gamaliel; lleg� a ser un celoso
defensor de las tradiciones de los padres (Hch 22,3; Gal 1,14). Muy
probablemente Pablo frecuentaba en Jerusal�n la sinagoga jud�o-helen�stica; as�
se comprende mejor que, aunque haya aprendido el hebreo, utilice en sus cartas
la traducci�n griega de las Escrituras, cit�ndolas expresamente o aludiendo
indirectamente a numerosos pasajes.
En s�ntesis, antes de conocer a Cristo, Pablo aparece como
un hombre dotado de muchas cualidades humanas y religiosas: era a la vez
israelita por su raza, griego por su cultura y romano por su ciudadan�a; era un
jud�o practicante y un fariseo celoso. Ten�a todas las caracter�sticas
necesarias para la tarea a la que lo habr�a de llamar el Se�or; Dios lo fue
preparando, sin que Pablo se diera cuenta, para una gran misi�n.
Personalidad de Pablo
Existen algunas descripciones tard�as de la apariencia
f�sica de Pablo (Hechos de Pablo y Tecla), pero estas reproducen rasgos
gen�ricos de personajes famosos de la antig�edad, que no permiten conocer nada
seguro de c�mo era su figura; sus cartas s�lo contienen escasas referencias
sobre sus rasgos f�sicos.
Sin embargo, podemos conocer las caracter�sticas de su
personalidad a partir de las fuentes. Pablo era un hombre apasionado, un alma
de fuego que se entrega sin medida a un ideal esencialmente religioso. Dios es
todo para �l y le sirve con lealtad absoluta. Cuando persigue a los cristianos,
a quienes considera herejes, cree estar sirviendo a Dios (cf. Ga 1,13); despu�s
de su conversi�n, lo hace predicando a Cristo, al comprender, por revelaci�n
divina que s�lo en �l est� la salvaci�n prometida desde el Antiguo Testamento
en
la Ley y los
profetas. Este celo incondicional se traduce en una vida de abnegaci�n total al
servicio de Aquel a quien ama. El sentirse elegido de manera singular por parte
de Dios suscita en �l inmensas aspiraciones, que se conjugan al mismo tiempo
con profundos sentimientos de humildad y gratuidad.
Cuando manifiesta su solicitud por todas las comunidades (cf.
2Cor 11,28), cuando afirma que ha superado a todos en el trabajo apost�lico
(1Cor 15,10), cuando pide a los fieles que lo imiten (1Cor 11,1), no lo hace
por arrogancia ni soberbia, sino que se trata de la leg�tima y humilde
satisfacci�n de una persona que se ha entregado sin reservas a Cristo y a la
misi�n que �l le confi�. Pablo reconoce que es el �ltimo de todos por haber
perseguido a
la Iglesia
(cf. 1Cor 15,9; Ef 3,8) y atribuye �nicamente a la gracia de Dios las grandes
cosas que se realizan por medio de �l (cf. 1Cor 15,10; 2Cor 4,7; Flp 4,13; Col
1,29; Ef 3,7). Debi� tener un liderazgo singular, cualidades humanas muy
vigorosas, palabras persuasivas llenas de esp�ritu, que arrastraban a los
oyentes a la conversi�n a Cristo, y una recia constituci�n f�sica que le
permiti� enfrentar las m�ltiples fatigas inherentes al anuncio del evangelio. No
se sabe si Pablo fue soltero, casado o viudo. En el Antiguo Testamento hubo
profetas solteros como Jerem�as, o rabinos que lo eran por su amor a
la Torah, como Sim�n Ben Azzai
(s.II d.C.). Las palabras de Pablo (�como yo�) en 1Cor 7,7-8 pueden dar a
entender que pudo ser soltero o viudo. Sabemos con claridad que desde su
conversi�n a Jes�s, Pablo no ten�a esposa y nunca se habla de que hubiera
tenido hijos.
