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REVISTA SEMINARIUM BOGOTENSE Nº 1 - 2002
LOS RETOS QUE OFRECE LA FORMACI�N INTELECTUAL AL SEMINARIO COMO INSTITUCI�N EDUCATIVA
Temas para la catequesis

 

“La educaci�n tiene un papel fundamental en la construcci�n de un nuevo orden en el mundo donde se relacione de una manera m�s conciliadora la visi�n global y la vis�n local. Por ello la educaci�n debe contribuir al nacimiento de un nuevo humanismo, con un componente �tico esencial y un amplio lugar para el conocimiento y para el respeto de las culturas y los valores espirituales de las diferentes civilizaciones, contrapeso necesario a una mundializaci�n s�lo percibida por el lado econ�mico. El deseo que se mueve detr�s de esta tesis es el querer compartir valores y destino comunes.”

JACQUES DELORS

Ricardo Pulido, Pbro
Estudiante del Doctorado en Pedagog�a
Universidad Pontificia Salesiana
Roma

Cuando se aborda el tema de la formaci�n sacerdotal es importante detenerse en el significado de la palabra formaci�n, que implica la acci�n y el efecto de formarse. Formarse significa darse forma, moldearse; en este sentido, la formaci�n puede ser entendida como un proceso, que a partir de la experiencia, orienta y ayuda al individuo a que madure y se desenvuelva en las relaciones interpersonales en el medio en que vive y se sienta satisfecho de su ser y de sus realizaciones. Tal afirmaci�n abre la puerta al replanteamiento del papel de la educaci�n en el desarrollo humano y ubica a la formaci�n en el contexto de la interrelaci�n con una serie de realidades, que al darse cita en el individuo de manera dialogal, van configurando en el formando una serie de conceptualizaciones, vivencias e instrumentos que hacen parte esencial de su estructura personal y de una manera particular de su entramado intelectual, entendido �ste como el instrumento con el que la persona aborda, comprende el mundo, lo transforma, lo resignifica, de modo que su acci�n en el mundo va siendo el desarrollo de un todo.

Abordando el campo de lo intelectual, Mario D�az, un pedagogo, define formaci�n como el proceso de generaci�n y desarrollo de competencias especializadas que producen diferencias entre los individuos. Inserci�n del estudiante en formas leg�timas de conducta a trav�s de la legitimaci�n de ciertas pr�cticas, procedimientos y juicios que intentan producir un orden interno y subjetivo. Es decir, se refiere a la formaci�n a trav�s del an�lisis de dos macro-componentes: el componente instruccional, instrumental (qu� aprende y c�mo aprende) y el componente regulativo o conducta, cuya funci�n en simb�lica, fuente de valores que legitima las conductas aceptadas.

Esta concepci�n de formaci�n se debe incorporar en el deseo universal que une los esfuerzos en las universidades e instituciones de educaci�n superior, donde se quiere ofrecer una educaci�n que se d� en tres niveles fundamentales: el b�sico (pregrado), el de profundizaci�n (especializaciones o postgrados) y los de aporte a la ciencia y al pensamiento espec�fico de alguna disciplina (doctorados), pero ellos se entienden dentro de un marco de formaci�n integral, ya que la finalidad �ltima de todo ser humano es su plenificaci�n, su realizaci�n m�s alta y es en este punto donde la formaci�n intelectual adquiere una gran importancia como elemento que ayuda a explorar, a conocer, a abordar realidades, a comprenderlas y a transformarlas.

Por ello quiero abordar dos propuestas de formaci�n integral desde lo intelectual, que vienen ganando terreno en los campos de la educaci�n en tecnolog�a, en ciencias biol�gicas y humanas, lo cual coloca a la formaci�n intelectual frente a una serie de inquietudes y de retos sobre los cuales ser�a interesante hablar:

1. EL SER EN DESARROLLO, FUNDAMENTO DE LA FORMACI�N INTEGRAL

Definitivamente el bloque intelectual en la formaci�n integral de las personas, tiene un papel bien importante, por cuanto la sociedad actual quiere dar los elementos necesarios desde la intelectualidad para que la persona aborde, analice, comprenda, intervenga y transforme el mundo.

