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PEDAGOGIA
PARA LA PAZ |
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Manuel Jos� Jim�nez R. Pbro Capell�n Universidad Nacional de Colombia
�La intolerancia,
cuando la hay, no vendr� nunca del Padre, Ll�mese primer anuncio, catequesis, liturgia, encuentros de formaci�n permanente, cursos b�blicos, formaci�n de agentes de pastoral, reuniones de sacerdotes, formaci�n en el seminario, todas son acciones educativas puestas por la Iglesia al servicio de la Evangelizaci�n. Y como cualquier otra acci�n educativa, as� se trate de educaci�n y maduraci�n en la fe como en el caso de las acciones pastorales, poseen una reflexi�n pedag�gica que las orienta. La pedagog�a de la evangelizaci�n la entendemos entonces como la reflexi�n sistem�tica y cr�tica sobre el modo como realizamos las distintas acciones educativas en la Iglesia. Hablamos de pedagog�a de la evangelizaci�n con el prop�sito de hacer notar que todo lo que hacemos en la Iglesia tiene un car�cter educativo. A veces, llevados por muy buenas intenciones, por el celo evangelizador, hacemos cosas de las que desconocemos su valencia pedag�gica. No queremos contraponer gracia y acci�n del Esp�ritu Santo con acciones humanas. Tampoco buscamos minimizar la acci�n del Esp�ritu Santo a favor de la pedagog�a humana. [1] Subrayamos la necesidad de no descuidar la pedagog�a, si bien somos concientes que la educaci�n en la fe es algo que se da de modo indirecto y no directo. [2] Tambi�n queremos ir m�s all� del discurso sobre los m�todos, o m�s bien, de las metodolog�as. Existe entre nosotros una visi�n muy instrumental sobre la pedagog�a. La reducimos a t�cnicas, instrumentos, din�micas, recursos. No es que no sean importantes. Pero esta mirada tan limitada nos lleva a pensar m�s en los “c�mos”, descuidando� los “qu�”, los “porqu�”� y los “para qu�” de nuestras acciones educativas. Los pasamos de largo, olvidando que esas son las preguntas que le dan sentido a lo que hacemos, que nos permiten identificar los mejores instrumentos y hacer uso adecuado de los mismos. La pedagog�a se coloca m�s al nivel de los criterios. M�s que pensar en m�todos uniformes y homog�neos, iguales para todos y para todos los casos, nos invita a trabajar desde principios, que a modo de horizontes, han de guiar nuestras acciones educativas de evangelizaci�n. La siguiente es una reflexi�n sobre la pedagog�a de la evangelizaci�n y su relaci�n con la pedagog�a para la paz. Puede� parecer una cuesti�n puramente coyuntural. Ya sea por la actual guerra en Irak ( o contra Irak?) , ya sea por la guerra en Colombia, ya sea por la invitaci�n a conmemorar el aniversario de la Pacem in Terris.� Al hablar de la paz, m�s que tratar de un argumento entre muchos otros, m�s all� de la moda, hacemos referencia a un principio. Es decir, entendemos la paz como pedagog�a para la evangelizaci�n. Como dir�an hoy d�a los te�ricos de educaci�n para la paz, queremos reflexionar si la acci�n de educar en la fe, tal como la realizamos hoy d�a en distintos ambientes, espacios y lugares, educa para una cultura de paz o, por el contrario, para una cultura de guerra. [3] En otras palabras: mirar hasta qu� punto la l�gica que mueve y orienta nuestras acciones educativas como evangelizadores las llevamos a cabo desde las l�gicas de la paz o desde las l�gicas de la guerra. [4] Qué entendemos por paz En un esfuerzo educativo con grupos y comunidades en Bogot� preguntamos por los conceptos de paz. Las respuestas� fueron muchas y variadas. Desde los que conciben la paz como tranquilidad, como “vivir en paz”, sin conflictos, hasta los que entienden como lo contrario a la guerra. La paz es vista como un estado del alma, como un proceso interior, algo que comienza desde cada uno, o desde la familia, o desde la casa. La paz es sin�nimo a un lindo atardecer, a una bella ca�da del sol. Estas ideas de paz, sin dejar de ser v�lidas, no cuestionan el actual estado de cosas, la realidad con sus contradicciones y desigualdades no es mirada con posici�n cr�tica y anal�tica. No se cr�tica el status