Regresar a la P�gina Principal
DEL DIOS DE LOS EJ�RCITOS AL DIOS DE LA CRUZ
Temas para la catequesis

Jos� Roberto Ospina Leong�mez, Pbro.

Rector Seminario Mayor de Bogot�
Licenciado en Biblia
Instituto B�blico, Roma

Vivimos una �poca de violencia creciente no s�lo en nuestro pa�s sino en el mundo entero. Las preguntas que todos nos hacemos son: �por qu� somos incapaces los seres humanos de
convivir pac�ficamente? �Por qu� tenemos que destruirnos unos a otros? Adem�s, �no est� justificada la violencia en la Biblia? �El Dios que presenta la Biblia, acaso no es un Dios guerrero, el Se�or de los ej�rcitos? �Qu� decir al respecto?

Sin pretender abarcar el tema ni recorrer toda la Sagrada Escritura, quiero presentar algunas reflexiones que permitan a los lectores ver la complejidad del problema, pero tambi�n la novedad y, por tanto, la esperanza ofrecida por Jesucristo: �l es Nuestra Paz y el Se�or de la Paz.

De la visi�n veterotestamentaria pasar� a la visi�n del hombre rehecho por la fuerza del Esp�ritu y por el poder de la Resurrecci�n. Si en el Antiguo Testamento Dios se elige un pueblo, es para ser el Dios de la humanidad en el Nuevo Testamento, es decir, el Dios de todos los pueblos. De la dureza del coraz�n de piedra, que hace inhumanas a las personas, pasaremos a la misericordia de quien tiene un coraz�n de carne. Dios crea una humanidad nueva al crear hombres nuevos a imagen de su Hijo Jesucristo. Si pareciera ense�orearse la violencia por todas partes, ser� la paz anunciada por los profetas y posibilitada por Jesucristo la que campear� finalmente con la presencia de su Esp�ritu.

COMPLEJIDAD DEL TEMA

�C�mo aborda la Biblia el tema de la violencia?

Hablar de este tema en la Sagrada Escritura no resulta f�cil. Hay abundancia de textos en los cuales los hombres se combaten y se matan entre s�, unos seiscientos pasajes. Por otra parte, hay unos mil pasajes, en donde se habla de la ira de Yahv�, del Dios que castiga con la muerte y la ruina, que juzga con un fuego devorador, que se venga y amenaza con la aniquilaci�n. Muchas veces los escritores sagrados presentan a Yahv� como un Dios que manifiesta su poder y su gloria en la guerra y juzga como un vengador airado: Es el Dios de los Ej�rcitos.

Miller afirma "La imagen de Dios como guerrero constituye el esc�ndalo real del AT para el hombre moderno, incluso para el cristiano de hoy".1

En el Nuevo Testamento el acontecimiento central es una acci�n sangrienta, monstruosa: el asesinato de Jes�s. G. Barbaglio, en su libro Dios �violento?, resume el problema diciendo: "Lo problem�tico� no� son las narraciones b�blicas de numerosas� crueldades y terribles violencias, sino la valoraci�n en clave �tica y religiosa que las presentan como queridas y ordenadas por Dios. En este preciso sentido puede hablarse de un problema �tico de la violencia, planteado en t�rminos perentorios por la lectura de las Escrituras hebreas� y cristianas."2�����

Me limitar� a presentar casi como enunciados, puntos que nos permitan ver por d�nde marcha la revelaci�n y c�mo el Dios del AT, que aparece a veces como violento, en realidad rechaza la violencia, promueve la vida, es compasivo y misericordioso y prepara as� la visi�n de Dios del NT, revelado por Jes�s como no-violento.

Tengamos en cuenta las siguientes aclaraciones:

1.      La Biblia se escribe durante m�s de diez siglos. Por tanto no podemos hacer una lectura de ella -ni menos una interpretaci�n- sin tener en cuenta los estadios hist�rico-literarios, los g�neros literarios, las actuales formas de acercamiento a las Escrituras Sagradas y la intencionalidad de los hagi�grafos.

