La educaci�n tiene un papel fundamental
en la construcci�n de un nuevo orden en el mundo donde se
relacione de una manera m�s conciliadora la visi�n global
y la vis�n local. Por ello la educaci�n debe contribuir al
nacimiento de un nuevo humanismo, con un componente �tico
esencial y un amplio lugar para el conocimiento y para el
respeto de las culturas y los valores espirituales de las
diferentes civilizaciones, contrapeso necesario a una mundializaci�n
s�lo percibida por el lado econ�mico. El deseo que se mueve
detr�s de esta tesis es el querer compartir valores y destino
comunes.
JACQUES DELORS
Ricardo Pulido, Pbro
Estudiante del Doctorado en Pedagog�a
Universidad Pontificia Salesiana
Roma
Cuando se aborda el tema de la formaci�n sacerdotal
es importante detenerse en el significado de la palabra formaci�n,
que implica la acci�n y el efecto de formarse. Formarse significa
darse forma, moldearse; en este sentido, la formaci�n puede ser
entendida como un proceso, que a partir de la experiencia, orienta
y ayuda al individuo a que madure y se desenvuelva en las relaciones
interpersonales en el medio en que vive y se
sienta satisfecho de su ser y de sus realizaciones. Tal
afirmaci�n abre la puerta al replanteamiento del papel de la educaci�n
en el desarrollo humano y ubica a la formaci�n en el contexto
de la interrelaci�n con una serie de realidades, que al darse
cita en el individuo de manera dialogal, van configurando en el
formando una serie de conceptualizaciones, vivencias e instrumentos
que hacen parte esencial de su estructura personal y de una manera
particular de su entramado intelectual, entendido �ste como el
instrumento con el que la persona aborda, comprende el mundo,
lo transforma, lo resignifica, de modo que su acci�n en el mundo
va siendo el desarrollo de un todo.
Abordando el campo de lo intelectual,
Mario D�az, un pedagogo, define formaci�n como el proceso de generaci�n
y desarrollo de competencias especializadas que producen diferencias
entre los individuos. Inserci�n del estudiante en formas leg�timas
de conducta a trav�s de la legitimaci�n de ciertas pr�cticas,
procedimientos y juicios que intentan producir un orden interno
y subjetivo. Es decir, se refiere a la formaci�n a trav�s del
an�lisis de dos macro-componentes: el componente instruccional,
instrumental (qu� aprende y c�mo aprende) y el componente regulativo
o conducta, cuya funci�n en simb�lica, fuente de valores que legitima
las conductas aceptadas.
Esta concepci�n de formaci�n se debe incorporar
en el deseo universal que une los esfuerzos en las universidades
e instituciones de educaci�n superior, donde se quiere ofrecer
una educaci�n que se d� en tres niveles fundamentales: el b�sico
(pregrado), el de profundizaci�n (especializaciones o postgrados)
y los de aporte a la ciencia y al pensamiento espec�fico de alguna
disciplina (doctorados), pero ellos se entienden dentro de un
marco de formaci�n integral, ya que la finalidad �ltima de todo
ser humano es su plenificaci�n, su realizaci�n m�s alta y es en
este punto donde la formaci�n intelectual adquiere
una gran importancia como elemento que ayuda a explorar, a conocer,
a abordar realidades, a comprenderlas y a transformarlas.
Por ello quiero abordar dos propuestas de formaci�n
integral desde lo intelectual, que vienen ganando terreno en los
campos de la educaci�n en tecnolog�a, en ciencias biol�gicas y
humanas, lo cual coloca a la formaci�n intelectual frente a una
serie de inquietudes y de retos sobre los cuales ser�a interesante
hablar:
1. EL SER EN DESARROLLO, FUNDAMENTO
DE LA FORMACI�N INTEGRAL
Definitivamente el bloque intelectual
en la formaci�n integral de las personas, tiene un papel bien
importante, por cuanto la sociedad actual quiere dar los
elementos necesarios desde la intelectualidad para que la persona
aborde, analice, comprenda, intervenga y transforme el mundo.
