(Rom 12, 1-2)
Introducci�n
Paulo de Tarso ha sido llamado “el ap�stol
de los gentiles” porque a lo largo de su ministerio se
esforz� por proclamar que el Evangelio y la salvaci�n de Jesucristo
tambi�n se dirig�a a los no jud�os. El peligro de concebir la
“elecci�n” de Dios en t�rminos puramente �tnicos
y la tentaci�n de creer que la salvaci�n se logra por el cumplimiento
de la ley, contrastan con la experiencia paulina de que Dios
quiere que todos los hombres se salven y que en Cristo ofrece
gratuitamente dicha gracia. Ahora bien, si basta creer en Cristo
para ser salvos, �para qu� las obras? Si Dios ofrece gratuitamente
la salvaci�n, no ser�a necesario ning�n tipo de esfuerzo de
parte del hombre. Al nomismo(legalismo)
satisfecho por sus propios m�ritos y esfuerzos (pelagianismo)
se contrapone en el otro extremo el pasivismo (laxismo) que
todo lo justifica o que descalifica el m�rito del propio esfuerzo.
Es esa la tensi�n que aparece en la Ep�stola a los romanos.
1. La Ep�stola a los Romanos
La carta a los Romanos resalta entre los escritos
de Pablo por su extensi�n, su riqueza doctrinal y su densidad
teol�gica. Se trata del texto neotestamentario
m�s comentado a lo largo de los siglos y de gran influjo en
la vida de la Iglesia. Se trata de un escrito tan rico, que
son variados los fragmentos y perspectivas que han sido acentuadas
a lo largo de la historia de la ex�gesis: la discusi�n se centr�
en la antig�edad en torno a la crisis pelagiana; tras el Cisma
de Occidente, los reformadores dieron primac�a a los cinco primeros
cap�tulos con su tema de la justificaci�n por la fe; los cat�licos,
por su parte, tendieron a enfatizar la segunda parte, la respuesta
del hombre y las implicaciones morales del Evangelio.
El desarrollo teol�gico y ecum�nico del siglo
XX permiti� avanzar en los estudios y despolarizar el an�lisis,
enriqueci�ndolo con los aportes de los m�todos hist�rico-cr�ticos,
de las perspectivas sociales y literarias. Se descubre as� en
el texto inspirado un mensaje que surge en circunstancias espec�ficas
y con prop�sitos concretos, pero que a la vez posee un mensaje
salv�fico capaz de iluminar el caminar
de la Iglesia y del creyente peregrino en cada momento de la
historia. En este sentido, la Ep�stola ofrece una oportunidad
excepcional para profundizar en el mensaje de Pablo, y en la
vitalidad siempre nueva de“su evangelio” (como �l
mismo lo llama en Rom 1, 16).
2. El contexto
Las caracter�sticas del autor y de la comunidad
destinataria, las motivaciones del escrito, las circunstancias
hist�ricas y los elementos literarios o estructurales, son secundarios
frente al contenido del escrito, que aparece como una apolog�a
del evangelio que Pablo anuncia: la proclamaci�n del amor gratuito
de Dios que salva al hombre pecador y lo capacita para llevar
una vida seg�n Su voluntad. Esa es esa la justificaci�n que
permite la conversi�n integral, que abarca la totalidad de la
persona en sus relaciones con Dios, con los dem�s, consigo mismo
y con el mundo. El ap�stol coloca la santidad como el horizonte
vital constante, empuja al testimonio existencial y fortalece
la construcci�n de la comunidad dentro del marco de un horizonte
escatol�gico y con una clave b�sica: el discernimiento cotidiano
de la vida.
Para Pablo, el Evangelio de Jes�s, buena noticia
de salvaci�n universal, esc�ndalo para los jud�os por relativizar
la ley y necedad para los griegos por predicar el amor fraterno,
no consiste en c�digos estrictos, reglamentos puntuales o cl�usulas
estereotipadas, sino que apunta a lo esencial de la vida creyente.
En tal sentido, Pablo presenta en Romanos 12, 1-2 un desarrollo
sint�tico y fiel de la Buena Noticia, con su necesaria concreci�n
vital: en los once primeros cap�tulos de la ep�stola a los Romanos,
el ap�stol realiza su prop�sito de animar espiritualmente a
sus lectores, reforzando la certeza de la justicia de Dios de
la que ellos disfrutar�n por la fe (caps.
1-8), y reafirma su segura esperanza en la salvaci�n (caps.
9-11), pues la Buena Noticia se abre a toda la humanidad (cf.
1, 16). El autor marca un cambio de estilo en los cinco �ltimos
cap�tulos, y se dedica a concretar la ense�anza, dentro de una
profunda coherencia con sus planteamientos iniciales.Tras una exhortaci�n general en la
que brinda el criterio fundamental de la vida cristiana (cf. Rom 12, 1-2), el texto se abre
a una serie de instrucciones derivadas del mandamiento del amor,
de la nueva identidad del pueblo escatol�gico de Dios y de sus
expresiones comunitarias (cf. 12,
3-13, 14). La exposici�n se centra primero en las relaciones
ad intra (cf. 12, 3-16) y luego en las relaciones ad extra de
la comunidad (cf. 12, 17-13, 14).
Luego viene una serie de peticiones m�s espec�ficas para la
comunidad a la cual se dirige (cf. 14, 1-15, 6). El p�rrafo final (cf.
15, 7-13), es coherente con el cuerpo de la ep�stola y le brinda
un desenlace l�gico, que sirve como transici�n hacia un estilo
de escrito m�s personal. A esta secci�n, s�lo sigue el ep�logo
del cap�tulo 15, y adem�s el cap�tulo 16.
3. El texto (Rom
12, 1-2)
Rom 12, 1ss no puede
considerarse el ap�ndice “pragm�tico” de la secci�n
“te�rica” precedente (en la cual tambi�n pueden
descubrirse consignas de orden �tico, cf.
