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El mundo de los j�venes: �qui�nes son? �Qu� buscan?
Temas para la catequesis

 

Por Tony Anatrella, psicoanalista, especialista en psiquiatr�a social

Agosto 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la intervenci�n pronunciada por Tony Anatrella, psicoanalista franc�s, especialista en psiquiatr�a social, sobre �El mundo de los j�venes: �qui�nes son? �Qu� buscan?�, publicada en un encuentro de preparaci�n de las Jornadas Mundiales de la Juventud de Colonia.

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Introducci�n

Se me ha pedido trazar el perfil de los j�venes de hoy desde un punto de vista sociol�gico y psicol�gico, subrayando c�mo los j�venes pueden ser influidos por movimientos ideol�gicos y c�mo se ponen en contacto con la Iglesia. Esta es una tarea vasta y ambiciosa que intentar� respetar respondiendo de manera sint�tica.

Hablar� de los j�venes a partir de mi experiencia psicoanal�tica y psiqui�trica del mundo occidental. Hay que estar muy atentos cuando se habla de los j�venes para no caer en la generalizaci�n: por lo tanto, en base a vuestros or�genes culturales os ruego me confirm�is o complement�is cuanto dir�. A�n se pueden constatar trazos comunes en la psicolog�a y en la sociolog�a de los j�venes del mundo entero. El peso del modelo econ�mico del liberalismo, de la globalizaci�n, de los cambios en la pareja y la familia, de las representaciones de la sexualidad, del impacto de la m�sica, de la televisi�n, del cine y de Internet influyen y unifican considerablemente la mentalidad juvenil de casi todos los pa�ses.

Los j�venes manifiestan una variada fragilidad aunque permanezcan abiertos, disponibles y generosos. Ya no pesan sobre ellos ideolog�as como en las generaciones precedentes. Aspiran a relaciones aut�nticas y est�n en b�squeda de la verdad, pero al no encontrarlas en la realidad, esperan encontrarlas en su propio interior. Tal actitud los predispone a replegarse dentro de sus propias sensaciones y del individualismo, poniendo a su disposici�n el v�nculo social y el sentido del inter�s general. Aunque el contexto social no les ayuda a desarrollar una verdadera y propia dimensi�n espiritual, est�n dispuestos a comprometerse con algunas causas m�s grandes que las suyas.

1. �Qui�nes son?

Los j�venes que aqu� nos interesan son aqu�llos entre los 18 y 30 a�os, es decir, se encuentran en la edad post-adolescente y quieren hacerse psicol�gicamente aut�nomos buscando al mismo tiempo afirmar el propio yo. Para ser m�s precisos, cada uno de ellos necesita poder ser �l mismo y renunciar a la educaci�n recibida y a las presiones sociales. Los j�venes en cuesti�n pueden estar bastante insertos en el campo del estudio o en una actividad profesional, mientras algunos pueden encontrarse en situaciones profesionales o personales bastante precarias: desocupaci�n, inestabilidad psicol�gica, comportamientos disgregados y numerosos problemas de la vida. A menudo expresan el deseo de tener fe en s� mismos, quieren liberarse de las dudas respecto a la existencia y de los miedos ligados a la idea de un compromiso afectivo. A veces piden ayuda a sus padres, a pesar de experimentar una cierta incomodidad en el trato con ellos. La mayor parte de ellos sigue viviendo con sus padres[1], mientras otros, a pesar de vivir solos, a�n son dependientes. A menudo tienen necesidad de ser apoyados cuando se encuentran confrontados con la realidad, para poderse aceptar, para aceptar la vida y comenzar a actuar[2] en la realidad.

Igualmente est�n en b�squeda de las razones para la vida sobre las que construir la existencia: la mayor�a est� lejos de preocupaciones religiosas y a menudo reconoce no haber sido sensibilizada ni educada en este campo. A�n les impresiona a estos j�venes el fen�meno sectario, el terrorismo y la guerra, que les da una visi�n inquietante y conflictiva de la religi�n, en particular el Islam. La religi�n los atrae y al mismo tiempo los inquieta, sobre todo cuando es presentada como fuente de conflictos en el mundo, cosa que es un error de interpretaci�n, porque los conflictos en cuesti�n son de origen pol�tico y econ�mico. Debemos aprender siempre a vivir los unos con los otros. Por �ltimo, su conocimiento de la fe cristiana y de la Iglesia queda ligada a un clich� y a la reconstrucci�n intelectual que circulan en las representaciones sociales, en la ciencia ficci�n de la televisi�n y del cine.

En una sociedad que, por diversas razones, cultiva la duda y el cinismo, el miedo y la impotencia, la inmadurez y el infantilismo, los j�venes tienden a asirse a modalidades de gratificaciones primarias y tienen dificultad en madurar, entendiendo por madurez la personalidad que ha completado la organizaci�n de las funciones basilares de la vida ps�quica y que por lo tanto es capaz de diferenciar la propia vida interior del mundo externo. Muchos j�venes, que a�n permanecen en una psicolog�a de fusi�n, tienen dificultad en realizar esta diferenciaci�n; aquello que sienten e imaginan, a menudo es sustituido por los hechos y la realidad del mundo externo. Este fen�meno  es ampliado y alimentado por la psicolog�a medi�tica, que inerva hoy los �nimos y el universo virtual, creado por videojuegos y el Internet. Todo esto los predispone a vivir en lo imaginario y en un mundo virtual, sin contacto con la realidad la que no han aprendido a conocer y que los delude y deprime. Tienen un acercamiento l�dico a la vida, con la necesidad de ir de juerga, sobre todo los fines de semana, sin saber bien por qu�; pero de este modo buscan ambientes totalizantes y sensaciones que les dan la impresi�n de que existen. Queda a�n por verificar si estas experiencias crean o no relaciones verdaderas y contribuyen al enriquecimiento afectivo e intelectual de su personalidad. Finalmente, son ambivalentes porque quieren encontrar el modo tanto de entrar en la realidad como de huir de ella.

Los j�venes de hoy son como las generaciones precedentes: capaces de ser generosos, solidarios y comprometidos con causas que los movilizan, pero tienen menos referencias sociales y sentido de pertenencia que sus predecesores. Son individualistas, quieren hacer su propia elecci�n sin tener en cuenta el conjunto de los valores, de las ideas o de las leyes comunes. Toman sus puntos de referencia de donde sea para despu�s experimentarlos en su modo de vivir. Tienden con facilidad al igualitarismo y a la tolerancia, embebidos de la moda y de los mensajes impuestos por los modos medi�ticos, que de hecho les sirve de norma en la cual se basan. Corren el peligro de caer en el conformismo de las modas, como las esponjas que se dejan impregnar, en vez de construir su libertad partiendo de las razones para vivir y amar, hecho que explica su fragilidad afectiva y la duda sobre ellos mismos en la que se debaten.

Su vida afectiva est� marcada por muchas dudas, comenzando por aqu�llas sobre la identidad, el sexo, la familia. A veces experimentan una gran confusi�n respecto a los sentimientos y no saben distinguir entre una atracci�n a nivel de amistad y una tendencia homosexual. La coeducaci�n, en la que han vivido desde la infancia, puede complicar en el momento de la post-adolescencia la relaci�n entre hombre y mujer. Por �ltimo, el considerable aumento de los divorcios no favorece la fe en el otro ni en el futuro.

Estas personalidades son el resultado de una educaci�n, de una escolarizaci�n, y a veces de una catequesis que no forman suficientemente la inteligencia. Han sido acostumbradas a vivir constantemente a nivel afectivo y sensorial, en detrimento de la raz�n en cuanto a conocimiento, memoria y reflexi�n. Se mantienen cerca de todo tipo de sensaciones, como las que han probado a trav�s de la droga. En vez de decir: "Pienso, luego existo", afirman con su comportamiento: "pruebo las sensaciones, luego estoy calmado".

Cuando encuentran adultos que de verdad lo son, que est�n en el puesto correcto y que son en grado de transmitirles los valores de la vida, tal como lo sabe hacer el Papa Juan Pablo II, escuchan lo que se les transmite sobre la experiencia cristiana, a la espera de poder a su vez inspirarse en ella.

2. Un contexto social que favorece la dependencia psicol�gica

Nos encontramos en una atm�sfera verdaderamente parad�jica que afecta casi todas las �reas culturales: por un lado se les quiere hacer aut�nomos a los ni�os cuanto antes, ya desde la cuna y la guarder�a, y por el otro lado se ven adolescentes, y sobre todo post-adolescentes, que se esfuerzan por llevar a cabo las operaciones ps�quicas de la separaci�n, aunque desean hacerlo con palabras. Para liberarse de esta dificultad, buscan apoyos psicol�gicos, sociales y espirituales en los cuales apoyarse.