Un elemento que es punto de partida
en la formaci�n intelectual y que se convierte en reto para nuestra
educaci�n en los seminarios, es la idea de entender a la persona
como un ser no terminado, que se encuentra en permanente y continua
tarea de hacer para s� mismo y de s� mismo, lo cual exige
ver al educando en todas sus dimensiones como un ser que ya est�
en camino y que no es simplemente un recipiente donde metemos
una serie de significaciones y claves que lo hacen �especialista�,
pero que desgraciadamente en sus procesos sufre un rompimiento,
ya que viene con unas claves de significado social, cultural,
espiritual e intelectual que lo ubican dentro de los intereses
de un mundo en particular, pero que son negados en ocasiones por
visiones reducidas de lo intelectual dentro de la formaci�n acad�mica
de los seminarios y no son asumidos como claves de comprensi�n
y de di�logo entre el mundo y le discurso de fe.
Una idea que viene adquiriendo
un rol principal en la formaci�n intelectual de las personas es
la de PROYECTO, en la realidad personal y en las diferentes tem�ticas
que hacen parte del curr�culo formativo y del programa de estudios
en particular. Valdr�a la pena preguntarse cu�l es el proyecto
que se ofrece en la parte acad�mica, en cuanto se refiere a la
construcci�n de una l�nea de pensamiento; en las universidades
este concepto de proyecto se concreta en el perfil de estudiante
y de egresado que se quiere de acuerdo al �rea, tanto en contenidos
como en instrumentos y habilidades. De ah� que el concepto de
sujeto educativo se deba entender como estar sujeto a la tarea
permanente de ser humano, descubri�ndose a s� mismo a trav�s de
la producci�n de un pensamiento claro que manifieste concretamente
los objetivos de la formaci�n intelectual y su articulaci�n dentro
de la estructuraci�n integral de la persona como ser en el mundo
y como futuro sacerdote, y su papel como constructor y promotor
de cultura dentro de unas comunidades concretas, cuyo n�cleo es
la fe. Dentro de los marcos de la intelectualidad, es importante
entender que los contenidos que se quiere aportar en la estructuraci�n
del estudiante tienen como finalidad convertirlo en un constructor
y re-constructor de cultura, lo cual se convierte en un
reto para la formaci�n, en las directrices, en los contenidos
y en las formas, ya que el mundo maneja un serie de categor�as
sobre las cuales gira toda la formaci�n intelectual de las personas,
que el futuro sacerdote debe saber abordar y con las cuales es
necesario entablar un di�logo cr�tico. Para esto es necesario
dise�ar una formaci�n intelectual que, sin olvidar la propuesta
educativa de la Iglesia y su Magisterio, pueda proporcionar los
elementos que configuren al sacerdote como un hombre que pueda
tener claridad en sus fundamentos, en su l�nea formativa y en
los instrumentos que le permitan abordar, analizar, criticar y
transformar la realidad cultural.
Hay una realidad que en muchos
casos no es abordada de la mejor manera, y es la referente a la
l�nea de construcci�n y reconstrucci�n del pensamiento pastoral,
entendido como un entramado que se va haciendo con base en una
cimentaci�n espiritual, humana, afectiva, human�stica y teol�gica,
ya que al hablar con los sacerdotes y los mismos seminaristas,
se llega a la conclusi�n de que la parte intelectual es vista
como un requisito de instrucci�n, pero le falta tener mayor sentido,
interacci�n con la vida y sus dinamismos, tanto en los procesos
pastorales, como el procesos sociales, culturales, econ�micos,
pol�ticos, etc.
