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REVISTA SEMINARIUM BOGOTENSE Nº 1 - 2002
DE UNA PASTORAL EN LA CIUDAD HACIA UNA PASTORAL URBANA
Temas para la catequesis

Jaime Alberto Mancera Casas, Pbro.
Miembro del Equipo de Formadores
Licenciatura en Teolog�a Pastoral
Universidad Pontificia de M�xico
M�xico, D.F.

La ciudad como un fen�meno humano

Las ciudades son la obra m�s significativa del ingenio humano. Su historia se identifica con la historia misma del hombre que, dejando la vida n�mada, asumi� una vida sedentaria dando una organizaci�n particular a su convivencia social. Su origen y sentido est�n unidos a la naturaleza misma del ser humano como ser social, llamado a desarrollarse plenamente s�lo en la convivencia e interacci�n con otros, como lo afirmaba ya Arist�teles en su libro La Pol�tica, al referirse al hombre como un ser para vivir en la ciudad, en la polis.

Con el paso del tiempo, la vida de las ciudades se ha hecho cada vez m�s compleja, no s�lo por su incremento demogr�fico, sino, sobretodo, por la multiplicaci�n de interrelaciones entre los diversos elementos que estructuran el espacio urbano [i] , por la diversidad �tnica, cultural y social, por la extensa red de significaciones individuales y colectivas, que van tejiendo el entramado social urbano. Adem�s, no se puede actualmente pensar en la ciudad sin tener en cuenta los factores externos que tambi�n la configuran y que provienen de un proceso de globalizaci�n, no s�lo econ�mico sino en todas las dimensiones de la sociedad.

Hoy las ciudades de nuestro continente reflejan claramente las luces y las sombras de la transici�n cultural en la que nos encontramos. La ciudad es una gran paradoja en la que simult�neamente encontramos tanto las manifestaciones del m�s alto desarrollo del hombre, como aquellas que se�alan la ausencia del sentido de �lo humano�; junto a las experiencias de libertad y mayor participaci�n democr�tica, tambi�n est�n nuevas formas de dominaci�n, de exclusi�n, de intolerancia y de violencia. En medio de las m�ltiples posibilidades de comunicaci�n e interacci�n, se dan las experiencias de mayor individualismo, soledad e indiferencia. Junto a los beneficios que la ciencia y la tecnolog�a nos han aportado, tambi�n est�n las condiciones m�s inhumanas de vida.

Estos fen�menos que influyen sobre y desde la ciudad contempor�nea han configurado una forma de pensar sobre la vida, unos criterios y valores, unas pr�cticas, unos estilos de expresi�n y redes simb�licas, que tienden a transmitirse e imponerse como un estilo de vida dando lugar a una llamada: “cultura urbana” contempor�nea.� Una cultura en la cual, a pesar de sus rasgos� dominantes y excluyentes, los ciudadanos no pueden ser considerados como simples objetos pasivos, sino que son simult�neamente instituyentes e instituidos, creadores e imitadores, actores y espectadores, transmisores y destinatarios, productores y resultado, excluyentes y exclu�dos, beneficiarios y v�ctimas. Una cultura que vive en la din�mica de estar construyendo ciudad y de ser construida por la ciudad. Una cultura que es convivencia y sucesi�n de m�ltiples culturas, de tal manera que se puede hablar de m�ltiples ciudades, como lo dice Italo Calvino: �a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre s�.� [ii] Una cultura, por tanto, que cruza los l�mites geogr�ficos de la ciudad, y alcanza al �mbito de lo rural y del mundo ind�gena. De ah� que hoy se prefiera hablar del fen�meno de “lo urbano”, m�s que de “la ciudad” ciudad.

Son abundantes las agendas de investigaci�n, los proyectos, las propuestas metodol�gicas, las redes de investigadores y las b�squedas de las ciencias humanas para descifrar el misterio que encierran hoy las ciudades y su cultura, en orden a construir una convivencia m�s justa, democr�tica y solidaria. Se habla de la necesidad de una verdadera interdisciplinariedad y� transdisciplinariedad, para poder aproximarse a un fen�meno que es unidad y articulaci�n, en medio de la diversidad, la fragmentaci�n y la transformaci�n permanente. [iii]

