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Temas para la catequesis

PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA
CONGRESO DE ESTUDIANTES DE TEOLOG�A

EJE TEM�TICO: TEOLOG�A DE G�NERO

�LA MUJER COMO SUJETO DE LA EVANGELIZACI�N
EN EL MARCO DE LA PASTORAL URBANA”

Por Daniel Eduardo Garc�a Su�rez
Estudiante de Teolog�a
Seminario Mayor de Bogot�
A�o de Pastoral
[email protected]

 

Introducci�n

Es motivo de gran alegr�a para m�, compartir en este espacio algunas de mis b�squedas en los �mbitos de la Teolog�a y de la pastoral. Como parte de la experiencia de formaci�n sacerdotal, despu�s de cursar los dos primeros a�os de teolog�a, los seminaristas somos enviados durante un a�o a una experiencia de inserci�n en alguna parroquia de la ciudad. Esto hace que la experiencia pastoral plantee algunos interrogantes relacionados con la evangelizaci�n y la misma teolog�a. Las b�squedas y reflexiones que planteo a continuaci�n son una reflexi�n desde la praxis pastoral y tambi�n fruto de lo que pude interpretar y asimilar en el Congreso Internacional de Teolog�a celebrado el pasado mes de Julio en Medell�n. Ciertamente este trabajo est� al nivel del de un estudiante de teolog�a y m�s que afirmaciones concluyentes, est� lleno de preguntas e intuiciones que seguramente otros ya se han planteado [1] . La forma en que abordar� el tema ser� mediante una ubicaci�n hist�rica, una ex�gesis sobre un texto b�blico, el planteamiento de algunas caracter�sticas y valores evangelizadores de la mujer en el texto, unas inferencias v�lidas para nuestra pastoral, el contraste y la verificaci�n con la opini�n de algunas mujeres en el contexto parroquial y las conclusiones.

1. Ubicaci�n hist�rica de nuestro proceso evangelizador

Desde la llegada de los espa�oles a Am�rica, la evangelizaci�n se plante� como una urgencia inaplazable. Al lado del inter�s conquistador (masculinizante) estaba el de llevar la Buena Nueva a los confines de la tierra. Desafortunadamente, el proceso de evangelizaci�n se confundi� muchas veces con el de conquista, desconociendo los derechos religiosos y la dignidad de quienes poblaban primeramente estas tierras. As� se sembr� en Am�rica Latina el dolor y la colonizaci�n cultural, pol�tica, econ�mica y, lastimosamente, religiosa por ser una “misi�n carente de la perspectiva femenina que no refleja la maternidad de la Iglesia” [2] .� Tras esta marca de injusticia social se construyeron nuestras sociedades, en medio de guerras y de influencias venidas del extranjero, protegiendo los intereses de quienes ve�an en nuestros territorios una mina para explotar y hacer crecer las econom�as de los pa�ses desarrollados, acabando con el poco desarrollo existente en nuestro hemisferio. En realidad no era Am�rica la que estaba falta de Evangelio, sino los mismos conquistadores los que estaban cada vez mas lejos de lo que defend�an y cre�an [3] . Este antecedente paradigm�tico y persistente de evangelizaci�n sirve para sacar dos grandes conclusiones: la primera es que una actividad evangelizadora debe comenzar por reconocer la presencia de Dios en el otro� y la segunda es que los mensajes evang�licos deben estar respaldados y confirmados por hechos y actitudes creadores de espacios de vida que muestren una Iglesia “habitable”, espacio de acogida . Estos aspectos son los m�s f�ciles de olvidar en el contexto actual, raz�n por la cual hay que rescatarlos antes de que se pierdan en medio de la estrategia y la planificaci�n pastoral.