quo. Son ideas de paz que nos dejan en paz, que rechazan el conflicto como algo connatural al ser humano, que confunden conflicto con guerra y violencia. [5] Para muchos otros la paz es lo contrario a la guerra. La paz es entonces, para el caso colombiano, el cese de hostilidades, el final de la guerra, la firma de un pacto entre el gobierno y la guerrilla. En este sentido la paz no es nuestra, aunque suene parad�jico. La paz la hacen otros por nosotros. La hacen el Estado y la alzados en armas. Si bien esta idea de paz es tambi�n justa e importante, no podemos reducir la paz a ser lo opuesto a la guerra. Varias razones para ello. Una, quiz�s la m�s visible, hacemos la guerra para conseguir la paz. Otra: se piensa que la guerra es el motor de la historia. Otra: paz no ha habido nunca, por mucho paz ser�an breves momentos entre las distintas guerras. Es la paz de lo sepulcros, la pax romana. La paz como lo opuesto a la guerra tampoco cuestiona el statu quo, no pone “entre par�ntesis” la actual sociedad injusta y excluyente, no la critica en orden a su transformaci�n. [6] Para otros la paz ya no es s�lo lo opuesto a la guerra sino a toda forma de violencia, especialmente estructural. Es decir, como solemos afirmar, la paz sin justicia social no es posible. O en otras palabras: la paz es lo opuesto a la injusticia. Esta forma de concebir la paz hace una cr�tica a la realidad existente con todas sus violencias, especialmente las estructurales, de cara a su superaci�n y transformaci�n. Es decir, a diferencia de las otras formas de concebir la paz,� esta visi�n cuestiona el statu quo. Pero no obstante este car�cter positivo, tambi�n corre el peligro de justificar la guerra y sus l�gicas. O que lo digan nuestros guerrilleros y muchos otros que a nombre de la justicia social siembran muerte y desolaci�n. Como le escuche a alguien alguna vez (�o le� en alg�n libro?): a nombre de la justicia se han hecho las m�s terribles guerras. Se hace necesario, sin desconocer lo valioso de cada una de estas miradas en la b�squeda y en el camino hacia la paz, un verdadero giro epistemol�gico, que nos permita pensar la paz desde la paz, la paz como algo propio en s� mismo, con identidad propia, como valor. S�lo as� podremos entender la paz desde la paz y buscar la paz desde la paz y no desde la guerra. Y educar para la paz no desde la guerra (mentalidad militarista), sino desde la paz. Es m�s, nos permite superar la visi�n negativa frente a la paz, que nos paraliza, que la vuelve poco din�mica, que nos habla m�s de sus ausencias que de sus presencias. Raz�n por la cual para muchos la paz no existe, nunca ha existido, nunca existir�. No deja de ser una ilusi�n, un ideal inalcanzable, un bello prop�sito, un anhelo que no se dar� y nunca se ha dado en esta vida. Necesitamos una idea de paz m�s propositiva, m�s din�mica, m�s visible, m�s constructiva, que permita no s�lo superar la guerra y la violencia, sino adem�s sus l�gicas, sus formas de pensar, de actuar, de vivir y de educar. Algunos investigadores de la paz han introducido, a partir de este giro epistemol�gico, el concepto de “paz imperfecta” [7] para referirse a una paz existente, posible. Comprende la paz al modo de Gandhi, como el camino, no s�lo como la meta. La paz entonces se mueve entre el ser y el deber ser, entre la realidad y la posibilidad. La paz no es un ideal, no es una meta. La paz es a la vez la meta y el camino. La paz, como concepto din�mico, se mueve entre el YA y el TODAV�A NO. Es utop�a en este sentido, no como ideal inalcanzable e irrealizable. La paz es una realidad multifac�tica: trascendente e inmanente, personal� y social, interior y exterior, ideal y realidad por� construir pero nunca perfectamente realizada y alcanzada. Es don y compromiso libre y responsable La paz como pedagog�a de Jes�s Dec�amos al comienzo que la paz en el mensaje de Jes�s no es un tema entre tantos otros. Consideramos que la paz est� en el n�cleo, en el coraz�n del mensaje de Jes�s y debe estar tambi�n en el n�cleo, en el centro de la vida y en el anuncio de sus disc�pulos. Debe fundar nuestro