Bogot� es el espacio de nuestra experiencia de lo urbano. Bogot� ha acompa�ado buena parte de la historia de nuestro pa�s; es el espejo que refleja los logros del pueblo colombiano, y los vac�os que vamos dejando en nuestro caminar. Es lugar de los esfuerzos por una convivencia ciudadana m�s participativa y del individualismo m�s concentrado, de los actos de violencia y de las redes de iniciativas por la paz. Es lugar de las universidades, de la tecnolog�a y de los ni�os que no tienen o no les interesa acceder a la educaci�n, prefiriendo estar en la calle. Desde este lugar se defiende la vida y las garant�as de los individuos y se violan constantemente los derechos humanos. En esta ciudad se defiende el espacio p�blico y a la vez se imponen los intereses privados sobre las pol�ticas p�blicas. Es sitio para los consejos juveniles locales, que buscan la participaci�n de los j�venes como sujetos sociales, y a la vez sitio que tolera las redes de “limpieza social” que extinguen la vida de otros j�venes. Lugar de los museos, que buscan reconstruir la memoria hist�rica urbana y a la vez donde, pensando en un futuro incierto, m�s r�pido se olvida nuestra historia. Bogot� es lugar de muchos actores sociales y a la vez de miles de espectadores que, sin sentido de corresponsabilidad social, s�lo usan la ciudad, reclaman derechos, pero no est�n dispuestos a aportar nada a cambio.

Esta ciudad compleja y diversa, fragmentada y a la vez con cierto sentido de unidad, que genera un tipo de ciudadanos y que es generada por sus ciudadanos, es el desaf�o pastoral que el VI S�nodo Arquidiocesano de Bogot� quiso plantear y al cual quiere responder el Plan Global de Pastoral.

La ciudad y la Iglesia

Las ciudades y la Iglesia, en nuestro pa�s, han crecido juntas. Desde la Colonia la Iglesia tuvo un lugar dentro de la vida de las ciudades; no s�lo por su presencia en la plaza central, donde el templo ten�a su lugar reservado, sino adem�s por su presencia en la vida social y cultural. Las actividades que se organizaban desde las parroquias o la Catedral determinaban los calendarios de la vida cotidiana de las comunidades; Semana Santa, la novena de Navidad, las fiestas patronales, son claro ejemplo de esto.

Pero en la medida en que fueron creciendo los asentamientos urbanos, y apareci� la multiplicidad y diversidad que los caracteriza, la parroquia y en general, la vida religiosa, fue pasando a ser un elemento m�s dentro de la vida de un ciudadano. La cultura moderna, con su carga de emancipaci�n, de renovaci�n, de democratizaci�n y de expansi�n [iv] , condujo m�s que a una supresi�n de la religi�n, como algunos lo anunciaron, a una privatizaci�n de la misma [v] ,� a un afianzamiento de la religiosidad popular y a una multiplicaci�n de nuevos grupos religiosos, que conforman un verdadero “mercado de ofertas religiosas”. La Iglesia dej� de ser el centro y la fuente de significado de muchas realidades sociales y pas� a ocupar un lugar a veces paralelo, a veces indiferente dentro de la sociedad.

En el presente vemos a la Iglesia cat�lica, en una ciudad como Bogot�, compleja y diversa, como una instituci�n m�s, que goza de cierta credibilidad, pero su radio real de influencia es corto; su poder de convocaci�n no es superior al de otros actores sociales, como los venidos del mundo del espect�culo, de la m�sica o de los medios de comunicaci�n etc. Pero sobretodo, lo m�s significativo es, como lo constat� el S�nodo, que en su interior el sentido de identidad y de pertenencia se encuentran diluidos, con la consecuencia de no estar logrando una encarnaci�n de los valores evang�licos en la cultura de la ciudad.

Antes se hablaba de la Iglesia dentro de la ciudad como uno de los gestores de la socializaci�n, junto a la escuela y, por supuesto, a la familia; hoy son los pares, los medios de comunicaci�n social y las culturas que ellos mismos van re-creando en sus propios ambientes, quienes tienen m�s influencia sobre ni�os y j�venes,�

Adem�s, actualmente la Iglesia realiza su misi�n en medio de un ambiente que rescata lo religioso, pero desde la diversidad de formas y expresiones, desde la exaltaci�n de lo individual y lo emotivo, desde lo no institucional, desde las pr�cticas de la religiosidad popular; circunstancias que influyen en el sentido de pertenencia y de compromiso con ella, haci�ndolo parcial o estancado por muchos escepticismos.

