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Por JORGE ENRIQUE CELIS
GIRALDO�
El
mejor tipo de investigaci�n emp�rica
es la investigaci�n emp�rica
con un fundamento te�rico
Anthony Giddens
2000
Este escrito pretende hacer
una reconstrucci�n sint�tica del ejercicio de investigaci�n en
sociolog�a urbana, realizado durante el primer semestre de 2002
en el curso de Segundo de Filosof�a del Seminario Mayor de Bogot�.
Mediante estas memorias se evidenciar�n las diferentes etapas
del proceso investigativo.
Consideraci�n preliminar.
El curso de sociolog�a
urbana [i] tuvo como
finalidad primigenia, infundir en los estudiantes una aptitud
para observar y describir algunas realidades de la ciudad, con
base en la articulaci�n creativa entre la teor�a, las t�cnicas
de investigaci�n y la imaginaci�n sociol�gica. Para tal fin, se
les sugiri� que llevaran a cabo un ejercicio de investigaci�n
sobre alg�n problema concreto de Bogot�. Debido a las caracter�sticas
del escenario (una parroquia), los trabajos pastorales adelantados
por ellos y la discusi�n te�rica sobre algunos autores cl�sicos
de la sociolog�a urbana, se propuso como tema de estudio el reconocimiento
de algunos elementos sociales asociados con la participaci�n de
un urbanita en un grupo parroquial en el sur de la ciudad [ii] .
El principal
inconveniente de este cometido fue la escasa o casi nula claridad
conceptual sobre qu� es hacer investigaci�n. Varios estudiantes
asociaron el ejercicio con la realizaci�n de encuestas o entrevistas,
sin importar los t�picos te�rico y operativo. Tambi�n se encontraron
algunos que sobredimensionaron la teor�a hasta tal punto, que
hacer investigaci�n era elaborar una especie de ensayo, desconociendo
tajantemente la informaci�n recolectada en los escenarios de trabajo;
hab�a una bifurcaci�n irreconciliable entre los principios te�ricos
y su aplicaci�n para entender un fen�meno social. Por esto, se
propuso hacer una aproximaci�n somera a qu� es la metodolog�a
de la investigaci�n en las ciencias sociales y cu�les son sus
principales polos.
�Qu� es la metodolog�a
en las ciencias sociales? : Un acercamiento conceptual [iii] .
La metodolog�a es la orquestaci�n
entre el proceso mediante el cual se hace el dise�o de la investigaci�n,
el an�lisis de la informaci�n y la presentaci�n de unos resultados.
Est� presente tanto en la delimitaci�n del objeto de estudio como
en su aplicaci�n; se desplaza desde la conceptualizaci�n, pasando
por las t�cnicas hasta el campo de investigaci�n, regresando nuevamente
desde la informaci�n recolectada hasta los supuestos te�ricos.
No puede asociarse luego, con un conjunto de etapas o si se quiere,
a un recetario, el cual hay que cumplir al pie de la letra, paso
a paso, de manera cronol�gica; al contrario es una reflexi�n topol�gica
din�mica sobre los conceptos y los datos. Un investigador est�
constantemente determinando los datos con la teor�a y la teor�a
con los datos. Se podr�a afirmar que la metodolog�a es una manera
articulada de acercarse y apropiarse de la riqueza emp�rica de
un escenario social.
Dependiendo del problema
de investigaci�n planteado se escoge una metodolog�a. Identificar
y describir unos elementos urbanos que inciden en la conformaci�n
de un grupo parroquial, le exige al investigador que entre en
un contacto directo con los individuos, se percate de la manera
c�mo un urbanita se ve a s� mismo y en su entorno social religioso.
Para este caso, la metodolog�a que mejor presta servicios a este
prop�sito es la cualitativa, que aborda y centra su reflexi�n
en la forma como los individuos construyen sentido y le dan significaci�n
a sus actos, tal como ellos definen su mundo social. Concentra
su inter�s en la dimensi�n subjetiva del individuo para comprender
los entramados de significaci�n social que condicionan su actuar
cotidiano
[iv] .
La condici�n m�s importante
para desarrollar esta metodolog�a es que el investigador mantenga
al margen, hasta donde le sea posible, sus propias creencias,
sin superponer su cosmovisi�n sobre la de los individuos que est�
investigando. Lo que le debe concernir es la realidad subjetiva
del individuo, la manera como �l se percibe en su realidad social.
Es conveniente se�alar
que las diferentes teor�as de las ciencias sociales influyen en
la� definici�n de la metodolog�a cualitativa. Los desarrollos
epistemol�gicos pueden transformar o revaluar los intereses del
investigador en el escenario social. De ah� que las teor�as dinamicen
la metodolog�a y condicionen la construcci�n de su objeto de estudio,
as� como su interpretaci�n
[v] . La metodolog�a incorpora los supuestos te�ricos
para trazar un horizonte de preocupaciones investigativas.���
�Cu�les son los polos de
la metodolog�a en la investigaci�n social?.
La metodolog�a est� conformada
por tres polos: el te�rico, el morfol�gico y el t�cnico. Cada
uno de ellos es independiente del otro pero guardan una relaci�n
de interdependencia, debido a que el an�lisis de una realidad
exige el enlace de todos ellos para entenderla [vi] . Por ende, estos diferentes
polos mantienen una relaci�n dial�ctica entre s�. No sobra advertir
que cuando un investigador inicia su trabajo puede partir desde
cualquier polo, lo importante es incorporarlos todos para realizar
su investigaci�n; la organizaci�n depende de la manera como se
vaya construyendo un objeto de estudio en el devenir de una investigaci�n.
El polo te�rico hace referencia
a los marcos interpretativos ofrecidos por las teor�as para entender
unos fen�menos de la realidad socialmente construida. Usualmente
la teor�a proporciona los contenidos conceptuales necesarios para
determinar la manera de abordar una realidad, por tanto, unos
preceptos te�ricos condicionan, parcialmente, el acercamiento
del investigador al campo de investigaci�n.
La teor�a se encuentra
ubicada en una disciplina espec�fica, la cual ha ido definiendo
unas proposiciones anal�ticas para explicar ciertos temas sociales.