La sensibilidad femenina ofrece en la actualidad grandes aportes a la hora de evangelizar, pero a la larga falta reconocer aquellos elementos que la mujer, y en especial la mujer pobre y explotada [4] , brinda a la hora de abrir caminos al mensaje cristiano y transformar el mundo. A�n en las Iglesias particulares son muy pocos los caminos abiertos a la participaci�n de las mujeres en las cuestiones pastorales importantes, esto gracias a que todav�a existe una visi�n muy pobre de la teolog�a del Bautismo en nuestros ambientes donde la labor pastoral es vista asociada �nicamente al ministerio ordenado [5] . Sin embargo, por lo que muestran lo hechos en las diferentes comunidades parroquiales,� nadie m�s convencido de su labor como ap�stol que la mujer.� Para algunos este tema puede resultar conflictivo, tal vez no conveniente porque detr�s est� la idea de un trabajo colectivo no unilateral y por tanto un poco democr�tico (contrario a toda concepci�n patriarcal y autoritaria), pero es una realidad que la mujer hoy en d�a est� adquiriendo mayor conciencia de su valor dentro de la sociedad y el mundo de acuerdo a la recuperaci�n de los derechos que no se le hab�an reconocido, derechos que hablan de su ciudadan�a y autodeterminaci�n [6] . Pienso que el gran peligro al que nos enfrentamos en una reflexi�n de este tipo es la polarizaci�n y exclusi�n del que piensa distinto. Por reivindicar a la mujer puede perderse de vista la categor�a de “humanidad nueva” tomada en su integralidad y no de forma fragmentaria. Es por eso que hoy se habla de corresponsabilidad rec�proca entre hombre y mujer, pues es evidente que hay diferencias entre lo que culturalmente se ha construido respecto al g�nero masculino y femenino, diferencias que deben enriquecer y construir nuevos tejidos sociales y, en nuestro caso, pastorales. Lo que me propongo es mostrar c�mo desde la sensibilidad femenina la evangelizaci�n se puede ver enriquecida por elementos tanto pastorales como de espiritualidad.��

2. Una primera experiencia desde la fe [7]

Ubicados en el siglo II A.C. nos encontramos con una perla que seguramente iluminar� enormemente esta reflexi�n. Eran los d�as en que Israel hab�a ca�do en manos del poder de los griegos, en especial del sanguinario Antioco Ep�fanes. Tras la experiencia del destierro, Israel valor� a�n m�s lo que significaba la Ley en su vida como voluntad del �nico Dios poderoso. Esto no agradaba mucho a los soberanos extranjeros que ve�an con recelo el cuidado que los jud�os ten�an por su Templo y por las costumbres arraigadas en la Ley.

El libro segundo de los Macabeos se�ala c�mo una de las respuestas de los jud�os al imperativo de apartarse de la Ley fue el martirio. Para nosotros cobra especial inter�s ese cap�tulo s�ptimo en el cual siete hermanos, hijos de una misma madre, pasaron uno tras otro a la tortura y despu�s a la muerte. El redactor de la obra se�ala a la madre de los siete hermanos con estas palabras � Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un solo d�a, sufr�a con valor porque ten�a la esperanza puesta en el Se�or.”� (2M 7, 20). Ciertamente no es una resistencia estoica, sino que se trata de un sufrimiento fortalecido por una convicci�n de fe. La realidad que le toca afrontar solo la conoce una madre, pues es ella la encargada de cuidar la vida que se form� en su vientre y por la cual siente todo el amor del mundo. Ver morir uno solo de sus hijos es ya un motivo de profundo desgarramiento y luto. El hecho de que sean todos sus hijos hace casi inveros�mil la resistencia emocional de esta mujer y deja tambi�n al descubierto la profundidad y pureza de su fe.