Un elemento que es punto de partida en la formaci�n intelectual y que se convierte en reto para nuestra educaci�n en los seminarios, es la idea de entender a la persona como un ser no terminado, que se encuentra en permanente y continua tarea de hacer para s� mismo y de s� mismo, lo cual exige ver al educando en todas sus dimensiones como un ser que ya est� en camino y que no es simplemente un recipiente donde metemos una serie de significaciones y claves que lo hacen �especialista�, pero que desgraciadamente en sus procesos sufre un rompimiento, ya que viene con unas claves de significado social, cultural, espiritual e intelectual que lo ubican dentro de los intereses de un mundo en particular, pero que son negados en ocasiones por visiones reducidas de lo intelectual dentro de la formaci�n acad�mica de los seminarios y no son asumidos como claves de comprensi�n y de di�logo entre el mundo y le discurso de fe.

Una idea que viene adquiriendo un rol principal en la formaci�n intelectual de las personas es la de PROYECTO, en la realidad personal y en las diferentes tem�ticas que hacen parte del curr�culo formativo y del programa de estudios en particular. Valdr�a la pena preguntarse cu�l es el proyecto que se ofrece en la parte acad�mica, en cuanto se refiere a la construcci�n de una l�nea de pensamiento; en las universidades este concepto de proyecto se concreta en el perfil de estudiante y de egresado que se quiere de acuerdo al �rea, tanto en contenidos como en instrumentos y habilidades. De ah� que el concepto de sujeto educativo se deba entender como estar sujeto a la tarea permanente de ser humano, descubri�ndose a s� mismo a trav�s de la producci�n de un pensamiento claro que manifieste concretamente los objetivos de la formaci�n intelectual y su articulaci�n dentro de la estructuraci�n integral de la persona como ser en el mundo y como futuro sacerdote, y su papel como constructor y promotor de cultura dentro de unas comunidades concretas, cuyo n�cleo es la fe. Dentro de los marcos de la intelectualidad, es importante entender que los contenidos que se quiere aportar en la estructuraci�n del estudiante tienen como finalidad convertirlo en un constructor y re-constructor de cultura, lo cual se convierte en un reto para la formaci�n, en las directrices, en los contenidos y en las formas, ya que el mundo maneja un serie de categor�as sobre las cuales gira toda la formaci�n intelectual de las personas, que el futuro sacerdote debe saber abordar y con las cuales es necesario entablar un di�logo cr�tico. Para esto es necesario dise�ar una formaci�n intelectual que, sin olvidar la propuesta educativa de la Iglesia y su Magisterio, pueda proporcionar los elementos que configuren al sacerdote como un hombre que pueda tener claridad en sus fundamentos, en su l�nea formativa y en los instrumentos que le permitan abordar, analizar, criticar y transformar la realidad cultural.

Hay una realidad que en muchos casos no es abordada de la mejor manera, y es la referente a la l�nea de construcci�n y reconstrucci�n del pensamiento pastoral, entendido como un entramado que se va haciendo con base en una cimentaci�n espiritual, humana, afectiva, human�stica y teol�gica, ya que al hablar con los sacerdotes y los mismos seminaristas, se llega a la conclusi�n de que la parte intelectual es vista como un requisito de instrucci�n, pero le falta tener mayor sentido, interacci�n con la vida y sus dinamismos, tanto en los procesos pastorales, como el procesos sociales, culturales, econ�micos, pol�ticos, etc.