3-4; 6, 6.13.15-23; 8, 3-8.12-13), sino que con un n�cleo estil�stico
diverso pero interrelacionado, Pablo llama a sus lectores a
vivir en comunidad las consecuencias del Evangelio. Pero m�s que elencar una serie de normas morales o una interminable cantidad
de reglas de conducta, en los caps.
12-16, Pablo busca se�alar un nuevo estilo de vida que se deriva
necesariamente de los argumentos globales de los cap�tulos 1-11: En realidad, dichos criterios podr�an
aplicarse a cualquier comunidad cristiana, y aunque hay elementos
espec�ficos para los destinatarios (pi�nsese por ejemplo en
la importancia de la relaci�n con la autoridad civil para los
creyentes de Roma), se trata de un texto que se constituye en
fuente de inagotables riquezas para la vida cristiana.
Entre las dos secciones anteriormente mencionadas,
y como verdadero “eje articulador”, se ubican dos
vers�culos que forman una unidad, concretan los contenidos precedentes
y que brindan la clave hermen�utica para comprender las exhortaciones
subsiguientes. Son dos los elementos que aparecen
a primera vista: el ofrecimiento de la existencia cristiana
constituye el “nuevo culto” (v. 1), y la “renovaci�n
de la mente” permite al creyente “discernir”
“la voluntad de Dios” que diverge de los criterios
de “este mundo” (v. 2). Se trata de un texto relativamente
corto, pero que encierra una comprensi�n fundamental para la
vida cristiana. Puede afirmarse que en Rom 12, 1-2, Pablo sintetiza con v�vidas im�genes lo que debe
ser la respuesta cristiana a la gracia de Dios en Cristo, dentro
de una profunda vinculaci�n con todo el contenido precedente
de la ep�stola, tanto en contenido como en f�rmulas y estilo. En Rom
12,1-2, Pablo aborda de manera directa la problematicidad
de la existencia cristiana, dedicando de manera articulada un
vers�culo al culto espiritual y el otro al discernimiento de
la vida. Con ello, Pablo coloca las bases para una vida responsable
y para las siguientes exhortaciones m�s espec�ficas.
4. El culto espiritual (Rom
12, 1)
Como ya ha sido anotado, tras la exposici�n
teol�gica principal realizada en los caps.
1-12, Pablo se orienta seg�n su estilo, a brindar algunas orientaciones
pr�cticas, pero sin caer en los imperativos morales t�picos
de la sabidur�a jud�a tradicional. El ap�stol busca rebatir
el “nomismo contractual”
de la antigua alianza, pero se ve abocado redefinir tambi�n
los principios que deben guiar el comportamiento individual
y comunitario en este momento escatol�gico.
Para la gran mayor�a de jud�os, en efecto, era
la Ley la que serv�a como l�mite y estructura �tica; el pueblo
de Dios era el que viv�a “dentro de la ley”, “bajo
la ley”, realizando las obras de la ley dentro del marco
de la alianza. Pablo afirma que estos ritos legales y f�sicos
(como la circuncisi�n), ya no son v�lidos (cf.
Rom 2, 28-29), ni cuentan las obras de la ley (cf. 2, 23; 3, 20.27-30). La Fe en Cristo es el nuevo
l�mite, la circuncisi�n interior por el Esp�ritu es la real
marca del miembro escatol�gico del pueblo de Dios (2, 28-29;
3, 21-26; cap. 4). La l�nea
del pacto es la elecci�n y el llamado de Dios, no la carne ni
los trabajos de la ley (9, 6-13). La rectitud adem�s,
no es exclusiva de Israel, sino que es un don de Dios para todo
el que cree (10, 3-13), jud�os, primero, pero tambi�n
gentiles (11, 17-32). Por eso la ley sirve tambi�n como
marco �tico (cf. 10, 5), pues para
vivir dentro de los l�mites de la Ley se necesita igualmente
seguir las normas que regulan las relaciones sociales al interior
y al exterior de la comunidad.
Tras haber ampliado los l�mites del nuevo pueblo
de Dios, no con criterios �tnicos sino sobre la base de la nueva
ley del Esp�ritu “inscrita en el coraz�n” (cf.
Rom 2:15, 28-29), el ap�stol
concreta las consecuencias: del imperativo de seguir ciegamente
la ley, se pasa a la exigencia de vivir seg�n un esp�ritu nuevo
(cf. 7, 6; 8, 4). Para no dejar el vac�o de la realidad
c�ltica y sacrificial
que brinda identidad, participaci�n y pertenencia a los grupos
religiosos, Pablo asume en Rom 12,
1 las pr�cticas c�lticas y las reorienta a la vida diaria y a sus expresiones
en el mundo cotidiano.
No era muy dif�cil para la comunidad cristiana
de Roma, que carec�a de sacrificio ritual. Pablo recurre al
lenguaje c�ltico para asegurar a sus
lectores que a pesar de dicha falencia, ellos no estaban en
desventaja frente a otros grupos y podr�an rendir el culto y
sacrificio que Dios quiere. El �nfasis en un sacrificio espiritual
no era nuevo, obviamente, pero Pablo insiste no tanto en observar
el sistema sacrificial sino en reconocer
que Dios quiere algo m�s, desea una autodonaci�n
que no requiere el culto sacrificial.
Al mismo tiempo, insiste en que tal sacrificio debe tomar expresiones
corporales concretas y previene contra un espiritualismo pietista
o un entusiasta dualismo En s�ntesis, Rom 12, 1 constituye una proclamaci�n del amor de Dios que
invita a la conversi�n al pagano y a cuanto de pagano hay en
la vida de cada uno de los creyentes. Se trata de una exhortaci�n
al cambio vital en raz�n de la misericordia de Dios, para hacerse,
como Cristo, sacrificio, ofrenda, v�ctima. Por ello afirma:
�1Los exhorto, pues, hermanos,
por la misericordia de Dios, a ofrecerse ustedes mismos como
ofrenda viva, santa, agradable a Dios: este es el culto aut�ntico
que ustedes deben realizar.