Fuentes para el
conocimiento de Pablo
Como coment�bamos m�s arriba, las cartas de Pablo
constituyen la fuente primaria y el libro de los Hechos de los Ap�stoles es la
fuente secundaria para el conocimiento de su vida.
a.�������� Las ep�stolas
Aunque constituyen la fuente principal y m�s directa de su
vida, Pablo no las escribi� a modo de autobiograf�a; en efecto, ellas son
intervenciones circunstanciales escritas por Pablo en momentos trascendentales
de su ministerio apost�lico. Adem�s, no todas las trece cartas o ep�stolas atribuidas
a Pablo, fueron escritas por �l. Los estudiosos de
la Biblia discuten si algunas
de ellas deben atribuirse a un disc�pulo de Pablo, debido a factores de
vocabulario, estilo y al hecho de que parecen reflejar una �poca posterior a la
de Pablo. De las trece cartas atribuidas a Pablo, siete son consideradas
aut�nticas: 1 Tesalonicenses, Filipenses, G�latas, 1 y 2 Corintios, Romanos y
Filem�n. De las seis restantes, las cartas a los Colosenses, a los Efesios y 2
Tesalonicenses son llamadas �deuteropaulinas� y, a su vez, 1 y 2 Timoteo y Tito
son llamadas �tritopaulinas�. Sin embargo, la discusi�n no ha llegado a zanjar
la cuesti�n; entre estas, algunos biblistas consideran con bastante
probabilidad que 2 Tesalonicenses, Colosenses y 2 Timoteo son aut�nticamente
paulinas.
b.�������� Los Hechos de los Ap�stoles �
Es la segunda parte de la obra de Lucas. Esta obra
constituye una fuente insustituible para conocer la vida del ap�stol. El autor
menciona en tres ocasiones el episodio de la conversi�n de Saulo, mientras se
dirig�a a la ciudad de Damasco; tambi�n habla de los primeros acontecimientos
de su nueva vida, su permanencia en Antioqu�a de Siria, sus viajes misioneros,
sus relaciones con
la Iglesia
madre de Jerusal�n, su cautividad en Cesarea Mar�tima, su viaje a Roma y su
predicaci�n a los jud�os de la ciudad. La obra termina con el relato de la
prisi�n y liberaci�n de Pablo (62 d.C.), sin mencionar qu� pas� con Pablo en
los �ltimos a�os de su vida.
Sin embargo, es preciso tener en cuenta que los Hechos de
los Ap�stoles no pretenden ofrecer una biograf�a completa y cr�tica de Pablo,
sino que la persona y la misi�n del ap�stol est�n enmarcadas en la intenci�n
teol�gica de Lucas, que presenta c�mo Pablo lleva a cabo la tarea de llevar el
evangelio hasta el conf�n de la tierra, es decir, hasta Roma, la capital del
Imperio Romano. Por eso, termina dejando a Pablo en Roma. Adem�s, Lucas suele
manejar con mucha libertad sus fuentes y por ello pone en labios de Pablo
discursos que literalmente no fueron pronunciados por �l. Todo esto nos lleva a
concluir que debemos ser muy cautelosos con los Hechos de los Ap�stoles para la
tarea de reconstruir la vida de Pablo.
Escribir una �vida cr�tica� de Pablo, con precisi�n de
circunstancias hist�ricas, es una tarea imposible, pues la documentaci�n que
tenemos es muy fragmentaria; pero esto no es obst�culo para proponer un
bosquejo posible de su vida y de su actividad.�
La conversi�n-
vocaci�n de Saulo
Dos fuentes mencionan el acontecimiento la conversi�n de
Saulo ocurrido en el a�o 33 d.C. en las cercan�as de Damasco, capital de Siria:
�l tuvo un encuentro con Jes�s resucitado, quien se le apareci� y lo llam� a
ser �el ap�stol de los gentiles� (cf. Hch 9,1-19); esto sucedi� cuando Saulo menos
lo sospechaba y ese encuentro instant�neo, inaudito, inesperado y trastornante,
provoc� un cambio de 180� en su vida y en su actitud hacia Jes�s y sus
disc�pulos. De perseguidor de los cristianos se convirti� en un hombre
apasionado por Jes�s y por el anuncio del evangelio, a lo que dedic� el resto
de su vida en medio de un sinn�mero de dificultades hasta que dio su vida en el
supremo testimonio del martirio en Roma en el a�o 67 d.C.