Cuando se habla de formaci�n integral y dentro de ella se quiere descubrir el rol del bloque intelectual, surge la pregunta sobre cu�l es el tipo de lenguaje que se est� formando y construyendo en la formaci�n intelectual, porque se puede estar cayendo en el peligro de asumir un lenguaje que no haga una verdadera significaci�n vital en las personas, lo cual conllevar�a una negaci�n casi completa de lo intelectual en la vida cotidiana, como instrumento fundamental para comprender y actuar en la realidad. Personalmente me preocupa c�mo los sacerdotes y los mismos seminaristas quieren que la formaci�n les d� instrumentos para hacer cosas dentro de las acciones de la vida social, lo cual es v�lido, pero es preocupante constatar que la inclinaci�n por el hacer no tiene la misma intensidad en la construcci�n de un lenguaje propio, que manifieste claramente una posici�n frente a las circunstancias de la vida y una flexibilidad en el pensamiento para poder decir una palabra v�lida y s�lida en diferentes situaciones que van exigiendo del sacerdote una cimentaci�n te�rica suficiente que le permita comprender e intervenir en los diferentes procesos sociales en que viven las personas que hacen parte de la Iglesia y que esperan una orientaci�n s�lida, real y adaptada a los tiempos que tienen unos dinamismos de cambio muy fuertes.

Es importante tener en cuenta que llegar a lo social no significa proponer simplemente una serie de contenidos doctrinales, sino que no hay que olvidar que la sociedad es un sistema de interpretaci�n del mundo, una construcci�n, una creaci�n de un mundo, de su propio mundo, lo cual exige del discurso cristiano de los sacerdotes una gran claridad, no solamente en cuanto comprensi�n de tem�ticas, sino tambi�n en cuanto a la presentaci�n de un estilo decomprensi�n del mundo desde lo cristiano, de modo que se entienda al hombre al que se le habla, y que la posibilidad que se da no es de imposici�n sino de di�logo; de ah� que valdr�a la pena pensar en la estructuraci�n de una formaci�n dialogante, que posibilite un encuentro real e intencional entre los que hacen parte del acto educativo, tanto en lo intelectual como en lo axiol�gico.

La idea de optar por una educaci�n dial�gica se complementa perfectamente con el deseo intenso de una recreaci�n de la condici�n humana, para lo cual es fundamental la interrelaci�n gradual entre formaci�n, conformaci�n y transformaci�n. La educaci�n que se puede desarrollar desde lo intelectual s�lo se entiende desde los objetivos de la misma formaci�n a su interior, ya que lo que viene de lo exterior impone, pero no construye; por ello la formaci�n que est� llamado a asumir cada seminarista debe ser direccionada desde la vida misma de cada alumno, buscando la comprensi�n de los fen�menos que entran en su estudio, es decir, es el proceso de asimilaci�n del sentido de lo humano en permanente construcci�n. Al comprender el mundo, el estudiante se reconoce en formaci�n, por eso la comprensi�n que se busca de los entramados intelectuales no solamente consiste en adquirir contenido de conocimiento, sino que es re-apropiaci�n de sentido, es asimilaci�n. Si conectamos el significado de comprensi�n con el de educaci�n en general, podemos afirmar que todo proceso educativo implica una intenci�n de hacer aflorar y de hacerlo de manera sistem�tica para lograr tal prop�sito, lo cual hace surgir una pregunta sobre la intencionalidad educativa del plan de estudios propuesto en los seminarios, entendiendo esta intencionalidad como la manifestaci�n expl�cita del educar, entendiendo este t�rmino como una permanente construcci�n del ser en su totalidad; esto a su vez plantea un interrogante sobre las disciplinas que intervienen en la formaci�n intelectual, sus intencionalidades, su rol dentro de la estructuraci�n de un pensamiento pastoral con identidad y particularidad y a la vez las relaciones de sentido que est� llamada a tener la formaci�n intelectual con las otras dimensiones de la formaci�n integral del seminario. La pregunta por la comprensi�n, por la sistematicidad de los conocimientos, por aplicabilidad y por su identidad, hacen del tema intelectual una realidad que desborda lo instructivo e informativo, para pasar a lo que construye continuamente el sentido de una estructura intelectual que responda a las necesidades de la Iglesia y a los leg�timos deseos de toda persona, en cuanto est� llamada a ser dinamizadora y recreadora de la cultura. Qu� tipo de sentido construimos; a qu� tipo sentido se enfrenta el pensamiento cristiano; c�mo se articula o se relaciona el significado de sentido que promueve la sociedad tecnol�gica actual con el sentido del discurso cristiano, de modo que no se llegue a reducciones pobres de comprensi�n o a que el discurso cristiano pierda espacio, ya que se puede presentar sin dinamismo y sin respuestas v�lidas a un mundo que cuando obtiene la respuesta, ya ha formulado nuevas preguntas, y esto hace que la formaci�n intelectual descubra sin apasionamientos sus bases, sus complementos, sus elementos de profundizaci�n, de aplicabilidad y de actualizaci�n.