No podemos entonces dejar de preguntarnos hoy, como se propuso al iniciar el VI S�nodo de la Arquidi�cesis [vi] , desde dentro y desde fuera, �cu�l es el papel real que la Iglesia est� desempe�ando en medio de la ciudad? �Qui�nes son sus interlocutores? �Hasta d�nde se est�n alcanzando los objetivos de la misi�n evangelizadora? Preguntas que nos conducen a la problem�tica de la pastoral urbana.

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La pastoral urbana

No se parte de cero al hablar sobre la tarea de la Iglesia en las grandes ciudades; son muchas las iniciativas, las experiencias eficaces, los proyectos pastorales desarrollados, las reflexiones realizadas; pero esta riqueza se halla dispersa, sus elementos no est�n articulados o no son suficientemente valorados o difundidos. El temor a los cambios, el apego a los esquemas de acci�n� heredados y continuados sin ninguna reflexi�n cr�tica, pero sobre todo la falta de un reconocimiento del fen�meno de la urbanizaci�n como un verdadero signo de los tiempos y la ausencia de un discernimiento evang�lico del mismo como criterio de las acciones, son algunos de los aspectos que impiden el desarrollo de una pastoral actual, cre�ble y eficaz dentro del contexto urbano.

Son muchas nuestras acciones pastorales, pero con frecuencia se habla de: “desfase” [vii] , “desbordamiento” o de “estar caminando paralelos pero no convergentes”, como bien lo expres� el Cardenal Mario Revollo [viii] , al formular la hip�tesis de la consulta sinodal.

Los Papas, los obispos, los presb�teros, los catequistas y todos los dem�s agentes de evangelizaci�n han ido reconociendo en los �ltimos tiempos que para ser fieles a la misi�n encomendada por Jesucristo, en el contexto de la cultura urbana, se requiere de la Iglesia Universal, y sobretodo de las Iglesias particulares, no s�lo una serie de acciones puntuales, sino todo un proceso de conversi�n de la comunidad, de su mentalidad, organizaci�n, criterios,� m�todos, formas de presencia, lenguajes etc., que le permita desarrollar su acci�n al servicio del Reinado de Dios, presente y actuante en la historia humana que acontece en las ciudades [ix] . El desaf�o va entonces m�s all� de exigir una “pastoral de la ciudad” [x] , a plantear la necesidad de construir una presencia m�s inculturada de la Iglesia Particular en el contexto urbano, y por tanto de desplegar una acci�n evangelizadora [xi] , que le permita ser aut�nticamente un sacramento de salvaci�n; o en otros t�rminos, que le permita ser un sujeto social capaz de participar en la transformaci�n del tejido social y cultural de la ciudad, de acuerdo con los valores del Evangelio, como lo planteaba Pablo VI en la Octog�sima Adveniens 10-12.

Hablar entonces de “pastoral urbana” (PU) significa en un sentido amplio hablar de una categor�a que debe atravesar la vida y las acciones de las Iglesias Particulares que habitan en las ciudades. Y en un sentido estricto, el t�rmino nos remite a las acciones pastorales que responden a las condiciones espec�ficas que se encuentran en el espacio urbano.� En el sentido amplio el calificativo “urbana” brotar� del esfuerzo de inculturaci�n tanto de la comuni�n, como de la misi�n eclesial; en el sentido estricto, lo “urbana” brotar� de la generaci�n de acciones espec�ficas que buscan responder a los lugares, ambientes y retos propios de la vida de las ciudades.

A�n cuando nos referimos en primer lugar a las Iglesias en ciudades, tambi�n las Iglesias que est�n en contextos rurales deben desplegar una PU, puesto que el campo no es ajeno a la influencia de la cultura urbana, sobretodo por los medios de comunicaci�n social y por el incremento de la movilidad.

M�s que buscar una definici�n de PU, quiero ahora plantear algunas notas que nos permitan hacer una aproximaci�n a los aspectos que encierra este desaf�o y que deben ser tema de reflexi�n y debate permanente.

