| Fragmento
del Discurso del Cardenal Darío Castrillón Hoyos.
La medicina hoy a la luz de la Palabra de Dios
Roma, 16 de noviembre de 2000
Ver discurso completo en http://www.vidahumana.org/temas/medicina.html
Tenemos que hacer violencia a nuestra mente para descubrir en el
misterio del desarrollo de un embrión humano al Verbo de
Dios que se hace hombre. Apenas hoy, 2000 años después
del nacimiento de Cristo, estamos en condiciones de describir todas
las etapas del proceso del desarrollo del embrión, pero seguimos
echando mano de la fe para comprender que el Dios que da la vida,
el Creador, el Señor de todas las cosas, la Segunda Persona
de la Santísima Trinidad, el Verbo de la misma naturaleza
del Padre1, estu vo presente en todas y cada una de las fases del
desarrollo embrionario. Ese y sólo ese es el significado
profundo de la frase evangélica: "El Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros".
Hace dos mil años, un óvulo fue fecundado prodigiosamente
por la acción sobrenatural de Dios. ¡Qué hermosa
expresión: "El Espíritu Santo vendrá sobre
ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso el que ha de nacer será santo y será llamado
Hijo de Dios". Así, de esa maravillosa unión,
resultó un zigoto con una dotación cromosómica
propia. Pero en ese zigoto estaba el Verbo de Dios. En ese zigoto
se encontraba la salvación de los hombres.
Unos siete días después, se produjo el adosamiento
del blastocito en la mucosa del endometrio y Dios se redujo a la
nada que es un embrión humano. Pero ese embrión era
el Hijo de Dios y en Él estaba la salvación de los
hombres.
Ese huevo alecítico se fue desarrollando paulatinamente
y, a medida que progresaba la segmentación del huevo, iniciaron
su diferenciación y crecimiento los esbozos de tejidos, órganos
y aparatos embrionarios.
Y ese huevo alecítico era el Hijo de Dios, la Segunda Persona
de la Trinidad, y en Él estaba la salvación de los
hombres, de todos los hombres, de cada ser humano.
Y, todavía en el primer mes del embarazo, cuando el feto
medía ya de 0,8 a 1,5 centímetros, el corazón
de Dios comenzó a latir con la fuerza del corazón
de María, y comenzó a utilizar el cordón umbilical
para alimentarse de su Madre, la Virgen Inmaculada. El Verbo de
Dios era absolutamente dependiente de un ser humano, pero poseía
una total autonomía genética. Todavía tendrían
que trascurrir nueve meses en los que el Verbo de Dios flotó
en el líquido amniótico, dentro de la placenta que
le protegía del fr ío y del calor y le daba alimento
y oxígeno, antes de nacer en Belén y ver el primer
rostro humano, seguramente el de su Madre, con unos ojos recién
abiertos.
Así fue como Jesucristo, llegó a ser el primogénito
de toda criatura, el nuevo Adán de la nueva creación.
El Hijo de Dios redimió la creación desde la obra
más maravillosa de ella, el ser humano. La redención
del hombre comenzó desde un estado embrionario. Por eso,
el médico católico debe pasar por esta lente para
comprender su misión: el Hijo de Dios fue un zigoto, un embrión
y un feto, antes de juguetear por las calles de Nazaret, predicar
en las orillas del mar de Galilea, o morir crucificado en las afueras
de Jerusalén. El Hijo de Dios asumió completamente
y, sin rebajas, la vocación de ser hombre. |