Pablo marca el tono del texto con la utilizaci�n
del t�rmino parakalw`, cuya sucesiva conjunci�n ou\n remite el imperativo a la din�mica del Evangelio expuesto
precedentemente, m�s que a su propia autoridad apost�lica. Dicha
conjunci�n establece un v�nculo constitutivo no s�lo con los
vers�culos precedentes (Rom 11, 35-36),
con los cap�tulos 9-11 centrados en el tema de la misericordia
divina, o con los cap�tulos 5-11, sino con todo el conjunto
de la exposici�n previa, lo que permite comprender los �ltimos
cap�tulos de la ep�stola, no como un ap�ndice, un a�adido de
�ltimo minuto, un ejemplo pr�ctico de lo expuesto, o una simple
concreci�n moral de unos principios doctrinales considerados
como la esencia y finalidad �ltima del escrito
La exhortaci�n engancha una clara dimensi�n
afectiva: Pablo reconoce como “hermanos” (ajdelfoiv),
a los fieles de la comunidad cristiana de Roma en general y
a los cuales se dirige (uJma`"),
haciendo m�s familiar la exhortaci�n. No se trata s�lo de un
elemento estrat�gico: el t�tulo de “hermanos”, aplicado
a los miembros de las comunidades cristianas, designa en Pablo
a los miembros del pueblo de Dios y evidencia un claro influjo
cristol�gico, pues es Dios quien hace
“hermanos” a los creyentes, al elevarlos al rango
de hijos adoptivos en su Hijo (cf.
8, 29).
La preposici�n diav
tiene la fuerza de un llamamiento que no se refiere a los medios
para lograr un fin, sino a la causa de la exhortaci�n. En castellano
no es f�cil hacer tal diferenciaci�n porque la preposici�n “por”
tiene ambos sentidos (“por medio de” y “en
raz�n de”). Por otra parte, una de las mayores divergencias
en las traducciones se refiere al n�mero del sustantivo oijktirmw`n
tou` qeou', genitivo plural en el texto griego (oiktirm�n), aunque la mayor�a de los estudiosos coinciden
en que el t�rmino original hebreo raham�m
tiene un significado singular, y que es m�s fiel al sentido
del texto hablar de la misericordia como caracter�stica
ontol�gica de Dios. En ella fundamentado, el ap�stol
hace de sus palabras un verdadero “evangelio”, para
consolar, edificar y alentar a los creyentes a responder a Dios,
misericordioso con la debilidad humana, haciendo de esta motivaci�n
una exigencia obligatoria.
El t�rmino parasth`sai
(“presenten”, “ofrezcan”), manifiesta
una opci�n cultual que evoca ciertamente el lenguaje t�cnico
sacrificial por el que el ap�stol
reitera a los cristianos que ellos mismos pueden y deben ofrecerse
a Dios. El objeto de esta ofrenda es el
“cuerpo” (sw`ma), que
expresa la unidad del ser, y la totalidad de la persona, “con un �nfasis en la interacci�n
de la persona con el mundo”. Incluso dentro del mismo contexto
sacrificial, la noci�n paulina de
s�ma implica la dimensi�n comunitaria e interactiva
pues la “vida corporal” abarca la entera existencia
del creyente, su corporeidad, sus concretas relaciones
con los dem�s y con el mundo en la vida diaria, y no s�lo la parte f�sica u org�nica.
La existencia cristiana entendida como existencia para Dios
y para los otros en una doble finalidad concatenada y complementaria,
descubre que este culto corp�reo de la vida cristiana es al
mismo tiempo un culto “espiritual”, y que el culto
espiritual a su vez, consiste en la ofrenda cotidiana del creyente.
Con un sorprendente giro en su aplicaci�n figurativa
de t�rminos t�cnicos c�lticos a la
nueva vida cristiana, Pablo indica la total autodonaci�n
como respuesta a las misericordias de Dios, que es ahora posible
y apropiada para sus lectores. Ellos deben “ofrecer”
sus cuerpos, su ser, como un sacrificio (qusivan) “viviente”. Mientras los sacrificios
envuelven normalmente la destrucci�n o la muerte de algo que
ha sido apartado y consagrado a Dios, los cristianos deben dedicar
su persona viviente como un “sacrificio” apartado
para ser “santo” y “agradable a Dios”.
Se trata de una consagraci�n espiritual, mental de sus vidas,
que puede ser ahora “agradable” a Dios, mientras
que los realizados “en la carne” no pueden agradarle
(cf. Rom 8,8). Al extender a la vida cotidiana la noci�n del “sacrificio”
que place a Dios, Pablo se sit�a dentro de la l�nea marcada
por los grandes profetas de Israel, que denuncian el sinsentido
de sacrificios externos que no reflejan ni conversi�n personal
ni justicia social. Si lo que se ofrece a Dios es la
completa existencia del creyente (cf.
Rom 6, 10-11), rec�procamente se infiere que la “esfera
de la santidad” constituida por la presencia de Dios y
a la que se dirig�a la v�ctima sacrificada, se ampl�a dram�ticamente
a la totalidad del �mbito de la vida.