Empero, los intereses te�ricos de una disciplina siempre est�n
relacionados con un contexto hist�rico [vii] . Pero no todos los marcos
interpretativos de una �poca en una disciplina, se convierten
en un sustrato conceptual (acumulaci�n originaria) para entender
m�s, o de otra manera, la vida social [viii] .
Otra situaci�n que se da
en el interior de una disciplina es la diversidad de tem�ticas
en que se divide. Por ejemplo, las unidades de an�lisis de la
sociolog�a urbana son diferentes a las de la sociolog�a de la
educaci�n; sus preocupaciones han hecho que adopten un lenguaje
distinto. No obstante, algunos autores insisten en la necesidad
que las distintas especializaciones sociol�gicas incluyan en sus
trabajos los nuevos modelos interpretativos de la teor�a sociol�gica
general [ix] .
Actualmente una tendencia
interesante es la de concebir un objeto de estudio para las ciencias
sociales, sin interesar la divisi�n entre las disciplinas; los
diferentes desarrollos de cada una sirven para dar mayor solidez
al an�lisis del objeto de estudio. Aunque muchos catalogan esta
actitud como de ecl�ctico, es una alternativa saludable para abrir
el espectro anal�tico de las relaciones sociales [x] .
En el caso del curso, se
hizo una aproximaci�n hist�rica a la consolidaci�n de la ciudad
con un trabajo realizado por F. Braudel. Asimismo, se conocieron
los problemas centrales de la ciudad moderna mediante el estudio
de algunos textos de los soci�logos G. Simmel, R. Park y L. Wirth,
quienes postularon los conceptos b�sicos de esta disciplina
[xi] . Un soci�logo urbano que no estudie estos autores
no entender� los desarrollos te�ricos de este tipo de sociolog�a [xii] y la discusi�n actual
de los fen�menos urbanos [xiii] . Dentro de los objetivos
del curso no estaba el hacer un estudio de la historia ni de la
sociolog�a, ni de la sociolog�a urbana, sino hacer una proped�utica
sobre las categor�as conceptuales que sirven para entender el
fen�meno urbano.
Con la lectura de Braudel
se examinaron por un lado, los procesos que configuraron una ciudad
en cualquier civilizaci�n y por otro, las din�micas espec�ficas
que determinaron las ciudades en Occidente
[xiv] durante los siglos XV y XVIII.����������
Toda ciudad nace en un
lugar determinado y trata de ser un mundo aparte. Durante el siglo
XI fue un com�n denominador la construcci�n de murallas, que ten�an
como principal prop�sito delimitar el espacio perteneciente a
la ciudad de los terrenos m�s cercanos y defenderse de posibles
ataques. Fue as� que cada ciudad hizo una apropiaci�n del espacio
(dise�o de edificaciones y calles), generando unos estilos de
vida contrarios a los del campo, e igualmente, apropi�ndose de
unos signos como la bandera, la artiller�a y la infanter�a, que
la simbolizaban, d�ndole unas caracter�sticas a sus habitantes
para diferenciarlos de los dem�s.�
Toda ciudad es un mercado.
La necesidad y demanda de ciertos productos en una ciudad crean
numerosas concentraciones y dispersiones de hombres, de diferentes
bienes, haciendo que alrededor de la ciudad se organicen peque�os
centros; es como un sistema solar en el cual hay una ciudad sol
y alrededor de ella giran las dem�s. Se establece pues, una dependencia
funcional entre ellas debido a las din�micas de la vida econ�mica,
que excluye las unidades secundarias de los entramados urbanos
para beneficiar las m�s importantes.
Toda ciudad es producto
de una civilizaci�n
[xv] . La ciudad expresa la organizaci�n de una sociedad:
Son lo que la sociedad, la econom�a, la pol�tica les permiten
ser, les obliga a ser. Son una medida, una escala
[xvi] . De hecho, la cosmovisi�n de unos habitantes
de una ciudad se refleja en la manera como se construyen las casas,
las calles, se distribuye el espacio y en �ltimas, se la concibe.
Por esta raz�n, se puede diferenciar entre las ciudades de Oriente
y Occidente.�
La libertad y la autonom�a
que daban las ciudades a los individuos marcaron su originalidad
en Occidente. El uso activo de la moneda y la aparici�n de la
industria posibilitaron una nueva forma de intercambiar mercanc�as,
dando paso al incipiente capitalismo: el uso activo del c�lculo
racional. A estas condiciones materiales, hay que agregar la identidad
social. En la ciudad no s�lo se viv�a una tensi�n entre sus habitantes
sino tambi�n hab�an enemigos externos como los nobles o pr�ncipes
que los pod�an invadir, entonces para mantener la unidad se exacerb�
el sentido de pertenencia de los ciudadanos mediante el patriotismo
territorial. Este principio de pertenencia y la organizaci�n del
trabajo facilit� la entrada del Estado, el cual regul� racionalmente
las relaciones sociales mediante leyes que reg�an los m�nimos
para la convivencia; busc� el desarrollo t�cnico a toda costa
para mantener las demandas del mercado. S�lo a trav�s de los alcances
que tuvo la racionalidad en Occidente se puede entender el funcionamiento
de las ciudades que d�a a d�a crec�an en n�mero de habitantes.
Podr�a sostenerse entonces,
que al entrar en el estudio de las configuraciones de una ciudad
se debe explorar la esfera econ�mica, los usos y las costumbres
que condicionan las relaciones sociales en una urbe -toda esa
acumulaci�n cultural que se va dando en el devenir hist�rico y
que se mantiene latente en la ciudad-.�
Posteriormente, se realiz�
el estudio de algunos escritos relevantes de Simmel, Park y Wirth,
quienes centran su atenci�n en el urbanismo como un modo
de vida, mostrando c�mo incide en la interacci�n social
y� en la conformaci�n de diferentes c�rculos sociales en una ciudad.�
La vida social
transcurre entre una multiplicidad de interacciones. Hombres y
mujeres construyen sus vivencias cotidianas en diversos c�rculos
sociales urbanos en los cuales interact�an de acuerdo con la ubicaci�n
espacial y temporal en la que se encuentran. Tales interacciones
se pueden llevar a cabo tanto en sitios p�blicos como en privados.