Pablo nunca describe este evento detalladamente. M�s bien,
�l habla de una �revelaci�n de Jesucristo� (Ga 1,12) que nos deja la impresi�n
de que se trat� de una aparici�n sobrenatural de Jes�s resucitado, o quiz�s de
lo que nosotros podr�amos llamar una experiencia m�stica. Pablo mismo no
caracterizar�a su experiencia como una �conversi�n� en el sentido de un cambio
de religi�n, sino m�s probablemente como una �llamada� o una �vocaci�n a la
misi�n�.
Al hablar de las manifestaciones del resucitado, Pablo se
ubica en el �ltimo lugar (cf. 1Cor 15,4-8), incluy�ndose dentro de los testigos
oculares del resucitado. En efecto, cuando escribe a los Corintios para
defender sus derechos de Ap�stol, les dice: ��No
soy libre? �No soy ap�stol? �No he visto al Se�or Jesucristo?� (1Cor 9,1).
Fue Cristo mismo quien le confi� la misi�n de proclamarlo a
�l entre los gentiles. A los G�latas dice que �l recibi� de Dios la revelaci�n
de Cristo como su Hijo y, junto con ella, la misi�n a los gentiles (cf. Ga
1,11-17). Por eso, Pablo se considera un �Ap�stol�, uno que ha sido elegido y
enviado por el mismo Se�or Jes�s para la misi�n de llamar a los gentiles a la
fe de aquellos que aceptaban a Jes�s resucitado como el Mes�as esperado y el
salvador del mundo.
Al leer estos textos, podemos sacar algunas conclusiones
importantes:
a. Pablo est� convencido de que ha visto al Se�or
resucitado, lo cual lo ubica dentro del grupo de los �testigos de la
resurrecci�n�.
b. La visi�n de Cristo resucitado que tuvo Pablo lo sit�a
en el nivel de �ap�stol� junto con el grupo de los dem�s disc�pulos que vieron
al Se�or Jes�s despu�s de su resurrecci�n.
c. La revelaci�n de Dios a Pablo sobre la identidad de
Jes�s, le hizo comprender que Jes�s era el Hijo de Dios, el Se�or, el Mes�as
anunciado por los profetas del Antiguo Testamento. Esta revelaci�n profunda
est� en la base de todo el evangelio (Hch 9,20-22; 1Cor 8,6; Rom 1,1-4).
d. Al mismo tiempo, junto con esta revelaci�n de Jes�s,
Pablo recibi� la misi�n de anunciar el evangelio a los gentiles.
Lucas, por su parte, ofrece tres relatos diferentes del
encuentro de Pablo con Jes�s, camino de Damasco, en cada uno de los cuales
subraya la importancia y las consecuencias de este evento: a) Narraci�n del
hecho (Hch 9,1-19); b) Discurso de Pablo ante el pueblo de Jerusal�n (Hch
22,1-21) y c) Una apolog�a o defensa personal de Pablo ante el Procurador Festo
(Hch 26,2-23).
En estos relatos, Lucas no pretende hacer una cr�nica, sino
que bas�ndose en una tradici�n que �l conoc�a acerca de la experiencia especial
que Saulo hab�a tenido mientras iba de camino hacia la ciudad de Damasco y
sobre el papel que hab�a desempe�ado en aquel episodio un cristiano de nombre
Anan�as, compone un relato, con ayuda de un g�nero literario conocido hoy como
�leyendas de conversi�n�, el contenido doctrinal del encuentro de Pablo con
Cristo. Lucas pone en labios de los personajes los di�logos cada relato. Al
componer sus relatos, Lucas nos deja conocer la imagen que �l tiene dePablo.
Seg�n la visi�n teol�gica de Lucas, la conversi�n-vocaci�n
de Saulo camino de Damasco, situada a unos
220 kil�metros de
Jerusal�n, fue un acontecimiento de capital importancia para la historia del
cristianismo. Lucas habla por primera vez de Saulo a prop�sito del martirio de
Esteban (Hch 7,58b), aprobando el crimen (Hch 8,1a); luego pas� a encabezar la
persecuci�n (Hch 8,3) y, m�s tarde, confesar� haber perseguido cruelmente a
la Iglesia (Hch 22,4;
26,10-11). As�, pues, Lucas presenta in
crescendo esa imagen de perseguidor que tiene de Pablo, con el fin de
resaltar en seguida su conversi�n y entrega total a la misi�n que Cristo le
encomend�.