El sacrificio (thysia)
como objeto del culto, est� calificado por tres adjetivos que
prolongan y desarrollan la din�mica metaf�rica. Algunos han
querido separar los tres adjetivos, vinculando “sacrificio”
con “viviente”, y subordinando a este nuevo sujeto
las calificaciones de “santa” y “agradable
a Dios”, para resaltar el contraste con la ausencia de
vida en los animales ofrecidos en sacrificio en el AT y que
tambi�n buscaban ser “santos” y “agradables
a Dios”. En algunas traducciones se observa incluso que
al sustantivo “sacrificio”, se vinculan las dos
primeras calificaciones “vivo y santo” y a este
conjunto se subordina y refiere “agradable a Dios”
(p. e., la Biblia de las Am�ricas,
Reina Valera). Pero la ausencia de la conjunci�n
kai entre los adjetivos, que
da lugar a tantas especulaciones podr�a calificarse simplemente
de un efecto oratorio y no hay raz�n exeg�tica para separar
los t�rminos en la traducci�n.
El participio zw`san
(viviente), por cuanto modifica “sacrificio”, se
refiere a la naturaleza del acto mismo, que no hace morir la
ofrenda. Obs�rvese el uso paralelo en Jn
6, 51 (“yo soy el pan vivo...”) y 1Pe 1,
3 (“...para una esperanza viviente�). Z�san
es probablemente elegido para contrastar el pensamiento de un
sacrificio que consiste en la calidad de la vida diaria, con
el de un sacrificio incruento de animales; recu�rdese en consecuencia
que sw`ma no es usado en referencia a dicho �ltimo sacrificio,
sino transportado de una doble l�nea: del rito c�ltico
a la vida diaria, de una �poca previa de sacrificios incruentos
a una caracterizada por el ofrecimiento de la persona y de su
vida diaria. El adjetivo aJgivan, com�n para describir la din�mica sacrificial,
indica aqu� que el ofrecimiento de s� mismo a Dios implica una
“consagraci�n”, un colocarse aparte de lo profano
y una dedicaci�n al servicio de Dios; se mantiene el imaginario c�ltico,
pues se trata de un sacrificio “santo” (aJgivan),
al estar constituido por personas consagradas “separadas”
para Dios; esta santidad como noci�n escatol�gica, ya presente
en el saludo de la ep�stola (cf. Rom 1,7), es no s�lo una l�gica
derivaci�n de la veterotestamentaria
vocaci�n del pueblo a la santidad (cf.
Dt 7,6), sino sobre todo, una realidad
ontol�gica a partir de la Salvaci�n en Cristo; por eso, aparte
de la significaci�n c�ltica consecuente
dentro de la met�fora, esta santidad tiene claras implicaciones
morales. El �ltimo adjetivo es: eujavreston
tw`/ qew`/.
(“agradable a Dios”), antropomorfismo para designar
una existencia conforme a los designios divinos. La misma expresi�n, referida a un
sacrificio metaf�rico se expresa en Flp
4, 18.
El vers�culo 1 se cierra con una expresi�n recapitulatoria, que contin�a con el uso del lenguaje t�cnico
sacrificial: th;n
logikh;n latreivan uJmw`n. Ofrecerse a s� mismos constituye el culto “l�gico”
o “espiritual” de los cristianos. Logikov"
“se podr�a traducir [por] ‘espiritual’, considerando
que el Esp�ritu de Dios anima ya la mentalidad (log�s) de los fieles. Es por eso que este culto interior
es calificado como ‘santo’ y ‘agradable a
Dios’”. Cuando logikos es entendido como “aceptable a la raz�n
humana” (opuesto a “irracional”), algunos
textos prefieren traducir por “razonable”, incluso
refiri�ndose a la raz�n y a la naturaleza relacional y reflexiva
del ser humano. Cuando logikos es entendido como “adecuado a las circunstancias”,
se prefiere el t�rmino “l�gico”, en sentido literal.
A pesar de la disimilitud de opciones, lo que es claro es que
Pablo no tiene en perspectiva un culto ofrecido con la mente,
no pretende simplemente “espiritualizar el culto”,
sino por el contrario, proyectar la esfera de lo c�ltico
a todas las dimensiones de la vida, a la realidad “material”
y cotidiana. Se trata de una idea muy semejante
-incluso en sus t�rminos- a la que se desarrolla
en 1Pe 2, 2.5, y en el fondo, se trata de una comprensi�n del
culto desde una perspectiva escatol�gica. En efecto, Pablo proclama una religi�n
en la que la fidelidad hacia Dios se manifiesta por una adhesi�n
“de coraz�n” que se refleja en los actos de la existencia
y se separa de una religi�n ceremoniosa, cultualmente
reglamentada y exteriormente fastuosa. Es lo que suele denominarse “la
obediencia de la vida”.
Aunque el primer sentido (racional) podr�a ser
m�s acorde -obviamente, sin caer en radicalizaciones intelectualistas-
con la renovaci�n de la mente y la capacidad de discernimiento
a las que Pablo se va a referir en el segundo vers�culo, el
nuevo culto puede ser calificado como “espiritual”
(logik�s), porque en contraposici�n con la superficialidad
externa que se critica, tiene una din�mica que surge del interior
del creyente. Pero que el adjetivo no haga olvidar la insistencia
paulina en la “corporeidad” y “materialidad”
de la vida cristiana: la “corporeidad” del culto
cristiano, no es simple cuesti�n de actitud interior, sin, como
lo afirmar� a continuaci�n, de descubrir y cumplir el querer
de Dios mediante un culto “aut�ntico”.
5. El discernimiento de la vida (Rom
12, 2)
El paso que se da en el vers�culo 2 es coherente.
Vivir sintonizados con la voluntad divina es fundamental para
todas las religiones y para el juda�smo (para el cual significa
vivir seg�n los mandamientos y seg�n la Ley), pero para el cristiano,
el medio para descubrir este querer de Dios no consiste en una
realidad externa, sino la “renovaci�n de la mentalidad”,
que debe comenzar en el interior de la persona (cf.
2, 29), como fruto del esfuerzo personal constante y de la acci�n
de amorosa de Dios, considerando �stas como acciones incluyentes
y complementarias:
2Y no se acomoden al mundo presente,
antes bien, transf�rmense mediante la renovaci�n de su mente,
de forma que puedan distinguir cu�l es la voluntad de Dios,
lo bueno, lo agradable, lo perfecto”.