- En primer lugar la PU va surgiendo all� donde se le da campo a la pregunta� que busca superar el puro pragmatismo pastoral, y quiere abrir caminos de una acci�n m�s reflexiva, pertinente y adaptada. Preguntas que surgen desde el ejercicio del ministerio apost�lico, desde el testimonio que aportan las comunidades neotestamentarias, desde las investigaciones de las ciencias humanas, desde las experiencias que se est�n realizando. Preguntas como estas: en medio de los m�ltiples an�lisis sobre la realidad de la ciudad, �qu� ser�a una lectura pastoral de la ciudad?, �qu� interrogantes nos plantea la ciudad para la comprensi�n y vivencia del Evangelio? �qu� es evangelizar en la ciudad y a la ciudad?, �c�mo debemos interpretar la vinculaci�n entre la Iglesia y la ciudad?, �c�mo se ha confrontado la mentalidad cristiana con los valores y criterios que presenta la urbe moderna?, �c�mo la Iglesia puede hacerse presente y dialogar con la ciudad?, �puede la Iglesia ser generadora de nuevas culturas urbanas? �c�mo formamos a los cristianos para que vivan su fe en la ciudad?, �c�mo lograr que los signos b�blicos, lit�rgicos y en general eclesiales sean significativos para la gente de la ciudad?, �qu� categor�as de la cultura urbana debo tener en cuenta para desarrollar un plan de catequesis?, �c�mo ayudar a las familias para que cumplan su misi�n de formar personas para vivir en la ciudad, desde los valores evang�licos? �cu�les son los ministerios prioritarios para desplegar una PU?, �c�mo se preparan los seminaristas para asumir su ministerio sacerdotal dentro del contexto urbano?, �qu� organismos pastorales deben crearse o modificarse para ser articuladores de las actividades evangelizadoras? Etc, etc, etc. Es fundamental valorar las preguntas, que ser�n m�s abundantes que las respuestas y ponen en camino de b�squeda.

- La PU, dentro del esp�ritu del Concilio Vaticano II, exige un real acercamiento a la ciudad, su estructura y cultura, para poder re-conocerla en su autonom�a como obra humana, y a la vez, re-conocer los signos de la presencia y de los planes de Dios en ella [xii] . Es necesario, a la luz del Evangelio, discernir las voces, los rostros y los acontecimientos que en la ciudad son un reclamo a la comuni�n y a la misi�n de la Iglesia y que marcan los espacios y realidades en los cuales est� llamada a desplegar su acci�n prof�tica y liberadora al servicio del Reinado de Dios. Por tanto, a la base de este esfuerzo de discernimiento pastoral urbano est� el recurso ponderado y prudente a las investigaciones que las ciencias humanas y sociales nos aportan y el desarrollo de una aut�ntica teolog�a sobre la ciudad [xiii] . Urge superar visiones simplistas, ingenuas, s�lo negativas o indiferentes ante la ciudad, para poder llegar a ser interlocutores de la misma.

- El ejercicio adecuado del discernimiento pastoral sobre la ciudad, que determina los desaf�os para la acci�n pastoral y los medios m�s adecuados para responder, exige de nuestra parte� mantener una visi�n de conjunto sobre la ciudad, y especialmente entre lo p�blico y lo privado:� el interlocutor de la acci�n pastoral sigue siendo el habitante concreto de la ciudad, que percibe su vida en una tensi�n din�mica entre los aspectos propios de la vida p�blica y los de su vida privada. Una relaci�n que, por la complejidad y fragmentaci�n de la sociedad urbana, no siempre se plantea adecuadamente y conduce a percibir la realidad como un caos. Una relaci�n en la que priman los factores de exclusi�n social y no se propicia una justa y solidaria distribuci�n de los bienes sociales y culturales.

No ha sido f�cil mantener el equilibrio es este sentido, puesto que a veces la reflexi�n pastoral se dirige hacia la identificaci�n de diversos campos de acci�n social espec�fica y hacia la generaci�n de iniciativas pastorales correspondientes (p.e. obreros, intelectuales, constructores de sociedad, gente de la calle, cultura de los barrios o colonias etc.); pero no se tiene suficientemente en cuenta el mundo de la vida de cada ciudadano, su realidad individual y privada, que aunque s� est� condicionada por las ideolog�as del sistema social dominante, no se define s�lo por ellas o por su acci�n laboral o p�blica. [xiv] � Otras veces, las acciones s�lo promueven la vida privada de los individuos, sin tener en cuenta la dimensi�n p�blica dentro de la cual est�n llamados a vivir su vida y la dimensi�n social del evangelio. Todo proyecto pastoral urbano debe tener en cuenta el reto que tiene todo ciudadano de integrar su vida, p�blica y privada, bajo un sentido que le permita alcanzar una vida m�s humana y digna, junto con los dem�s. En este mismo sentido debe atenderse al reconocimiento tanto de las realidades de gracia y de pecado personal, como al reconocimiento de la presencia o ausencia de los valores del Reino en las estructuras y sistemas sociales. [xv]