Para entender el concepto
sociol�gico de interacci�n en las grandes ciudades, siguiendo
los prop�sitos del curso, hay que ubicarse en el contexto de la
vida moderna, en el cual la econom�a de mercado y la divisi�n
del trabajo han alcanzado un grado de desarrollo que ha sumido
al individuo bajo las regularidades de su din�mica; este desarrollo
de la econom�a de mercado ha creado un ambiente social artificial
en el cual el individuo entra en conflicto con la sociedad al
tener que adaptarse a las demandas que �sta le exige
[xvii] .�
Para delimitar la� interacci�n
en este contexto es de vital importancia no concebir la ciudad�
como un agregado o una concentraci�n ascendente de individuos
sobre un espacio
[xviii] , sino m�s bien, desde la perspectiva de sus
realidades propias, aspecto objetivo (la sociedad hist�ricamente
constituida con su cultura y su t�cnica), y de la forma c�mo los
individuos se relacionan entre s� a partir de estas, aspecto subjetivo
(individuo). Pero, lo objetivo se hace dominante en la vida moderna
y ejerce presi�n sobre lo individual; esta condici�n tiende a
mantenerse y a acrecentarse sobre todo con la divisi�n del trabajo
que reduce al individuo a un engranaje dentro de la organizaci�n
de la ciudad
[xix] .��
La ciudad puede ser definida
como un establecimiento relativamente grande, denso y permanente
de individuos socialmente heterog�neos. Cabe formularse la siguiente
pregunta: �C�mo se delimita la interacci�n en esta �ptica sociol�gica?.
Para dar respuesta a este interrogante se proponen tres elementos:
el tama�o de la poblaci�n, la densidad y la heterogeneidad. Por
consiguiente, hay que percatarse de c�mo cada uno de estos elementos
determina y configura la interacci�n en la ciudad.
Tama�o de la poblaci�n:
El tama�o de la poblaci�n, sobre todo la elevada especializaci�n
del trabajo, los espacios y las actividades urbanas, obliga a
los individuos a abrirse a un comp�s de interacciones en los m�ltiples
c�rculos que componen la ciudad. Esta situaci�n disemina y debilita
los lazos de parentesco y vecindad; no hay posibilidad de conocimiento
mutuo y personal entre los miembros de la sociedad. Por esto,
las interacciones que dominan la ciudad son los contactos secundarios,
en tanto que las relaciones �ntimas entre las personas se reducen
cada vez m�s a causa del aumento poblacional y la dependencia
que cada individuo tiene de un sinn�mero de personas que le son
desconocidas. Esto hace que las relaciones con los otros sean
impersonales, superficiales, transitorias y segmentadas.
En otros t�rminos, en la
gran ciudad tienen lugar una variedad de actividades, regularmente
desconectadas entre s�. Un individuo necesita ingresar en diversos
escenarios para poder cumplir su rutina. Generalmente, en estos
espacios, las personas que interact�an se relacionan de acuerdo
con el papel social que desempe�an. Surge as� una situaci�n de
impersonalidad que se sustenta en un estado de indolencia que
como fen�meno an�mico es exclusivo de la gran ciudad. La indolencia
y con ella el car�cter an�nimo que asumen los individuos en la
ciudad, eclosionan como un fen�meno de adaptabilidad para un urbanita
que pretende habitar en ella.
La actitud de los individuos
urbanos se torna cada vez m�s reservada, ya que se hace imposible
que el contacto con cada persona reciba una respuesta emotiva
como sucede en los conglomerados peque�os, donde hay un conocimiento
cercano entre los individuos. Si esto se intensificara en un lugar
donde cada individuo tiene contacto con un sinn�mero de personas
desconocidas se caer�a en un estado mental y an�mico insoportable;
luego, la principal caracter�stica de la interacci�n es el anonimato,
el cual permite mantener una distancia moral en medio de la promiscuidad
f�sica.
Densidad [xx] : Para el caso de la densidad
poblacional, la interacci�n se determina con base en la necesidad
del aumento de la especializaci�n y la diversificaci�n de las
actividades que desempe�an los individuos. Pero, �c�mo exterioriza
un individuo su intimidad en las grandes urbes?.
En la ciudad las interacciones
que puede establecer un individuo necesariamente no se tienen
que guiar por su profesi�n u oficio. Al contrario, hay ciertos
c�rculos sociales que se consolidan de acuerdo con los intereses
de las personas. Por ejemplo, c�rculos art�sticos, de lectura
o religiosos. Los intereses compartidos son pues, la fuerza que
cohesiona la reuni�n de un grupo de personas.
Este principio
de asociaci�n social permite explicar la consolidaci�n de un barrio,
en �l sus habitantes comparten ciertas condiciones materiales
como existenciales. A trav�s del tiempo van consolidando unas
rutinas, unas estructuras de significaci�n, que llenan de contenidos
sus interacciones. En consecuencia, el barrio posibilita que un
individuo se identifique con la ciudad, es su primera representaci�n
social de la urbe. De ah� que la vecindad sea la forma m�s elemental
de interacci�n urbana.
La ciudad posibilita que
un individuo se mueva en diversos espacios, los cuales estar�n
determinados por su especializaci�n laboral y por sus intereses
personales; esta capacidad asociativa no s�lo permite al individuo
el reconocimiento con la ciudad sino como persona, al ser aceptado
por otros.�
Heterogeneidad:
En virtud de los diversos intereses que promueven los diferentes
aspectos de la vida social, un individuo es miembro de grupos
ampliamente divergentes, cada uno de los cuales requiere un simple
segmento de su personalidad. En este caso, la interacci�n se perfila
din�mica en la medida que el individuo est� sujeto a moverse en
diferentes c�rculos que le exigen un cierto tipo de interacci�n
dependiendo de la relaci�n que est� estableciendo con un grupo
determinado. Los grupos con los cuales la persona est� afiliada
son, m�s bien, tangenciales uno con respecto al otro y se interceptan
de un modo muy variable.
El aumento paulatino de
la poblaci�n y el de los c�rculos sociales, en la gran ciudad,
hacen que la interacci�n se acelere: el individuo urbano, reducido
a un estado de impotencia virtual como individuo, est� condenado
para obtener sus fines, a empe�arse en lograr una uni�n en grupos
organizados con otros individuos de intereses similares, algunas
veces, o aprender a convivir con otros que requiere para desarrollar
su vida diaria, as� no comparta con ellos ninguna afinidad.