Cuando se habla de formaci�n
integral y dentro de ella se quiere descubrir el rol del bloque
intelectual, surge la pregunta sobre cu�l es el tipo de lenguaje
que se est� formando y construyendo en la formaci�n intelectual,
porque se puede estar cayendo en el peligro de asumir un lenguaje
que no haga una verdadera significaci�n vital en las personas,
lo cual conllevar�a una negaci�n casi completa de lo intelectual
en la vida cotidiana, como instrumento fundamental para comprender
y actuar en la realidad. Personalmente me preocupa c�mo los sacerdotes
y los mismos seminaristas quieren que la formaci�n les d� instrumentos
para hacer cosas dentro de las acciones de la vida social,
lo cual es v�lido, pero es preocupante constatar que la inclinaci�n
por el hacer no tiene la misma intensidad en la construcci�n de
un lenguaje propio, que manifieste claramente una posici�n frente
a las circunstancias de la vida y una flexibilidad en el pensamiento
para poder decir una palabra v�lida y s�lida en diferentes situaciones
que van exigiendo del sacerdote una cimentaci�n te�rica suficiente
que le permita comprender e intervenir en los diferentes procesos
sociales en que viven las personas que hacen parte de la Iglesia
y que esperan una orientaci�n s�lida, real y adaptada a los tiempos
que tienen unos dinamismos de cambio muy fuertes.
Es importante tener en cuenta
que llegar a lo social no significa proponer simplemente una serie
de contenidos doctrinales, sino que no hay que olvidar que la
sociedad es un sistema de interpretaci�n del mundo, una construcci�n,
una creaci�n de un mundo, de su propio mundo, lo cual exige del
discurso cristiano de los sacerdotes una gran claridad, no solamente
en cuanto comprensi�n de tem�ticas, sino tambi�n en cuanto a la
presentaci�n de un estilo decomprensi�n del mundo desde lo cristiano,
de modo que se entienda al hombre al que se le habla, y que la
posibilidad que se da no es de imposici�n sino de di�logo; de
ah� que valdr�a la pena pensar en la estructuraci�n de una formaci�n
dialogante, que posibilite un encuentro real e intencional entre
los que hacen parte del acto educativo, tanto en lo intelectual
como en lo axiol�gico.
La idea de optar por una educaci�n
dial�gica se complementa perfectamente con el deseo intenso de
una recreaci�n de la condici�n humana, para lo cual es fundamental
la interrelaci�n gradual entre formaci�n, conformaci�n y transformaci�n.
La educaci�n que se puede desarrollar desde lo intelectual s�lo
se entiende desde los objetivos de la misma formaci�n a su interior,
ya que lo que viene de lo exterior impone, pero no construye;
por ello la formaci�n que est� llamado a asumir cada seminarista
debe ser direccionada desde la vida misma de cada alumno, buscando
la comprensi�n de los fen�menos que entran en su estudio, es decir,
es el proceso de asimilaci�n del sentido de lo humano en permanente
construcci�n. Al comprender el mundo, el estudiante se reconoce
en formaci�n, por eso la comprensi�n que se busca de los entramados
intelectuales no solamente consiste en adquirir contenido de conocimiento,
sino que es re-apropiaci�n de sentido, es asimilaci�n. Si conectamos
el significado de comprensi�n con el de educaci�n en general,
podemos afirmar que todo proceso educativo implica una intenci�n
de hacer aflorar y de hacerlo de manera sistem�tica para lograr
tal prop�sito, lo cual hace surgir una pregunta sobre la intencionalidad
educativa del plan de estudios propuesto en los seminarios, entendiendo
esta intencionalidad como la manifestaci�n expl�cita del educar,
entendiendo este t�rmino como una permanente construcci�n del
ser en su totalidad; esto a su vez plantea un interrogante sobre
las disciplinas que intervienen en la formaci�n intelectual, sus
intencionalidades, su rol dentro de la estructuraci�n de un pensamiento
pastoral con identidad y particularidad y a la vez las relaciones
de sentido que est� llamada a tener la formaci�n intelectual con
las otras dimensiones de la formaci�n integral del seminario.