2.      Dios no se revela al margen de la comprensi�n del hombre. Hay por tanto una evoluci�n en la comprensi�n de la revelaci�n. De las formas antropom�rficas usadas para hablar de Dios, se pasa a formas m�s purificadas, hasta llegar al Dios encarnado, revelador del Padre.

3.      La plenitud de la revelaci�n de Dios es JESUCRISTO. Es �l quien nos hace comprender el verdadero rostro de Dios, vivido, celebrado y anunciado en la comunidad creyente, la Iglesia.

DIOS DA LA VIDA Y LA DEFIENDE

Un examen atento de la Biblia nos permite ver que el pueblo de Israel mantuvo siempre la conciencia del valor de la vida humana como un don inviolable de Dios. Dios mismo es el defensor de ese don precioso dado a los hombres.

Desde el comienzo del G�nesis se presenta a Dios creando y dando vida: "Entonces Yahv� Dios form� al hombre del polvo del suelo e insufl� en sus narices aliento de vida, y result� el hombre un ser viviente " (Gn 2,7).

Pero comienza el drama de la violencia con el relato de Ca�n y Abel. El texto sagrado deja entrever la envidia como el elemento inicial, generador de la violencia (Gn 4,3-8). Dios le reclama a Ca�n la sangre de su hermano (Gn 4,9-10). El homicida es expulsado (Gn 4,11-12); mediante el homicidio, ha cortado los lazos con el ambiente que lo rodea y con Dios: ser� un vagabundo, errante en la tierra. Pero, a pesar de su crimen, Dios le pone una se�al a Ca�n para que nadie que lo encuentre lo mate, impidiendo as� que sea el mismo hombre quien tome venganza.(Gn 4,15). Al asesino, Dios le respeta la vida, d�ndole la oportunidad del arrepentimiento. As� es como Dios hace justicia seg�n la concepci�n de la tradici�n yahvista (J).

Ante la creciente ola de mal y violencia que se empieza a vivir en la humanidad, la tradici�n sacerdotal (P) presenta el diluvio como el camino para purificar la tierra: " Dijo Dios a No�: he decidido acabar con toda carne, porque la tierra est� llena de violencias por culpa de ellos" (Gn 6,13) A juicio de esta tradici�n, la violencia engendra la destrucci�n de la humanidad, de la naturaleza y de los animales. Dios quiere recomenzar la historia al elegir a No�, buscando que cese as� la violencia. Esto es signo claro del rechazo absoluto de la violencia por parte de Dios.

En los libros de los profetas, la violencia toma muchas formas que ser�n condenadas y rechazadas por Dios. El hace justicia al oprimido, al hu�rfano, a la viuda, a los despose�dos de la tierra. No s�lo aparece prohibido derramar sangre, sino oprimir a los d�biles, tiranizar a los s�bditos, hacer la guerra con m�todos inhumanos (cf. Am 1, 3-2,5; 2,6-8; 3,10; 4,1; 5,7.10-12; 8,4-6; Os.lb-2;6,8; Is l,11-17; Mi 3,1-3.9-10; 6,12; 7,12).

En el Dec�logo encontramos el "no matar�s" (Ex 20,13; Dt 5,17). Se trata de no cometer homicidio. El verbo hebreo rasah no indica s�lo el asesinato voluntario y premeditado, sino todo homicidio culpable; en otras palabras, se trata de no derramar sangre inocente.

Con el correr del tiempo, la legislaci�n prev� una forma de control social, para evitar el homicidio seg�n la tradici�n sacerdotal (P)3. La violencia homicida tiene como sanci�n y castigo la muerte del culpable, exigida siempre en nombre de Dios "quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre ser� su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo �l al hombre" (Gn 9,6).