En s�ntesis,
podr�a aseverarse que las estructuras econ�micas y la divisi�n
social del trabajo han generado un tipo de interacci�n social
caracterizada por ser an�nima y exageradamente instrumental. Empero,
tambi�n esta imposici�n estructural ha hecho que la individualidad
se exacerbe, al grado que un individuo tiene la libertad de asociarse
en distintos c�rculos sociales, los cuales no le comprometer�n
toda su personalidad sino una parte. En la semana un individuo
puede ser un empresario y el domingo asiduo hombre de parroquia.
El polo morfol�gico es
la manera como se delimita el objeto de estudio en la investigaci�n,
es decir, la selecci�n que hace el investigador de un fen�meno
dentro de la gama de fen�menos que componen la realidad urbana.�
El objeto de estudio surge
tanto de las observaciones y descripciones hechas en el campo
como de los principios te�ricos estudiados; unos y otros generan
en el investigador un interrogante, que se convertir� en la br�jula
y en el sentido de una investigaci�n.
En el curso, el problema
de investigaci�n tuvo como tel�n de fondo la discusi�n te�rica.
Se resalt� la posibilidad que tienen los urbanitas para asociarse
en diferentes c�rculos sociales, de acuerdo con sus intereses,
los cuales necesariamente no tienen que ser econ�micos o pol�ticos
sino tambi�n religiosos. Obviamente, para que los individuos puedan
reunirse requieren tanto de un tiempo como de un espacio espec�fico.
De aqu� surgi� la pregunta problema de la investigaci�n: �Qu�
elementos est�n asociados con la participaci�n del urbanita en
un grupo parroquial?. Respecto a este interrogante, era imprescindible
tratar de establecer los factores sociales que intervienen en
la conformaci�n de un grupo parroquial en la ciudad.
En un primer momento, los
estudiantes trataron de hacer una elaboraci�n conceptual sobre
qu� es un c�rculo social religioso, cu�les son sus elementos espec�ficos.
Se determin� que este c�rculo comparte caracter�sticas con cualquier
otro c�rculo social en la ciudad. Un grupo parroquial serv�a para
romper las relaciones an�nimas de la ciudad, al permitirle a los
individuos compartir sus historias de vida, posibilit�ndoles un
reconocimiento y aceptaci�n entre ellos. Las finalidades de un
grupo parroquial eran el inter�s de compartir unas experiencias
de fe, as� como la necesidad de ilustrarse sobre los dogmas de
la Iglesia cat�lica. En otros t�rminos, el c�rculo se pod�a analizar
desde dos t�picos: por un lado, desde las vivencias individuales
y por otro, desde los principios teol�gicos que rigen la instituci�n
eclesial
[xxi] .�
Despu�s se trat� de establecer
como esos diferentes intereses condicionan la interacci�n en el
c�rculo parroquial. La interacci�n no era de acuerdo con la racionalidad
instrumental sino m�s emocional debido a que las experiencias
de fe tienen que ver m�s con las vivencias personales, marcadas
por situaciones gratificantes o tristezas relevantes. Este principio
tambi�n se aplic� a la formaci�n institucional en la medida que
los individuos requieren altas dosis de carisma para transmitir
su conocimiento eclesi�stico.
Otro factor que se tuvo
en cuenta fue la vecindad de los integrantes. Usualmente los individuos
pertenecen al mismo barrio; un c�rculo parroquial se mantiene
por las relaciones de vecindad que comparten personas que habitan
un mismo territorio y que pueden dedicar un tiempo a varias actividades,
entre ellas la religi�n.
Esta delimitaci�n conceptual
se hizo operable mediante las distintas formas de asociaci�n que
ten�an los individuos en los diferentes grupos parroquiales. Por
ejemplo, en un grupo b�blico asist�a el padre con su hijo, �l
quer�a transmitirle su experiencia de fe a trav�s del estudio
de la Palabra de Dios. Otras personas acud�an al grupo parroquial
para desahogar sus problemas familiares, hacerlos m�s llevaderos,
buscando iluminarlos, por lo menos, desde la fe en Dios. Hubo
grupos que tambi�n se reun�an para que sus integrantes no se sintieran
solos, frecuentemente eran personas de edad, pensionadas y enfermas.���
El polo t�cnico son los
instrumentos empleados para la recolecci�n de la informaci�n en
el campo de estudio. Seg�n el problema planteado se escogen unas
t�cnicas de investigaci�n, por tanto, las t�cnicas se acoplan
a las exigencias del planteamiento del problema, no al contrario.
Pero la dificultad no s�lo es saber cu�l t�cnica es la m�s apropiada
para la recopilaci�n de los datos sino cu�ndo debe hacerse la
recolecci�n. El escenario, la poblaci�n y el problema de investigaci�n
son los condicionantes primarios que debe tener en cuenta un investigador
a la hora de hacer su trabajo de campo.
Indagar sobre los elementos
que inciden en la conformaci�n de un grupo parroquial requiere
que el investigador entre en contacto con los individuos, dialogue
con ellos y haga una reconstrucci�n sus experiencias. Por esto,
en el ejercicio de investigaci�n se seleccionaron los siguientes
instrumentos: el diario de campo y la entrevista en profundidad.
El diario de campo
es el registro escrito que hace un investigador sobre el fen�meno
social seleccionado. All� describe tanto el escenario, las personas
como las interacciones que se establecen entre los individuos,
no solamente lo que conversan sino sus actitudes gestuales. El
diario de campo rehace un aspecto de la vida cotidiana de unos
individuos.
Al diario de campo hay
que dedicarle un espacio obligado de redacci�n despu�s de la observaci�n.
Es indispensable no dejar pasar demasiado tiempo finalizada la
observaci�n, de lo contrario, se pueden olvidar unos sucesos importantes
que m�s adelante, pueden ser fundamentales para la investigaci�n.
El diario de campo debe
estar en funci�n del problema planteado. Era cardinal tratar de
contrastar lo propuesto en el polo morfol�gico con lo que los
individuos hac�an en el escenario parroquial. Al asumir esta sugerencia,
los diarios de campo dejaron de ser unos anales para centrarse
en un problema espec�fico; se fueron concretizando y se dejaron
de atiborrar al no tratar m�s de abarcar todo lo que suced�a en
los fines de semana.�
Durante el curso, se le
propuso a los estudiantes organizar el diario de campo por tem�ticas.