- A partir del an�lisis y del discernimiento realizados es necesario identificar los desaf�os que nos plantea la ciudad y sus culturas, tanto a la vida misma de la comunidad eclesial (di�cesis, parroquia, CEB, organizaciones de inspiraci�n cristiana, etc.), como a la misi�n que tiene frente al mundo.� As� lo plantean los obispos en Puebla cuando hablan de la tarea de formar a los fieles para vivir su vida cristiana dentro del contexto de las luces y sombras de la cultura urbana (cf. DP 433) y a la vez de la tarea de transformaci�n evang�lica de la realidad, mediante la evangelizaci�n de la cultura (cf. DP 395). La PU encierra entonces estos dos aspectos, como dos caras de una misma moneda:

Por un lado, el reto de la consolidaci�n de la comunidad eclesial misma, inmersa en la multiplicidad de estilos de vida que ofrece la ciudad y sin embargo llamada a mantener y desplegar la identidad que le viene de su opci�n de fe en Jesucristo. Como lo hicieron los primeros cristianos en la ciudades greco-romanas durante los primeros siglos, hoy estamos llamados a la construcci�n de una identidad eclesial, que sea expresi�n de la vivencia aut�ntica de los valores evang�licos, sin caer en sectarismos; pero a la vez, capaz de adaptarse e insertarse en la multiplicidad de los contextos urbanos, sin diluirse en la masa, para llegar a ser realmente un sacramento de salvaci�n, un signo y fermento del Reino [xvi] . Estructuras eclesiales, organizaci�n, procesos de formaci�n en la fe, celebraciones lit�rgicas, y la riqueza de experiencias de comuni�n de la Iglesia deben orientarse y desarrollarse desde estos criterios. Que todo en la Iglesia, se oriente a hacer de ella la casa y la escuela de la comuni�n, como lo propone Juan Pablo II en la Novo Millenio Ineunte No. 43.

Por otro lado, el reto de desarrollar la acci�n evangelizadora, entendi�ndola como proceso por el cual la Iglesia no se coloca contra lo urbano, ni permanece paralela a ello, sino que se hace presente, sobretodo por medio de sus miembros laicos, en los distintos espacios donde se genera, se desarrolla, se expresa, se transmite la cultura urbana y busca entablar un di�logo en orden a una inculturaci�n del Evangelio y de la misma comunidad eclesial. Un proceso en el cual es necesario denunciar o evidenciar las realidades de pecado personal y social, y participar activamente en el desarrollo de unas nuevas relaciones sociales m�s justas y solidarias. El ejercicio de la pol�tica en la ciudad, de la econom�a, del comercio formal e informal, de los medios de comunicaci�n, el mundo de las universidades, el mundo obrero y empresarial, las culturas juveniles, las culturas regionales y �tnicas, la gente que permanece en la calle, etc. son espacios que reclaman una presencia activa de la Iglesia y que no pueden ser abordados s�lo desde la mediaci�n pastoral de las parroquias tradicionales.� Las m�ltiples ciudades invisibles que conviven piden el desarrollo de procesos evangelizadores diversificados, creativos, audaces, innovadores. Es un deber de los cristianos participar en la construcci�n y reconstrucci�n de la ciudad y de su tejido social, en orden a crear una sociedad, de acuerdo con el proyecto del Reino [xvii] .

- El desarrollo de la PU implica la conversi�n de las estructuras pastorales, de los m�todos empleados y del sentido de participaci�n de los fieles.� La apertura a pensar nuevas formas de organizar las parroquias, la creaci�n de parroquias ambientales o sectoriales, el desarrollo de nuevos ministerios laicales o el reconocimiento oficial de algunos ya existentes, la promoci�n de nuevos tipos de comunidades eclesiales de base, una nueva comprensi�n sobre el ejercicio del ministerio ordenado y el desarrollo de nuevos lenguajes y formas de presencia de la comunidad eclesial, son las perspectivas que genera el compromiso de hacer una pastoral m�s “urbana”. [xviii] La misma formaci�n inicial para el ministerio sacerdotal est� llamada a entrar en este proceso de conversi�n pastoral. Adem�s, la movilidad, la situaci�n de cambio permanente que genera la cultura urbana, exige una actitud de revisi�n permanente de las acciones pastorales, que permita el reconocimiento de los aciertos y desaciertos en el cumplimiento de la misi�n y el replanteamiento �gil� de nuevas interpretaciones y acciones.�

- La situaci�n de transici�n, de confrontaci�n, de desbordamiento en la que coloca la cultura urbana a la Iglesia debe ser asumida con una espiritualidad espec�fica, que el mismo Pablo VI plante� recordando a Jon�s, quien recorri� N�nive, la gran ciudad, predicando la misericordia divina, sostenido en su debilidad por la fuerza de la Palabra de Dios, as� como recordando la promesa neotestamentaria de la ciudad que viene de lo alto, la Jerusal�n Celestial, que es fuente de esperanza ante una ciudad, como lugar del pecado y del orgullo humano que desprecia el plan de Dios [xix] .