La pregunta sobre el concepto de educaci�n que se maneja en la formaci�n intelectual en los seminarios es bien interesante, pues ayuda a descubrir la opci�n real sobre la cual se est� trabajando, de modo que se pueden entender los procesos educativos como espacios de formaci�n que buscan la construcci�n de un sentido de vida, que es significativo en la direccionalidad de la acci�n intelectual y en su aplicabilidad.

Otra categor�a que toma cada vez m�s fuerza dentro del mamo formativo es el �devenir�, en cuanto que los seres humanos y por consiguiente sus procesos formativos est�n siempre en movimiento, tienen un dinamismo propio que busca la realizaci�n continua de la naturaleza humana. Algo que es importante tener en cuenta en los seminarios es que el alumno es un ser humano que se est� haciendo continuamente; por eso es de vital importancia trazar una l�nea clara de formaci�n, donde la sucesi�n de tratados no responda a un cumplimiento de una serie de contenidos m�nimos, sino que se busque consolidar una estructura intelectual lo suficientemente fuerte para abordar la realidad desde un pensamiento pastoral profundo, flexible y proyectivo, ya que no se trata de cumplir acad�micamente con semestres, sino de procurar la estructuraci�n un proceso formativo serio, continuo y bien cimentado, de modo que la formaci�n intelectual desemboca en una doble relaci�n del alumno con la vida y con el mundo. La formaci�n intelectual ayuda a que la persona aborde un mundo que es ajeno a ella, con el fin de desarrollarse, lo cual supone la responsabilidad no s�lo de s� mismo,� sino de los otros y del mundo que se va construyendo en comunidad.

Surge una serie de preguntas sobre la integralidad de la formaci�n intelectual, sobre su intencionalidad, sobre sus relaciones con el mundo cambiante, sobre la l�nea que se sigue o que se construye en las personas que asumen el bloque intelectual, sobre el devenir de la formaci�n intelectual y los retos que va planteando a la educaci�n en los seminarios y en el �mbito de la estructuraci�n de las personas.

2. EL ESTILO DE LA FORMACI�N INTELECTUAL.

La pregunta fundamental en este punto de la discusi�n es sobre el estilo de formaci�n que se est� ofreciendo en el campo intelectual y desde all�. �Cu�l es el estilo de sacerdote que en el �mbito intelectual se est� formando con el fin de abordar e impregnar la sociedad? Una formaci�n intelectual que quiera responder a los desaf�os de la vida sacerdotal hoy, debe iniciar un proceso de construcci�n de un modo particular de realizar las acciones educativas, de manera que se manifieste su intencionalidad y su identidad. De ah� que pensar en un estilo de intelectualidad propio dentro de la vida sacerdotal, debe ser ante todo, fruto de una reflexi�n seria, de una clarificaci�n de la misi�n de los sacerdotes y de un dise�o de pensamiento que identifique al sacerdote y le haga v�lido dentro del contexto acad�mico, social y pol�tico de una comunidad concreta.

Las opciones pedag�gicas que viene a constituir el estilo de formaci�n deben tener claridad en su intencionalidad, de modo que se puedan precisar los fundamentos antropol�gicos, sicol�gicos, axiol�gicos y epistemol�gicos, necesarios para dise�ar un entramado pedag�gico que responda a la necesidad de crear una estructura de pensamiento, de rehacer un sentido cr�tico constante y de dar instrumentos para la aplicaci�n de los conceptos y nociones en la realidad sociocultural y religiosa de las comunidades.