modo de ser Iglesia,� nuestro modo de pensar, de anunciar y de educaren la fe. Desde el Evangelio la paz es don y tarea. Lo que significa que la paz es m�s que tranquilidad, es m�s que vivir en paz, es m�s que armon�a, es m�s que lo contrario a la guerra, es m�s que lo opuesto a la violencia. Como don y tarea, la paz es eso, s�, y mucho m�s. La paz es un valor del Reino, es YA pero TODAV�A NO, es camino y es meta, realidad y posibilidad. Se mueve entre el ser y el deber ser. Es, en otros t�rminos, PEDAGOG�A de ser y de hacer. Como don y tarea la paz ya est� presente en este mundo, en lo que somos y hacemos. La paz es un don presente donde se ama, se dialoga, se perdona, se construye algo positivo hombro a hombro, donde hay donaci�n, entrega, sacrificio, ayuda mutua, solidaridad, servicio. La paz existe y ha existido en la historia de la humanidad, aunque la manera como nos la han ense�ado los libros de historia y las guerras actuales, quieran mostrarnos lo contrario. As� lo fue para Jes�s. Jes�s no s�lo hablaba de la paz. Vive, piensa, act�a, ama, perdona, entra en conflicto desde la paz y sus l�gicas. [8] Para Jes�s el que piensa distinto no es un oponente, la diferencia no se convierte en indiferencia, la tolerancia no es aguante o resistencia, o “acomodarse” a todo o estar de acuerdo con todo sin anunciar la VERDAD, sin decir lo que piensa, sin escuchar lo que otro cree y piensa. Jes�s no le huye al conflicto, a la contradicci�n. Por el contrario lo busca, lo genera, como lo demuestran sus discusiones con los fariseos y con todos aquellos que piensan distinto, que creen distinto. Para Jes�s la no violencia es principio de vida, es forma de vivir, tratar, amar y pedagog�a de llamada a la conversi�n. Es forma de educar. Jes�s no obliga, no impone, solo llama, propone, respeta la libertad de cada uno, respeta los procesos de cada persona.� Jes�s da testimonio de la VERDAD. Y para ello dialoga con todos y sobre todo. Tantos los fariseos como los disc�pulos son interlocutores v�lidos. A unos y otros escucha, a unos y otros interpela. Como educador en la fe desde la paz no piensa desde la l�gica de los que est�n cerca o de los que est�n lejos, de los que vienen o no vienen, de los que participan o no participan. A todos ofrece la VERDAD sin distinciones, sin limitaciones, sin ocultamientos, sin venderla, sin falsearla. Anuncia la misma VERDAD de Dios a todos. Siendo fiel a ella es fiel al que lo escucha, al que lo acepta, al que lo rechaza, al que lo ama, al que lo odia, al que lo golpea, al que lo persigue, al que lo crucifica, al que niega su resurrecci�n. Siendo fiel a la VERDAD es fiel a Dios su Padre que lo env�a y al ser humano al que ama sin distinciones. Jes�s no es un conquistador o un colonizador. Es un TESTIGO. Da testimonio de Dios y de su amor. Como Hijo de Dios hecho hombre hace de la paz su pedagog�a. Cuestiona el statu quo de su tiempo, no usa el poder, no se vende al poder y a sus l�gicas. Los milagros son signos de revelaci�n no de obligaci�n. Son se�ales de amor no de imposici�n para creer. Jes�s nos da la paz no como la da el mundo. Nos da la paz como don y tarea, para que vivamos desde la paz y sus l�gicas. La paz de Jes�s no es la paz que se hace desde la guerra, no es la paz de los sepulcros, no es la “pax romana”. La paz que Jes�s nos da y que nos invita a hacer presente no cae en la l�gica del� “si quieres la paz prep�rate para la guerra”. Por el contrario, el principio m�s acorde con el Evangelio es el que se propone desde distintos �mbitos, entre ellos la UNESCO: “si quieres la paz educa para la paz”. La paz como don y tarea es compromiso de todo cristiano y de toda comunidad de fe. Pero no es entendido como un compromiso m�s entre otros, o limitarse a la realizaci�n de campa�as meramente coyunturales y transitorias, o hacer cursos que no transforman, a lo mucho informan. Es ante todo, lo afirma Bernhard H�ring recordando unas palabras del Consejo mundial de Iglesias, caracter�stica central en nuestro ser disc�pulos de Jes�s:� "La visi�n b�blica de la paz y justicia para todos, del estado de