Adem�s del homicidio, la legislaci�n israelita condena la violencia de los golpes (Ex 21,15s), la violencia sexual (Ex 22,15-16), la violencia contra la libertad a trav�s del secuestro (Ex 21,16; Dt 24,7). Al culpable se le impone una sanci�n que var�a desde la pena de muerte hasta otras penas corporales menores. Resumiendo, son muchos los textos a favor de la vida, por una parte, y de rechazo de la violencia, por otra, que encontramos en el Antiguo Testamento.4

EL DIOS GUERRERO

Pero, �c�mo entendi� Israel su liberaci�n de la esclavitud de Egipto, a costa de la destrucci�n del opresor o la posesi�n de la tierra prometida combatiendo y desalojando a los otros pueblos? Miremos algunos textos:

El acontecimiento fundador de Israel es sin duda alguna, el �xodo. Acontecimiento sobre el cual vuelven las miradas de la comunidad hebrea a lo largo de toda su historia, pues all� se constata la mano fuerte y el brazo poderoso de Yahv� que los salva y los hace ser su pueblo. El libro del �xodo presenta la situaci�n de opresi�n y de esclavitud a la cual sometieron los egipcios a los hebreos (Ex 1,8s; 5,6-14).

La liberaci�n del poder de Egipto se ve como un acto de poder de Yahv� que hace justicia al oprimido. "Los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subi� a Dios" (Ex 2,23). Es a trav�s de la misma naturaleza como Dios hace sentir su fuerza salvadora. (Ex 13,17-14,31). Este relato est� enmarcado en una literatura de epopeya, con vistosidad de colores y matices dram�ticos, que permite captar la soberan�a divina sobre la arrogancia humana. Ser� despu�s, en la experiencia del desierto, conviviendo entre estrecheces y penurias, cuando los hebreos, conducidos por Mois�s, se comprometen a guardar las cl�usulas de la alianza que Yahv� sella con ellos, el dec�logo (Ex 24,1-11). En este contexto, el dec�logo se convierte en las leyes b�sicas de la convivencia humana y de la garant�a de la protecci�n de Dios, si son obedecidas.

Abundan los textos que van presentando a Yahv�, a lo largo de la historia del pueblo de Israel, peleando a favor de su pueblo o castigando a su pueblo por su infidelidad, a trav�s de otros pueblos. All� la violencia y crueldad aparece claramente. Cuando el Pueblo de Israel llega a la tierra prometida y va tomando posesi�n de ella, durante doscientos a�os, se presenta el actuar de Yahv� como el de un Dios guerrero y esa imagen perdurar� hasta la vuelta del destierro. Tengamos en cuenta las gestas de la conquista de la tierra prometida (libro de los Jueces), las victorias y derrotas de los reyes tanto de Jud� como de Israel (libros de Samuel, Reyes y Cr�nicas); el destierro en Babilonia y el retorno a la tierra prometida (libros de Jerem�as, Ezequiel, DeuteroIsa�as)5.

EL JUICIO DE DIOS Y SU REINADO

La alianza entre Yahv� e Israel expresada en estos t�rminos, "yo soy tu Dios; t� eres mi pueblo", lleva consigo algunas obligaciones mutuas, que comprometen a las partes en el cumplimiento de las cl�usulas de la alianza. Si el pueblo de Israel cumple, Dios lo premia con larga vida, muchos bienes, les mantendr� la tierra y multiplicar� su descendencia; pero si no cumple, Yahv� mismo los castigar�, "pongo delante de ti vida o muerte, bendici�n o maldici�n, elige" (cf. Dt 11,26; 30,15s).

A partir de Am�s, los profetas no vacilan en afirmar que Dios intervendr� como juez implacable contra el pueblo infiel a las cl�usulas de la alianza.