2. - 1 Una sociedad que favorece el infantilismo

La educaci�n contempor�nea produce sujetos demasiado apegados a las personas y a las cosas, por lo tanto, aunque lo niegue produce seres dependientes. Durante la infancia sus deseos y expectativas han sido de tal manera estimulados a costa de la realidad externa y de las exigencias objetivas, que terminan por creer que todo es maleable s�lo en funci�n de los propios intereses subjetivos. Despu�s, al inicio de la adolescencia, a falta de recursos suficientes y de un puntal interior, intentan desarrollar lazos de dependencia en la relaci�n con el grupo o la pareja. Si he inventado la expresi�n de "pareja- beb�"[3], lo he hecho precisamente para designar su econom�a afectiva, que no siempre se distingue entre sexualidad infantil y sexualidad relativa al objeto. De hecho pasan del apego a los padres al apego sentimental, qued�ndose siempre en la misma econom�a afectiva.

Preocup�ndose justamente de la calidad de la relaci�n con el ni�o, la educaci�n se ha centrado demasiado en el bienestar afectivo, a veces a costa de la realidad, del saber, de los c�dices culturales y de los valores morales, sin ayudar a los j�venes a edificarse interiormente. Por consiguiente, tienden m�s a una expansi�n narcisista que a un verdadero y aut�ntico desarrollo personal, que a menudo crea personalidades ciertamente moldeables y simp�ticas, pero a menudo tambi�n superficiales e incluso insignificantes, que no siempre tienen el sentido del l�mite y de la realidad. Pueden ser descarados, a veces demasiado familiares, confundiendo el c�dice personal con el social, olvid�ndose del sentido de la jerarqu�a, de la autoridad, de lo sacro y de las formas y las reglas del  "c�mo se debe hablar". Algunos ni han aprendido las reglas de la convivencia social, comenzando por aqu�llas del c�digo vial y terminando con los ritos de la vida familiar y social.

Los adultos que han hecho de todo para que no les faltase nada, inducen a los j�venes a que crean que tienen que satisfacer cada uno de sus deseos, confundi�ndolos con la necesidad; los deseos, en cambio, no son destinados para ser realizados, pues son �nicamente fuente de inspiraci�n. Al no haber hecho la experiencia de la falta, de la cual se elaboran los deseos, los j�venes son indecisos e inciertos y por ello les cuesta diferenciarse y destacarse de los objetos primarios para vivir la propia vida. Crecer implica separarse psicol�gicamente, abandonar la infancia y la adolescencia; pero para  muchos tal separaci�n es dif�cil porque los espacios ps�quicos entre padres e hijos se confunden.

Significativa es la experiencia de Laurent, 28 a�os, casado y padre de un ni�o:

"Me clasifican de adulto, pero no me reconozco como tal, y el mundo de los adultos no me interesa. Tengo dificultad en hacer m�a esta dimensi�n. Para m�, los adultos son mis padres. Estoy en contradicci�n conmigo mismo: interiormente me veo como un ni�o o un adolescente, con angustias terribles, pero hacia afuera ya soy un adulto y en el trabajo me consideran como tal. En la sociedad nada nos ayuda a hacernos adultos."

Tambi�n es verdad que, al magnificar la infancia y la adolescencia, la sociedad deja entender que no quiere crecer y existir como adulto, de modo que es dif�cil liberarse de los modos de gratificaci�n de la infancia para acceder a satisfacciones superiores.

2. - 2 Una esperanza de vida m�s larga

El alargamiento de la vida deja suponer que el individuo tenga todo el tiempo para prepararse a vivir una vida comprometida. La esperanza de vida crea por lo tanto hoy m�s que en el pasado las condiciones objetivas para poder permanecer joven, entendiendo la juventud como el per�odo de la indecisi�n, si no de la indistinci�n, entre uno mismo, los dem�s y la realidad, o a�n de la indiferenciaci�n sexual , con la ilusi�n de que la mayor parte de las posibilidades se quedar�n siempre abiertas. Esta vaga concepci�n de la existencia, propia de la adolescencia, es muy preocupante cuando contin�a en los post-adolescentes, tan inciertos en sus motivaciones al no tener fe en s� mismos. Algunos sufren de este estado de cosas, temiendo incluso una cierta despersonalizaci�n en el trato con los dem�s. Muchos postergan los plazos y viven de modo provisional, sin saber si podr�n continuar con lo que han empezado en los diversos �mbitos de la existencia. Otros a�n viven la �poca de la juventud como finalidad en s� y como un estado duradero.

En efecto, hoy hay j�venes metidos en procesos de maduraci�n que requieren mucho tiempo y se caracterizan por una condici�n de moratoria, es decir, por una suspensi�n de los plazos y de las obligaciones ligadas al paso hacia la vida adulta. Aqu�llos, a los que no les interesa particularmente hacerse adultos[4], no viven su juventud como una fase proped�utica para el ingreso de la vida adulta, sino como un tiempo que tiene validez en s�. En el pasado, en cambio, el per�odo de la juventud se viv�a en funci�n de la vida sucesiva y de una existencia aut�noma: la juventud era, por lo tanto, una etapa preparatoria. En nuestros d�as, una juventud as� prolongada provoca una cierta indeterminaci�n en la elecci�n del tipo de vida. Algunos prefieren postergar los plazos definitivos y atrasar as� el ingreso en la vida adulta o la asunci�n de compromisos definitivos. Al no preguntarse sobre sus problemas de autonom�a, no se sienten obligados a hacer elecciones fundamentales. Por otro lado, en diversos sectores de la vida se nota una fuerte tendencia a la experimentaci�n: as� los j�venes pueden dejar la familia, pero vuelven a ella despu�s de un fracaso o una dificultad. La diferencia principal respecto a la mayor parte de las generaciones precedentes (que hac�an una elecci�n precisa con una prioridad precisa) consiste en la propensi�n de vivir contempor�neamente diversos aspectos de la vida, aspectos a veces contradictorios, sin jerarquizar las propias necesidades y valores. Algunos j�venes son hoy muy dependientes de la necesidad de hacer experiencias porque, por la falta de transmisi�n de valores, piensan que no se sabe nada de esta vida y que todo a�n se debe descubrir e "inventar". Por eso, a menudo presentan una identidad vaga y flexible frente a la multiplicidad de las solicitudes contempor�neas, sean �stas regresivas o, por el contrario, enriquecedoras.

2. - 3 Una infancia acortada por una adolescencia m�s larga

�Una de las mayores paradojas de nuestra sociedad occidental consiste en hacer crecer a los ni�os demasiado r�pido, anim�ndolos al mismo tiempo a permanecer adolescentes el mayor tiempo posible![5]

Se incita a los ni�os a tener comportamientos de adolescentes cuando a�n no tienen las competencias psicol�gicas para asumirlos. De ese modo, desarrollan una precocidad que no es fuente de madurez, salt�ndose las tareas psicol�gicas propias de la infancia, lo que les puede perjudicar en su futura autonom�a, como lo demuestra la multiplicaci�n de los estados depresivos de muchos j�venes.

Los mismos post-adolescentes se lamentan de una falta de puntales interiores y sociales, en particular aqu�llos que, despu�s de largos estudios, se embarcan en empresas con su diploma reci�n sacado y deben de repente asumir responsabilidades. En algunos j�venes, entre los 26 y 35 a�os, se detecta una serie de depresiones existenciales, porque no tienen im�genes-gu�a de la vida adulta que les ayuden a poner su existencia en armon�a con la realidad.

El tiempo de la juventud siempre se ha caracterizado por una cierta inmadurez: ciertamente esto no es ninguna novedad. En cierta �poca esta inmadurez era compensada por la sociedad que se pon�a m�s de lado de los adultos, incit�ndolos por lo tanto a crecer y a alcanzar la realidad de la vida. Hoy, por el contrario, la sociedad no s�lo ofrece menos apoyo dejando que cada uno se las arregle por s� mismo, sino que les hace incluso creer que se puede permanecer en los primeros estadios de la vida sin tener que elaborarlos ni tener que vivir demasiado pronto un cierto n�mero de experiencias. Hay que decir a un adolescente, que asume conductas precoces, que no tiene la edad para hacerlo, situ�ndolo as� en una �ptica hist�rica de evoluci�n y maduraci�n. Es de este modo que se adquiere la madurez temporal.

3. Las tareas ps�quicas a desarrollar

Desde hace algunos a�os observamos atrasos en la formaci�n de la personalidad juvenil. La mayor parte de los adolescentes[6] vive bastante bien el proceso de la pubertad y de la adolescencia propiamente dicha, sin tener verdaderas dificultades, salvo alguna rara excepci�n. Por el contrario, la situaci�n de los post-adolescentes entre los 22 y 30 a�os, es a menudo m�s delicada, subjetivamente conflictiva y atormentada por luchas ps�quicas que antes aparec�an y se trataban en la adolescencia (18-22 a�os). A la confrontaci�n entre la representaci�n de s� mismo y la vida se suma ahora un conflicto interno.