Una parte dedicada a detallar el barrio donde estaba la parroquia,
otra a los encuentros con los grupos parroquiales y finalmente
a describir cada miembro del grupo. Este fue un ejercicio que
ayud� a focalizar la recolecci�n de la informaci�n. Un tema interesante
que tambi�n se abord� en los diarios fueron las experiencias personales
de los estudiantes; cada uno plasmaba sus impresiones sobre su
trabajo pastoral, las relaciones con su grupo de apostolado [xxii] , el p�rroco y el director
de curso.
Estas memorias tambi�n
pueden servir como herramientas para su discernimiento vocacional.
Podr�a pensarse a futuro institucionalizar esta pr�ctica del diario
de campo para todos los cursos del Seminario porque le exige al
estudiante sistematizar su vida pastoral durante su proceso de
formaci�n, es decir, reflexionar sobre su propio trabajo, as�
como las ideas y emociones que suscitan en su biograf�a personal.
La entrevista en profundidad
pretende hacer una reconstrucci�n de un aspecto de la realidad
individual. Aqu� es importante que el investigador mantenga una
actitud muy relajada con el entrevistado con el fin de posibilitarle
una exposici�n fluida, casi natural. En esta t�cnica el investigador
debe realizar un formulario de acuerdo con los intereses del problema
de investigaci�n; de otra manera recolectar� una cantidad considerable
de informaci�n, que m�s adelante no sabr� como utilizar para el
an�lisis.
Algunos estudiantes creyeron
conveniente centrarse en la experiencia religiosa de las personas
en relaci�n con la consolidaci�n del barrio. Otros decidieron
preguntarles por su vida cotidiana entre semana y compararla con
la del fin de semana. Hubo otros que indagaron el papel que juega
la parroquia en el barrio.�
Despu�s de recolectar la
informaci�n, algunos supuestos de la teor�a se mantuvieron y otros
fueron revalu�ndose. Por ejemplo, los estudiantes descubrieron
que muchos j�venes est�n all� no por su propio inter�s sino por
obligaci�n con sus familias. Tambi�n hab�a j�venes que se manten�an
en los grupos juveniles porque pod�an encontrar trabajo. Se encontraron
grupos que estaban conformados por amigos de hace mucho tiempo.
Hubo grupos donde la variable edad era el factor integrador. Tal
vez un aspecto muy interesante para la sociolog�a urbana fue la
incidencia avasalladora que tuvo una comunidad religiosa en el
barrio, a pesar de ya no estar all�. Estos sacerdotes ayudaron
a consolidar no s�lo la parroquia sino el barrio, apoyando a las
personas en otros aspectos diferentes al espiritual.�
An�lisis de la informaci�n.
El proceso de an�lisis
de la informaci�n consiste en proponer uno(s) postulado(s), como
posible(s) respuesta(s) al interrogante planteado en el ejercicio
de investigaci�n. Hay pues, una correspondencia casi lineal entre
el problema de investigaci�n y el postulado, el cual ser� ilustrado
en la producci�n de un informe final. En otros t�rminos, el postulado
es el eje sobre el cual versa todo el an�lisis del material emp�rico,
en cuanto permite comprender el fen�meno social seleccionado.
El an�lisis de la informaci�n
tiene dos componentes: el dise�o de la investigaci�n y la imaginaci�n
sociol�gica. La imaginaci�n sociol�gica no s�lo apunta a crear
unos indicadores para observar fen�menos sociales sino tambi�n
busca hacer una heur�stica de la teor�a a partir del an�lisis
y s�ntesis entre las categor�as sociol�gicas y los datos obtenidos
en el campo de investigaci�n; realizar una triangulaci�n creativa
entre la dimensi�n ontol�gica y epistemol�gica de la teor�a, el
�mbito t�cnico de la investigaci�n y la ocurrencia
del investigador para ofrecer una metodolog�a capaz de abordar
y dar cuenta de los problemas urbanos
[xxiii] . En consecuencia, el an�lisis empieza desde el momento
mismo en que se apropia una metodolog�a y se pone en marcha a
trav�s de sus polos y se va combinando con las ideas u ocurrencias
de un investigador.
En primer lugar, se les�
solicit� a los alumnos que hicieran una lectura cuidadosa de la
informaci�n, seleccionando unos factores urbanos que fueran determinantes
para entender la asistencia de las personas a un grupo parroquial.
El postulado, obviamente, ten�a que ser el factor o los factores
sociales que m�s hab�a estado presente tanto en las observaciones
como en las entrevistas realizadas por los estudiantes.
Para el an�lisis se emplearon
las tipolog�as, las cuales conjugaban los principios te�ricos
con la informaci�n recolectada en el campo
[xxiv] . La categor�a central era la de grupo parroquial,
sobre ella se construyeron las diferentes tipolog�as. Por grupo
parroquial se entendi� la reuni�n de dos o m�s personas que mantienen
una afinidad de fe.
La redacci�n del texto
final se hizo por temas
[xxv] : la ubicaci�n de un grupo parroquial en la ciudad,
la relaci�n entre la gran ciudad y un c�rculo social religioso
y las tipolog�as de los individuos que asisten a un grupo parroquial
y al final unas conclusiones. Todos estos temas giraron alrededor
del postulado propuesto por cada uno de los estudiantes. Sin embargo,
el problema com�n en los informes finales fue la presentaci�n
de unos datos emp�ricos desconectados de una postura te�rica y
poca imaginaci�n sociol�gica. Hubo estudiantes que desperdiciaron
la informaci�n recolectada en los diarios de campo y en las entrevistas.
La conclusi�n que propusieron
casi todos los estudiantes fue la incidencia de la familia en
la conformaci�n de un grupo parroquial. Otros postularon que el
grupo parroquial era un c�rculo social que se prestaba para que
los individuos se sintieran acompa�ados, un lugar que les posibilitaba
exteriorizar sus problemas personales. Unos se percataron que
a trav�s de la consolidaci�n de un grupo religioso se constru�an
unos lazos de solidaridad capaces de solucionarles dificultades
econ�micas; el grupo religioso era el inicio de una empresa.��
Consideraciones finales.