Durante el per�odo posterior al destierro se fue afirmando cada vez m�s en Israel la visi�n que contrapon�an el mundo de entonces, dominado por las fuerzas del mal y de la muerte, y el mundo futuro. El primero hab�a desatado y desatar�a la ira de Yahv�, el "dies irae" d�a de la c�lera de Dios o violencia destructiva, (cf. Ex 32,10s; Nm 11,1.10.33; 25,3-4.11; Jos 7,1; Jr 4,4.8.26; 7,20; 32,31; Ez 5,13; 6,12; 14,19; 20,8) y el segundo, en el que Dios establecer�a su reino de paz y de justicia (cf. Is 65,17; 66,22; Jo 4,12-16; Dn 7,13-14.26.27)6.

Aqu� aparece un tema que es interesante tener en cuenta: el juicio de Dios. Este es un tema que los profetas desarrollan en la Biblia desde la perspectiva de la mentalidad sapiencial. La intenci�n al presentar el Juicio de Yahv� era la de lograr que el pueblo "no se le saliera de sus manos", sino que fuera capaz de motivarse para obrar bien y conforme a la alianza. En los Proverbios se dice: "quien escatima la vara, odia a su hijo; quien le tiene amor, le castiga" (13,24). Esta es la mentalidad que est� a la base de la concepci�n del Dios que juzga severamente, como un padre que ama a su hijo y por eso lo castiga para hacer de �l una persona recta, justa y honesta. El juicio, la venganza, el proceso, la ira, los celos, la retribuci�n son t�rminos que expresan la reacci�n violenta de Dios, deseoso de restaurar el derecho y de restablecer el orden alterado.

Pero porque se reconoce que Dios es compasivo y misericordioso, en el salterio encontramos la oraci�n del pueblo que le suplica a Dios que le haga justicia, que intervenga en su favor. Dios, que es juez justo, har� justicia al que le suplica, libr�ndolo y salv�ndolo de sus adversarios: "hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad... "(Sal 43,1 cf. Sal 3;9; 10;35; 54; 58; 59; 109).

EL DESTIERRO: CAMBIO DE PERSPECTIVA

A partir de la terrible experiencia del destierro en Babilonia, el pueblo experiment� las consecuencias de la ruptura de la alianza y� constat� su incapacidad para ser fiel a Dios. Sin embargo, el Dios que los llam� a ser su pueblo, es fiel y por eso, tanto en Jerem�as como en Ezequiel, se anuncia que Dios sellar� una nueva alianza; no ser� como la antigua, condicionada a la respuesta humana; la nueva alianza es unilateral: Dios garantizar� su alianza por amor a su nombre y por amor al hombre. Este amor es indefectible e incondicional. "Pondr� mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribir�" (Cf. Jr 31,31-34) para que las personas obren seg�n el querer de Dios. Dios infundir� su Esp�ritu: "Y les dar� un coraz�n nuevo, infundir� en ustedes un esp�ritu nuevo, arrancar� de su carne el coraz�n de piedra y les dar� un coraz�n de carne" (Cf. Ez 36,25-28).

Tener coraz�n de piedra es ser inhumano, es ser insensible ante la necesidad del otro, incapaz de compasi�n y de misericordia; es obrar con crueldad y con violencia. Por el contrario, tener coraz�n de carne es ser humano, ponerse en la situaci�n del otro, aun para excusar su equivocaci�n y comprender su error y su ofensa; es tener capacidad de perd�n y de reconciliaci�n. Con esta perspectiva, la humanidad vislumbra el verdadero horizonte de la fraternidad y de la convivencia.

Una especial importancia para el tema de cambiar la perspectiva de la violencia en la Biblia tienen tambi�n las afirmaciones: "yo te desposar� conmigo para siempre" (Os 2,21); "habitar� en medio de ellos para siempre" (Ez 43,9); "he jurado que no me irritar� m�s contra ti ni te amenazar� " (Is 54,9).