La pregunta por la comprensi�n, por la sistematicidad de los conocimientos,
por aplicabilidad y por su identidad, hacen del tema intelectual
una realidad que desborda lo instructivo e informativo, para pasar
a lo que construye continuamente el sentido de una estructura
intelectual que responda a las necesidades de la Iglesia y a los
leg�timos deseos de toda persona, en cuanto est� llamada a ser
dinamizadora y recreadora de la cultura. Qu� tipo de sentido construimos;
a qu� tipo sentido se enfrenta el pensamiento cristiano;
c�mo se articula o se relaciona el significado de sentido que
promueve la sociedad tecnol�gica actual con el sentido del discurso
cristiano, de modo que no se llegue a reducciones pobres de comprensi�n
o a que el discurso cristiano pierda espacio, ya que se puede
presentar sin dinamismo y sin respuestas v�lidas a un mundo que
cuando obtiene la respuesta, ya ha formulado nuevas preguntas,
y esto hace que la formaci�n intelectual descubra sin apasionamientos
sus bases, sus complementos, sus elementos de profundizaci�n,
de aplicabilidad y de actualizaci�n.
La pregunta sobre el concepto
de educaci�n que se maneja en la formaci�n intelectual en los
seminarios es bien interesante, pues ayuda a descubrir la opci�n
real sobre la cual se est� trabajando, de modo que se pueden entender
los procesos educativos como espacios de formaci�n que buscan
la construcci�n de un sentido de vida, que es significativo en
la direccionalidad de la acci�n intelectual y en su aplicabilidad.
Otra categor�a que toma cada vez m�s fuerza dentro
del mamo formativo es el �devenir�, en cuanto que los seres humanos
y por consiguiente sus procesos formativos est�n siempre en movimiento,
tienen un dinamismo propio que busca la realizaci�n continua de
la naturaleza humana. Algo que es importante tener en cuenta en
los seminarios es que el alumno es un ser humano que se est� haciendo
continuamente; por eso es de vital importancia trazar una l�nea
clara de formaci�n, donde la sucesi�n de tratados no responda
a un cumplimiento de una serie de contenidos m�nimos, sino que
se busque consolidar una estructura intelectual lo suficientemente
fuerte para abordar la realidad desde un pensamiento pastoral
profundo, flexible y proyectivo, ya que no se trata de cumplir
acad�micamente con semestres, sino de procurar la estructuraci�n
un proceso formativo serio, continuo y bien cimentado, de modo
que la formaci�n intelectual desemboca en una doble relaci�n del
alumno con la vida y con el mundo. La formaci�n intelectual ayuda
a que la persona aborde un mundo que es ajeno a ella, con el fin
de desarrollarse, lo cual supone la responsabilidad no s�lo de
s� mismo,� sino de los otros y del mundo que se va construyendo
en comunidad.
Surge una serie de preguntas
sobre la integralidad de la formaci�n intelectual, sobre su intencionalidad,
sobre sus relaciones con el mundo cambiante, sobre la l�nea que
se sigue o que se construye en las personas que asumen el bloque
intelectual, sobre el devenir de la formaci�n intelectual y los
retos que va planteando a la educaci�n en los seminarios y en
el �mbito de la estructuraci�n de las personas.
2. EL ESTILO DE LA FORMACI�N
INTELECTUAL.
La pregunta fundamental en este
punto de la discusi�n es sobre el estilo de formaci�n que se est�
ofreciendo en el campo intelectual y desde all�. �Cu�l es el estilo
de sacerdote que en el �mbito intelectual se est� formando con
el fin de abordar e impregnar la sociedad? Una formaci�n intelectual
que quiera responder a los desaf�os de la vida sacerdotal hoy,
debe iniciar un proceso de construcci�n de un modo particular
de realizar las acciones educativas, de manera que se manifieste
su intencionalidad y su identidad. De ah� que pensar en un estilo
de intelectualidad propio dentro de la vida sacerdotal, debe ser
ante todo, fruto de una reflexi�n seria, de una clarificaci�n
de la misi�n de los sacerdotes y de un dise�o de pensamiento que
identifique al sacerdote y le haga v�lido dentro del contexto
acad�mico, social y pol�tico de una comunidad concreta.
Las opciones pedag�gicas que
viene a constituir el estilo de formaci�n deben tener claridad
en su intencionalidad, de modo que se puedan precisar los fundamentos
antropol�gicos, sicol�gicos, axiol�gicos y epistemol�gicos, necesarios
para dise�ar un entramado pedag�gico que responda a la necesidad
de crear una estructura de pensamiento, de rehacer un sentido
cr�tico constante y de dar instrumentos para la aplicaci�n de
los conceptos y nociones en la realidad sociocultural y religiosa
de las comunidades.