Las opciones pedag�gicas que ayuden a estructurar los procesos de ense�anza y aprendizaje est�n orientadas a la estructuraci�n de la dimensi�n moral, hist�rica, est�tica y a la formaci�n de un pensamiento critico. De ah� que la formaci�n intelectual implica ante todo busca poner al hombre en condiciones de alcanzar la verdadera meta de su vida, que est� a la base del despliegue de una educaci�n en lo intelectual y en todas las �reas de la formaci�n espec�fica. Por consiguiente, es importante detenerse en los sujetos del hacer pedag�gico, por cuanto es necesario entender que lo importante en lo intelectual no es solamente lo mucho que se aprenda, sino la forma de aprenderlo: de nada sirve tener una gran cantidad de conceptos, si no se desarrollan en la estructura de las personas frente a las diversas circunstancias.

Aparecen varias realidades dentro del af�n de estructurar una formaci�n intelectual seria. Una de ellas es la posibilidad de puntualizar la l�gica epistemol�gica de cada una de las disciplinas que hacen parte de la estructura intelectual que ofrecen los seminarios, de modo que se pueda concretar una producci�n de conocimiento s�lida y suficiente para el sacerdote en las diversas circunstancias .Valdr�a la pena analizar la educaci�n human�stica dentro de la formaci�n intelectual, como un componente importante en la estructuraci�n mental de los estudiantes.

La educaci�n human�stica es aquella que fomenta el uso de la raz�n, es la facultad de observar, abstraer, deducir, argumentar y concluir l�gicamente .Una ense�anza que fomente las humanidades debe ayudar a que los alumnos terminen por respetar los poderes de su propia mente y que conf�en en ellos; que se ampl�e el respeto y la confianza en su capacidad de pensar acerca de la condici�n humana, de la situaci�n conflictiva del hombre y de la vida social; proporcionar un conjunto de modelos funcionales que faciliten el an�lisis del mundo social en el que se vive y las condiciones en que se encuentra el ser humano; crear un sentido del respeto por las capacidades y la humanidad del hombre como especie; dejar en el estudiante la idea de que la evoluci�n humana es un proceso que no ha terminado.

A la formaci�n human�stica se le presenta una serie de dificultades, fruto de las tendencias posmodernas, a saber: la sacralizaci�n de las opiniones y la incapacidad de la abstracci�n. La primera se muestra en cosas tan comunes como impedir que las opiniones ajenas interpelen te�rica o metodol�gicamente la manera de entender o de abordar el problema te�rico. En este caso toda oposici�n se percibe como agresi�n. La segunda se manifiesta en la incapacidad casi terminal para deducir premisas, para ir m�s all� de lo inmediato o anecd�tico. Frente a estas discusiones hay que aprender a discutir, refutar y a justificar lo que se piensa. Esto es parte irrenunciable de cualquier educaci�n human�stica que pretenda ser integral. Y para ello hay que saber someterse a las reglas de inteligibilidad, saber escuchar en una actitud libre de querer participar en un di�logo razonable, en el que prima la b�squeda com�n de la verdad que no tiene due�os y no necesita esclavos, y saber preguntar y preguntarse.

Tal horizonte pone de presente las complejidad del trabajo intelectual en este campo de las humanidades y nos remite a todos los que tenemos que ver con esta educaci�n a la pregunta sobre la realidad de nuestros procesos y sobre los mitos que a�n se posan sobre la educaci�n intelectual en los seminarios.