No es tampoco un sufrimiento pasivo, pues el mismo texto se�ala “Animaba a cada uno de ellos en su lenguaje patrio y, llena de generosos sentimientos y estimulando con ardor varonil sus reflexiones de mujer, les dec�a: Yo no s� c�mo aparecisteis en mis entra�as, ni fui yo quien os regal� el esp�ritu y la vida, ni tampoco organic� yo los elementos de cada uno. Pues as� el Creador del mundo, el que model� al hombre en su nacimiento y proyect� el origen de todas las cosas, os devolver� el esp�ritu y la vida con misericordia, porque ahora no mir�is por vosotros mismos a causa de sus leyes.” (2M 7,21-23) Aqu� nos encontramos frente a una verdadera te�loga que ante los acontecimientos da una interpretaci�n desde su fe y avanza en su reflexi�n hasta plantear algo que era todav�a muy poco elaborado en la evoluci�n de la doctrina de la retribuci�n en el A.T.; es el elemento de la resurrecci�n. De su experiencia de vida y de fe no le queda otra conclusi�n posible que la de un poder que vence al poder terrenal, donde si el poder humano puede acabar con la vida creada por Dios, el poder del cielo puede devolver la vida a quienes se mantienen fieles al Se�or. Ella, sin lugar a dudas, pertenece a la categor�a de los anawin [8] , es decir, los pobres de Yahv� que en el A.T.� ante la injusticia de los poderes temporales, se conf�an plenamente a Dios y lo esperan de �l todo. Es por eso que no duda en aconsejar a sus hijos ir al martirio con tal de agradar a Dios.

El texto contin�a dando pistas sobre esta mujer quien es llamada por el rey para convencer a su hijo menor de rehusar el martirio aceptando las condiciones que se le impon�an. Apelando al sentimiento de ternura de toda madre por su hijo m�s peque�o, el rey cree encontrar all� una fuente de debilidad de la madre. Las palabras de la madre hacia su hijo menor son “Hijo, ten compasi�n de m� que te llev� en el seno por nueve meses, te amamant� por tres a�os, te cri� y te eduqu� hasta la edad que tienes (y te aliment�). Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que tambi�n el g�nero humano ha llegado as� a la existencia. No temas a este verdugo, antes bien, mostr�ndote digno de tus hermanos, acepta la muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia.” (2M 7,27-29). �Es evidente que lo que la madre hace es guardar una verdadera coherencia hasta el final entre lo que cree y vive. Hay que se�alar que en todo el cap�tulo, en las respuestas de los hijos y los consejos de la madre, solo ella habla de misericordia. Los hijos hablan de resurrecci�n, de levantarse, del final del tirano que hoy los mata, pero es ella la que tiene en su mente la misericordia que los espera al final.

El texto concluye “Por �ltimo, despu�s de los hijos muri� la madre” (2M 7,41). Esa conclusi�n parece no tener mayor contenido, pero fue ella la que en ning�n momento atac� al rey ni dijo palabras sobre su final. Hasta en eso se distingui� su fe, poniendo matices de encuentro, de separaci�n temporal de sus hijos, de una meta que es consuelo y paz.

Hasta aqu� he querido hacer una reflexi�n a partir del texto b�blico tomando elementos que puedan ser utilizados en el planteamiento de la mujer como sujeto evangelizador. Ahora quisiera inferir algunas caracter�sticas y valores evangelizadores presentes en la mujer del relato.

3. Caracter�sticas y valores evangelizadores

La mujer� toma muy en serio todo lo que tiene que ver con sus creencias e ideales, raz�n por la cual cuando una mujer es decepcionada sufre una gran crisis. La mujer del relato cree realmente que si se mantiene fiel al Dios que ella ha experimentado recibir� al final su recompensa. Es una cuesti�n que sobrepasa el simple conocimiento intelectual o el sentimiento pasajero que ilusiona solo por un momento. Desde la antropolog�a del espacio se ve� una mujer habitada por una esperanza que es fecunda en cuanto vigila y contagia [9] .

La mujer no toma las cuestiones de fe como algo exclusivamente personal. Ella siente la necesidad de compartir lo que cree con las personas que ama y no cesar� de insistir hasta que sus allegados conozcan lo que ella tiene para mostrarles. En el relato todos los hijos dan raz�n de su fe porque detr�s de ellos estuvo una madre que los hizo acercarse al� Dios en el que ella cre�a. Cada uno hace confesi�n de su fe antes de morir y es sorprendente c�mo el contenido de estos testimonios concuerda con lo que la madre les ha ense�ado.