salvaci�n y unidad de todo el Pueblo de Dios, no es para los disc�pulos de Cristo una oferta m�s entre otras muchas (...). la buena disposici�n para el evangelio de la paz, es el amplio programa de vida para todo verdadero disc�pulo de Cristo y para toda la comunidad cristiana. Todo el mundo deber�a ver claramente que el evangelio no habla de la paz s�lo de paso, al lado de otros temas, sino que en cuento evangelio de nada m�s habla y con mayor apremio que de la paz". [9] Pedagog�a de la Iglesia y pedagog�a de paz La pedagog�a de la Iglesia, inspirada en la pedagog�a de Dios y de Cristo, tambi�n ha de ser, pedagog�a de paz. Al menos en principio, porque a lo largo de la historia como hoy, es posible que no lo haya sido y que no lo sea.� En este caso nos encontramos ante una cuesti�n marcada por el tiempo. La paz como pedagog�a no siempre ha inspirado la pedagog�a de la evangelizaci�n. No se trata de juzgar nuestro pasado desde criterios de hoy, pues correr�amos el riesgo de ser intransigentes con tiempos muy diferentes que se mov�an bajo par�metros muy distintos y contaban con otras posibilidades. [10] Hablando de pedagog�a de paz cuando se mira a la historia hemos de evitar el peligro de manipularla para justificar nuevas guerras, nuevas intolerancias, alimentar prejuicios y estereotipos. Si se mira la historia no es para juzgarla sino para aprender de ella y es �til� para un adecuado examen de conciencia, tal como lo subraya Francisco Van Den Bosch. Este autor se pregunta y nos pregunta:� Hubo, en la historia, momentos en que la Iglesia, llamada a anunciar la libertad de los hijos de Dios, quiso imponer a la fuerza su modo de entender la libertad. �Somos capaces de pedir perd�n de veras y de renunciar a la prepotencia, al poder, a los favores? � estamos dispuestos a valorar y gustar del enriquecimiento que nos pueden dar las otras culturas? �estamos dispuestos, en la pr�ctica concreta, de aceptar que la unidad no implica necesariamente uniformidad? �somos capaces de renunciar a todo tipo de cruzada, de autodefensa o de ataque, y de anunciar, comenzando con nuestro propio testimonio, las bienaventuranzas y todo el serm�n de la monta�a? �estamos dispuestos a jugarnos por los d�biles, pobres, marginados de todo tipo? �nos anima a renunciar a todo tipo de imposiciones que no respeten la libertad de conciencia? �renunciamos a todo tipo de fundamentalismo? �renunciamos a la imposici�n de un pensamiento �nico? �queremos y podemos ayudar para que todos aprendan a pensar? [11] Son preguntas que surgen para este autor en un contexto de globalizaci�n como el actual, contexto que, con sus luces y sombras, desaf�a a la Iglesia. Desaf�os, que en palabras de Alain Durand, exigen de parte nuestra replantearnos el modo de ser Iglesia, de ser creyentes, de educar en la fe. Hemos de ser conscientes que la globalizaci�n no otorga hoy un lugar privilegiado a la difusi�n de la palabra de la Iglesia. Ella abre el espacio al conjunto de las corrientes religiosas. Esto quiere decir que la globalizaci�n abre el campo al di�logo interreligioso aqu� y en todas partes del mundo. Estamos en un mundo donde no podemos situarnos como los verdaderos creyentes, sino como creyentes entre otros creyentes. No podemos afirmar nuestra fe sin abrirnos a los otros campos religiosos, sin recoger lo que ellos tienen que aportarnos. La globalizaci�n nos invita verdaderamente a la pr�ctica de una Iglesia de acogida, de di�logo, y no una Iglesia de la sospecha sobre lo que cree otro. Es verdaderamente la invitaci�n a la apertura, a la alteridad.� Es la invitaci�n a pasar de una Iglesia autoritaria, dogm�tica, a una Iglesia de di�logo, acogedora, que sabe y que descubre, comprendido al nivel de su propia fe, que ella tiene cosas que recibir de otras religiones”. [12] La paz como pedagog�a del anuncio a los no creyentes y a los creyentes. Decimos que la paz es pedagog�a porque, como� se�al�bamos antes, no es s�lo ausencia de guerra, sino que adem�s, y por sobre todo,� lleva en s� misma un programa constructivo de acci�n, una forma de ver la vida,� una concepci�n propia sobre el ser humano, del mundo, del modo de ser creyentes, de ser Iglesia.