La ca�da sin caballo
La conversi�n de Saulo es quiz�s la m�s famosa de la
historia. Pablo no habla en detalle de c�mo fue este encuentro tan especial con
el Se�or resucitado; �nicamente tenemos el conmovedor relato de Lucas, que en
los Hechos de los Ap�stoles narra esa experiencia de Saulo recurriendo a un
g�nero literario. Han sido muchos los artistas que han plasmado en bell�simas
pinturas este episodio y describen a Saulo cayendo de un caballo, mientras
cabalgaba en medio de un grupo de jinetes en direcci�n a Damasco, adonde se
dirig�a para capturar a los seguidores de Cristo. Sin embargo, el relato de
Lucas no menciona en ninguna parte que Pablo fuera a caballo. Adem�s, aunque
Damasco distaba de Siria
220
km, los jud�os sol�an recorrer los caminos a pie. De
todos modos, podemos interpretar aleg�ricamente el detalle de la ca�da de Saulo
del caballo, diciendo que el encuentro con el resucitado fue tan impactante que
dej� a Pablo �sin piso�, se derrumbaron al suelo sus prejuicios, sus ideas
acerca de Jes�s y sus disc�pulos, su concepci�n monol�tica y r�gida de
la Ley y los profetas, de corte
fariseo, que hab�a recibido en la escuela del Rabb� Gamaliel. Todo se cay� por
tierra en un instante y la ceguera de que se habla en relato, nos hace pensar
en que este hombre que cre�a tener la raz�n, en realidad era un ciego y
necesitaba ser curado por Jes�s.
Pablo despu�s del encuentro queda d�bil, ciego y con ayuda
de sus compa�eros pudo ingresar en la ciudad. As�, el que hab�a querido entrar
en la ciudad hecho una furia, arrasando y acabando con cuantos cristianos
encontrara, debi� entrar llevado de la mano, ciego e impotente como un ni�o.
En Damasco fue hospedado por un tal Judas en su casa y
permaneci� all� tres d�as ciego, sin comer ni beber, hasta que se present� en
la casa un disc�pulo llamado Anan�as que le explic� el sentido de la
experiencia que Pablo ha tenido en el camino, luego le impuso las manos y
recuper� la vista.
A partir de ese momento, Pablo fue otra persona. Se produjo
en �l un cambio impresionante. Anan�as lo bautiz�, le explic� qui�n era Jes�s,
lo introdujo en la comunidad local, lo instruy� en la doctrina cristiana y de
all� sali� Saulo a predicar el evangelio. De este modo, Pablo conoci� a Jes�s y
el cristianismo, y se convirti� en miembro de
la Iglesia de Cristo, a la
que en un principio combat�a.
Nosotros, a pesar de considerarnos cristianos,
necesitar�amos de una aut�ntica �ca�da de caballo� en este a�o paulino, para
liberarnos de las posibles im�genes deformadas de Dios que tenemos, de esa vida
cristiana te�rica que parece no influir en la vida y en el comportamiento, de
los prejuicios y la mediocridad en la que vivimos. Necesitamos como Pablo de un
Anan�as que nos ayude a revivir nuestro compromiso bautismal, de la gracia del
Esp�ritu Santo que nos sacuda, nos saque de la pasividad y nos haga personas
nuevas, apasionadas por Cristo y por el evangelio. Este a�o paulino es la
oportunidad para que todos nos acerquemos a Cristo a trav�s del testimonio de
Pablo. Como el mismo Pablo dec�a, �no echemos en saco roto esta oportunidad�,
este tiempo de gracia que el Papa Benedicto acaba de inaugurar para toda
la Iglesia. Que ojal� lleguemos a
decir un d�a: �vivo yo, pero no soy yo; en Cristo quien vive en m�. Que seamos
nuevos Pablos: misioneros de Cristo apasionados por el anuncio del evangelio en
nuestras familias y comunidades para ser instrumentos de nueva evangelizaci�n
en este nuevo Milenio.