3. - 1 La fe en s� mismo

La necesidad de conocerse y de tener confianza en s� mismo es una aspiraci�n propia de esta fase de la vida. Pero bajo el peso de los interrogativos no resueltos y de los fracasos, el sentido de s� mismo se puede volver a poner en discusi�n. De repente el sujeto se siente m�s fr�gil porque ya no es capaz de asegurar, como en el pasado, la propia continuidad. Por ello intenta ser �l mismo y se hace muy sensible a todo aquello que no es aut�ntico en �l.
 El desarrollo psicol�gico de la post-adolescencia se efect�a esencialmente en la articulaci�n de la vida ps�quica con el ambiente circundante, que puede suscitar y reactivar angustias e inhibiciones ligadas, por ejemplo, a un sentido de impotencia que se traduce en el temor de no poder acceder a la realidad y por ello en la autoagresi�n o en la agresi�n de las figuras parentales extendidas al mundo de los adultos. Esto incluso puede favorecer una actitud anti-institucional o anti-social, pero tambi�n puede hacer surgir el problema de la capacidad de valorarse (ligada a la estima o al desprecio de s� mismo) y la necesidad de ser reconocido por los padres, sobre todo por el padre. El sujeto puede estar a�n m�s centrado en s� mismo evitando la realidad externa, que a veces est� poco o mal interiorizada: la prueba de la realidad da miedo. Pero cuando choca con los l�mites de lo real, arriesga de perder el propio equilibrio y de ceder a pensamientos depresivos, sin poderse identificar con objetos que despierten su inter�s o su amor. Uno de estos l�mites es el del tiempo.

La catequesis puede ayudar a los j�venes a aprender y a amar la vida, a imagen de Cristo, que se ha encarnado en el mundo revel�ndonos que somos llamados por Dios a la vida y al amor.

3. - 2 La relaci�n con el tiempo

El post-adolescente a menudo est� empe�ado en una tarea ps�quica que le permitir� acceder a la madurez temporal, la que no obstante entre los 24 y 30 a�os presentar� tambi�n una dificultad. A veces, en vez de conjugar su existencia asociando el pasado, presente y futuro, algunos j�venes la viven en un hoy ilimitado, yendo de un instante al otro, de un acontecimiento al otro, de situaciones y decisiones tomadas en el �ltimo minuto hasta el momento en que se interrogan sobre la coherencia entre todas las cosas que viven, a menos que no inventen otras divisiones que no les ayudar�n a hacer la s�ntesis en ellos mismos.

La inmadurez temporal no siempre permite proyectarse en el futuro, futuro que puede angustiar a los post-adolescentes no a causa de una incerteza social y econ�mica, sino porque, psicol�gicamente hablando, no saben anticipar ni valorar los proyectos ni las consecuencias de la circunstancias y de sus acciones, porque viven �nicamente en el presente. Cuando a�n no han llegado a la madurez temporal, a algunos post-adolescentes les cuesta desarrollar una conciencia hist�rica. No saben inserir su existencia en el tiempo - o temen de hacerlo - y por ello son incapaces de tener el sentido del compromiso en much�simos campos. Viven con mayor facilidad en la contingencia y en la intensidad de una situaci�n particular que en la constancia y continuidad de una vida que se elabora en el tiempo. Lo cotidiano aparece como la espera de un momento excepcional, en vez de ser el espacio en el que se teje el compromiso existencial.

El aprendizaje del sentido del compromiso inicia con el desarrollo de una solidaridad y de proyectos en el �mbito de la comunidad cristiana al servicio de los dem�s. Tal aprendizaje del compromiso, entendido como entrada en la historia, puede ser estimulado por el descubrimiento y la reflexi�n en torno a la historia de la salvaci�n en Jesucristo.

3. - 3 Ocupar el propio espacio interior

A muchos j�venes les cuesta llenar su vida psicol�gica y espacio interior. Incluso se pueden sentir inc�modos al probar dentro de s� diversas sensaciones que no saben identificar o, por el contrario, al buscarlas fuera de las relaciones y de las actividades humanas.

Nos encontramos cada vez m�s ante personalidades impulsivas, muy ocupadas en hacer cosas, pero que dif�cilmente saben, en el mejor de los casos, c�mo se debe tomar la acci�n y relacionarla con la reflexi�n. Puesto que no disponen de recursos internos y culturales, ni saben hacer funcionar la mente, se lamentan a menudo de la falta de concentraci�n y de la dificultad de un trabajo intelectual continuo a largo plazo, demostrando as� la pobreza de su interioridad y de los cambios inter-ps�quicos; la reflexi�n los preocupa. Tienen la necesidad de educar la propia voluntad que amenaza con ser inconstante y fr�gil.

Ponerlos frente a interrogativos o ante algunos problemas que deben afrontar les desespera, como es el uso de la droga con la que quieren animarse, controlarse u obtener los mejor de s� mismos. Prefieren refugiarse en la acci�n y utilizan en modo repetitivo el pasar al acto, no para obtener un placer, sino para descargar la tensi�n interior, para partir de cero, para no experimentar m�s tensiones dentro de s�. De este modo no s�lo descartan lo que sucede dentro de ellos, sino tambi�n su propia actividad interna.

En los post-adolescentes a menudo se nota la falta de objetos de identificaci�n fiables y v�lidos, que les ayude a desarrollar un material ps�quico con el que construir su interioridad. Aqu� nos encontramos con el problema de la transmisi�n en el mundo contempor�neo: transmisi�n cultural, moral y religiosa. La carencia de interioridad favorece psicolog�as ansi�genas, m�s prontas a responder a los estados primarios de la pulsi�n que a empe�arse en la formaci�n interior[7]. Pero la inmensa mayor�a se busca un pretexto en la propia existencia para alimentarse intelectualmente; lo hace m�s a partir de lo que percibe subjetivamente que inspir�ndose en las grandes tradiciones religiosas o morales, de las que permanece relativamente distante.

Tienen un modo de pensar narcisista, en el que cada uno debe bastar se a s� mismo y debe reconducir todo a uno mismo, seg�n la moda actual del "todo psicol�gico", la cual quiere hacer creer que es posible hacerse a uno mismo, inspir�ndose m�s en las propias emociones y sensaciones  que en los principios de la raz�n, en una palabra inteligible como la de la fe cristiana y de los valores de la vida. La m�nima dificultad existencial es etiquetada con t�rminos psicopatol�gicos que deber�a ser tratada con la psicoterapia: es un error de la perspectiva que se infiltra en el acompa�amiento psico-espiritual o en los ritos de curaci�n. De hecho es aberrante querer afrontar los dos discursos, el psicol�gico y el religioso, desde el �ngulo de la psicoterapia. Tambi�n el tema de la "resiliencia"[8] es la nueva ilusi�n de las personalidades narcisistas. Por otro lado se trata de una noci�n confusa que busca tener en cuenta el hecho de que algunos individuos se las arreglan mejor que otros, mientras que el cristianismo, desde hace mucho tiempo, ha demostrado que la persona no se reduce a su propio determinismo. En un mundo privo de recursos morales y religiosos, la "resiliencia" ser� pronto superada, porque, para propagarse necesita un dinamismo interior que no se puede constituir y nutrir si no es mediante el aporte del mundo externo. El sujeto no puede organizar su propia vida interior en un cara a cara consigo mismo, sino s�lo en la interacci�n con una dimensi�n objetiva.

As� la catequesis y la educaci�n religiosa corren el riesgo de adoptar el subjetivismo imperante, sobre todo ahora que se afirma que no hay una "revelaci�n objetiva" de la palabra de Dios, sino que �sta puede manifestarse s�lo en la fe vivida subjetivamente. En este contexto, Jes�s no es otro que uno de tantos "profetas" o "sabios", completamente apartado de su papel de mediador entre el Padre y los hombres, en cuanto Hijo de Dios. Influidos por una visi�n imanente y subjetiva de Dios, tan vecina a la de una divinidad pagana, los j�venes se comprometen en las catequesis escolares y universitarias, en el di�logo interreligioso (confundido con una especie de ecumenismo) sin estar estructuradas en la fe cristiana; mezclan las ideas de las diferentes confesiones, como si se tratase de la misma representaci�n de Dios. Al no haber interiorizado la inteligencia de la fe en el Dios trino, construyen un discurso religioso sobre el modelo  de los mecanismos de la relaci�n de fusi�n, entreg�ndose a la tolerancia, a la confusi�n de los espacios, al igualitarismo para no diferenciarse, y tambi�n a un modo de expresarse de manera sensorial. Pero las diferentes ideas sobre la representaci�n de Dios, seg�n las diversas confesiones religiosas, no dan el mismo sentido del hombre, de la vida social y de la fe.