La mujer goza de la facultad de expresar f�cilmente sus sentimientos a quienes ama, m�s cuando se trata de sus hijos. El argumento que utiliza esta madre con su hijo menor es el afectivo pidi�ndole que tenga compasi�n de ella. No se trata de una elaboraci�n te�rica exacta, sino que le deja en claro a su hijo que la motivaci�n que ella tiene para que �l entregue su vida es el amor y las ganas de volverlo a ver. Aunque pueda sonar controvertido, no le pide que muera solo por una verdad sino por amor a ella en fidelidad a Yahv�.�

La mujer acompa�a a las v�ctimas y les da aliento para perseverar. En este caso, la mujer muere de �ltima por ser considerada inferior. Esto sucede porque la sociedad dominada por hombres ve en la mujer no un actor principal sino un c�mplice o alguien que se dej� enga�ar. No existe en el imaginario una mujer fuera de la sumisi�n al rol dentro de la familia y no referida siempre al var�n.� De esta manera ellas han estado en medio del dolor acompa�ando a las v�ctimas sin recibir reconocimiento como sujetos pol�ticos, sociales o religiosos. A�n as� no han dejado de jugar un papel central en las situaciones que exigen llevar al l�mite la experiencia de fe.��

No quisiera caer en el juego de la polarizaci�n respecto al tema del g�nero idealizando a la mujer. Aqu� se trata de sacar� algunos elementos t�picos de ella para alimentar la actividad evangelizadora.�

El primero y m�s importante es que la mujer es un sujeto evangelizador v�lido y eficaz poco tenido en cuenta a la hora de planear y pensar la pastoral. Aunque s� que esta idea puede ser controvertida [10] , la experiencia urbana y agraria de nuestro pa�s muestra que su campo de acci�n es principalmente el de su familia y el tiempo que le dedica a ello es el del crecimiento de sus hijos, sin desconocer los otros roles que juegan las mujeres en nuestra sociedad especialmente en el campo de la educaci�n y la promoci�n social entre otros.�

El segundo elemento es el de la fe vivida y experimentada con el coraz�n m�s que con la raz�n. Se trata de un lenguaje afectivo al que poco estamos acostumbrados los que nos dedicamos a reflexionar racionalmente sobre la fe. Hoy se habla de inteligencias m�ltiples, de una visi�n integral de la persona. En la mujer la raz�n que define y postula argumentos fr�os es cambiada por una racionalidad afectiva capaz de dar sentido a la fe desde la propia experiencia de vida. Con Mar�a Teresa Porcile podr�amos decir que “Las mujeres poseen un conocer y dar a Dios de manera diferente. Su experiencia femenina de Dios nace de sentirlo de otra manera, y esto implica decirlo de otra manera (...) Si existe un “saber” teol�gico femenino, tendr� que ser un “saber con sabor”, como la mesa abierta de Sapientia, (sofia) (hojma�) que invita al banquete de la vida� [11] � �Ejemplo de esto es la mujer que derrama sobre Jes�s un frasco de perfume muy caro y que es criticada por los� Ap�stoles (Jn 12,1-8; Mt 26, 6-13).

El tercer elemento es el de la libertad para expresar con naturalidad lo que siente. Nuestras expresiones religiosas cada vez se vuelven mucho m�s mec�nicas y memor�sticas, poco atractivas al contexto cultural de hoy y faltas del elemento humanizador. Las homil�as de algunos sacerdotes s�lo se quedan en elegantes discursos con verdades que solo ellos entienden, omitiendo toda palabra que tenga que ver con la parte afectiva del ser humano. Dichos discursos hoy no llegan ni siquiera a los ya creyentes. Nuestra sociedad est� dolida por todos los factores que la aquejan, tanto econ�micamente como en la parte social y pol�tica. Se necesita una Iglesia con m�s rostro femenino, que levante la esperanza de los heridos por la guerra y oprimidos por la exclusi�n a la que todos estamos sometidos. El gran problema de nuestro pa�s en el �mbito religioso es la crisis de sentido y las soluciones que estamos dando son supersticiones por un lado o interpretaciones abstractas por otro [12] . Se nos olvida que tambi�n alg�n d�a Jes�s llor� porque Jerusal�n no hab�a conocido el tiempo de su visita.