La articulaci�n del texto de los dos vers�culos
est� dada por la conjunci�n coordinativa kaiv,
que marca la profunda vinculaci�n de contenidos de dos exhortaciones
paralelas y complementarias. A continuaci�n aparece la part�cula
mhv, que tiene por funci�n dar un
sentido negativo al verbo sucesivo, suschmativzomai, conjugado en el texto en forma imperativa
(suschmativzesqe), por el que el autor reconoce la
capacidad y fuerza de los grupos sociales, normas culturales,
instituciones y tradiciones que modelan el comportamiento individual.
El presente imperativo, por otra parte, indica que la responsabilidad
humana est� comprometida, que el individuo puede aceptar o resistir
tales estructuras de poder, puede acoger o rechazar tal modelamiento
de la conducta “mundana”.
La no conformaci�n se context�a
en tw`/ aijw`ni touvtw/, literalmente, “este siglo”, “esta
�poca”, el per�odo de tiempo en la historia de la humanidad,
caracterizada por el dominio del pecado. En consecuencia, Pablo urge a los
lectores a “no conformarse” ellos mismos, a no dejarse
guiar “por este mundo”, pues el “culto cristiano”
indicado en el vers�culo anterior, implica una constante resistencia
a la presi�n de la era pasajera sobre la existencia corporal
del creyente. Desde esta perspectiva, la no conformaci�n con
“el mundo”, m�s que una transformaci�n del mismo,
invita a una transformaci�n interior. Los cristianos deben vivir su vida
en el presente de acuerdo con “el tiempo por venir”,
distanci�ndose continua y cr�ticamente de “este mundo”,
tiempo de desesperanza que est� atado y ligado a los poderes
del pecado y de la muerte. As�, el llamado de Pablo no constituye
una especie de escape o abandono de “esta �poca”,
pues el descubrimiento y realizaci�n de la voluntad de Dios
no se realiza al margen, sino precisamente en “este mundo”
y “a trav�s del mundo”. El cristiano debe aceptar y conocer
la realidad que le rodea y que le puede orientar a otra realidad:
“el ap�stol no clama por una salida del mundo,
sino por un tr�nsito escatol�gico a trav�s de este mundo
hasta el mundo de Dios”.
Una nueva vinculaci�n coordinativa concatena
la segunda frase de este vers�culo que presenta el segundo imperativo.
Como alternativa a la precedente advertencia contra la “conformaci�n
con este mundo”, Pablo propone una transformaci�n (ajlla;
metamorfou`sqe), que consiste en -o
es posibilitada por- la renovaci�n (anakain�sis)
de la mente (nous). Pablo contrapone
al imperativo precedente, de marcado car�cter negativo, un segundo
imperativo con fuerte acento positivo. La conjunci�n adversativa
ajllav (“sino mejor”,
“por el contrario”), enfatiza dicho acento al contrastar
con la part�cula mh;, anteriormente empleada y al orientar la idea hacia el verbo
metamorfou`sqai, que se refiere a una transformaci�n
profunda, que implica con certeza un cambio
ontol�gico, como lo revela el contexto escatol�gico que Pablo
ha colocado previamente. Se trata adem�s de un verbo conjugado
en presente, lo que manifiesta que la acci�n indicada (la “renovaci�n
de la mente” que a continuaci�n ser� enunciada), es un
proceso inacabado, constante, permanente. Y finalmente, se trata
de un verbo presente conjugado en pasivo, lo que deja entrever
la acci�n de Dios que act�a por medio de su Esp�ritu en la vida
de los creyentes. La percepci�n de este poder trascendente
que est� a la base del cambio enunciado, previene el escapismo
de este mundo o el falso espiritualismo, y da paso
hacia el medio por el que act�a: la renovaci�n de la mente.
El sustantivo ajnakaivnwsi"
(“renovaci�n”), complementa la “transformaci�n”
indicada en el verbo precedente y se�ala una relaci�n de continuidad
(de sujeto) - discontinuidad (de criterios). Pero adem�s, anakain�sis,
en cuanto dativo instrumental, indica el medio por el cual la
transformaci�n tiene lugar, pues la “novedad” de
la “nueva creaci�n inaugurada por la resurrecci�n de Cristo,
y aplicado a la mente, puede referirse a la potencializaci�n
de una din�mica interior (no ya la del pecado y de la muerte,
cf. Rom 7, 23.25), sino la del Esp�ritu
que permitir� el discernimiento de la voluntad de Dios (cf. 8, 9.13); ajnakaivnwsi"
se vincula con la kainovth" (“novedad”) de la vida bautismal
(cf. Rom
6, 4), que hace del creyente una kainh;
ktivsi" (“nueva creatura�).
Dicha novedad es prolongada por la constante acci�n del Esp�ritu
(cf. 7, 6; 8, 9-13). Por otra parte, los t�rminos la kainov" y kainovth", tienen
en Pablo una clara referencia escatol�gica.
La menci�n del sustantivo nou`",
no se refiere a un dualismo mente-cuerpo. Puede afirmarse que
en Pablo, nous designa la totalidad
de la existencia cristiana desde una perspectiva interior, casi
como sin�nimo de “coraz�n” (kardia),
cf. Rom 1, 21. Incluso, m�s que una capacidad intelectual,
nous es para Pablo el �rgano
del discernimiento moral y de la voluntad, aunque no puede ser restringido
a este nivel. Pero en cuanto capacidad, el t�rmino
se refiere tambi�n a un elemento moralmente neutro, que puede
favorecer la vinculaci�n con “el mundo presente”
o con “el tiempo por venir”; puede guiar la existencia
hacia opciones no gratas a Dios, o puede favorecer el discernimiento
y la realizaci�n de Su voluntad. Por ello es f�cil contraponer la
“mente vana” y el “coraz�n entenebrecido”
que ha rechazado a Dios, del planteamiento inicial de la ep�stola
(cf. 1, 21.28), con la “renovaci�n
de la mente” aqu� indicada. La segunda situaci�n puede
revertir la primera, al asumir una din�mica interior, que no
se fundamenta en leyes o sanciones externas. Este �nfasis en
la transformaci�n interior, o mejor, en la transformaci�n que
trabaja desde dentro hacia afuera, es caracter�stica de la par�nesis
prof�tica, pero en Pablo aparece como la v�a para distinguir
el �nfasis cristiano del juda�smo contempor�neo, demasiado �tico
y centrado en una espiritualidad legalista.