Los profetas anuncian que nunca jam�s volver� a mostrarse el rostro terrible de Dios y que para siempre su gracia y su amor estar�n con el pueblo. Esa perspectiva de compromiso para una paz total, universal y c�smica con la destrucci�n de todas las armas, la expresa bellamente Isa�as, cambiando la imagen de un Dios guerrero por la imagen de un Dios artesano de la paz: "Juzgar� entre las gentes, ser� arbitro de pueblos numerosos. Forjar�n de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantar� espada naci�n contra naci�n, ni se ejercitar�n m�s en la guerra" (2,4); "ser�n vecinos el lobo y el cordero, el leopardo se echar� con el cabrito, el novillo y el cachorro pacer�n juntos, y un ni�o peque�o los conducir�... Nadie har� da�o, nadie har� mal... porque la tierra estar� llena de conocimiento de Yahv�" (cf. 11,6-9).7

Esta perspectiva de paz universal preparar� la acci�n salv�f�ca de Jes�s, quien sellar� la nueva alianza con su sangre e instaurar� as� un orden nuevo.

JES�S DE NAZARET: REVELADOR DEL PADRE

En el Nuevo Testamento encontramos la realizaci�n de ese designio divino. Dios se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros (Jn 1,14). Esa presencia del Verbo encarnado hace posible comprender la incondicionalidad de Dios a favor de la humanidad. Se abre as� un nuevo estilo de vida y de ser: solidaridad para rescatar, para salvar, para transformar.

Desde esa conciencia de la encarnaci�n del Hijo de Dios, Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo, como personas transformadas por el Esp�ritu, con coraz�n de carne: "Nada hagan por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los dem�s como superiores a s� mismos, buscando cada cual no su propio inter�s sino el de los dem�s (...) Porque Cristo, siendo de condici�n divina, no retuvo �vidamente el ser igual a Dios. Sino que se despoj� de s� mismo, tomando condici�n de siervo haci�ndose semejante a los hombre y apareciendo en su porte como hombre... " (Flp 2,3-7).

S�lo desde la fe el evangelio (muerte y resurrecci�n de Cristo) adquiere poder y fuerza transformadora: �No me averg�enzo del evangelio que es una fuerza de Dios para todo el que cree" (Rm 1,16). Es "esc�ndalo para los jud�os, necedad para los gentiles, mas para los llamados, lo mismo jud�os que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabidur�a de Dios" (1Co l,23b-24); hasta el d�a de hoy sigue siendo esc�ndalo y contradicci�n, sabidur�a y salvaci�n.

El Dios revelado por Jesucristo es "d�bil" porque no es violento; no responde a los violentos con una acci�n igual. Pero del aparente fracaso en la cruz, en donde pareciera ense�orearse la violencia, el Padre celestial sacar� la poderosa fuerza de salvaci�n, al resucitar a su Hijo de entre los muertos y al exaltarlo como Se�or del universo: "Y se humill� a s� mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exalt� y le otorg� el Nombre, que est� sobre todo nombre" (Flp 2,8-9).

El Ap�stol Pablo ve con claridad que Jesucristo con su muerte en la cruz, rompe el muro que separa a los pueblos entre s�, el odio, y hace en �l un solo pueblo; por eso �l es nuestra paz. Cf. Ef. 2,14-18. Hay necesidad de orar para entender esta maravillosa realidad. Pablo pide a Dios que nos otorgue sabidur�a para poder conocer "cu�l es la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que despleg� en Cristo, resucit�ndole de entre los muertos y sent�ndole a su diestra en los cielos" (Ef 1,19-20).

7. ENSE�ANZA DE JES�S

Si nos acercamos a la ense�anza de Jes�s encontraremos la radicalidad de su planteamiento y de su opci�n por el amor a los enemigos, por el perd�n, por el bien para los que nos hacen mal.

Tanto Mateo 5,43-48 como Lucas 6,27-28.35 nos hablan del mandamiento del amor a los enemigos: "Amen a sus enemigos, h�ganle bien a los que los odien, bendigan a los que los maldigan, nieguen por los que los maltraten ". El motivo que presenta Lucas para obrar as� es: "Y ser�n hijos del Alt�simo, porque �l es bueno con los ingratos y los perversos" (Lc 6,35). Mateo dice: "Para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mt 5,45). Es Dios mismo el modelo del actuar humano; �l no hace ya distinci�n entre buenos y malos, entre justos e injustos; a todos los beneficia con su amor sin distinci�n alguna. Como resumen de ese comportamiento, contin�a diciendo: "Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto"(Mt 5,48) "sean compasivos como su Padre es compasivo" (Lc 6,36).