Las opciones pedag�gicas que
ayuden a estructurar los procesos de ense�anza y aprendizaje est�n
orientadas a la estructuraci�n de la dimensi�n moral, hist�rica,
est�tica y a la formaci�n de un pensamiento critico. De ah� que
la formaci�n intelectual implica ante todo busca
poner al hombre en condiciones de alcanzar la verdadera meta de
su vida, que est� a la base del despliegue de una educaci�n en
lo intelectual y en todas las �reas de la formaci�n espec�fica.
Por consiguiente, es importante detenerse en los sujetos del hacer
pedag�gico, por cuanto es necesario entender que lo importante
en lo intelectual no es solamente lo mucho que se aprenda, sino
la forma de aprenderlo: de nada sirve tener una gran cantidad
de conceptos, si no se desarrollan en la estructura de las personas
frente a las diversas circunstancias.
Aparecen varias realidades dentro
del af�n de estructurar una formaci�n intelectual seria. Una de
ellas es la posibilidad de puntualizar la l�gica epistemol�gica
de cada una de las disciplinas que hacen parte de la estructura
intelectual que ofrecen los seminarios, de modo que se pueda concretar
una producci�n de conocimiento s�lida y suficiente para el sacerdote
en las diversas circunstancias .Valdr�a la pena analizar la educaci�n
human�stica dentro de la formaci�n intelectual, como un componente
importante en la estructuraci�n mental de los estudiantes.
La educaci�n human�stica es aquella
que fomenta el uso de la raz�n, es la facultad de observar, abstraer,
deducir, argumentar y concluir l�gicamente .Una ense�anza que
fomente las humanidades debe ayudar a que los alumnos terminen
por respetar los poderes de su propia mente y que conf�en en ellos;
que se ampl�e el respeto y la confianza en su capacidad de pensar
acerca de la condici�n humana, de la situaci�n conflictiva del
hombre y de la vida social; proporcionar un conjunto de modelos
funcionales que faciliten el an�lisis del mundo social en el que
se vive y las condiciones en que se encuentra el ser humano; crear
un sentido del respeto por las capacidades y la humanidad del
hombre como especie; dejar en el estudiante la idea de que la
evoluci�n humana es un proceso que no ha terminado.
A la formaci�n human�stica se
le presenta una serie de dificultades, fruto de las tendencias
posmodernas, a saber: la sacralizaci�n de las opiniones y la incapacidad
de la abstracci�n. La primera se muestra en cosas tan comunes
como impedir que las opiniones ajenas interpelen te�rica o metodol�gicamente
la manera de entender o de abordar el problema te�rico. En este
caso toda oposici�n se percibe como agresi�n. La segunda se manifiesta
en la incapacidad casi terminal para deducir premisas, para ir
m�s all� de lo inmediato o anecd�tico. Frente a estas discusiones
hay que aprender a discutir, refutar y a justificar lo que se
piensa. Esto es parte irrenunciable de cualquier educaci�n human�stica
que pretenda ser integral. Y para ello hay que saber someterse
a las reglas de inteligibilidad, saber escuchar en una actitud
libre de querer participar en un di�logo razonable, en el que
prima la b�squeda com�n de la verdad que no tiene due�os y no
necesita esclavos, y saber preguntar y preguntarse.
Tal horizonte pone de presente
las complejidad del trabajo intelectual en este campo de las humanidades
y nos remite a todos los que tenemos que ver con esta educaci�n
a la pregunta sobre la realidad de nuestros procesos y sobre los
mitos que a�n se posan sobre la educaci�n intelectual en los seminarios.