Este ejercicio de investigaci�n
fue formativo para los estudiantes en la medida que conocieron
una manera distinta de relacionarse con el conocimiento de las
ciencias sociales, el conocimiento aplicado a comprender un fen�meno
social de la ciudad.
Promover este tipo de actividades
en el Seminario podr�a ser una alternativa creativa para generar
una l�nea de investigaci�n institucional: la sociolog�a urbana,
enfatizando siempre en la parroquia como unidad de an�lisis.
Ser�a conveniente institucionalizar
en la formaci�n filos�fica la investigaci�n descriptiva y luego
conectarla con el tipo de investigaci�n de intervenci�n social
propuesta en la Teolog�a, mediante el dise�o de los planes pastorales.
Habr�a una relaci�n m�s l�gica y fluida entre la Filosof�a y la
Teolog�a.
Para este fin, es conveniente
ampliar los espacios acad�micos dedicados a la formaci�n en habilidades
para la investigaci�n, tales como las t�cnicas de investigaci�n
y la teor�a sociol�gica urbana.�
�
� El autor quiere expresar su
agradecimiento al fil�logo Jos� Rodrigo Huertas Ch. por sus
sugerencias y precisiones gramaticales, as� como al soci�logo
Paulo C�sar Guatame C. por sus aportes sociol�gicos e investigativos.
Por otro lado, los estudiantes los s�bados en
la tarde y los domingos en la ma�ana, durante 15 semanas, se
dedicaron a recolectar la informaci�n en el campo de investigaci�n,
en este caso, las parroquias asignadas por el Seminario Mayor.
Este curso fue tanto te�rico como pr�ctico.
Los estudiantes estudiaban los textos asignados por el profesor,
los cuales se convertir�n en su sustento te�rico para elaborar
unas categor�as conceptuales para abordar los temas de la ciudad.
M�s adelante, estas categor�as se hac�an operables en diferentes
t�cnicas de investigaci�n, que fueron los medios para recolectar
la informaci�n.
Algunos estudiantes estuvieron a cargo de la
catequesis de Primera Comuni�n o de Confirmaci�n. Otros fueron
gu�as espirituales en los grupos de Biblia, de Ac�litos, Primera
Comuni�n, Coro o en las peque�as Comunidades de Base.
[iii] La definici�n sobre metodolog�a que aqu� se plantea, no debe ser
asumida como algo taxativo. Esta es fruto de la experiencia
personal como de la formaci�n institucional que tuve en el Departamento
de Sociolog�a de la Universidad Nacional de Colombia. Tampoco
se debe asemejar a un manual, simplemente se busca llamar la
atenci�n sobre algunos elementos conceptuales que ayudan a definir
la metodolog�a para la investigaci�n en las ciencias sociales.
[iv] La frase metodolog�a cualitativa se refiere en su m�s amplio
sentido a la investigaci�n que produce datos descriptivos:
las propias palabras de las personas, habladas o escritas, y
la conducta observable.
Los
investigadores cualitativos tratan de comprender a las personas
dentro del marco de referencia de ellas mismas. Para la perspectiva fenomenol�gica y por lo tanto para la investigaci�n
cualitativa es esencial experimentar la realidad tal como otros
la experimentan. (TAYLOR, S.J y BOGDAN, R. Introducci�n
a los m�todos cualitativos de investigaci�n. Paid�s. Buenos
Aires. 1987, p.19 - 20.)
[v] De la perspectiva te�rica depende lo que estudia
la metodolog�a cualitativa,� el modo en que lo estudia, y en
que se interpreta lo estudiado. (Ib�d., p.23)
[vi] Estos polos no representan momentos separados de la investigaci�n
sino aspectos particulares de una misma realidad de producci�n
de discurso y de pr�cticas cient�ficas. Toda investigaci�n compromete
impl�citamente estas diversas instancias cada una de las cuales
est� condicionada por la presencia de las otras. (DE BRUYNE,
J. Y HERMAN, M. Metodolog�a y pr�ctica de la investigaci�n
en Ciencias Sociales. Par�s. 1974. EN: T�cnicas I. Lecturas
- Departamento de Sociolog�a. Universidad Nacional de Colombia,
p.A 9)
[vii] A mediados del siglo XIX, la sociolog�a nace
como una ciencia asociada a los procesos de modernizaci�n en
la nueva organizaci�n econ�mica, pol�tica y cultural de los
pa�ses de Europa Central, para tratar de dar respuesta a las
transformaciones que produjeron en el modo de vida de los individuos,
entre los cuales la urbanizaci�n ten�a un lugar importante:
vista como indicador de una estructura social desigual o como
el �mbito generador de la sociedad capitalista. En el caso de
K. Marx y F. Engels, al estudiar la expansi�n y consolidaci�n
de las ciudades industriales, se�alaban la importancia de la
cuesti�n urbana en el desarrollo del sistema capitalista de
producci�n. Por su parte, M. Weber sent� las bases para una
sociolog�a centrada en la ciudad. Cada uno de estos enfoques
te�ricos ha sido la base de estudios urbanos posteriores, -si
bien los estudios sobre la ciudad de estos autores constituyen
l�neas de investigaci�n secundaria-. No obstante, determinados
conceptos fueron asociados a otros y reformulados o desarrollados
a problemas que las teor�as en un principio esbozaron. M�s adelante,
con el uso de otros m�todos (epistemolog�a cient�fica) en las
ciencias sociales en concordancia con los resultados de las
investigaciones, han replanteado ciertas explicaciones del fen�meno
urbano. Por esto, en la investigaci�n urbana los t�picos ya
no s�lo se centran en la apropiaci�n y organizaci�n de un territorio,
o en la constituci�n del EstadoNaci�n y el mercado capitalista,
o las formas culturales que definen la integraci�n social, sino
tambi�n en los efectos que han tenido las telecomunicaciones
en la definici�n de qu� es una ciudad, los medios de comunicaci�n
en la conformaci�n de nuevos espacios p�blicos, a partir de
conceptos como el de ciudadano-pol�tico, el consumidor de servicios
o ciudadano-identidad. Otro tema interesante ha sido el observar
la diversa gama de grupos que se conforman en la ciudad, que
en su mayor�a tienen como principio satisfacer los deseos que
cada individualidad busca, tales como la religi�n, la m�sica,
la moda, etc.