El estilo de formaci�n intelectual se puede comprender dentro del marco de una formaci�n integral, donde ella no se puede cerrar exclusivamente en el desarrollo de la conciencia moral, del sentido hist�rico y est�tico por parte del alumno, sino que comprende de manera arm�nica con lo anterior, el desarrollo de su capacidad de pensar cr�ticamente. Por tanto se deben detectar y priorizar una serie de disciplinas que, al interrelacionarse, van construyendo en el estudiante una estructura intelectual abierta, profunda, creativa y en continuo di�logo con toda la realidad existente. La invitaci�n es a asumir las propuestas de estudio como un entramado que est�n llamadas a construir, una estructura e instrumentos para que los seminaristas puedan desarrollar la capacidad de an�lisis; la curiosidad, que respeta dogmas, pero que los estudia en profundidad sin negar su naturaleza; el sentido de razonamiento l�gico; la sensibilidad para apreciar las m�s altas realizaciones del esp�ritu humano y la visi�n de conjunto ante el panorama del saber.

3. LOS CUATRO FAROS FUNDAMENTALES PARA CONSTRUIR UNA ESTRUCTURA INTELECTUAL, QUE ENTRE EN DIALOGO CON EL MUNDO EN TODAS SUS DIMENSIONES.

Dentro del esfuerzo de constituir una formaci�n intelectual s�lida, no se debe perder de vista el concepto de educaci�n en el mundo actual, de acuerdo con la exigencias que �ste va presentando. La educaci�n est� llamada a tener la capacidad de dar los suficientes elementos te�ricos y t�cnicos evolutivos, adaptados a la civilizaci�n cognitiva, porque son las bases de las competencias del futuro; a la vez tiene como compromiso posibilitar la construcci�n de una persona capaz de mantenerse frente a las diversas corrientes de informaciones m�s o menos ef�meras, que invaden los espacios p�blicos y privados, y de desarrollar y mantener proyectos a nivel individual y colectivo.

Cuando uno ejerce el magisterio en las diferentes comunidades y situaciones, le queda dif�cil ver con claridad la utop�a de la educaci�n, como espacio dial�gico donde la persona se forma de manera integral y plural, ya que en muchas ocasiones se tiene la sensaci�n de que lo recibido en el seminario se qued� en el �mbito meramente te�rico, pero su aplicabilidad se qued� en el vac�o.

Esta sensaci�n de escepticismo frente a la realidad educativa, aunque no es la mas saludable, s� es la mas real, pues cuando no se ven acciones concretas de progreso, sino una serie de imposiciones legales-ideales, que se dan a partir de supuestos educativos, axiol�gicos, econ�micos y culturales, que son falsos y van en contrav�a con lo que se observa a diario en la realidad colombiana y latinoamericana.

Por eso creo que hablar de elementos que fundamenten la construcci�n educativa es m�s que necesario, es indispensable, si en realidad queremos tener los caminos claros para desencadenar procesos de creaci�n y re-creaci�n de los tejidos personales y sociales.

Las personas que se educan desde unos par�metros claros y abiertos son capaces de alcanzar los instrumentos necesarios para construir una estructura vital s�lida y en continua apertura a los aportes de las ciencias, de las situaciones y de todo aquello que nos pueda aportar luces en este camino educativo.

Aunque las condiciones en nuestro pa�s no son las mejores, no nos podemos quedar en diagn�sticos pat�ticos y desconsoladores, sino que por el contrario, asimilando esta situaci�n, seamos capaces de ayudar a construir sujetos que sepan descubrir sus procesos permanentes de formaci�n, que los asuman y los utilicen en su cotidianidad, no solamente como medio de subsistencia material, sino tambi�n como elementos fundamentales para conocer el mundo, a los hombres y realizarse en �l y con ellos.

Pienso que hay dos elementos fundamentales que van siendo animados por un sentimiento en este proceso educativo: la investigaci�n gradual y la creatividad como impulso del proceso formativo. Estos dos factores,� animados por una sincera y recta pasi�n por el hombre y su futuro, son fundamentales para la persona en su recorrido educativo. Dichos factores, aunque suene un tanto rom�ntico decirlo, son tan pr�cticos y vitales, que con ellos la persona puede ingresar en su interioridad, en su entorno social y tener la capacidad de crear nuevos espacios vitales para s� misma y para los otros.