� Y esto en raz�n a que la paz no es solamente un objeto de la teolog�a y de la pastoral (no es solamente una teolog�a ni una pastoral m�s del genitivo: teolog�a de la paz o pastoral para la paz), sino que es una categor�a, horizonte, principio orientador de toda la pastoral y la teolog�a. La paz cualifica toda la vida y el credo cristiano, es una categor�a que lo atraviesa en su totalidad. [13] La b�squeda de la paz, as� sea solo como bien social y cultural, es sin duda un punto de apoyo para el anuncio del Evangelio en la sociedad, cultura y ciencia contempor�neas. Es esta la posici�n sostenida por Joseph Gevaert cuando al referirse a� la b�squeda de los bienes mesi�nicos en forma secularizada por parte de los hombres y las mujeres de hoy, aunque pueda ser un camino m�s lento e incluso hasta m�s incierto para encontrarse con Dios y Jesucristo, es un camino valido y necesario en el actual contexto misionero [14] ; contexto por el cual esta marcada profundamente la actual realidad social y cultural. Posici�n que es igualmente compartida por Bernard Haring cuando afirma: “El coraje de los cristianos convencidos para consagrarse por entero al Evangelio de la paz tiene hoy precisamente nuevas oportunidades para abrir a muchos hombres y mujeres un acceso a la fe. Al principio muchos tal vez s�lo vean en ello el camino para asegurar la supervivencia de la humanidad; necesitan de la experiencia del Evangelio de la paz que produce la visi�n convincente y el cambio en toda� forma de vida y que significa infinitamente m�s que una mera supervivencia” [15] La paz como pedagog�a no s�lo nos permite trabajar conjuntamente creyentes y no creyentes, o mejor lo hombres y mujeres de buena voluntad, en la b�squeda de una sociedad m�s justa y solidaria. Tambi�n favorece el di�logo, la superaci�n de prejuicios producto de la desconfianza y del desconocimiento mutuo. Nos abre la posibilidad de aprender unos de otros, de enriquecernos mutuamente, de superar estereotipos y malos entendidos. Nos permite superar la l�gica de los que est�n fuera y de los que est�n dentro, de los que est�n cerca y de los que est�n lejos. Pero la paz no es s�lo pedagog�a para la acci�n misionera. Es tambi�n pedagog�a de la educaci�n en la fe de los creyentes. No s�lo� porque nos prepara al di�logo fe - ciencia, fe - cultura, fe - tecnolog�a. Sino, y por sobre todo, porque nos permite hacer de la paz y la no violencia el n�cleo de la fe cristiana, tal como lo fue para el mismo Jesucristo. Nos permitir�a a los cristianos hacer del Evangelio de la paz y la no violencia la forma de ver la vida, de interpretarla, de construir sociedad, de ser y hacer Iglesia, de ser testigos cualificados del Reino de Dios y de asumir la opci�n por los pobres en forma no violenta y excluyente. Creyentes y no creyentes necesitamos del cambio de mentalidad, finalidad �ltima de la educaci�n para la paz. Debemos desaprender las l�gicas excluyentes imperantes en la sociedad de hoy y aprender a hacer de la paz y del Evangelio de la paz y la no violencia el medio de transformaci�n cr�tico de la realidad social y eclesial. Cada comunidad cristiana, cada creyente, hemos de preguntarnos si en las instituciones, si en la forma de ser y hacer Iglesia, de anunciar el Evangelio, en la propia vida, somos un modelo convincente de una sociedad y de una Iglesia orientada por los valores de la paz. A este respecto son interesantes las anotaciones hechas por Emilio Alberich� en un congreso sobre juventud y paz en el a�o 1985. Este autor analiza las relaciones tan estrechas que existen entre educaci�n religiosa y educaci�n para la paz. Afirma que la religi�n y el modo de ense�arla en muchos casos est� profundamente marcada por la cultura de guerra, pues crea prejuicios, discriminaciones, marginaciones y exclusiones. Incluso la forma misma de ser Iglesia, de tratar los conflictos en su interior, de relacionarnos con los otros, de ver y de mirar a los alejados, tambi�n est� marcada por esta misma cultura. Por eso se�ala la urgencia de