De esta manera, lo urbano
ha dado un valor agregado no s�lo al entendimiento de ciertos
cambios o inercias de la sociedad moderna sino que ha nutrido
las teor�as sociol�gicas generales.
Lo cierto es que para abordar los problemas
relacionados con la ciudad, hist�ricos o actuales, hay que introducirse
en el conocimiento de las distintas aproximaciones te�ricas
que han contribuido a la construcci�n de un an�lisis de lo urbano.
Estos aportes, cada uno desde una perspectiva muy definida con
supuestos de partida muy diferentes entre s� (hasta antit�ticos),
posibilitan la interpretaci�n de los fen�menos urbanos.
[viii] Para M. Weber las ciencias de la cultura no deben partir de un primado
"nomol�gico inmutable" del cual sea deducible, a trav�s
de un sistema de premisas, la realidad social.
En
tal caso, Weber no ve en las leyes la finalidad de la ciencia
social sino m�s bien,� teniendo como referente� la "individualidad
hist�rica" que se vaya a determinar, como "medios
cognoscitivos": instrumentos para analizar la individualidad.
En efecto, si la configuraci�n de la ciencia social viene dada
por su car�cter de "significaci�n cultural", conexi�n
de sentido, en una individualidad hist�rica, ella no es deducible
de un sistema de conceptos legales. Asimismo, el car�cter de
la ciencia social es emp�rico, por tanto, los conceptos, los
cuales son cardinales en la investigaci�n, se constituyen a
partir del contacto con la realidad. En este caso, si la ciencia
social persigue comprender fen�menos individuales en su singularidad,
la labor de los conceptos ser� dilucidar las conexiones de sentido
en la individualidad en cuesti�n. En s�ntesis, al ser las leyes
medios de conocimiento, la realidad por un lado, no es deducible
de leyes pero por otro, permite establecer conexiones. Dicho
en otros t�rminos, el "qu�", la manera en que se construyen
problemas con respecto a fen�menos hist�ricos - concretos, parte
de un punto de vista subjetivo: principio de selecci�n, que
plantea una significaci�n, en principio, para las ideas de valores
culturales que se traten de abordar en una individualidad. La
pregunta que gu�a al investigador no se refiere a leyes sino
a "conexiones de sentido", ya que siempre se refiere
a una individualidad.� Aunque las leyes, en cuanto medios, ayudan
al investigador en el "an�lisis" de la individualidad.
De aqu� que se pueda hablar, a trav�s de las leyes, de la "imputaci�n
causal" de una individualidad: tratar resultados de ciertos
fen�menos. Es decir, Weber no excluye de las ciencias sociales,
la formulaci�n de conceptos abstractos. Al contrario, los conceptos
son necesarios para la imputaci�n causal: "la imputaci�n
de resultados concretos a causas concretas".
Sin embargo, Weber no equipara la formulaci�n
de leyes al canon de la generalidad al cual aspiran las ciencias
de la naturaleza. En el caso de las ciencias sociales, las leyes
ser�n m�s "explicativas", en su relaci�n causal, en
cuanto m�s centren en la realidad de la individualidad en cuesti�n:
no hay que reducir la riqueza emp�rica de una individualidad
a leyes.
�C�mo se establece pues, estas conexiones de
sentido en la imputaci�n causal? Porque los "fen�menos
culturales" est�n cargados de sentido y al investigador
le interesan su conexi�n de sentido. El punto de partida de
la ciencia social es espec�ficamente "particular":
"sin las ideas de valor del investigador no existir�a ning�n
principio de selecci�n del material ni conocimiento de lo real
en cuanto individual". (WEBER, Max, 1. La objetividad
cognoscitiva de la ciencia social y de la pol�tica social (1904)
EN: Ensayos sobre metodolog�a sociol�gica. Amorrortu
Editores. Buenos Aires. 1982, p.71) As�, la relaci�n de valor
es un principio de "selecci�n" posibilitado a trav�s
de premisas subjetivas "en cuanto se ocupa s�lo de aquellos
elementos de la realidad que muestra alguna relaci�n, por indirecta
que sea, con procesos a los que atribuimos significaci�n cultural".
(Ib�d., p.72) En consecuencia, la imputaci�n causal requiere
tanto un punto de vista subjetivo, que halle significado cultural
en un fen�meno, como de conceptos abstractos que permiten dilucidar
las conexiones de sentido.
Ahora bien, las "ideas" que importan
al investigador depender�n de la �poca, as� como del "m�todo"
empleado, el cual ser� guiado por el "estado del arte de
la ciencia social", de tal manera que la ciencia de la
cultura no puede formular un sistema de conceptos cerrados en
los cu�les la realidad pasada, muestre el presente como una
realidad explicada. Por tanto, la metodolog�a de la ciencia
social "fluye": tanto lo que es significativo, c�mo
la manera de acceder a esa individualidad; las ciencias sociales
est�n en una evoluci�n permanente; puntos de vista sucesivos
e inagotables con respecto a un fen�meno: no s�lo son complementarios
sino criticables.
[ix] Por ejemplo, actualmente en la sociolog�a de la educaci�n se est�
incorporando la Teor�a de la Estructuraci�n Social de A. Giddens
para analizar los procesos de escolarizaci�n que se llevan a
cabo en el interior
de la escuela. (BONAL X., Sociolog�a de la Educaci�n.
Una aproximaci�n cr�tica a las corrientes contempor�neas. Editorial
Paid�s. Buenos Aires. 1998, p.13 28; 171 204)
[x] Un ejemplo muy ilustrativo de esta nueva tendencia es
la Teor�a de la Estructuraci�n Social del soci�logo ingl�s A.
Giddens, quien se propone como objeto de estudio para las ciencias
sociales las pr�cticas sociales ubicadas en un espacio
tiempo. Para abordar este cometido emplea no s�lo la sociolog�a
sino tambi�n la sicolog�a, la geograf�a, la historia, la filosof�a
del lenguaje. (GIDDENS, Anthony. La Constituci�n de la Sociedad.
Bases para teor�a de la estructuraci�n. Amorrortu Editores.