La mayor parte de la sociedad occidental no ha querido efectuar la transmisi�n hasta poner en duda los fundamentos sobre los cuales �sta se ha desarrollado. La dimensi�n cristiana a menudo ha sido excluida, mientras - por el contrario - contribuye en la edificaci�n del v�nculo social y en la constituci�n de la vida interior de los individuos. La crisis de la interioridad contempor�nea comienza precisamente con carencia de iniciaci�n para despu�s perderse en el individualismo y subjetivismo psicol�gico. La psicologizaci�n ideol�gica de la sociedad es desestructurante porque los individuos no hacen otra cosa que contarse cosas y analizarse hasta el desvanecimiento. La reflexi�n subjetiva, que en ciertos casos puede ser necesaria, nunca es exclusiva: hace falta poder construir la propia existencia teniendo en cuenta tambi�n otra dimensi�n que no sea la de uno mismo, dimensi�n que a su vez revela y dinamiza al individuo, dimensi�n que es social, cultural, moral y religiosa. Hace falta poder concebir la propia vida en un contexto de todas estas realidades, sin encerrarse en las propuestas psicol�gicas tan de moda hoy en d�a.

La catequesis, la educaci�n para el sentido de la oraci�n y de la vida lit�rgica y sacramental puede hacer mucho para ayudar a los j�venes a apropiarse de su interioridad, de su espacio ps�quico y f�sico. Los ritos, las insignias y los s�mbolos cristianos pueden participar en esta construcci�n interior y precisamente por esto son tan apreciados por los j�venes, para sorpresa de los adultos. La vida interior se constituye as� en relaci�n con una realidad y una presencia externa. La Palabra de Dios, transmitida por la Iglesia, desempe�a este papel poniendo a los j�venes en relaci�n con Dios, que se puede encontrar a trav�s de las mediaciones humanas inauguradas por Cristo, que de este modo se han convertido en signo de su presencia. En la oraci�n confiada, guiada y sostenida por la Iglesia, se establece una relaci�n privilegiada entre Dios y aquellos que �l llama para que lo conozcan. La experiencia orante es el crisol de la interioridad humana como en tantas ocasiones lo ha demostrado la JMJ. Es por lo tanto en esta l�nea en la que se debe continuar con el esfuerzo educativo.

4. La vida afectiva de los j�venes

4. - 1 Estado general de la afectividad

Las psicolog�as contempor�neas est�n influidas por representaciones sociales centradas en una vida afectiva y sexual fragmentada. La expresi�n afectiva debe ser inmediata, como una llamada telef�nica o una conexi�n por Internet, sin respetar los t�rminos y el sentido de la construcci�n de una relaci�n. Tambi�n las im�genes de los medios de comunicaci�n y de las pel�culas se caracterizan actualmente por una expresi�n sexual f�cil, de fusi�n y del momento.

Algunos j�venes tambi�n est�n condicionados por la separaci�n y el divorcio de sus padres, que en lo profundo de su vida ps�quica han imprimido la desilusi�n y la falta de confianza en el otro y a veces en el futuro. Las personalidades actuales reivindican la autonom�a, mas no saben separarse de los objetos infantiles. El problema es trasladado a las personas, de las cuales se separan cuando apenas surge un problema. Parad�jicamente, los j�venes manifiestan tambi�n el miedo de ser rechazados, unido a la necesidad de ser tranquilizado por la imagen que les es remitida por los dem�s. Esta actitud es el resultado del tipo de vida familiar fragmentada que se est� difundiendo en el occidente.

 Finalmente, son bastante influidos por el exhibicionismo sexual que se ensa�a por medio de la pornograf�a y la banalizaci�n de una sexualidad impulsiva y anti-relacional. Estudios recientes han mostrado que el 75% de las pel�culas que se ven en la televisi�n por cable son pornogr�ficas, con escenas cada vez m�s violentas y agresivas, porcentaje que aumenta hasta un 92% entre los clientes de los hoteles. La proliferaci�n de im�genes sexuales demuestra que vivimos en una sociedad er�tica, que permanentemente excita a los individuos desde el punto de vista sexual, condicionando fuertemente la elaboraci�n de la sexualidad juvenil. Muchos j�venes, de hecho, visitan las p�ginas web pornogr�ficas, y algunos de ellos, as� alimentados, se encierran en una sexualidad imaginaria y violenta, en la que domina una masturbaci�n vivida como fracaso de llegar al otro y que por lo tanto puede complicar la elaboraci�n del impulso sexual. La masturbaci�n, si dura en el tiempo, es siempre s�ntoma de un problema afectivo y de una falta de madurez sexual: la posterior vida de pareja, en su expresi�n sexual, puede resentirse de esta dependencia de una sexualidad narcisista.

La mayor parte de los j�venes a�n es sensible a un discurso que revele el sentido del amor humano, de pareja y de la familia, hecho que manifiesta la necesidad de aprender a amar y de ser creadores de relaciones y de vida.

4. - 2 De la coeducaci�n a la relaci�n unisexuada

Los j�venes est�n acostumbrados a una forma de coeducaci�n de ambos sexos que no contribuye, como se hab�a esperado, al desarrollo de una relaci�n igualitaria y de mejor cualidad entre el hombre y la mujer, por el contrario, ha favorecido la confusi�n de la identidad sexual y de la vacilaci�n en las relaciones. Recojamos aqu� los frutos ideol�gicos del feminismo que confunde la igualdad de sexos, que no existe, con la de las personas. El feminismo norteamericano y conductual ha empujado al odio hacia el hombre y al rechazo de la procreaci�n, animando al puritanismo y a nuevas inhibiciones, interpretando el m�nimo gesto, palabra o mirada como un intento de agresi�n, de acoso sexual o incluso de estupro. Adem�s de estas aberraciones, que se incluyen cada vez m�s en las leyes europeas, se ha presentado la procreaci�n como una limitaci�n para la mujer y como una dimensi�n que no debe entrar en la definici�n de la femineidad. La coeducaci�n ha sido condicionada por este feminismo, que no ha preparado a los j�venes para que aprendieran a vivir una relaci�n de pareja formada por un hombre y una mujer, y por ello es una coeducaci�n que oscila entre la unisexualidad (confusi�n sexual) y el alejamiento de los individuos (celibato y aislamiento).

 La mayor parte de los post-adolescentes ha pasado la infancia en el universo de la coeducaci�n. Era f�cil de prever[9] que la coeducaci�n, que nunca se hab�a pensado en t�rminos de psicolog�a diferencial y de pedagog�a, diera origen a nuevas inhibiciones entre chicos y chicas y a la alteraci�n de los v�nculos sociales. Hoy apenas se comienza a prestar atenci�n a los interrogativos que suscita y a salir del moralismo que la ha provocado. Hay edades en las que la coeducaci�n es m�s indicada que otro tipo de educaci�n. La experiencia demuestra una vez m�s que durante la adolescencia �sta es un freno y que impide el desarrollo de la inteligencia, de la afectividad y de la sexualidad. A menudo termina por ser vivida por medio de la seducci�n y agresi�n sexual o, por el contrario, algunos j�venes  se apartan de ah� para volverse a encontrar con los del propio sexo; este pasatiempo corresponde con la necesidad de asegurar y sostener la propia identidad, mientras que la coeducaci�n desemboca en la confusi�n de los sexos. La coeducaci�n ha favorecido la indecisi�n en la relaci�n entre el hombre y la mujer durante la post-adolescencia, incluso el celibato y una forma de homosexualidad reactiva para diferenciarse, parad�jicamente, del otro sexo y confirmarse en la propia identidad sexual. Los ni�os y los adolescentes necesitan elaborar su tendencia de fusi�n, mientras que la coeducaci�n termina por encerrarlos en �sta, impidi�ndoles adquirir el sentido de la diferencia sexual y de la relaci�n entre un sujeto y otro.

As� algunos han podido vivir durante la adolescencia uniones sentimentales y relaciones de pareja provisionales, o incluso experiencias sexuales. Su despertar afectivo-sexual comienza por lo tanto por medio de elecciones sentimentales, pero que por lo general no perdurar�n o que se mantendr�n como relaciones fraternales sin expresi�n sexual. Despu�s, en el momento de la post-adolescencia, cuando podr�an comprometerse en una relaci�n afectivo-sexual, sucede todo lo contrario. De hecho a menudo experimentan la necesidad de encontrarse entre "solteros" y con compa�eros sociales del mismo sexo para compartir juntos diversas actividades y momentos de diversi�n. Despu�s de haber hecho la experiencia de uniones sentimentales sin llegar a un compromiso y finalizados a manera de Edipo, en la post-adolescencia quieren vivir su vida afectiva a nivel social y de mantener las distancias en relaci�n al sexo opuesto, cosa que no han podido hacer durante la adolescencia.

Algunos j�venes adultos, pero tambi�n los menos j�venes, est�n descubriendo la necesaria separaci�n de los sexos. Por ejemplo, hay mujeres que tienen la necesidad de estar entre ellas para discutir sus cosas, salir o compartir actividades s�lo "entre mujeres", sin sus compa�eros. Los hombres a su vez hacen exactamente lo mismo, frecuentando lugares y manteniendo actividades s�lo para ellos. Volvemos a encontrar este fen�meno en la nueva situaci�n de co-inquilinos en la que los j�venes entre 25 y 35 a�os, con una actividad profesional, alquilan juntos un apartamento que comparten con j�venes del mismo sexo, pero raramente con j�venes de ambos sexos.