El cuarto elemento es el de la fidelidad hasta las �ltimas consecuencias a la misi�n propuesta por el Dios que se ha experimentado. Hoy en d�a la evangelizaci�n es una empresa dif�cil, �rida, llena de obst�culos. Los procesos de secularizaci�n han llevado a los actuales modelos pol�ticos y sociales a transformar lo religioso en una dimensi�n puramente privada arguyendo el establecimiento de una �tica civil [13] . A pesar de ello se constata una gran sed de Dios en medio de nuestros hermanos. Por eso, a pesar de las contrariedades, creo que en nuestra situaci�n de pobreza y violencia es necesaria una evangelizaci�n con identidad femenina. Si seguimos la categor�a del espacio interior, abierto, vulnerable, la evangelizaci�n debe tomar como camino de inicio el ser vulnerable al otro, siendo capaces de dar a luz un estado de comuni�n por medio de la ternura unificante [14] .

Por �ltimo tenemos el elemento de la disponibilidad total ante las necesidades percibidas. Casi por instinto el hombre est� hecho para defenderse, atacar, brindar seguridad, mientras que la mujer est� atenta a las necesidades de quienes tiene a su cuidado, es experta en curar, levantar, escuchar [15] . Tambi�n es importante en la evangelizaci�n saber reconocer las necesidades de las personas que viven en nuestra ciudad. Es estar en una actitud acogedora, comprensiva, atenta y servicial.

Desde estas inferencias quisiera que nos ubic�ramos en el contexto de la pastoral urbana.

4. La experiencia cristiana femenina en el contexto urbano

Para ilustrar mi reflexi�n he hecho el ejercicio de conversar con algunas mujeres para verificar sus imaginarios sobre Dios, la Iglesia y su papel en la evangelizaci�n. Son personas de distintas edades y roles dentro de la Iglesia. Algunas de ellas pertenecen a otros grupos cristianos.

Una primera sorpresa es que, sobretodo en personas j�venes, la Iglesia es lo que dicen los medios de comunicaci�n. Por causa del cubrimiento de los abusos sexuales en Estados Unidos, existe el imaginario de una Iglesia puramente clerical que esconde una vida moral distinta a la que predica. Cuando se les pregunta por las mujeres casi no responden nada, pues solo relacionan Iglesia con cl�rigos.

Preguntando a algunas mujeres que dedican buena parte de su tiempo a la pastoral urbana, ellas no se sienten discriminadas en la Iglesia por no poder acceder al ministerio ordenado. Dicen que ellas son conscientes de su responsabilidad evangelizadora y que en ning�n momento se han sentido impedidas para llevarla a cabo en los ambientes donde se desenvuelven.

Tambi�n hubo opiniones un poco contradictorias en lo que se refiere a las celebraciones lit�rgicas. Algunas que han asistido a cultos en confesiones carism�ticas y evang�licas dicen que lo que m�s extra�an de la Iglesia cat�lica es la certeza de que Cristo est� realmente en la Eucarist�a, mientras que en los cultos protestantes, despu�s de desahogarse y cantar, quedan con ese vac�o. Sin embargo opinan que las celebraciones lit�rgicas de la Iglesia son muy aburridas y que no se sienten participando sino que en ellas son unas meras observadoras.

Otro elemento importante es que se nota una mayor receptividad frente a lo religioso por parte de las mujeres que por parte de los hombres. Ellas, incluyendo adolescentes, dicen que Dios es muy importante y que saben que �l siempre est� con ellas acompa��ndolas. Desarrollan distintas formas de piedad y tienen en muy alta estima el s�mbolo religioso, cualquiera que sea, pues reproduce de alguna manera su fe.

Cuando se les pregunta por su imagen de Dios no saben definirla muy bien, pero s� tienen muy en cuenta la memoria de lo que Jes�s de Nazaret hizo para salvarnos, su estilo de vida y lo que quiere de nosotros.

Algunas, por �ltimo, todav�a se sienten un poco indignas ante Dios por el hecho de ser mujeres. Piensan que ellas simbolizan el pecado y se reh�san incluso a ejercer ministerios en la Iglesia como el de distribuir la comuni�n o proclamar las lecturas.