Estas tem�ticas abordadas no pretenden agotar o delimitar la discusi�n. Por el contrario buscan suscitar el di�logo y la reflexi�n conjunta, que conduzca a la construcci�n y re-construcci�n de una acci�n pastoral adecuada al contexto de la cultura urbana con la cual la Iglesia est� llamada a dialogar, sea desde el campo o sea desde la ciudad,� sea desde la acci�n o desde la reflexi�n, sea desde la vida p�blica o desde la vida privada, en orden al cumplimiento de su misi�n en el momento actual.

El Plan Global de Pastoral de la Arquidi�cesis

Como un fruto del proceso generado por el VI S�nodo, el Plan Global de Pastoral (PGP), asumido en 1999, da los grandes lineamientos, los objetivos y los criterios de la acci�n pastoral de la Iglesia Arquidiocesana para los siguientes a�os, y ha sido criterio para la elaboraci�n de la planificaci�n por zonas pastorales y su respectiva programaci�n.

El PGP se ha presentado como un camino para dar respuesta a los desaf�os que la estructura y la cultura de la metr�poli plantean a la comuni�n y misi�n de la Iglesia (Declaraciones sinodales, p.17), y despliega diversos aspectos de una aut�ntica pastoral urbana.

En primer lugar, nos lanza a un cambio de actitud frente a la ciudad, a quien se le reconoce como un interlocutor de la vida y acci�n eclesial. La compasi�n del samaritano le hace abrir los ojos bajo una luz nueva para reconocer al hombre necesitado, y lo lleva a experimentar el impulso de hacerse pr�jimo. La Iglesia de Bogot�, animada por la misericordia, quiere ver la verdad de la realidad, la verdad del hombre, la verdad de s� misma, la verdad de Dios (cf. PGP, p. 35-39) manifestada en la vida de la ciudad.

Como lo manifiesta el objetivo general, la Iglesia se compromete consigo misma y con la ciudad, present�ndose como un aut�ntico sujeto social, cuya identidad brota de su ser comunidad convocada por Jesucristo, Palabra del Padre, y llamada a ser sacramento de su misericordia en medio de todos los hombres; y que se reconoce presente en la ciudad con una intencionalidad: ser Buena Noticia, levadura transformadora del tejido social urbano, desde la din�mica del Reinado de Dios. Esta doble mirada, sobre s� misma y sobre la ciudad a la cual quiere servir, nos pone en camino de una aut�ntica inculturaci�n urbana del Evangelio y de la comunidad eclesial, en la medida en que sea asumida en los diferentes campos, �mbitos y niveles de la acci�n pastoral.

La espiritualidad del buen Samaritano, como actitud que quiere acompa�ar todas las acciones y que busca devolver el sentido de humanidad a la ciudad, mediante la pr�ctica misericordiosa del servicio, es capaz de sostener, en medio de las dificultades, conflictos y persecuciones, la acci�n de la comunidad eclesial, y de todos sus miembros. Adem�s, es capaz de aportar la especificidad de nuestra acci�n, que deber� ser desarrollada junto a las iniciativas de otros sujetos con quienes estamos llamados a interactuar.

Pastoral urbana y formaci�n sacerdotal

Un desaf�o fundamental que plantea la PU es la formaci�n de todos los agentes de evangelizaci�n en esta dimensi�n de la pastoral. Presb�teros y di�conos, llamados a ser los colaboradores del ministerio episcopal, deben formarse para desempe�ar su servicio con sabidur�a, sensibilidad y habilidades capaces de adaptarse y entrar en di�logo con el contexto urbano.� No basta una preparaci�n gen�rica, sino que es necesaria la debida especializaci�n.

Es un hecho que las conclusiones sinodales y el PGP han suscitado, en distintos momentos e instancias, una re-lectura del proceso de formaci�n sacerdotal inicial que se brinda en el Seminario Mayor. Dicha re-lectura, como es propio de la pedagog�a de la Iglesia, ha llevado a nuevas preguntas, nuevas b�squedas, nuevas iniciativas en el desarrollo del proyecto educativo.