Buenos Aires. 1995)
[xi] Si bien en el curso, por diferentes motivos, no se alcanz�
a trabajar la lectura El Urbanismo como modo de vida
del soci�logo L. Wirth, es importante mencionarlo para la exposici�n
del art�culo. Cierto n�mero de autores relacionados con
la Universidad de Chicago desde los a�os veinte a los cuarenta,
sobre todo Robert Park, Ernest Burgess y Louis Wriht, desarrollaron
ideas que durante muchos a�os constituyeron la base principal
de la teor�a e investigaci�n en sociolog�a urbana. Dos conceptos
desarrollados por la Escuela de Chicago son dignos de especial
atenci�n. Uno es el denominado enfoque ecol�gico del an�lisis
urbano, el otro la caracterizaci�n del urbanismo como un modo
de vida, desarrollado por Wriht. (GIDDENS, Anthony. Urbanismo
Moderno EN: Sociolog�a. Alianza Editorial. Espa�a. 1996,
p.603.)
[xii] Parafraseando a Alexander: Los cl�sicos
son productos de la investigaci�n a los que se les concede un
rango privilegiado frente a las investigaciones contempor�neas
del mismo campo. El concepto de rango privilegiado significa
que los cient�ficos contempor�neos dedicados a esa disciplina
creen que entendiendo dichas obras anteriores pueden aprender
de la obra de sus propios contempor�neos. (ALEXANDER,
Jeffrey, La centralidad de los cl�sicos EN: La Teor�a
Social Hoy. Alianza Universidad. Madrid. 1998,� p.23.)�
[xiii] (...) la Escuela ecol�gica delinea claramente
un modelo de ciudad que no es, en absoluto, distante del que
se puede proponer hoy en d�a: la ciudad crisol, de grupos diferentes
e intereses divergentes, la ciudad como forma de organizaci�n
social perennemente inestable, a punto de caer en el caos, la
ciudad que sufre de gigantismo y que se extiende sobre el territorio
perdiendo una connotaci�n unitaria y tal vez su especificidad.
(BETTIN, Gianfranco, Los Soci�logos de la Ciudad. Editorial
Gustavo Gili. Barcelona. 1982, 15.)
[xiv] Esta caracterizaci�n se har� con base en
el m�todo sincr�nico (larga duraci�n) de la historia propuesto
por F. Braudel, el cual relaciona dial�cticamente las categor�as
de civilizaci�n material (objetos, instrumentos, costumbres)
y econ�mica (mecanismos de producci�n e intercambio), y tiene
como finalidad comprender las civilizaciones para entender los
procesos de gestaci�n y organizaci�n de las ciudades: Son
esas sucesiones, esas series, esas largas duraciones las que
han tenido mi atenci�n: dibujan las l�neas de fuga y el horizonte
de todos esos paisajes pasados. Introducen un orden, suponen
equilibrios, ponen de relieve permanencias, todo aquello que
es, en suma, m�s o menos explicable dentro de ese aparente desorden...
La vida material se somete m�s f�cilmente a esas lentas evoluciones
que los otros sectores de la historia de los hombres. Entre
las regularidades, el lector habr� observado que hemos puesto
en primer plano aquellas que forman parte de las civilizaciones
y las culturas. Este libro se titula, no sin motivo, Civilizaci�n
material, lo que supone escoger un determinado lenguaje.
Las civilizaciones crean, en efecto, lazos, es decir, un orden,
entre miles de bienes culturales, de hechos heterog�neos, a
primera vista extra�os los unos a los otros, desde los que pertenecen
a la espiritualidad y a la inteligencia hasta los objetos y
�tiles de la vida cotidiana (...) Es un hecho que cada universo
de poblamiento denso ha elaborado un grupo de respuestas elementales
y tiene una enojosa tendencia a mantenerlas, en raz�n de una
fuerza de inercia que es una de las grandes artesanas de la
historia. �Qu� es entonces una civilizaci�n sino el antiguo
asentamiento de una determinada humanidad en un determinado
espacio?. (BRAUDEL, F., Civilizaci�n material, econom�a
y capitalismo. Tomo I. Alianza Editorial. Madrid. 1984, p.491
492)��
[xv] La relaci�n entre ciudad occidental y ciudad moderna
tiene profundas ra�ces hist�ricas, ra�ces que encontramos en
las peculiares condiciones sociales, pol�ticas y econ�micas
que acompa�an a la constituci�n de nuevas formas urbanas en
diversos per�odos de la democracia occidental. (Opcit. BETTIN, p.9.)
[xvi] Opcit. Braudel, p.489.
[xvii] SIMMEL, Georg, Las grandes urbes y la vida del
esp�ritu EN: El individuo y la libertad. Pen�nsula. Espa�a.
1986, p.247 261.
[xviii] WIRTH, L. El Urbanismo como modo de vida
y PARK, R. La Ciudad. Ambos textos se encuentran
en las Lecturas de Sociolog�a Urbana No. 259. Departamento de
Sociolog�a. Universidad Nacional de Colombia. Bogot�. 1962.
[xix] Un aporte muy importante del ensayo Las
grandes urbes y la vida del esp�ritu de Simmel, es mostrar
la influencia de las estructuras objetivas de la ciudad en la
personalidad y mentalidad de los individuos que la habitan.
Adem�s, plantea una interesante paradoja que se podr�a resumirse
en la siguiente afirmaci�n: la econom�a de mercado constri�e
pero posibilita la exacerbaci�n de la individualidad.�
[xx] La densidad es entendida por Wirth como la concentraci�n
de la poblaci�n en un espacio limitado.
[xxi] Es importante aclarar que los grupos parroquiales se
reun�an con una periodicidad en unos horarios establecidos.
De ah� que no confundan con las personas que asisten a la eucarist�a,
que generalmente no se conocen entre s�.
[xxii] Los grupos de apostolado estaban conformados por estudiantes
del curso de Segundo Filosof�a, as� como por Te�logos.
[xxiii] MILLS, C. Wriht, La Promesa EN: La Imaginaci�n
Sociol�gica. Fondo de Cultura Econ�mica. M�jico. 1977, p.23
- 43.
[xxiv] El desarrollo efectivo de una tipolog�a no es
un ejercicio puramente l�gico o conceptual: se debe recurrir
constantemente a la informaci�n de campo. (HAMMERSLEY,
Martyn y ATKINSON, Paul, La escritura etnogr�fica
EN: Etnograf�a. M�todos de Investigaci�n. Paid�s. Barcelona.1983,
p.202)
[xxv] Ib�d., p. 227 - 252.
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