cambiar tambi�n entre nosotros esta forma de ser cristianos y educarnos en la fe hacia la cultura de la paz [16] . En s�ntesis: la llamada apremiante a la nueva evangelizaci�n, nueva en sus m�todos, en sus expresiones y su ardor, debe llevarnos a hacer de la paz no s�lo el valor supremo, sino el criterio de la pedagog�a de la evangelizaci�n en la actualidad, como camino y meta de inculturaci�n del Evangelio en una cultura globalizada, plural y llena de diversidad cultural y religiosa. La b�squeda de la paz como bien secularizado del reino nos acercar� a muchos que construyen el mundo y la sociedad desde la raz�n y el conocimiento. Podremos aportar lo nuestro y recibir lo de ellos. La paz como pedagog�a nos llevar� a hacer el anuncio misionero� en� el respeto de la situaci�n de cada uno, sin violentar a nadie, sin juzgar a nadie, sin excluir a nadie, sin compararnos. [17] La paz como pedagog�a de la catequesis y de todos las otras formas de educaci�n permanente en la fe nos permitir� transformar pedagog�as autoritarias, verticales, poco o nada cr�ticas de la realidad social y eclesial. La paz ha de convertirse en un ambiente educativo, donde se aplican m�todos que valoran el dialogo, la participaci�n, el pluralismo, el conflicto. Enti�ndase que no estamos diciendo que por el hecho de ser cat�lico se es intolerante en cuestiones religiosas. Ejemplos de intolerancia hay tambi�n en las otras religiones, en los otros cristianos y en la misma ciencia moderna. Se�alamos m�s bien la necesidad de pensar en una nueva educaci�n, con la paz como criterio y ambiente, que responde a tiempos de globalizaci�n como los que nos ha tocado vivir. Tiempos en los que necesitamos creyentes educados a vivir la fe con coherencia y fidelidad en un mundo plural y multicultural. Creyentes que desde la fe viven y conviven con otros, creyentes y no creyentes. �La paz como pedagog�a coloca al alcance de todos los cristianos la vivencia de la Bienaventuranza “dichosos los que trabajan por la paz”. La paz deja de ser as� tarea exclusiva de unos pocos iluminados, de grandes h�roes, de premios N�bel. Es don y tarea para todos los creyentes pues se hace presente donde hay un creyente que anuncia, un creyente que dialoga, un creyente que educa y un creyente que es educado en la fe. [1] DGC 143 y 1444 [2] Cf. ALBERICH Emilio, La catequesis en la Iglesia, CCS, Madrid 1991. [3] Algunos autores dedicados a investigar la paz y la educaci�n para la paz utilizan estos t�rminos para referirse a dos tipos de mentalidades: la militarista y la pacifista. La mentalidad militarista se caracteriza por el autoritarismo, la obediencia sumisa, la uniformidad, la competitividad, el machismo, el elitismo. Es una cosmovisi�n, es decir una forma de vida, que cubre todo� el tejido social, todas las instituciones, tanto lo religioso como lo educativo. Es una mentalidad en donde la vida se rige por el principio “si quieres la paz prep�rate para la guerra”. Tanto los procesos de socializaci�n como la educaci�n formal, en muchos casos, no hace sino reproducir esta mentalidad.� El etnocentrismo, la competitividad, el individualismo, el nacionalismo exacerbado, la intolerancia, la valoraci�n exagerada de la propia especificidad, son elementos propios de lo que se llama cultura de guerra, que es lo contrario a la cultura de la paz. �El objetivo �ltimo de la educaci�n para la paz consiste en la transformaci�n de la sociedad y en la construcci�n de la misma desde los valores de la paz. Cfr FRANCIA, Alfonso y COLOMO, Javier G, El animador/2 creativo y constructor de paz, Editorial CCS, Madrid 1996; JARES Xes�s, Educaci�n para la paz. Su teor�a y su pr�ctica, Editorial Popular, Madrid 1991; [4] ALBERICH Emilio, Educazione religiosa e educazione alla pace, en:� MILANESI, Giancarlo [ a cura di], I Giovanni e la pace. Convengo organizzato dalla facult� di scienze dell’educazione dell’ UPS. Roma, 2-4 gennaio 1985, LAS, Roma 1986, 229 � 23. [5] � JARES Xes�s, Educaci�n para la paz, 106-111. [6] � GALTUNG Johan, Storia dell�idea di pace, Satygraha Editrice, Torino 1995. [7] MU�OZ Francisco (Editor), La paz imperfecta, Instituto de la paz y los conflictos Universidad de Granada, Granada 2001. [8] LOPEZ Jairo, Apuntes para la vivencia del conflicto y la reconciliaci�n social desde el seguimiento de Jes�s, en: Apuntes ignacianos # 30 (2000), 23 � 35. [9] H�RING, Bernhard, La no violencia. Una forma de cultura y de esperanza, Herder, Barcelona 1989, 11 y 23. [10] � TORRES QUEIRUGA Andr�s, Cristianismo y tolerancia hoy, en:� Sinite� 108 (1995),� 9 - 32. [11] VAN DEN BOSCH Francisco, Aportes para una globalizaci�n de rostro humano, en: Medell�n 108 (2001), 615 -624. [12] DURAND Alain, Un punto de vista teol�gico sobre la globalizaci�n, en Alternativas 15 (2000), 31 � 47. Toda esta discusi�n sobre la globalizaci�n y un estilo y m�todos m�s adecuados de evangelizaci�n al mundo de hoy, lo encontramos tambi�n CELAM, Los desaf�os a la nueva evangelizaci�n en Am�rica Latina y el Caribe en el contexto de la globalizaci�n mundial. Documento de trabajo, CELAM, Bogot� D.C., 2002. [13] Esta es la tesis central del libro de Bernhard Haring, La no violencia. Una forma de cultura y de esperanza. Y es tambi�n la tesis central del diccionario para la paz de ediciones Dehoniane Cfr Luigi Lorenzetti (a cura), Dizionario di teologia della pace, Edizione Dehoniane, Bolgna 1997. En los �mbitos de educaci�n para la paz la insistencia es la misma. En este campo la educaci�n para la paz puede ser entendida en un doble sentido. O entendi�ndola como materia o asignatura curricular, relacion�ndola con materias e incluso facultades cercanas a las tem�ticas de la paz. O comprendi�ndola como educaci�n en, de� y para la paz, como elemento que abarca y cubre todo el ambiente y la cultura escolar.� Sin restarle importancia y validez al primero de los sentidos, para nuestro estudio interesa de modo particular comprender la educaci�n para la paz en su segunda perspectiva. Es m�s un ambiente educativo que un n�mero de cursos o conferencias. Cfr FERN�NDEZ HERRER�A Alfonso, La educaci�n para la paz en la universidad, en Javier Rodr�guez Alc�zar (ed), Cultivar la paz. Perspectivas desde la universidad de Granada, Universidad de Granada, Granada 2000, 113. [14] GEVAERT, Joseph, La proposta del evangelo a chi non conoce il Cristo. Finalit�, destinatari, contenuti, modalit� di presenza, Editrice Elle di Ci, Torino 2001, 118 - 122. [15] H�RING, Bernhard, La no violencia. Una forma de cultura y esperanza, Herder, Barcelona 1989, 26. Lo anterior es lo que se conoce como dimensi�n misionera de la paz. Ya en 1986 Jes�s L�pez Gay, en un simposio sobre universidad y paz, estudiaba la relaci�n tan estrecha que existe entre acci�n misionera y paz. Se�ala este autor, que si bien es cierto que el Kerigma no se reduce al anuncio y a la b�squeda de la paz social en el orden meramente temporal, sino que debe conducir a la conversi�n a Dios, a la aceptaci�n de Jes�s como salvador y a la implantaci�n de la Iglesia, es cierto que la b�squeda de la paz, as� sea en este �mbito, posee una gran fuerza misionera en orden a la apertura a Dios, a Cristo y a la Iglesia. ( Jes�s L�PEZ GAY, Dimensione missionaria per la pace, en Franco BIFFI [ a cura di], La pace sfida all�universit� cat�lica. Tai del simposio fra le universit� ecclesiastiche e gli istituti di studi superiori di Roma nell Anno Internazionale della Pace. 3 � 6 XII. 1986, Herder, Roma 1987, 855 � 862. [16] ALBERICH, Emilio, Educazione religiosa e educazione alla pace, en Giancarlo MILANESI [ a cura di], I Giovanni e la pace. Convengo organizzato dalla facult� di scienze dell’educazione dell UPS. Roma, 2-4 gennaio 1985, LAS Roma 1986, 229 � 231). [17] A este respecto son interesantes varias afirmaciones del Papa Juan Pablo II en Redemtoris Missio 8 y 9 sobre el modo de un anuncio del Evangelio que sea precisamente eso: anuncio y no imposici�n. De modo particular el n�mero 39: “La misi�n,� no coarta la libertad, sino m�s bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada: respeta a las personas y las culturas, y se detiene ante el sagrario de la conciencia”. |
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