Este mandamiento del amor a los enemigos parece estar muy cerca del imperativo de la no-violencia: "Han o�do que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pues yo les digo: no resistan al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha, pres�ntale tambi�n la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la t�nica, d�jale tambi�n el manto; y al que te obligue a andar una milla, vete con �l dos. A quien te pida, dale; al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda" (Mt 5,38-42). Jes�s pide que el disc�pulo se enfrente con los violentos, no con una actitud puramente pasiva, es decir, "padeciendo la violencia" o devolviendo mal por mal, sino con una reacci�n que est� dotada de una fuerza no com�n de provocaci�n: poniendo la otra mejilla; Pablo, siguiendo la ense�anza del Se�or Jes�s, comenta: "vence el mal a fuerza de bien" (Rm 12,21).

Si algo hay opuesto a la violencia, es el perd�n y la actitud de compasi�n para con quien est� haciendo da�o, ha ofendido y se muestra arrepentido. Jes�s mismo comi� con publicanos y pecadores, (cf. Lc 15,1-2), se hosped� en casa de Zaqueo (Lc 19,ls), se dej� besar los pies por una pecadora (Lc 7,36s), pidi� perd�n por los que lo estaban crucificando (Lc 23,34). Nos ense��, con su ejemplo, a perdonar setenta veces siete (Mt 18,21-22), a tener compasi�n con el compa�ero como el rey tuvo compasi�n del siervo (Mt 18,23s) y present� as� la imagen del Padre celestial compasivo y misericordioso, que invita a obrar de la misma manera. La muerte de Jesucristo en la cruz es el signo del amor del Padre Celestial por todos y cada uno de nosotros: "mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todav�a pecadores, muri� por nosotros" (Rm 5,8). "En esto hemos conocido lo que es amor: en que �l dio su vida por nosotros. Tambi�n nosotros debemos dar la vida por los hermanos " (1Jn 3,16).

La imagen de Dios rey es central en la predicaci�n de Jes�s. Esa imagen de Dios como rey, que no hace acepci�n de personas y no admite soborno, que hace justicia al hu�rfano y a la viuda, y ama al forastero, a quien da pan y vestido, ya aparec�a en el Antiguo Testamento.8 No es original en el Nuevo, pero Jesucristo la retoma y le da una nueva dimensi�n.

La expresi�n reino de Dios o reino de los cielos est� en los sin�pticos unas sesenta veces. Jes�s ha venido para ser rey (Jn 18,37). Pero rey humilde, que ofrece su reino a los pobres y a los perseguidos por causa de la justicia (Mt 5,3.10), que manifiesta su justicia curando a los enfermos y resucitando a los muertos (Mt 11,2-6), y anunciando la buena noticia (el evangelio) a los pobres (Lc 4,16s). Es significativo que el relato de Jes�s en la sinagoga de Nazaret, cuando hace la lectura del profeta Isa�as 61,1-2, suprima la lectura del d�a de la venganza de Nuestro Dios. Esto revela la intencionalidad del evangelista de presentar a Jes�s como el que hace presente la gracia pero no el castigo.

El Bautista es presentado como un profeta del juicio divino, inminente, terrible, de condenaci�n (Mt 3,7b-10; Lc 3,7b-9) y Jes�s, como el que trae la gracia y la verdad (Jn l,17b).