El estilo de formaci�n intelectual
se puede comprender dentro del marco de una formaci�n integral,
donde ella no se puede cerrar exclusivamente en el desarrollo
de la conciencia moral, del sentido hist�rico y est�tico por parte
del alumno, sino que comprende de manera arm�nica con lo anterior,
el desarrollo de su capacidad de pensar cr�ticamente. Por tanto
se deben detectar y priorizar una serie de disciplinas que, al
interrelacionarse, van construyendo en el estudiante una estructura
intelectual abierta, profunda, creativa y en continuo di�logo
con toda la realidad existente. La invitaci�n es a asumir las
propuestas de estudio como un entramado que est�n llamadas a construir,
una estructura e instrumentos para que los seminaristas puedan
desarrollar la capacidad de an�lisis; la curiosidad, que respeta
dogmas, pero que los estudia en profundidad sin negar su naturaleza;
el sentido de razonamiento l�gico; la sensibilidad para apreciar
las m�s altas realizaciones del esp�ritu humano y la visi�n de
conjunto ante el panorama del saber.
3. LOS CUATRO FAROS FUNDAMENTALES PARA CONSTRUIR
UNA ESTRUCTURA INTELECTUAL, QUE ENTRE EN DIALOGO CON EL MUNDO
EN TODAS SUS DIMENSIONES.
Dentro del esfuerzo de constituir
una formaci�n intelectual s�lida, no se debe perder de vista el
concepto de educaci�n en el mundo actual, de acuerdo con la exigencias
que �ste va presentando. La educaci�n est� llamada a tener la
capacidad de dar los suficientes elementos te�ricos y t�cnicos
evolutivos, adaptados a la civilizaci�n cognitiva, porque son
las bases de las competencias del futuro; a la vez tiene como
compromiso posibilitar la construcci�n de una persona capaz de
mantenerse frente a las diversas corrientes de informaciones m�s
o menos ef�meras, que invaden los espacios p�blicos y privados,
y de desarrollar y mantener proyectos a nivel individual y colectivo.
Cuando uno ejerce el magisterio
en las diferentes comunidades y situaciones, le queda dif�cil
ver con claridad la utop�a de la educaci�n, como espacio dial�gico
donde la persona se forma de manera integral y plural, ya que
en muchas ocasiones se tiene la sensaci�n de que lo recibido en
el seminario se qued� en el �mbito meramente te�rico, pero su
aplicabilidad se qued� en el vac�o.
Esta sensaci�n de escepticismo
frente a la realidad educativa, aunque no es la mas saludable,
s� es la mas real, pues cuando no se ven acciones concretas de
progreso, sino una serie de imposiciones legales-ideales, que
se dan a partir de supuestos educativos, axiol�gicos, econ�micos
y culturales, que son falsos y van en contrav�a con lo que se
observa a diario en la realidad colombiana y latinoamericana.
Por eso creo que hablar de elementos
que fundamenten la construcci�n educativa es m�s que necesario,
es indispensable, si en realidad queremos tener los caminos claros
para desencadenar procesos de creaci�n y re-creaci�n de los tejidos
personales y sociales.
Las personas que se educan desde
unos par�metros claros y abiertos son capaces de alcanzar los
instrumentos necesarios para construir una estructura vital s�lida
y en continua apertura a los aportes de las ciencias, de las situaciones
y de todo aquello que nos pueda aportar luces en este camino educativo.
Aunque las condiciones en nuestro
pa�s no son las mejores, no nos podemos quedar en diagn�sticos
pat�ticos y desconsoladores, sino que por el contrario, asimilando
esta situaci�n, seamos capaces de ayudar a construir sujetos que
sepan descubrir sus procesos permanentes de formaci�n, que los
asuman y los utilicen en su cotidianidad, no solamente como medio
de subsistencia material, sino tambi�n como elementos fundamentales
para conocer el mundo, a los hombres y realizarse en �l y con
ellos.
Pienso que hay dos elementos fundamentales que
van siendo animados por un sentimiento en este proceso educativo:
la investigaci�n gradual y la creatividad como impulso del proceso
formativo. Estos dos factores,� animados por una sincera y recta
pasi�n por el hombre y su futuro, son fundamentales para la persona
en su recorrido educativo. Dichos factores, aunque suene un tanto
rom�ntico decirlo, son tan pr�cticos y vitales, que con ellos
la persona puede ingresar en su interioridad, en su entorno social
y tener la capacidad de crear nuevos espacios vitales para s�
misma y para los otros.