La afiliaci�n del Seminario a la Pontificia Universidad Javeriana, se ubica dentro de este contexto de renovaci�n y ha querido ser asumida como una oportunidad para avanzar en la respuesta al desaf�o que nos plantea Bogot� y su cultura, a la comuni�n eclesial y a la formaci�n de sus futuros ministros ordenados.

El pensar en la formaci�n al ministerio desde los par�metros de una educaci�n superior, de un car�cter “universitario” (universal e interdisciplinar), de un rigor cient�fico en nuestro trabajo, nos ha llevado a precisar y valorar muchos de los aspectos de la formaci�n que son patrimonio pedag�gico, elaborado a lo largo de los a�os; pero tambi�n nos ha exigido un proceso de humilde reconocimiento de nuestras limitaciones y de los desaf�os que tenemos por delante.��

La revisi�n y reformulaci�n del curr�culo acad�mico y del plan de estudios del Seminario ha sido ocasi�n para asumir en su justo valor el reto de dar un car�cter cient�fico y teol�gico a la pastoral, como lo ha se�alado Juan Pablo II [xx] .

Urge� hacer de la ciudad de Bogot� y su cultura una categor�a que atraviese todas las dimensiones de la formaci�n; de tal manera que, sin perder el sentido universal del ministerio, el perfil pastoral del ordenado est� a la altura de las condiciones y necesidades en las cuales va a desempe�ar su servicio. Es necesario, por tanto, brindar las herramientas necesarias para que los alumnos aprendan a leer, con sentido cr�tico, cient�fico, interdisciplinar, la realidad social y cultural de la ciudad a la que pertenecen, o pertenecer�n, y en la cual asumir�n un compromiso espec�fico.

Valorar, aplicar y desarrollar nuevos m�todos de conocimiento de la realidad, es tarea que tenemos por delante, en orden a una aut�ntica inculturaci�n de nuestra acci�n pastoral; as� como la educaci�n en una capacidad de leer teol�gicamente la ciudad, en orden a discernir, a la luz del Evangelio, los signos de los planes y la presencia de Dios en ella. La realizaci�n durante el presente a�o de dos experiencias apost�licas, la una en algunos barrios del suroriente de la ciudad y la otra en el campo de la pastoral de la movilidad humana, acompa�adas por un proceso de investigaci�n sociol�gico y antropol�gico respectivamente, es un signo claro de nuestros primeros pasos en este sentido. Adem�s, contamos con la riqueza de estudios e investigaciones que desde distintas perspectivas y disciplinas se han hecho o se est�n haciendo en Bogot�.

As� como el buen samaritano que fue capaz de ver, compadecerse y actuar, en la medida en que durante la formaci�n ampliemos nuestra mirada y nos dejemos guiar por el esp�ritu de misericordia de Jes�s, comprenderemos por d�nde y c�mo debemos llevar nuestros proyectos pastorales y seremos m�s creativos en nuestros m�todos.

La reflexi�n teol�gica deber� verse enriquecida por los problemas que la situaci�n del pa�s y de la ciudad le vayan poniendo, as� como por el esfuerzo de inculturar el mensaje de la fe y de hacerlo cre�ble en nuestro contexto. No s�lo la teolog�a pastoral o pr�ctica, sino tambi�n las dem�s disciplinas teol�gicas est�n llamadas a involucrarse en esta tarea.

Es necesario adem�s, dadas las condiciones en las que llegan los alumnos, educarlos en un verdadero sentido de participaci�n ciudadana que les permita entenderse a s� mismos, no s�lo por su bautismo y su misi�n dentro de la comunidad eclesial, sino tambi�n por su condici�n de ciudadanos y part�cipes de una vida social, junto con otros.

En pocas palabras, tenemos por delante el desaf�o de formar a quienes, como colaboradores del Se�or Arzobispo, deben ser los gestores y animadores de una Iglesia Particular cada vez m�s inculturada en el contexto de esta gran ciudad de Bogot�, y que deben ser los primeros en conocerla, amarla y comprometerse con ella desde su misi�n pastoral. Formar a quienes ayuden a dar el paso de una acci�n “pastoral en la ciudad”, a una aut�ntica “pastoral urbana”.