Conclusiones

Las mujeres son sujetos evangelizadores vitales dentro de la experiencia eclesial aunque muchas veces no son tenidas en cuenta ni potencializadas sus cualidades a nivel de formaci�n teol�gica y pastoral. A pesar de la cantidad de mujeres colaborando en las parroquias, son muy pocas las que pueden acceder a los estudios de teolog�a o pastoral por considerarse estas disciplinas reservadas a los cl�rigos y consagrados.

La Sagrada Escritura, m�s all� de los condicionamientos hist�rico culturales, aporta luces para fundamentar una reflexi�n te�rico pastoral no s�lo sobre el papel de la mujer en los procesos evangelizadores, sino para repensar las relaciones de g�nero desde la reciprocidad y desde la corresponsabilidad, superando la tentaci�n de la polarizaci�n y las lecturas reductivas.

No se puede pasar por alto la fuerza de los imaginarios acerca de la mujer que todav�a circulan en la cultura contempor�nea y condicionan las formas de relaci�n y participaci�n social y eclesial. Tan fuertemente arraigados en la cultura que no pocas mujeres manifiestan en sus formas de pensar y de actuar signos de baja estima y de automarginaci�n.

Seremos tan solo “platillos que hacen ruido” mientras no transformemos los imaginarios reductivos y no creemos condiciones reales de posibilidad que permitan la participaci�n consciente, plena y rec�proca de todos y todas en la Iglesia. En el contexto urbano emerge un nuevo sujeto femenino con un protagonismo en los distintos �mbitos de la vida cada vez m�s relevante. �C�mo desde la pastoral urbana reconocerlo, favorecerlo y darle cauce? No podemos seguir infravalorando e ignorando la contribuci�n de las mujeres. Si no intervenimos para transformar esta situaci�n, tendremos como resultado el empobrecimiento espiritual de la humanidad.

BIBLIOGRAF�A

BENHABIB Seyla - Drucilla CORNELL, Teor�a feminista y teor�a cr�tica. Ensayos sobre la pol�tica de g�nero en las sociedades de capitalismo tard�o, Valencia, Educaci�n Alfonso el Magn�nimo, 1990, 130.

DE VAUX R. y otros, Biblia de Jerusal�n, Bilbao, Descl�e De Brouwer, 1998, 603-605.

DUMAIS Marcel, El Serm�n del Monte, Barcelona, Verbo Divino, 2000.

FIRE HINZE Christine, Identidad en el debate teol�gico feminista, en “Concilium� (2000)36, 307-316.

GEBARA Ivonne, Espiritualidad feminista: riesgo y resistencia en “Concilium� 288 (Nov 2000) 39-49.

JONSON Elizabeth, La que es. El misterio de Dios en el discurso teol�gico feminista, Barcelona, Herder, 2002.

HELLER Agnes, A Theory of Feelings, Holland, Van Gorcum, 1979.

MIDALI Mario, Teologia pratica. 3. Verso una effettiva reciprocit� tra uomini e donne nella societ� e nella chiesa, Roma, LAS, 2002.

PINTOS DE CEA-NAVARRO Margarita, El derecho de las mujeres a la plena ciudadan�a y al poder de toma de decisi�n en la Iglesia, en “Concilium� 298 (Nov 2002)93-102

PORCILE Mar�a Teresa, La mujer, espacio de salvaci�n Madrid, Publicaciones Claretianas, 1995.

ROSADO-NUNES Mar�a Jos�, El catolicismo y los derechos de las mujeres como derechos humanos en “Concilium� 288 (Nov 2002) 59-72

TAMAYO Juan Jos�, Nuevo Paradigma Teol�gico, Madrid, Trotta, 2003, 85-102.



[1] � Sobretodo sigo la reflexi�n que plantea unas sugerencias para la misi�n de la mujer en la Iglesia de acuerdo a una antropolog�a del espacio la cual se encuentra en Mar�a Teresa PORCILE, La mujer, espacio de salvaci�n Madrid, Publicaciones Claretianas, 1995, 339-363.