Es importante que los hombres y las mujeres se puedan estructurar en su propia y respectiva identidad, y la educaci�n debe preocuparse de esto desde la infancia.

4. - 3 El miedo a comprometerse

Es t�pico que la pareja formada por j�venes sea incierta y temporal, cuando est� fundada �nicamente en la necesidad de ser protegidos y estar cobijados, y tambi�n en la inestabilidad de los sentimientos, sin que �stos est�n integrados en un proyecto de vida y en el sentido del amor.
 La mentalidad reinante, a su vez, tampoco simplifica la tarea de los j�venes, porque presenta la separaci�n y el divorcio como norma para tratar los problemas afectivos y relacionales en el �mbito de la pareja. En Francia, la ley del 1974 sobre el divorcio consensual no ha hecho m�s que extender y normalizar el divorcio, que sigue siendo un flagelo social. Una sociedad que pierde el sentido del compromiso y la elaboraci�n de los conflictos y de las fases del desarrollo es una sociedad priva del sentido del futuro y de la continuidad. El divorcio se ha convertido en una de las causas de la inseguridad afectiva de los individuos que repercute en los v�nculos sociales y en la visi�n del sentido del compromiso en todos los campos de la vida, visi�n esta que se transmite a los j�venes. Queriendo facilitar cada vez m�s el divorcio, el poder p�blico pierde el tiempo con el s�ntoma, sin ver las causas sobre las que habr�a que actuar, y mucho menos las consecuencias de las leyes que est�n minando la cohesi�n social.

El temor a comprometerse afectivamente domina la psicolog�a juvenil, que es vacilante, incierta y esc�ptica en el sentido de una relaci�n duradera. Los j�venes piensan que permanecen libres al no comprometerse, y mientras act�an as� terminan por rechazar la libertad, porque al comprometerse se descubren libres y se hace uso de la propia libertad. El celibato prolongado los habit�a a vivir y a organizarse por su cuenta. A algunos les cuesta aceptar la presencia continua de otro en su vida cotidiana; esto les angustia, d�ndoles la sensaci�n de perder la propia libertad. Por lo tanto alternan momentos en los que viven con otros y momentos en los que viven solos. A los 35 a�os piensan todav�a que son inmaduros y que no est�n preparados para comprometerse, y que a�n necesitan tiempo. Pero cu�nto m�s pasa el tiempo, menos se desarrolla su mentalidad para hacerlos capaces de relacionarse con el otro que, por otro lado, quieren amar.

Los sondeos a�n demuestran que la mayor�a de los j�venes quiere casarse y fundar una familia, aunque los j�venes no siempre sepan c�mo se constituye una relaci�n en el tiempo. Quisieran estabilizar la relaci�n ya desde el inicio y resolver todos los problemas respecto al presente y al futuro. Sin duda los j�venes tienen la necesidad de aprender a hacer la experiencia de la fidelidad en la vida cotidiana: es un valor que recoge el consenso un�nime de los j�venes, pero que no es valorizado por los medios contempor�neos. En el mensaje de la sociedad predominan el miedo al matrimonio y a tener hijos, hecho que no ayuda a tener fe en s� mismo y a�n menos en la vida,  que seg�n ellos  deber�a limitarse y agotarse con su historia personal.

De hecho, tanto la sociedad como sus leyes (ver en Francia el "pacs", pacto civil de solidaridad, que da un estatuto jur�dico a una relaci�n antin�mica y a menudo provisional) no favorecen el sentido de la duraci�n y del compromiso, mientras cultivan la precariedad afectiva y la fragilidad del v�nculo social en vez de privilegiar el matrimonio. Sin embargo muchos j�venes sienten la necesidad de saber perseverar frente a una concepci�n de tiempo breve y dividido.

Vivimos en una sociedad que siembra la duda respecto a la idea de comprometerse en el nombre del amor. Los j�venes desean hacerlo y por ello se les debe acompa�ar para que puedan descubrir que es posible la fidelidad como tambi�n los caminos que conducen a ella.

4. - 4 La bisexualidad ps�quica

El post-adolescente tambi�n debe afrontar la bisexualidad ps�quica, resultado de sus identificaciones con ambos sexos y no debido al hecho de ser a la vez hombre y mujer, para as� poder interiorizar la propia identidad sexual y encaminarse hacia la heterosexualidad. La bisexualidad ps�quica es la capacidad de relacionarse con el otro sexo, en coherencia con la propia identidad sexual tanto en la vida afectiva como en la social. Ya lo hemos dicho, durante la post-adolescencia la vida ps�quica comienza a interactuar con la realidad externa. Pero la sociedad actual mantiene una cierta confusi�n acerca de las dos �nicas identidades sexuales existentes, aqu�lla del hombre y la de la mujer, mediante tendencias sexuales mult�plices y pr�cticas sexuales relativas a la separaci�n de las pulsiones. No hay que confundir la identidad con las orientaciones sexuales, y menos a�n cuando �stas est�n en contradicci�n con la identidad sexual. En tal contexto no es f�cil encontrar la propia identidad y la coherencia a nivel sexual, sobre todo cuando la homosexualidad es valorizada y presentada como una alternativa a la heterosexualidad. La elaboraci�n de la bisexualidad ps�quica corre el riesgo de comprometerse y, como las relaciones entre hombres y mujeres se complican hasta el punto de animar al celibato del 'cada uno en su casa', el modelo social de la homosexualidad es banalizado.

Muchos adolescentes y post-adolescentes son inquietos e inestables cuando se encuentran con que tienen que afrontar la bisexualidad ps�quica. Algunos a veces interpretan como homosexualidad constitutiva y permanente su ambivalencia pasajera, frecuente en la adolescencia. Piensan que son homosexuales sin desearlo ni quererlo, pero a veces viven de pasada como tales para experimentar la homosexualidad, hecho que los ir� minando psicol�gicamente. Cierto que todos los individuos han sido llevados a vivir identificaciones homosexuales para confrontar la propia identidad sexual, comenzando por el padre o la madre del mismo sexo, pero cuando estas identificaciones sufren un fracaso, corren el riesgo de ser erotizadas y desembocan en la homosexualidad. Hay que recordar que la elecci�n del objeto homosexual, inherente a la vida ps�quica, no se confunde con la homosexualidad en la cual un sujeto puede eventualmente orientarse.

La homosexualidad no es una "variante" de la sexualidad humana comparable con la heterosexualidad, pero es la expresi�n de una tensi�n conflictiva no resuelta en el �mbito de una tendencia que se aparta de la identidad sexual.

La educaci�n al sentido del otro y al sentido de la diferencia entre el hombre y la mujer es el punto cardinal del descubrimiento del verdadero sentido de la alteridad.

5. Los j�venes y las nuevas influencias ideol�gicas

El derrumbe de las ideolog�as pol�ticas en provecho del liberalismo de la sociedad de consumo y del crecimiento del individualismo, han favorecido el menosprecio  respecto a la actividad pol�tica y del sistema de representaci�n democr�tica. Los grandes desaf�os sociales han sido reemplazados por las reivindicaciones subjetivas y sectoriales.

 Por otro lado se nota que la actividad pol�tica pierde cr�dito ante los ojos de las j�venes generaciones cuando ya no es capaz de perseguir el inter�s general. La valorizaci�n del matrimonio, la familia compuesta de un hombre y una mujer con sus hijos, la escuela y la educaci�n, la formaci�n al sentido de la ley civil y moral, la inserci�n social y profesional de las nuevas generaciones, la calidad del ambiente, el sentido de la justicia y la paz, son algunos de los proyectos que hay que sostener para despertar el inter�s de los j�venes en la vida pol�tica. Examinemos ahora la influencia que algunas tendencias ideol�gicas ejercen sobre los j�venes.

5. - 1 La teor�a del gender

Como ya hemos dicho, nuestra sociedad est� actualmente influenciada por la confusi�n sexual. La teor�a del gender deja entender que la diferencia sexual, o sea el hecho de ser un hombre o una mujer, es de una importancia secundaria a la hora de fundar el v�nculo social y las relaciones afectivas que se contraen en le matrimonio y que contribuyen a crear una familia. Seg�n esta teor�a se deber�a, por el contrario, privilegiar y reconocer el g�nero sexual, que ya no depende del g�nero masculino o femenino, sino aqu�l que cada uno se construye subjetivamente y que se orienta hacia la heterosexualidad, la homosexualidad, la transexualidad. As� se podr� hablar de pareja y de familia heterosexual u homosexual, dicho de otra manera, la diferencia sexual se sustituir�a por la diferencia de la sexualidad.

