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Por P. Jaime Alberto Mancera
Prof. Seminario Mayor de Bogot�
1. La ciudad como un fen�meno humano
Las ciudades han estado presentes desde el momento
en que el ser humano dej� la vida n�mada y asumi� una vida m�s
sedentaria, dando una organizaci�n a su convivencia social.
La construcci�n y desarrollo de la vida en las ciudades ha respondido
a la condici�n misma del hombre como un ser social, es decir,
como un ser que se desarrolla plenamente s�lo en la convivencia
e interacci�n con otros. Pero es un hecho que en los �ltimos
tiempos la vida en las ciudades se ha vuelto m�s compleja y
las din�micas propias de la vida urbana se han visto determinadas
tanto por los sistemas y estructuras desarrollados para su organizaci�n,
como por la interacci�n y vivencias de sus habitantes. La convivencia
de m�ltiples culturas, el desarrollo de verdaderas redes de
comunicaci�n y acci�n, as� como la influencia del fen�meno de
la globalizaci�n marcan hoy el rostro de las ciudades.
Las ciudades, y en particular una ciudad como
Bogot�, reflejan claramente las luces y las sombras de la transici�n
cultural en la que nos encontramos. La ciudad es una gran paradoja
en la que simult�neamente encontramos los beneficios que la
ciencia y la tecnolog�a nos han aportado, y los efectos de la
deshumanizaci�n que estamos viviendo; junto a las experiencias
de libertad y mayor participaci�n democr�tica, tambi�n est�n
nuevas formas de dominaci�n, de exclusi�n, de intolerancia y
de violencia. En medio de las m�ltiples posibilidades de comunicaci�n
e interacci�n, se dan las experiencias de mayor individualismo,
soledad e indiferencia.
Todos estos fen�menos espec�ficos y complejos
van generado una forma de pensar sobre la vida, unos criterios
y valores, unas formas de expresi�n y redes de signos y s�mbolos,
que tienden a imponerse como un estilo de vida y que por tanto
constituyen una verdadera "cultura", que podr�amos
llamar "urbana". Por eso hablamos de una cultura de
Bogot�, de Cali o de Medell�n. Una cultura de la cual los ciudadanos
son creadores y repetidores, actores y espectadores, transmisores
y destinatarios, productores y resultado, excluyentes y excluidos,
beneficiarios y v�ctimas, simult�neamente. Una cultura que se
ha hecho dominante y se ha extendido, m�s all� de los l�mites
geogr�ficos, al �mbito de la vida rural y de la vida ind�gena;
de tal manera, que hoy se habla m�s del fen�meno de "lo
urbano", como una realidad m�s amplia que la misma ciudad.
Bogot� es el espacio de nuestra experiencia
de lo urbano. Bogot� ha acompa�ado buena parte de la historia
de nuestro pa�s; es el espejo que refleja los logros del pueblo
colombiano, y los vac�os que vamos dejando en nuestro caminar.
Es lugar de los esfuerzos por una convivencia ciudadana m�s
participativa y del individualismo m�s concentrado, de los actos
de violencia y de las redes de iniciativas por la paz.
Es lugar de las universidades, de la tecnolog�a
y de los ni�os que no tienen o no les interesa acceder a la
educaci�n, prefiriendo estar en la calle. Desde este lugar,
se defiende la vida y las garant�as de los individuos y se violan
constantemente los derechos humanos. En esta ciudad se defiende
el espacio p�blico y a la vez se imponen los intereses privados
sobre las pol�ticas p�blicas. Es sitio para los consejos juveniles
locales, que buscan la participaci�n de los j�venes como sujetos
sociales, ya la vez sitio que tolera las redes de "limpieza
social" que extinguen la vida de otros j�venes. Lugar de
los museos, que buscan reconstruir la memoria hist�rica urbana
ya la vez donde, pensando en un futuro incierto, m�s r�pido
se olvida nuestra historia. Bogot� es lugar de muchos actores
sociales ya la vez de miles de espectadores que; sin sentido
de corresponsabilidad social, s�lo usan la ciudad, reclaman
derechos, pero no est�n dispuestos a aportar nada a cambio.