Ello no puede llevar a concluir que la “renovaci�n
de la mente”, excluya a normatividad objetiva ni puede
conducir al creyente o a la comunidad a caer en una “moral
de situaci�n”. En efecto, Pablo ha ya clarificado en la
ep�stola, que el cristiano no debe considerar la ley del AT
como una gu�a de conducta completa y autoritativa (cf.
Rom 5, 20; 6, 14.15; 7, 4). �Qu� debe
colocarse en su lugar? La renovaci�n de la mente del creyente.
La confianza de Pablo en la mente del cristiano es el resultado
de la comprensi�n paulina del trabajo del Esp�ritu que es el
agente de esta renovaci�n (cf. 8,
4-9); y a ella vinculada la habilidad
del creyente para determinar lo correcto y lo incorrecto. La
renovaci�n de la mente es un proceso vital. Por eso el cristiano
no est� sin ley, sino bajo la ley de Cristo (cf.
Gal 6, 2; 1Cor 9, 19). Pero ser�a traicionar la llamada de
Pablo si a partir de esos vers�culos se substituyeran los mandamientos
externos con el continuo trabajo de la renovaci�n de la mente,
ya que el cristiano requiere para su orientaci�n �tica, tanto
la subjetiva “mente de Cristo” como la objetiva
“ley de Cristo”.
La cl�usula eij"
tov indica una finalidad a la “renovaci�n de la mente”
(e incluso al “ofrecimiento” de s� mismos del v.
1): se trata de dokimavzein (discernir) la thel�ma
tou Theou
(voluntad de Dios). El cristiano, provenga del juda�smo o de
la gentilidad, debe responder al querer divino con una “mente”
renovada, porque es esta transformaci�n en lo m�s profundo de
su ser, la que le capacita para “discernir”, para juzgar y realizar opciones
concretas y vitales, coherentes con su nueva condici�n. Lo que se pretende es la capacidad
de formar el juicio cristiano correcto en cada momento dado. No sobra por ello recordar que dokimavzein
implica “conocer” y “concordar”, pero
exige “realizar”. La dimensi�n pr�ctica del discernimiento
no puede ser pasada por alto, como tampoco el criterio que Pablo
da para realizarlo y que constituye la �ltima unidad tem�tica
de la per�copa: la voluntad de Dios. Criterio que se convierte en
finalidad liberadora para el creyente. Una palabra ulterior merece la dimensi�n
comunitaria de esta nueva capacidad: si bien el verbo dokimazein est� en infinitivo, el discurso redactado
en segunda persona plural, as� se explique porque su destinatario
es un colectivo, puede abrir nuevos horizontes a la moderna
y con frecuencia individualista concepci�n del discernimiento.
La perspectiva de un proceso de discernimiento en com�n y no
s�lo singular puede verse reforzada por la continuidad con la
siguiente secci�n del escrito, que se dedicar� a cuestiones
espec�ficas de la vida de la comunidad cristiana. Finalmente,
otra peque�a observaci�n de posibles grandes implicaciones:
dokimazein conjugado en presente,
manifiesta que el proceso de discernimiento no es algo que se
realiza de una vez por todas, de una vez para siempre, sino
que implica una acci�n constante, una din�mica existencial.
El pronombre interrogativo tiv,
vincula el objeto del “discernimiento”, y declinado
en singular, resalta la unicidad de su criterio fundamental:
to; qevlhma
tou` qeou'. La “voluntad de Dios” es una categor�a
que enmarca y da sentido a toda la revelaci�n identific�ndose
con la salvaci�n del hombre, su santificaci�n (cf.
1Tes 4,3), por la pr�ctica de una vida coherente (cf.
Ef 5, 17). Es admirable la confianza que manifiesta Pablo
en la capacidad, la fuerza y la potencialidad de la “renovaci�n
de la mente” para conocer la “voluntad de Dios”.
El comportamiento que se exige del creyente, sin ignorar las
normas concretas, se caracteriza por una constante b�squeda
del querer de Dios, en medio de las confusas circunstancias
que deben vivirse en este mundo. Y es llamativo el radical contraste
que este “discernimiento creyente” presenta con
la vana seguridad del jud�o “que discierne lo mejor, apoy�ndose
en la ley” (cf. Rom 2, 18). Ello no quiere decir que Pablo anime
una �tica antin�mica, pues el objetivo es “la voluntad
de Dios”, y el �nfasis es paralelo con el de Jer
31, 31, Ez 36, 26-27 o Sab 9, 9-10.17-18,
en donde la motivaci�n personalmente prescriptiva
tiene que venir del constante renovamiento
interior, sin negar, el valor moral normativo de la ley.