La teor�a del gender est� ampliamente difundida por la Comisi�n de las Poblaciones de la ONU y del Parlamento europeo para obligar a los pa�ses a que modifiquen su legislaci�n para que reconozcan, por ejemplo, la uni�n homosexual o la "homogenitorialidad" mediante la adopci�n. Esta nueva ideolog�a representa una verdadera manipulaci�n sem�ntica porque aplica la noci�n de pareja y de ser padres a la homosexualidad, mientras que la pareja implica la asimetr�a sexual y se basa s�lo en la relaci�n entre un hombre y una mujer. Adem�s la homosexualidad no puede estar en el origen del matrimonio y del ser padres y carece de cualquier valor social. En cuanto a la problem�tica individual, aqu�lla no puede ser una norma social reconocida como valor a partir de la cual se eduque a los hijos.

La educaci�n tiene que tener como meta la renovaci�n de una civilizaci�n fundada en la pareja formada por un hombre y una mujer. No en vano la Biblia comienza con la existencia de una pareja cuya relaci�n es a imagen de la relaci�n de Dios con la humanidad. Tenemos que abrirnos a una cultura de la alianza para no caer en el torbellino de una lucha de poderes entre los sexos.

5. - 2 La sociedad del mercado y liberalismo

La mayor parte de los j�venes es esclavo de las normas de la sociedad del mercado; la publicidad exige ampliamente la satisfacci�n de los deseos inmediatos. La organizaci�n pol�tica de la sociedad reposa en la mentalidad mercantilista, que transforma a los ciudadanos en consumidores. Las reglas econ�micas reemplazan las reglas morales, dictan leyes e imponen su sistema de referencia y de valoraci�n en todos los campos de la existencia con el consenso del poder pol�tico: la educaci�n, la ense�anza, la salud, el trabajo, la vejez son regulados seg�n las normas econ�micas en detrimento de los valores de la vida. Al centro de este mecanismo no est�n la persona y el bien com�n, sino el costo y el beneficio. La dictadura del dinero y de la econom�a construye, a trav�s de la publicidad, una visi�n de la existencia en la que aquello que no rinde no debe existir, lo que contribuye a alterar el sentido de la persona humana, del v�nculo social y del bien com�n.

5. - 3 Laicizaci�n y exclusi�n de lo religioso

El cristianismo est� al inicio de la noci�n que distingue el poder religioso del poder temporal. En el curso de la Historia, aunque hayan existido momentos de confusi�n, el poder pol�tico a menudo a querido dictar leyes a la Iglesia, interviniendo, por ejemplo, en las decisiones de los concilios. No es tanto el poder religioso el que ha querido extender la propia influencia sobre el poder temporal, aunque en alguna sociedad la Iglesia a veces ha tenido que organizar la vida de la sociedad antes de devolverle el poder a aquel que deb�a ejercerlo; pero es el poder pol�tico el que a menudo se ha mostrado celoso del poder religioso, vigil�ndolo, encuadr�ndolo, poni�ndolo en duda e incluso neutraliz�ndolo.

La laicizaci�n, cuando supera el �mbito de la diferenciaci�n de los poderes, pone varios problemas e influye en concepci�n de la dimensi�n religiosa inherente a la existencia. La laicizaci�n as� se ha desarrollado en oposici�n al papel y a la influencia de la Iglesia: se deb�a excluir lo religioso del campo social, releg�ndolo a una cuesti�n privada dependiente de la conciencia individual; esta era la manera de mutilar a la Iglesia. Es un fen�meno que ha continuado con la laicizaci�n de la moral, separada de los principios universales que pueden ser descubiertos por la raz�n, para confundirla con la ley civil votada democr�ticamente. As� la legalidad ha sustituido la moralidad creando confusi�n en las conciencias de muchos j�venes, de modo que llegan a creer  que aquello que es legal tiene tambi�n un valor moral. La ley civil, al contrario, no dice qu� cosa es moral: organiza s�lo la vida de la sociedad, pero esta organizaci�n o reglamentaci�n mediante los derechos y los deberes de los ciudadanos s�lo se pueden fundar sobre los principios que respeten la dignidad de la persona humana y los valores de la vida[10] que trascienden todas las leyes.

Despu�s de haber laicizado a la sociedad y la moral, le toca ahora a la religi�n de ser laicizada. La vida espiritual se confunde con la vida intelectual y po�tica, la Biblia es traducida por no-creyentes y por escritores de diferentes corrientes de opini�n, mientras se va promoviendo una lectura laica de los Evangelios. El Papa Juan Pablo II a menudo ha subrayado el modo contradictorio en el que se aborda la Biblia: "...el hombre de hoy, defraudado por numerosas respuestas insatisfactorias a los interrogantes fundamentales de la vida, parece abrirse a la voz que proviene de la Trascendencia y se expresa en el mensaje b�blico. Pero, al mismo tiempo, se muestra cada vez m�s refractario a la exigencia de comportamientos en armon�a con los valores que la Iglesia presenta desde siempre como fundados en el Evangelio. Se producen entonces intentos muy variados de separar la revelaci�n b�blica de las propuestas de vida m�s comprometedoras".[11] Por ello la palabra de Dios se trasladar�a a un discurso mundano, al un�sono con las costumbres y a la inteligencia religiosa, reducida al m�nimo denominador com�n en nombre de la "modernidad" y de una "religi�n moderada". Ser�an, por lo tanto, los c�nones imperantes en una sociedad los que deber�an regular la religi�n y sobre todo la fe cristiana: visi�n que consiste en eliminar del campo social la dimensi�n religiosa y las exigencias que derivan de ella.

El rechazo de reconocer la herencia religiosa y cristiana como una de las bases del desarrollo de la civilizaci�n en Europa y en el mundo occidental, como tambi�n en otras zonas culturales, es el testimonio de esta laicizaci�n rampante. La laicizaci�n as� concebida no respeta la dimensi�n religiosa de la existencia humana. Los que sostienen este orden de cosas son los primeros en reconocer la libertad de la fe, que seg�n ellos depende �nicamente de la vida privada, pero que rechazan aceptar la realidad religiosa y el derecho a la religi�n, que implica una dimensi�n social e institucional, mientras que es importante que el poder religioso, en cuanto a instituci�n, pueda estar representado en el concierto europeo y de las naciones al servicio del bien com�n y de los intereses superiores de la conciencia humana. Dios no puede estar ausente del campo social.

Las j�venes generaciones necesitan ser educadas hacia una dimensi�n social e institucional de la religi�n cristiana; lo que no necesitan es experimentar la Iglesia como un grupo puramente intimista e individual.

6. Los j�venes y la Iglesia

6. - 1 J�venes sin ra�ces religiosas

La mayor parte de las encuestas sobre los j�venes y la religi�n confirma cuanto ya sabemos. Los j�venes son los hijos de aquellos que fueron adolescentes entre 1960 y 1970 y que en su tiempo hab�an hecho la elecci�n de no transmitir siempre aquello que ellos mismos hab�an recibido en su educaci�n. Por lo tanto, han dejado que sus hijos se las arreglaran por s� mismos en el �mbito moral y espiritual, sin tener otra preocupaci�n en la educaci�n que cuidar de su realizaci�n afectiva. As� en muchos casos han carecido de referencias espirituales, qued�ndose desamparados. Los quer�an ver felices, pero sin ense�arles las reglas de la urbanidad, de c�mo se emplean las riquezas de un pueblo y de la fe cristiana, que ha sido la fuente de muchas civilizaciones. Hay que reconocerlo, el sentido de la persona humana, el sentido de la propia conciencia, el sentido de la libertad, el sentido de la fraternidad, el sentido del igualitarismo, todo esto se lo debemos al mensaje de Cristo transmitido por la Iglesia. Se han banalizado estos valores separ�ndolos de su fuente, con el riesgo de ya no poderlos transmitir, una vez que se desconoce su origen. Por este planteamiento mental anti-educativo, los hijos no han sido bautizados ni catequizados. Necesitaban hacer tabula rasa del pasado para liberarse de la tradici�n, actitud que ha producido ignorantes culturales, privados de una formaci�n y cultura religiosa. Son incapaces de entender per�odos enteros de la Historia de nuestra civilizaci�n, como tambi�n del arte, de la literatura, de la m�sica. No son al�rgicos a los dogmas, o sea a las verdades de la fe cristiana, y menos a la Iglesia; �la cosa es que no saben nada de ella! Por ello, en las encuestas m�s serias, sus respuestas revelan ignorancia, indiferencia y falta de educaci�n religiosa. Est�n condicionados por todos los clich�s y por todos los conformismos que circulan sobre la fe cristiana. En pocas palabras, est�n lejos de la Iglesia, porque al no haber sido educados en ella no se han integrado en la tradici�n religiosa.