2. La Iglesia y la ciudad
Ante este fen�meno humano, en proceso de expansi�n,
la misma Iglesia se ha visto cuestionada, y en muchos casos
desbordada, en su misi�n. El Papa, los obispos, los presb�teros,
los catequistas y todos los dem�s agentes de evangelizaci�n
han ido reconociendo en los �ltimos tiempos que para ser fieles
a la misi�n encomendada por Jesucristo, en el contexto de la
cultura urbana, se requiere de la Iglesia no s�lo una serie
de acciones puntuales, sino todo un proceso de conversi�n de
la comunidad, de su mentalidad, de su organizaci�n, de sus criterios,
sus m�todos, de sus lenguajes etc., que le permita desarrollar
su misi�n al servicio del Reinado de Dios presente y actuante
en la historia humana. El desaf�o va a la necesidad de crear
una verdadera pastoral urbana, entendida como la generaci�n
de acciones reflexivas y motivadas por el esp�ritu y los valores
del Reinado de Dios, que se pongan al servicio del proceso de
adaptaci�n, de inculturaci�n y de toma de posici�n prof�tica
y comprometida de la Iglesia frente al fen�meno de la cultura
urbana.
Desafortunadamente nos encontramos hoy con que
no toda acci�n pastoral de la Iglesia en la ciudad es una pastoral
urbana, puesto que no hay un verdadero discernimiento y reconocimiento
de este signo de los tiempos y las implicaciones en la labor
eclesial.
3. La pastoral urbana (PU)
Asumir el desaf�o de inculturar nuestras acciones
pastoral es en la cultura de Bogot�, nos exige acercamos a la
ciudad e ir ampliando nuestra visi�n sobre ella, de tal manera
que podamos reconocerla en su autonom�a, como obra humana, y
a la vez, reconocer los signos de la presencia y de los planes
de Dios en ella (cf. G.S. 4.11). Es necesario, a la luz del
Evangelio y siguiendo la recomendaci�n del S�nodo Arquidiocesano,
discernir las voces, los rostros y los acontecimientos que en
la ciudad son un reclamo a la comuni�n y a la misi�n de la Iglesia
y que marcan los espacios y realidades en los cuales est� llamada
a desplegar su acci�n prof�tica y liberadora al servicio del
Reinado de Dios. Esto supone el recurso ponderado y prudente
a las investigaciones que las ciencias humanas y sociales nos
aportan al respecto, para realizar un acertado discernimiento
pastoral sobre nuestra ciudad.
Con frecuencia nos preguntamos por lo que debemos
hacer, por los m�todos y t�cnicas a seguir, sin reconocer que
en la medida en que esa aproximaci�n a la realidad urbana sea
asumida en serio, la ciudad y la acci�n del Esp�ritu en ella,
nos ir� mostrando lo que debemos y por d�nde lo podemos hacer.
Fue la mirada compadecida y comprometida del buen samaritano
sobre aquel hombre herido al borde del camino, le hizo reconocer
lo que ten�a que hacer por �l.
Por supuesto es necesario recordar que el interlocutor
de la acci�n pastoral sigue siendo el (la) habitante concreto
(a) de la ciudad, que percibe su vida en una tensi�n din�mica
entre los aspectos propios de la vida p�blica y los de su vida
privada. Una relaci�n que, por la complejidad y fragmentaci�n
de la sociedad urbana bogotana, no siempre se plantea adecuadamente
y conduce a percibir la vida como un caos. La reflexi�n y acci�n
pastoral, se ha movido hacia los extremos, hacia el intimismo
religioso o hacia la reducci�n del proyecto del Reino a un proyecto
social, m�s que a reconocer que cada sujeto vive su vida dentro
de esa tensi�n y que, por tanto, todo proyecto pastoral urbano
debe tener en cuenta el reto que tiene todo ciudadano (a) de
integrar su vida, p�blica y privada, bajo un sentido que le
permita alcanzar una vida m�s humana y digna.
A partir del an�lisis y del discernimiento realizados,
es necesario identificar los desaf�os que nos plantea la ciudad
y sus culturas, tanto a la vida misma de la comunidad eclesial
(di�cesis, parroquia, CEB, organizaciones de inspiraci�n cristiana,
etc.), como a la misi�n que tiene frente al mundo. As� lo plantean
los obispos en Puebla cuando hablan de la tarea de formar a
los fieles para vivir su vida cristiana dentro del contexto
de las luces y sombras de la cultura urbana (cf. DP 433) ya
la vez de la tarea de transformaci�n evang�lica de la realidad,
mediante la evangelizaci�n de la cultura (cf. DP 395). La PU
encierra entonces estos dos aspectos, como dos caras de una
misma moneda:
Por un lado, el reto de la consolidaci�n de
la comunidad eclesial misma, inmersa en la multiculturalidad
que ofrece la ciudad y sin embargo llamada a mantener y desplegar
la identidad que le viene de su opci�n de fe en Jesucristo.