As� pues, la educaci�n cuenta
con unos faros que orientan el camino y van mostrando horizontes
de sentido sobre los cuales se va construyendo, teniendo en cuenta
el contexto espacio-temporal donde las personas se mueven, crecen
y est�n llamadas a aportar nuevas cosas para el progreso colectivo.
Dos de estos faros que gu�an
el proceso educativo aut�ntico son: el aprender a saber
y el aprender a hacer. Ellos son fundamentales para
abrir espacios de comprensi�n cognitiva de las diferentes realidades
y fen�menos que suceden en el mundo y que lo destacan a nivel
local y mundial.
Esto significa una calificaci�n equilibrada de
los contenidos de la educaci�n y de sus objetivos, ya que a veces
vemos inclinada la perspectiva educativa y perdemos de vista horizontes
m�s amplios que se deben conocer, porque quer�moslo o no, influyen
en el desarrollo de lo individual y de lo social. Es bueno dar
ciertos elementos t�cnicos y cient�ficos como medios para enfrentar
el mundo laboral actual, pero tambi�n se comprueba que ciertas
necesidades existenciales de sentido van aflorando en el hombre
y que, cuando no tiene elementos con que afrontarlos, �ste se
ve abocado a crisis axiol�gicas, culturales, educativas, pol�ticas,
etc.
Para seguir el camino que van
mostrando estos faros, es necesario ejercitar la atenci�n, la
memoria y el pensamiento, para poder ingresar en el �mbito del
conocimiento con suficiencia y con la capacidad de poder profundizar
continuamente en lo abstracto como en lo concreto.
Cuando se tiene la capacidad
investigativa y creativa, se puede decir que lo que se conoce
necesariamente se va a traducir en posibilidades concretas de
progreso humano en cuanto a mejoramiento de servicios y de empleos,
que no solamente lleven a un materialismo innecesario, sino que
promuevan una mejor calidad de vida de todos los que compartimos
este mundo. Por ello, el hacer realidad los conocimientos debe
estar orientado por un criterio �tico que lleve a la justicia
y a la igualdad para todos.
Pero esto entra�a un peligro,
cuando los medios para lograr esas capacidades necesarias son
acaparados por unos pocos, lo cual reduce el radio de acci�n de
estos conocimientos en las sociedades a un reducido sector que
manipula las pol�ticas econ�micas, educativas, culturales de los
pueblos, llev�ndolos a la pobreza en todas las facetas de la vida.
Todo esto, debe permitimos una
reflexi�n seria y ubicada sobre la NECESIDAD DE UN FORMACl�N
INTEGRAL CON UN �NFASIS �TICO, que posibilite la re-creaci�n
de nuevos procesos sociales. Los otros dos faros que orientan
el quehacer educativo son aprender a ser y aprender a vivir
juntos. Ellos son fundamentales en el intento de construir
sociedades justas, donde se d� importancia al crecimiento de la
persona y al fortalecimiento de los medios y espacios que lleven
a una mejor convivencia.
Es vital que la educaci�n se
presente como un proceso donde el ni�o, el joven y luego adulto
puedan conocer y vivencia la libertad, para que vayan adquiriendo
un justo juicio sobre las realidades , una creciente sensibilidad
frente a las problem�ticas y una gran imaginaci�n para proyectar
una verdadera acci�n de progreso y de desarrollo integral.
Todo esto se va a manifestar
y se va retroalimentar en espacios de convivencia, donde las personalidades
se puedan encontrar, enfrentar y conciliar con un claro objetivo
com�n sin menospreciar la dimensi�n personal, que en continuo
dialogo con lo social, dotar� al sujeto de nuevas ideas para la
mejor convivencia.
Quiero terminar con esta cita
del informe de la Unesco sobre la educaci�n, de 1987:
El desarrollo tiene por
objeto el despliegue completo del hombre en toda su riqueza y
en la complejidad de sus expresiones y de sus compromisos; individuo,
miembro de una familia y de una colectividad, ciudadano y productor,
inventor de t�cnicas y creador de sue�os.
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