Tal renovaci�n de la manera de pensar, capacita
al cristiano para “determinar”, lo que es la voluntad
de Dios en cada momento de su vida, ya que el bien que se debe
conocer y realizar no se deja descubrir y valorar por una norma
establecida de manera general y taxativa. Es ese discernimiento
continuo de la vida para descubrir el querer de Dios el que
constituye el “sacrificio” agradable a Dios, el
nuevo “culto” cristiano. En la anterior desesperanza
bajo el poder del pecado y de la Ley (7,7-25), era imposible
hacer lo que era “bueno” (7, 18-20), o “la
voluntad de Dios” (7,12). Pero ahora el creyente es fortalecido
por Dios para descubrir y realizar Su voluntad, gracias a la
renovaci�n de la mente, y por tanto, para moldear su vida con
el Bien final y futuro por el cual ardientemente espera. Pero adem�s, este bien (“la
voluntad de Dios”), no s�lo debe ser “discernido”
para dejarlo en el campo de la conciencia intelectual, sino
que debe ser realizado y llevado a la pr�ctica en la vida cotidiana,
como realizaci�n de la promesa prof�tica (cf. Jer 31, 33-34). En consecuencia,
la conducta se manifiesta como “buena y perfecta”
cuando con la renovaci�n del Esp�ritu el cristiano comprende
y realiza la voluntad de Dios. As�, el punto central del v. 2 es
coherente con el del v. 1: Pablo sostiene una espiritualidad
cotidiana y un cotidiano discernimiento del Esp�ritu.
Junto con la ponderaci�n de la voluntad de Dios
como criterio y fin �ltimo del discernimiento creyente, Pablo
coloca tres elementos que coinciden con este direccionamiento
(to; ajgaqovn, to; eujavreston,
to; tevleion).
Los tres t�rminos est�n regidos por un mismo art�culo neutro
(tov), y vinculados por una conjunci�n
repetida (kaiv). M�s que simples descripciones
o calificaciones, se colocan en aposici�n directa,
desarrollando el sustantivo precedente: to; qevlhma tou` qeou`. Los tres adjetivos est�n en consecuencia,
tomados sustantivamente, como una explicaci�n de aquello a lo
que nos invita la voluntad de Dios, lo que es bueno moralmente,
lo que m�s agrada a Dios, lo que es perfecto.
El primer t�rmino de la aposici�n es ajgaqovn
(“bien”, “bueno”). Podr�a discutirse
si se trata de un adjetivo neutro que califica to; qevlhma tou` qeou' (neutro tambi�n en griego),
o si se trata de un adjetivo sustantivado referido a la noci�n
de “bien”. Una posici�n intermedia, que excluya
la total abstracci�n y que no lo relegue a un simple calificativo
sino que consecuente con la aposici�n entienda el t�rmino como
“lo bueno”, no puede ignorar esta advertencia: “Es
necesario descartar desde el comienzo la idea abstracta de “bien”
y de “mal” en s�, pues estas son nociones que implican
ambas la operaci�n correspondiente: se trata de hacer el bien
y de hacer el mal”. La misma observaci�n vale para los
dos t�rminos sucesivos.
El t�rmino ajgaqovn
designa ante todo la bondad que distingue a Dios en su esencia
(cf. Mc
10, 18s; Mt 19, 16s; Lc
18, 16s). La expresi�n no se refiere a un idealismo moral, sino
que encuentra su sentido en el contexto previo: la renovaci�n
de la mente, que posibilita el discernimiento de la voluntad
de Dios, y que permite descubrir en lo cotidiano de la vida
el bien al cual hay que apegarse (cf.
Rom 12, 9), para el cual hay que estar siempre listo (cf. 16, 19), y en el cual hay que ser perseverantes (cf. 2, 7); se trata de una posibilidad-obligaci�n tanto para
el jud�o como para el griego (cf.
2, 10). Es gracias al bien que se construye la fraternidad (cf.
15, 2) y se vence el mal (cf. 12,
21). Ser�a interminable recordar las invitaciones presentes
en la Escritura para que el amor se concrete en la vida. Baste
aqu� se�alar que en consecuencia con el razonamiento paulino,
la mente renovada que discierne la voluntad de Dios y descubre
lo bueno, lo concreta en la vida (el bien) y as� realiza el
querer divino. To agathon
es en �ltimas, expresi�n del amor cristiano (cf.
12, 9).
En segundo lugar, to;
eujavreston es un t�rmino que ya hab�a sido utilizado en v.
1 para calificar el “sacrificio agradable a Dios”.
En el presente contexto, no se refiere al sustantivo “sacrificio”,
y adem�s no cumple una funci�n adjetiva para describir “la
voluntad de Dios”, sino que la desarrolla en cuanto t�rmino
de aposici�n, es decir, describiendo de otra manera lo que Dios
quiere.
Ahora bien, si eujavresto"
se vincula con el t�rmino anterior (agathon)
y el sucesivo (teleion), podr�a
pensarse en un conjunto de categor�as complementarias no jerarquizadas,
como criterios concomitantes al proceso de discernimiento de
la mente renovada (es decir, no en el sentido que ser�a “m�s”
“lo perfecto” que “lo que agrada a Dios”,
y estos a su vez que “lo bueno”). En coherencia
con la l�gica desarrollada hasta el presente, Pablo se esfuerza
por brindar las herramientas necesarias para que la conciencia
creyente pueda discernir y realizar la voluntad de Dios. Hay,
en efecto, muchos elementos y acciones que pueden ser perfectos
desde distintos puntos de vista (cient�fico, p. e.), pero que
pueden no agradar a Dios; hay cosas que pueden agradar a Dios
(p. e. la oraci�n), pero que en determinados momentos pueden
no ser buenas (como escape m�stico o como evasi�n del compromiso
cristiano). Pablo se coloca en la situaci�n del creyente que
puede padecer la angustia de no tener un referente “externo”
y universal y trata de brindarle alternativas complementarias.
Finalmente, tevleio"
es un t�rmino que tanto en la literatura profana como en la
Escritura es utilizado con un sentido de “�ntegro”,
“completo”, “sin defecto”; en los LXX,
suele corresponder al hebreo t�m�m,
cuyo significado es prioritariamente cultual en relaci�n con
los animales del sacrificio (cf. Ex
12, 5; Lv 1, 3, passim);
pero que en sentido moral, expresa integridad religiosa y total
fidelidad a Dios. Aunque la �nica menci�n del vocablo
dentro de la ep�stola a los Romanos se da en este vers�culo,
es bueno considerar algunas referencias iluminadoras; en primer
lugar, se trata de lo perfecto en sentido escatol�gico (cf.