Existen muchos otros desaf�os que la ciudad, su estructura y cultura nos plantean a la formaci�n inicial para el ministerio ordenado, que es necesario ir afrontando con la esperanza que debe acompa�ar una aut�ntica pastoral urbana: la esperanza que nace de la promesa del Se�or de estar caminando con nosotros en la construcci�n de la ciudad terrena, mientras esperamos la venida desde el cielo de la Nueva Jerusal�n, la morada de Dios con los hombres [xxi] .



[i] Fabio Giraldo Isaza propone un modelo te�rico de comprensi�n de la complejidad del fen�meno urbano, a partir de la interdependencia entre los atributos constitutivos de la ciudad, las dimensiones pol�tica, econ�mica, social, cultural y medioambiental, las instancias de articulaci�n-regulaci�n entre el estado nacional, las entidades territoriales y la sociedad civil y, por �ltimo, el mismo espacio urbano en su manifestaci�n f�sica, hist�rica y social. Cf. GIRALDO, Fabio, �La ciudad: la pol�tica del ser�, en GIRALDO, Fabio y VIVIESCAS, Fernando (comp.) Pensar la ciudad, Tercer Mundo editores – Cenac – Fedevivienda, Bogot� 1996, 3-19.

[ii] CALVINO, Italo, Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid 19993,43.

[iii] Cf. A.A.V.V., Red de investigadores de cultura urbana sobre Bogot�. Perspectivas desde un encuentro, Fondo mixto para la promoci�n de la cultura y las artes – Alcald�a Mayor de Bogot�, Bogot� 1997.

[iv] Cf. GARC�A CANCLINI, N�stor, Culturas h�bridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, Grijalbo, M�xico 1989.

[v] Cf. LUCKMAN, Thomas, La religi�n invisible, S�gueme, Salamanca 1973.

[vi] Cf. REVOLLO, Mario, Cardenal, Anuncio del S�nodo, Bogot� 1989.

[vii] CARAMURU, R. �Informe general�, en CARAMURU, R. et al., La Iglesia al servicio de la ciudad, Nova terra- Dilapsa, Barcelona,� 191-193.

[viii] Cf. �En este mundo que evoluciona tan r�pidamente corremos el riesgo de perder el contacto con la realidad circundante y por tanto de marchar en un camino paralelo pero no convergente con el de los hombres de hoy, a quienes la Iglesia debe llevar el mensaje de salvaci�n.�� REVOLLO, Mario, Cardenal, Anuncio del S�nodo, No. 3.�

[ix] Cf. GS 54; OA 8-12; Rmi 37; Medell�n 3,2-3.12; 10,3; Puebla� 421-433.441; Santo Domingo 255-262; EAm 21.

[x] “Pastoral de la ciudad” como contraposici�n a una “pastoral del campo”, como si el problema fuera s�lo una cuesti�n geogr�fica.

[xi] “Acci�n evangelizadora”, en el sentido amplio de la palabra, es decir, como Pablo VI lo toma en la Evangelii Nuntiandi �17-20,� y no simplemente como pastoral prof�tica.

[xii] Cf. GS 4.11.36.59.

[xiii] Algunas propuestas en este sentido son: COMBLIN, Joseph, Th�ologie de la ville, Paris 1968 (trad. esp, Teolog�a de la ciudad, Verbo Divino, Navarra 1972); FROSINI, Giordano, Babele o Gerusalemme? Per una teologia della citt�, Paoline, Milano 1992; NI�O, Francisco, La Iglesia en la ciudad. El fen�meno de las grandes ciudades en Am�rica Latina, como problema teol�gico y como desaf�o pastoral, Universit� Gregoriana, Roma 1996.

[xiv] Aqu� se hace referencia a los conceptos desarrollados por J. Habermas en su teor�a social.

[xv] Cf. GS 40; RP 16; LC 42; SRS 36; Puebla 127-14; 470-506; Santo Domingo 157-227,� etc.

[xvi] Puede verse: ELLIOTT, John, Un hogar para los que no tienen patria ni hogar. Estudio cr�tico social de la Carta primera de Pedro y de su situaci�n y estrategia, Verbo Divino, Estella 1995. En el libro el autor destaca la estrategia sugerida por los autores de la carta a las comunidades del Asia menor, para que en medio de su contexto consoliden su identidad, sin cerrarse al mundo que los rodea, ni diluirse en �l.

[xvii] Cf. OA 12.

[xviii] Cf. Santo Domingo 258-260.

[xix] Cf. OA 12.

[xx] Cf.� PDV 57.

[xxi] Cf. Ap 21,1-27.

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