No son pocos los textos del evangelio en los que Jes�s hace alusi�n a la necesidad de la conversi�n (cambio de enfoque vital para poder aceptar el Reino) (Mc l,15; Mt 4,17; Lc 3,3.5; 13,1-5), y de esforzarse por entrar por la puerta estrecha (Mt 7,13-14; Lc 13,23-24) si se quiere llegar al Reino de los cielos. El juicio final, es donde se define la suerte de todos por la solidaridad o no con sus hermanos m�s peque�os: "porque tuve hambre y me diste de comer..." (Mt 25,31s); o la par�bola del rico insensible y del pobre L�zaro (Lc 16,19s) nos permite entender que corresponder� al hombre definir su suerte final si acepta convertirse, si es solidario con sus hermanos m�s necesitados, si entiende la urgencia del tiempo presente como tiempo de gracia, de vida y de salvaci�n. En una palabra, si ha aceptado a Jesucristo.

La realidad contraria para el que rechace la oferta de vida eterna, en t�rminos b�blicos es la gehena del fuego y el llanto y rechinar de dientes (Mt 5,21-22.29-30; 18,8-9; 23,33; Mc 9,43.45.47-48).

8. TEOLOG�A DE LA NUEVA ALIANZA

Para Pablo, el pecado es una realidad al interior de las personas que les impide amar, que las lleva a hacer el mal que no quieren y a dejar de hacer el bien que quieren (cf. Rm 7,14s). En este sentido Pablo es heredero de Ezequiel, cuando habla del coraz�n de piedra (36,26s) La codicia, la avaricia, el querer acumular bienes, el estar centrada la persona en s� misma y en sus propios intereses, con una apetito voraz de posesi�n, de poder y de placer produce la violencia y hace imposible la convivencia pac�fica y fraterna (cf. Col 3,5-9).

La �nica manera de atacar el pecado es con la fuerza del Esp�ritu, habitando en cada persona. El har� de cada persona una nueva criatura, de modo que pueda pasar de la esclavitud de la ley y de la muerte a la vida: "Porque si viven seg�n El Esp�ritu no dar�n satisfacci�n a las apetencias de la carne " (Ga 5,16). "Y si el Esp�ritu de Aquel que resucit� a Jes�s de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucit� a Cristo de entre los muertos dar� tambi�n la vida a sus cuerpos mortales por su Esp�ritu que habita en ustedes" (Rm 8,11). "Si vivimos seg�n el Esp�ritu, obremos tambi�n seg�n el Esp�ritu. No busquemos �a gloria vana, provoc�ndonos unos a otros y envidi�ndonos mutuamente" (Ga 5,25-26).

La primitiva comunidad cristiana poco a poco fue entendiendo la novedad tra�da por Jesucristo y fue consignando su reflexi�n sobre la Nueva Alianza de manera no tan sistem�tica al principio y bastante estructurada al final. Podr�amos decir que la carta a los Hebreos, el Evangelio de Juan y la primera carta de Pedro son una teolog�a de la Nueva Alianza.

Jesucristo es mediador de una mejor alianza (Hb 8,6s); ha instaurado un nuevo sacerdocio, el sacerdocio de la misericordia (Hb 4,17-5,10), por tanto ha inaugurado un nuevo culto, el culto de la vida en esp�ritu y en verdad (Jn 4,23; Rm 12,1-2); ha establecido un nuevo templo, el templo del cuerpo (Jn 2,13-22; 1Co 3,16-17; 6,19); ha hecho un nuevo pueblo, linaje elegido, sacerdocio real, naci�n santa, pueblo adquirido, pueblo de Dios compadecido (1 P 2,9-10); ha dado un nuevo mandamiento, el del amor mutuo con la medida de su amor (Jn 15,9-17).

Este mutuo amor posibilitar� la vida en comuni�n y la realizaci�n de la comunidad. Nada m�s opuesto a la violencia que el amor mutuo. Si en el Antiguo Testamento se hablaba del juicio divino como el d�a de la ira de Yahv�, en el Nuevo Testamento es el d�a de la salvaci�n. San Juan afirma que el Padre no juzga porque el juicio se lo ha dejado al Hijo (cf. Jn 5,22) y el Hijo no juzga porque "Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por �l" (Jn 3,17; cf. Jn 12,47). Ser� la Palabra de Jes�s la que juzgue el �ltimo d�a (cf. Jn 12,48), ante la cual el hombre debe dar su respuesta de fe para participar de la salvaci�n. Amar las tinieblas m�s que a la luz es el motivo de la condenaci�n (cf. Jn 3,19).