6. - 2 Confusi�n entre lo religioso y lo paranormal

Hay que reconocer que muchos j�venes son bastante ajenos a cualquier dimensi�n religiosa, la cual, a pesar de todo, no quiere otra cosa que surgir. �C�mo podr�a ser de otro modo en un mundo que elimina lo religioso? Lo confunden con lo parapsicol�gico, lo irracional y la magia. Son atra�dos por los fen�menos del "m�s all� de la realidad" que provocan una resonancia emotiva y suscitan sentimientos capaces de hacerles creer en la existencia de un ser del m�s all�. Pero en este caso s�lo se encuentran a s� mismos, sus sensaciones y su imaginaci�n. La espiritualidad que est� ahora de moda es aqu�lla carente de palabras, de reflexiones y de contenido intelectual, o sea, aqu�lla consistente en muchas corrientes de filosof�a y de sabidur�a sin Dios que, venidas del Oriente y de Asia; �stas son en s� interesantes, pero no son religiones, a pesar de ser valorizadas y deformadas actualmente, a�n sin representar un movimiento de masas. Seg�n esta mentalidad hay que ser "cool", "zen" y tranquilos, o sea, no hay que probar nada, sino hay que vivir en una inercia moderada. Toda desviaci�n es posible porque no hay ning�n control institucional o intelectual.

Todo, y lo contrario de todo, puede ser puesto en lugar de Dios, actitud totalmente opuesta al cristianismo que es la religi�n de la Encarnaci�n del Hijo de Dios y que transmite un mensaje de verdad y de amor con el que se puede construir la vida y luchar contra todo lo que la arruina y la destruye. Los j�venes cristianos advierten que la presencia de Dios y su mensaje llevan consigo una esperanza inmensa que les abre los caminos de la vida. Pero cuando el sentimiento religioso, inherente a la psicolog�a humana, no ha sido educado y enriquecido con un mensaje aut�ntico, permanece primitivo y prisionero de una mentalidad supersticiosa y m�gica. La falta de educaci�n religiosa anima a las sectas y a los falsos profetas a que se autoproclamen como tales para hablar en nombre de una divinidad hecha a su imagen. El hombre necesita ser introducido en una dimensi�n diferente a la suya, dimensi�n que el Creador ha inscrito en el coraz�n de cada ser humano. As� es vinculado por Dios a los dem�s, a la Historia, y, sobre todo, a un proyecto de vida que lo revela a s� mismo, lo humaniza y lo enriquece. He aqu� el sentido de la Palabra del Evangelio transmitida por la Iglesia.

6. - 3 Los j�venes de la JMJ est�n en b�squeda de una vida espiritual

La mayor parte de los j�venes que participan en la JMJ irradian bienestar y la alegr�a de vivir, llaman la atenci�n por su calma, la sonrisa, la delicadeza, la gentileza, la cooperaci�n y la apertura. Tenemos que tener fe en estos j�venes, que preparan una revoluci�n espiritual silenciosa, pero muy activa. Como sus coet�neos, tambi�n ellos tienen problemas: alguno ya habr� tenido cierta experiencia con la droga o se habr� comportado de cierta manera sin tener en cuenta la moral cristiana. Viven experiencias y fracasos, pero tienen hambre de otra cosa y est�n en b�squeda de una esperanza. Anhelan un ideal de vida y una espiritualidad fundada en alguien, en Dios. La sociedad europea que cada vez est� m�s vieja, esc�ptica y sin esperanza, es sacudida por estos j�venes que creen en Dios y que quieren vivir en consecuencia. La mayor parte proviene de comunidades cristianas y ha invitado a j�venes que est�n en b�squeda. Saben que la vida no es f�cil, pero al tener una esperanza firme no se resignan. M�s o menos cristianos, se dirigen a la Iglesia para encontrar respuestas a su inmensa necesidad espiritual. Su presencia radiante deja un signo en todos pa�ses en los que se desarrolla la JMJ. Invierten, de hecho, la imagen reducida que se tiene de la juventud, porque cada vez que se habla de ella, es s�lo para evocar una sexualidad impulsiva, la droga, la delincuencia, etc. Pero si algunos viven de ese modo es porque han sido abandonados a su suerte.

La sociedad es infantil hacia los j�venes porque los utiliza como modelo, cuando en realidad son los j�venes los que necesitan puntos de referencia. Se les adula, pero la sociedad no ama a los propios hijos, a juzgar por todas las dimensiones educativas de las cuales son objeto. Tambi�n la acci�n pastoral local tiene su propia parte de responsabilidad en la medida en que a veces se han desatendido las tareas educativas o han sido abandonadas por las �rdenes religiosas y los sacerdotes, que las hab�an tenido como vocaci�n. Pero hay que reconocer que su tarea no era f�cil en aquella �poca de rotura (1960-1970), en la que los j�venes rechazaban masivamente toda reflexi�n religiosa. Los j�venes de hoy carecen totalmente de una base desde el punto de vista religioso y hacen unas afirmaciones sorprendentes. Hace poco uno de ellos pregunt� a un sacerdote: "�Por qu� mezcl�is la Navidad con la religi�n?". ��l no sab�a que la Navidad es el d�a en el que se celebra la natividad de Jes�s! La Navidad es as� reducida a una fiesta comercial en familia. Gracias al �xito de la JMJ, este modo de ver las cosas puede cambiar desde el momento en el que los j�venes se empe�en en una b�squeda espiritual y descubran que gran parte de la visi�n del hombre, como tambi�n enteros sectores de la vida social, han sido modelados por el mensaje de la Iglesia y de generaciones de cristianos.

6. - 4 �Por qu� Juan Pablo II atrae a tantos j�venes, a pesar de que el mensaje cristiano es exigente, sobre todo en materia de moral sexual?

A menudo hacen esta pregunta y la respuesta viene por s� sola: es el mensaje de Cristo transmitido por la Iglesia, y siempre ha sido exigente; pero tambi�n es fuente de alegr�a. Es dif�cil vivir no s�lo en el campo sexual sino en todas las realidades de la vida. Nada aut�ntico, coherente y duradero se construye sin dificultad. Juan Pablo II presenta el camino a seguir para vivir como cristianos en nombre del amor de Dios, y este amor es un modo de buscar el bien y la vida para s� mismo y para los dem�s. Siempre seremos capaces de este amor que no es un sentimiento, ni tampoco un bienestar afectivo, pero corresponde al deseo de buscar en Dios aquello que nos hace vivir. Los j�venes son sensibles a este lenguaje y a la persona de Juan Pablo II que lo afirma tranquilamente, a pesar de las cr�ticas y el sarcasmo. Les habla de la vida all� donde no escuchan otra cosa que muerte, droga y suicidio, de fracasos en el campo afectivo con el divorcio, de desempleo, por no citar una sociedad que los descuida.

Juan Pablo II tiene fe en ellos y les da fe en la vida. Les dice que es posible vivir y triunfar en la vida, y les explica incluso c�mo se hace. La generaci�n precedente no siempre les ha transmitido convicciones firmes, ni les ha ense�ado a vivir con un cierto n�mero de valores, limit�ndose a repetir hasta la saciedad los valores de la sociedad de consumo. �Qu� cosa hacen los j�venes? Se dirigen a los ancianos para obtener aquello que no han tenido: son los ancianos los que, como lo hace el Papa, los enlazan con la Historia y la memoria cultural y religiosa, desbancando as� a sus padres. No hay divisiones entre el Papa y los j�venes. Cuando los j�venes perciben palabras aut�nticas, se sienten respetados y valorizados: "Por fin hemos sido tomados en serio, �l tiene fe en nosotros".

A la Iglesia se le atribuye una obsesi�n en cuanto a la moral sexual. Aunque este tema no represente ni el 9% de los discursos y de los escritos del Papa, los medios de comunicaci�n se detienen s�lo en este aspecto, silenciando todo el resto. La historia del preservativo[12] es caracter�stica de esta desinformaci�n y de la manipulaci�n de la que son objeto sus discursos. Juan Pablo II en cambio dice una cosa diferente: se apoya en el Evangelio y no depende de las ideas ligadas a una moda pasajera. Apela al sentido del amor y de la responsabilidad. Como Cristo, prefiere dirigirse a la conciencia humana, para que cada uno se interrogue sobre el propio comportamiento para saber si se ha vivido en el sentido de un amor aut�ntico, leal y honesto hacia uno mismo y hacia el otro.

Persigue su misi�n. La reflexi�n sobre la sexualidad no puede reducirse a un discurso sobre la salud, sobre todo cuando �sta descuida la responsabilidad moral de las personas. La valoraci�n moral concierne tambi�n a la sexualidad y no s�lo a la vida social, a no ser que se quiera crear una escisi�n aberrante. Los cristianos son invitados a inspirarse en este modelo y as� su propio comportamiento nazca de una conciencia evang�lica iluminada.