1Cor 3, 10), que tiene a Cristo como modelo de referencia (cf.
Col 1, 28), y que construye la unidad de la comunidad (cf.
Ef 4, 3); interesante observar que
Santiago presenta “lo perfecto” al mismo tiempo
como una meta para el creyente, como un don de Dios, y como
camino de bienaventuranza (cf. Sant 1, 4.17.25). Y de obligada referencia en este contexto,
la invitaci�n a la perfecci�n (cf.
Mt 5, 48), concretada en el mandamiento del amor (cf. Mt 22, 37.39). As�, Pablo ha
optado por una categor�a m�s carism�tica que la de un ritualismo
perfecto.
Se trata de una opci�n que se deriva de la din�mica
espiritual y existencial de la vida cristiana. Dada la amplia
brecha hist�rica y cultural entre el mundo b�blico y el nuestro
y los numerosos y polifac�ticos dilemas de la vida moderna,
los valores perennes del Evangelio tienen que ser discernidos
y vividos en contextos radicalmente diversos; los desaf�os tecnol�gicos,
los debates morales, las encrucijadas cotidianas no pueden ser
resueltas con base en una normatividad detallada y taxativa.
Por ello Pablo ofrece una carta de navegaci�n para la vida cristiana,
no exenta de riesgos y sin seguro contra equivocaciones, en
la que la “mente renovada” puede discernir y vivir
lo que es el querer de Dios, lo bueno, lo aceptable, lo perfecto.
Conclusi�n
El texto de la ep�stola a los Romanos
y en particular el pasaje comprendido en los vv.
1 y 2 del cap�tulo 12, no s�lo es importante dentro de la formaci�n
b�blica y teol�gica, sino que es �til en diversos servicios
pastorales, en el acompa�amiento de procesos espirituales, individuales,
grupales e institucionales. Pero es mucho m�s relevante cuando
se deja de considerarlo como un texto “para los otros”,
y se vive como un criterio de vida desde la clave del discernimiento
personal y comunitario, pues sin contraponer
el “santo sacrificio de la Eucarist�a” y el “culto
espiritual” y cotidiano, la ofrenda agradable a Dios no
puede -ni debe ser otra-, que la vida recta.
Yendo un poco m�s all�, se
puede plantear incluso la posibilidad de leer la ep�stola a
los Romanos desde la profunda vinculaci�n existente entre Pablo
y Jes�s, desde la fidelidad existente en el dinamismo misionero
del primero y el mensaje del segundo, es decir, desde la perspectiva
del euangelion de Jes�s. En
efecto, “despu�s que Juan fue entregado, march� Jes�s
a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘�el tiempo
se ha cumplido y el Reino de Dios est� cerca; convi�rtanse y
crean en la Buena Nueva!�� (Mc 1, 14-15). Esta primera s�ntesis del euangelion
acrecienta el paralelismo entre la figura de Jes�s y la de Pablo
al escribir Romanos. Como Jes�s, predicador que atraviesa pueblos y aldeas
“anunciando el Evangelio”, y el ap�stol infatigable
recorre medio mundo argumentando, exponiendo, la Buena Noticia.
Como Jes�s proclama y ense�a con autoridad (cf.
Mc 1, 22), Pablo exhorta de la misma
manera: “Parakalw` ou\n uJma`", ajdelfoiv�, (Rom 12, 1). Jes�s fundamenta
su exhortaci�n en una motivaci�n (o{ti
[...] h[;ggiken hJ basileiva
tou` qeou`),
que en el contexto de sus oyentes podr�a tener una significaci�n
semejante al dia; tw`n oijktirmw`n tou` qeou' paulino. Adem�s, �no podr�a coincidir metanoei`te con todo el contenido de Rom
12, 2? �Y con la no acomodaci�n con “este mundo”?
�No es semejante la redacci�n en imperativo y el tono de urgencia
subyacente en ambas exhortaciones? �Y no podr�a hacer parte
el “culto espiritual” el pisteuJete
evn tw`/ eujaggelivw/?
Metanoei`te kai�
pisteuvete, como el coraz�n del mensaje del Evangelio, no
deja de ser, en definitiva, una “transformaci�n constante”
por la “renovaci�n de la mente”: ambas est�n formuladas
en imperativo, segunda persona del plural, con m�ltiples implicaciones
y posibilidades comunitarias. Ambas expresiones se�alan una
dimensi�n interior que relativiza
las pr�cticas cultuales y la obediencia
de la ley como puerta de acceso a la justificaci�n, y se�alan
un mensaje directo y simple: la universal voluntad salv�fica
de Dios, exige ser discernida por cada creyente y por cada comunidad
y eso es lo que constituye la experiencia vital del creyente.
Se trata de un proceso que implica discernir la propia vida
desde la perspectiva de la fe en el Dios Padre amoroso que en
Jesucristo nos manifiesta su proyecto salv�fico
y en el Esp�ritu nos renueva y capacita para responder a su
Gracia. Esta din�mica vital implica el esfuerzo por “sintonizarnos”
de manera constante con el proyecto amoroso de Dios sobre nosotros,
exige vencer las sombras, dudas y confusiones que con frecuencia
nos abaten, significa aprender a descubrir y encarnar la voluntad
divina. Esa sabidur�a cristiana es lo que denominamos “discernimiento
de la vida” y su estructura puede ser comprendida a la
luz de la ense�anza de Pablo en Romanos 12, 1-2 como una actividad
prof�tica del creyente y como un di�logo abierto, cr�tico y
receptivo del hombre con Dios.