[2] Mar�a Teresa PORCILE, La mujer, espacio de salvaci�n, 352.

[3] Cito a continuaci�n una interpretaci�n del hecho realizada por Mar�a Teresa Porcile �Viendo la historia de la misi�n tal como aparece en la historia de la Iglesia se descubre un modo de misi�n frecuentemente ligado a la expansi�n colonial, a la invasi�n de culturas. Eso a trav�s de “la conquista”: una “misi�n” habitualmente relacionada con el” poder” (...) Esta misi�n presenta rasgos sociol�gicos de lo expansivo, lo competitivo “masculinizante�, al mismo tiempo que se da una ausencia de la creaci�n de espacios de vida� (Ibidem).

[4] �El objetivo del discurso religioso feminista en su m�s plena expresi�n se centra en la proliferaci�n de situaciones violentas que viven pobres mujeres de color. No es accidental que el asegurar el bienestar de estas mujeres socialmente desfavorecidas implique una nueva configuraci�n de teor�a y praxis y una transformaci�n de todas las sociedades, incluyendo las iglesias, para abrir a todos los pueblos v�as m�s humanas de convivencia, entre ellos y con la tierra.” (Elizabeth JONSON, La que es. El misterio de Dios en el discurso teol�gico feminista, Barcelona, Herder, 2002, 29).

[5] �La incorporaci�n a la comunidad cristiana tiene lugar a trav�s del bautismo, rito de iniciaci�n no sexuado, que incluye a todas las personas que quieren incorporarse al proyecto de vida de Jes�s, concedi�ndoles igualdad de derechos y deberes� Margarita PINTOS DE CEA-NAVARRO, El derecho de las mujeres a la plena ciudadan�a y al poder de toma de decisi�n en la Iglesia, 96.

[6] Cf. Margarita PINTOS DE CEA-NAVARRO, El derecho de las mujeres a la plena ciudadan�a y al poder de toma de decisi�n en la Iglesia, en “Concilium� (2002) 298, 93-102.

[7] Para la reflexi�n b�blica t�nganse en cuanta los datos hist�ricos referidos en la Introducci�n a los libros de los Macabeos en la Biblia de Jerusal�n y su aparato cr�tico.

[8] Para profundizar sobre los anawin v�ase Marcel DUMAIS, El Serm�n del Monte, Barcelona, Verbo Divino, 2000.

[9] Cf. Mar�a Teresa PORCILE, La mujer, espacio de salvaci�n, 343-344

[10] Cf. Mar�a Jos� ROSADO-NUNES, El catolicismo y los derechos de las mujeres como derechos humanos en “Concilium� (2002) 288, 59-72.

[11] Mar�a Teresa PORCILE, La mujer, espacio de salvaci�n, 359

[12] Desde la antropolog�a del espacio tenemos aqu� los dos casos de la mujer y, en este caso, una Iglesia que asume como �cono lo femenino, no habitada que es prostituta porque se vende al mejor postor buscando popularidad o es est�ril porque su reflexi�n no es fecunda. Cf. PORCILE Mar�a Teresa, La mujer, espacio de salvaci�n, 350.

[13] �El individualismo liberal ocultaba un ate�smo social: una sociedad laica que ya no necesita que Dios dirija sus pasos y lo mantiene en la esfera de la vida privada y la intimidad de la conciencia y de la familia” (Mar�a Jos� ROSADO-NUNES, El catolicismo y los derechos de las mujeres como derechos humanos, 61)

[14] Cf. Mar�a Teresa PORCILE, La mujer, espacio de salvaci�n, 352-353.

[15] Al respecto t�ngase en cuenta la reflexi�n en torno a la �tica del cuidado que acent�a la atenci�n al “otro concreto” en contraste con el “otro generalizado (cf Seyla BENHABIB - Drucilla CORNELL, Teor�a� feminista y teor�a cr�tica. Ensayos sobre la pol�tica de g�nero en las sociedades de capitalismo tard�o, Valencia, Educaci�n Alfonso el Magn�nimo, 1990, 130.

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