Conclusi�n

A lo largo de la Biblia, vemos una evoluci�n tanto en la revelaci�n del verdadero rostro de Dios como en la comprensi�n de �l. Dios es el Dios de la vida y el Dios que la protege. Su grandeza y su poder que en el Antiguo Testamento se manifestaban en gestas poderosas, en el Nuevo Testamento se ha revelado en el despojo total del Hijo, que obedece hasta la muerte de cruz. La certeza de la transformaci�n interior de las personas, por la acci�n salvadora de Jesucristo, es garant�a de esperanza y de paz.

En una patria como la nuestra, y en un mundo tan violento, no podemos menos de sentir la responsabilidad de ayudar a la transformaci�n de la sociedad con una nueva evangelizaci�n, en donde el �nfasis est� en Jesucristo, muerto y resucitado, que nos entreg� su Esp�ritu para cambiar el coraz�n insensible y cruel, ego�sta y envidioso, avaro y codicioso y crear un hombre nuevo que haga realidad la presencia pac�fica y salvadora del Dios de la vida .

S�lo desde el misterio del Dios no violento, hecho hombre, que muere en la cruz violentamente, y que est� exaltado a la diestra del Padre, para interceder por nosotros, y que

contin�a presente en su comunidad (ekklesia), que es su cuerpo, podremos ver una luz en el t�nel de la b�squeda de la paz.

Notas:



1 Cf.� Barbaglio, G,� Dios �violento?, 9.

2 Ibid., 11-12.

3 Hay que distinguir, sin embargo, el homicidio voluntario del involuntario, para precisar que la pena de muerte s�lo se prev� para aquel, mientras que para �ste se crea la instituci�n de las ciudades de refugio (Ex 21,13) destinadas a acoger al homicida no intencional, libr�ndolo as� de la violencia del "vengador" (go'el), es decir, del pariente m�s cercano al que le corresponde el derecho-deber de vengar al muerto (Dt 19,ls; Nm 35,9s).

4 En el Nuevo Testamento, Jes�s se presenta m�s exigente a�n, pues la prohibici�n de matar, que est� en el Dec�logo, no es suficiente para el disc�pulo del Reino. No basta rechazar la violencia f�sica del homicidio, hay que evitar aun las ofensas verbales (cf. Mt 5, 21-22).

5 Cuando el Pueblo de Israel llega a la tierra prometida y va tomando posesi�n de ella, durante doscientos a�os, se presenta el actuar de Yahv� como el de un dios guerrero; esa imagen perdurar� hasta el regreso del destierro.

6 Los profetas del destierro consideran el destierro como el efecto consiguiente de la ira divina (cf. Is 2,25;47,6) "En un arranque de furor te ocult� mi rostro por un instante, pero como amor eterno te he compadecido." (Is 54,8).

7 De igual manera el profeta Zacar�as dice: "...ser� suprimido el arco de combate, y �l proclamar� la paz a las naciones " (9,9-10) y el Salmo 46: "hace cesar las guerras hasta el extremo de la tierra; quiebra el arco, parte en dos la lanza, y prende fuego a los escudos " (v.10)

8 Dt 10,17-18; Sal 146,7.9; 103,6; 68,6. La espera del reinado de Dios, despu�s del destierro, forma parte de la esperanza radical del antiguo pueblo israelita de que al final se le har�a justicia plenamente al d�bil, al oprimido, al pisoteado.

Diseño-Construcción

[ARRIBA]

El Seminario Mayor | Pastoral Vocacional | Ayudas para Liturgia
Temas de Estudio | Actualidad | Contáctenos