As� pues, la educaci�n cuenta con unos faros que orientan el camino y van mostrando horizontes de sentido sobre los cuales se va construyendo, teniendo en cuenta el contexto espacio-temporal donde las personas se mueven, crecen y est�n llamadas a aportar nuevas cosas para el progreso colectivo.

Dos de estos faros que gu�an el proceso educativo aut�ntico son: el aprender a saber y el aprender a hacer. Ellos son fundamentales para abrir espacios de comprensi�n cognitiva de las diferentes realidades y fen�menos que suceden en el mundo y que lo destacan a nivel local y mundial.

Esto significa una calificaci�n equilibrada de los contenidos de la educaci�n y de sus objetivos, ya que a veces vemos inclinada la perspectiva educativa y perdemos de vista horizontes m�s amplios que se deben conocer, porque quer�moslo o no, influyen en el desarrollo de lo individual y de lo social. Es bueno dar ciertos elementos t�cnicos y cient�ficos como medios para enfrentar el mundo laboral actual, pero tambi�n se comprueba que ciertas necesidades existenciales de sentido van aflorando en el hombre y que, cuando no tiene elementos con que afrontarlos, �ste se ve abocado a crisis axiol�gicas, culturales, educativas, pol�ticas, etc.

Para seguir el camino que van mostrando estos faros, es necesario ejercitar la atenci�n, la memoria y el pensamiento, para poder ingresar en el �mbito del conocimiento con suficiencia y con la capacidad de poder profundizar continuamente en lo abstracto como en lo concreto.

Cuando se tiene la capacidad investigativa y creativa, se puede decir que lo que se conoce necesariamente se va a traducir en posibilidades concretas de progreso humano en cuanto a mejoramiento de servicios y de empleos, que no solamente lleven a un materialismo innecesario, sino que promuevan una mejor calidad de vida de todos los que compartimos este mundo. Por ello, el hacer realidad los conocimientos debe estar orientado por un criterio �tico que lleve a la justicia y a la igualdad para todos.

Pero esto entra�a un peligro, cuando los medios para lograr esas capacidades necesarias son acaparados por unos pocos, lo cual reduce el radio de acci�n de estos conocimientos en las sociedades a un reducido sector que manipula las pol�ticas econ�micas, educativas, culturales de los pueblos, llev�ndolos a la pobreza en todas las facetas de la vida.

Todo esto, debe permitimos una reflexi�n seria y ubicada sobre la NECESIDAD DE UN FORMACl�N INTEGRAL CON UN �NFASIS �TICO, que posibilite la re-creaci�n de nuevos procesos sociales. Los otros dos faros que orientan el quehacer educativo son aprender a ser y aprender a vivir juntos. Ellos son fundamentales en el intento de construir sociedades justas, donde se d� importancia al crecimiento de la persona y al fortalecimiento de los medios y espacios que lleven a una mejor convivencia.

Es vital que la educaci�n se presente como un proceso donde el ni�o, el joven y luego adulto puedan conocer y vivencia la libertad, para que vayan adquiriendo un justo juicio sobre las realidades , una creciente sensibilidad frente a las problem�ticas y una gran imaginaci�n para proyectar una verdadera acci�n de progreso y de desarrollo integral.

Todo esto se va a manifestar y se va retroalimentar en espacios de convivencia, donde las personalidades se puedan encontrar, enfrentar y conciliar con un claro objetivo com�n sin menospreciar la dimensi�n personal, que en continuo dialogo con lo social, dotar� al sujeto de nuevas ideas para la mejor convivencia.

Quiero terminar con esta cita del informe de la Unesco sobre la educaci�n, de 1987:

“El desarrollo tiene por objeto el despliegue completo del hombre en toda su riqueza y en la complejidad de sus expresiones y de sus compromisos; individuo, miembro de una familia y de una colectividad, ciudadano y productor, inventor de t�cnicas y creador de sue�os.”

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