Conclusi�n  

Los post-adolescentes aspiran a realizar su propio ingreso en la vida. A pesar de cierta falta de ra�ces culturales, religiosas y morales, intentan encontrar las v�as de acceso, porque a menudo se han formado a s� mismos, en un narcisismo difuso e inconstancia. La fragilidad del yo, una visi�n temporal reducida a los deseos del momento y a las circunstancias, y una interioridad restringida s�lo a la resonancia ps�quica lo confinan al individualismo. Por eso algunos est�n angustiados por el empe�o y la relaci�n institucional, a pesar de desear casarse y fundar una familia. Prefieren mantener relaciones intimistas y l�dicas, naturalmente entre m�s personas, pero que son relaciones que permanecen fuera del v�nculo social. Su perfil psicol�gico es tambi�n el resultado de una educaci�n centrada en lo afectivo, en el placer inmediato y en la separaci�n de los padres a causa del divorcio que, entre otras cosas, en las representaciones sociales es el origen de la inseguridad afectiva, de la duda de uno mismo con respecto al otro y del sentido del compromiso. Es posible promover una educaci�n m�s realista que no encierre a la persona en los objetos mentales y en el narcisismo de la adolescencia, sino que estimule el inter�s por hacerse adulto.

Los j�venes de la generaci�n actual est�n haciendo una revoluci�n religiosa  silenciosa, pero decidida. Suscitan interrogativos entre los cristianos y no tienen miedo de manifestarse como tales. No quieren dejarse intimidar ni constre�ir al silencio y menos  a�n insultar. Los j�venes provenientes de �frica, de Am�rica Latina, Asia y del Oriente viven su fe como una emancipaci�n y una liberaci�n en Dios, a veces en el martirio, actitud que deber�a inspirar las viejas comunidades cristianas.

Cada JMJ es una etapa hist�rica para los j�venes participantes. Ya no podemos hablar de la religi�n del mismo modo como lo hac�amos antes. Adem�s esto se nota f�cilmente en la prensa: la mayor parte de los informadores y comentaristas pol�ticos, esclavos de determinadas categor�as sociol�gicas o de clich�s, no consiguen dar una valoraci�n exacta del evento. Desde hace varios a�os los encuentros de j�venes promovidos por la Iglesia re�nen un n�mero significativo de participantes, pero raramente se habla de estos j�venes en b�squeda de los espiritual. �stos no dan que hablar en los telediarios. �Es que un encuentro de j�venes por motivos religiosos no es acaso un evento para la prensa? La informaci�n a menudo es desfasada respecto a lo que se vive y se prepara silenciosamente en la sociedad, hasta el d�a en el que alguno se despierta pregunt�ndose: "�Qu� ha sucedido?". Los desaf�os nacidos de la sed de un ideal y una espiritualidad de los j�venes no son tomados en serio por la sociedad.

La Iglesia no est� agonizando, como pretenden algunos: encuentra la misma dificultad que todas las dem�s instituciones que padecen los efectos del individualismo, del subjetivismo y de una forma de socializaci�n. En una sociedad en la que el individuo vive como v�ctima de la vida de los dem�s, con la mentalidad del consumador, a un ritmo concebido en funci�n del instante y con una representaci�n de la vida medi�tica y virtual, es urgente hacer descubrir el sentido de la realidad, promover v�nculos de socializaci�n y transmisi�n entre las generaciones, para adquirir el sentido de las instituciones. La experiencia espiritual cristiana implica tal dimensi�n y constituye su riqueza, que se despliega en las diferentes tradiciones a trav�s de los siglos.

Le toca a la Iglesia asegurar una continuidad a la JMJ y poner en pr�ctica una catequesis m�s activa y renovada. La inteligencia de la fe necesita ser nutrida. La acci�n pastoral tendr� que preocuparse de sensibilizar a las familias sobre la importancia de la educaci�n religiosa y del catecismo en particular. Pero las familias, a su vez, plantean una cuesti�n a la sociedad, que ha cancelado la dimensi�n religiosa de la vida con una precisa voluntad pol�tica. La laicizaci�n, como hab�amos dicho, es la distinci�n entre el poder pol�tico y el religioso y no la exclusi�n de la religi�n del campo social. La vida escol�stica debe respetar el tiempo que se debe dedicar a la ense�anza religiosa.

Aunque es verdad que cada uno es libre de abrazar o no un fe religiosa, la sociedad no puede relegar la religi�n a la secci�n de lo opcional de la vida, al campo de lo escondido y lo privado, pensando que la fe no debe tener ninguna repercusi�n en la vida y la sociedad. El hecho religioso es un hecho social que no se puede relegar a la esfera de lo privado; es m�s bien la fuente del v�nculo social y permanece inscrito en el ritmo del calendario. A esta privatizaci�n de la vida religiosa han respondido los j�venes, con su comportamiento, con un "no" contundente con ocasi�n de la Jornada Mundial de la Juventud. La vida espiritual es una exigencia humana que el poder p�blico debe reconocer, respetar y honrar porque califica a cada persona y constituye uno de los componentes esenciales de la realidad soc ial.

En su Mensaje con ocasi�n de la XVIII Jornada Mundial de la Juventud 2003, el Santo Padre recuerda el papel que los j�venes pueden desarrollar: "La humanidad tiene necesidad imperiosa del testimonio de j�venes libres y valientes, que se atrevan a caminar contra corriente y a proclamar con fuerza y entusiasmo la propia fe en Dios,  Se�or y Salvador" (n1 6).


[1] El 65% de los j�venes europeos vive todav�a con su familia. Informe publicado por la sociedad de estudios de mercado Datamonitor brit�nica, Quotidien du M�d�cin (Francia), p�g. 17, N1 7302, mi�rcoles 26 de marzo de 2003.

[2] El acompa�amiento de los j�venes profesionales se ha convertido en una realidad que ata�e a los de 25-40 a�os, sobre todo a los solteros, aunque se puede discutir sobre el concepto de 'joven' aplicado a este grupo de edad, praxis que responde a una necesidad, pero que a veces los mantiene en una especie de infantilismo afectivo.

[3] Anatrella, Tony, Interminabiles adolescences, le 12/30 ans, Paris, Cerf Cujas.

[4]Idem.

[5] Idem.

[6] Algunos estudios muestran que, del total de la poblaci�n adolescente, el 10% des los j�venes entre 15 y 19 a�os presenta dificultades psicol�gicas (Cfr. Comit� general de la Salud P�blica francesa,  La souffrance psychique des adolescents et des jeunes adultes, ediciones ENSP, febrero 2000). El incremento de las emisiones radio-televisivas sobre los problemas de algunos adolescentes deja entender que la mayor parte de ellos se encontrar�a en una situaci�n complicada que no refleja la realidad. Se tiende as� a generalizar pocos casos espec�ficos, mientras que se incluyen sobre todo las cuestiones pedag�gico-educativas de la post-adolescencia.

[7] La fragilidad de los procesos de interiorizaci�n da origen a  psicolog�as m�s superficiales, m�s fragmentadas, que tienen dificultad en recurrir a la racionalidad. En cuanto al lenguaje utilizado, su pobreza no favorece el dominio de lo real. Las f�rmulas, repetidas como esl�ganes, indican el p�nico y el sufrimiento frente a la idea de reflexionar. As� la expresi�n: "Me martillea la cabeza" hace entender el hecho de que pensar podr�a provocar hemicr�nea. A los j�venes les falta una verdadera formaci�n intelectual que, entre otras cosas, se adquiere poni�ndose en contacto con la literatura. No tienen una vida intelectual porque no entienden los textos y autores, ni saben reflexionar sobre ellos. En los programas actuales del Ministerio de Educaci�n y Ciencia franc�s, los profesores tienen que tener principalmente en cuenta la subjetividad de los alumnos y ense�arles a ellos el conocimiento a partir de cuanto perciben; esto hace subir el n�mero de cuantos se lamentan de tener dificultad en concentrarse intelectualmente como tambi�n en controlarse. El conocimiento del sentido de la ley comienza siempre por medio de la adquisici�n del lenguaje y de las reglas de la gram�tica, cosa que hoy d�a ya no sucede, pues los ling�istas han tomado el puesto de los gram�ticos en la elaboraci�n de los programas ministeriales. El m�todo global o los m�todos llamados mixtos, que hoy est�n de moda en las escuelas, producen analfabetismo, dislexia y una visi�n fragmentada de la realidad.

[8] La resiliencia corresponder�a a la capacidad de algunos individuos a salir reforzados o incluso completamente renovados ante las adversidades de la vida; algunas corrientes ideol�gicas podr�an haber ideado un camino para alcanzar tal resiliencia (NdR).

[9] ROLLIN, France, La mixit�� l'�cole, ETUDES, Vol. 367, n1 6 (3676), diciembre 1987. ANATRELLA, Tony, La mixit�, ETUDES, vol. 368, n1 6 (3686), junio 1988. Ver tambi�n ANATRELLA, Tony, La diff�rence interdite, Flammarion.

[10] Ver Juan Pablo II, Veritatis Splendor (1993) y Evangelium Vitae (1995).

[11] Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la sesi�n plenaria anual de la Pontificia Comisi�n B�blica, n1 2, martes 29 de abril 2003, en L'Osservatore Romano, n1 20 - 16 de mayo de 2003, p�g. 8.

[12] ANATRELLA, Tony, L'amour et le pr�servatif, Par�s, Flammarion. Reeditado con el t�tulo, L'amour et l'Eglise, Par�s.

 

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