Como lo hicieron los primeros cristianos en las ciudades greca-romanas
de Europa y del Asia menor, hoy estamos llamados a la construcci�n
de una identidad eclesial, que sea expresi�n de la vivencia
aut�ntica de los valores evang�licos, sin caer en sectarismos;
pero a la vez, capaz de adaptarse e insertarse en la multiplicidad
de los contextos urbanos, sin diluirse en la masa, para llegar
a ser realmente un sacramento de salvaci�n, un signo y fermento
del Reino. Estructuras eclesiales, organizaci�n, procesos kerigm�ticos
y catequ�sticos, celebraciones lit�rgicas, y la riqueza de experiencias
de comuni�n de la Iglesia deben orientarse y desarrollarse desde
estos criterios.
Que todo en la Iglesia, se oriente a hacer de
ella la casa y la escuela de la comuni�n, en medio
de la ciudad, como lo propone Juan Pablo II en la Novo Millenio
Ineunte No. 43. Por otro lado, el reto de desarrollar la
acci�n evangelizadora, entendi�ndola como proceso por el cual
la Iglesia no se coloca contra lo urbano, ni permanece paralela
a ello, sino que se hace presente, sobretodo por medio de sus
miembros laicos, en los distintos espacios donde se genera,
se desarrolla, se expresa, se transmite la cultura urbana y
busca entablar un di�logo en orden a una inculturaci�n del Evangelio
y de la misma comunidad eclesial. Un proceso en el cual es necesario
denunciar o evidenciar las realidades de pecado personal y social,
y participar activamente en el desarrollo de unas nuevas relaciones
sociales m�s justas y solidarias. El ejercicio de la pol�tica
en la ciudad, de la econom�a, del comercio formal e informal,
de los medios de comunicaci�n, el mundo de las universidades,
el mundo obrero y empresarial, las culturas juveniles, las culturas
regionales y �tnicas, la gente que permanece en la calle, etc.,
son espacios que reclaman una presencia activa de la Iglesia
y que no pueden ser abordadas s�lo desde la mediaci�n pastoral
de las parroquial tradicionales. Las m�ltiples ciudades invisibles
que conviven piden el desarrollo de procesos evangelizadores
creativos, diversificados, audaces, innovadores. Es un deber
de los cristianos, como lo dijo Pablo VI, participar en la construcci�n
y reconstrucci�n de la ciudad y de su tejido social, en orden
a crear una sociedad, de acuerdo con el proyecto del Reino (cf.
PABLO VI, Octogessima Adveniens 11-12).
El desarrollo de una PU implica por tanto un
cambio de paradigma en la comprensi�n misma de lo que es evangelizar
y una conversi�n de las estructuras pastorales, de los
m�todos empleados y del sentido de participaci�n de los fieles.
La apertura a pensar nuevas formas de parroquia (p.e. ambientales,
sectoriales etc.), el desarrollo de nuevos ministerios o el
reconocimiento oficial de algunos ya existentes, la promoci�n
de nuevos tipos de CEBs, una nueva comprensi�n del ministerio
sacerdotal y el desarrollo de nuevos lenguajes y formas de presencia
de la comunidad eclesial, son las perspectivas que genera el
compromiso de hacer una pastoral m�s "urbana". Adem�s,
la movilidad, la situaci�n de cambio permanente, que genera
la cultura urbana, exige una actitud de revisi�n permanente
de las acciones pastorales, que permita el reconocimiento de
los aciertos y desaciertos en el cumplimiento de la misi�n y
el replanteamiento �gil de nuevas interpretaciones y acciones.
Tenemos entonces por delante un desaf�o por
asumir, que exige de nosotros reflexi�n, acci�n y espiritualidad.
Pero sobretodo una gran capacidad de apertura y de discernimiento,
pues antes que tratarse de recetas pastorales, hacer de nuestra
pastoral una pastoral urbana nos exige una gran capacidad para
escuchar y discernir, para poder responder, como nos lo ha pedido
el s�nodo. |