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Temas para la catequesis
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�MENS NOSTRA CONCORDET
VOCI NOSTRAE�

Juan Carlos Rodr�guez Rodr�guez
Segundo de Teolog�a

La salmodia tiene esa gracia especial que no tienen los otros actos lit�rgicos, ni tampoco otros escritos b�blicos.

 

La Iglesia recomienda a los fieles realizar la oraci�n de la Liturgia de las Horas como complemento del sacrificio eucar�stico que se extiende y difunde a todos los momentos de la vida; los que participan en ella pueden hallar una fuente abundante de santificaci�n en la Palabra de Dios, que tiene aqu� principal importancia, especialmente bajo el rezo de los salmos ; sin embargo, una cuesti�n se plantea en su rezo :  con frecuencia aquello que se expresa en la liturgia no coincide con la realidad espiritual del� individuo  que dice con el salmista ‘no tengas piedad de cuantos obran inicuamente’ o ‘malditos todos los que se alejen de tus mandamientos’,� mientras en la vida ordinaria vive aparte y alejado de ellos; en la Liturgia de la Horas se dicen expresiones piadosas como ‘mi alma est� sedienta de t�... Se�or mi coraz�n no es ambicioso... no pretendo grandezas que superan mi capacidad’, frases que deber�an llenar de rubor y verg�enza porque, en� labios de quienes se pronuncian, son falsas al ser dichas como si la realidad espiritual correspondiera perfectamente a ellas. No obstante, frases que vuelven contra quien las pronuncia y ayudan a verse a s� mismo, a observar aquello que se canta.

En realidad, los salmos son un problema y por eso deben inquietar ; si no lo hacen seguramente se deber� a que no se toma en serio su texto, o a que no se presta la debida atenci�n a las cosas que ocurren en rededor o dentro de cada individuo. Mal asunto si los salmos no son un problema ; su piedad es realista y dura como la vida mis�ma, agarra firmemente a Dios y� la realidad ; su primer valor es que, si se toma en serio sus palabras y se hacen propias se encuentra, el orante, hablando con Dios.

En el Concilio Vaticano II, la constituci�n sobre la Sagrada Liturgia, superando el rezo del oficio primordialmente como una obligaci�n, quiso que este fuera fuente de piedad y alimento de la oraci�n personal1; su inspiraci�n se encuentra primariamente en un par de pasajes de San Agust�n ; as� escrib�a el obispo de Hipona : ‘cuando or�is a Dios con salmos e himnos, que haya en el coraz�n lo que se pronuncia de palabra ... o ... con voces que no est�n en desacuerdo con el coraz�n’2 ; sin embargo, el punto central es tomado del enunciado de San Benito sobre la salmodia, y que yo acu�o como t�tulo de este ensayo : ‘mens nostra concordet voci nostrae’ - que nuestra mente concuerde con nuestra voz -.

Para el desarrollo del tema ofrece un inter�s especial el texto benedictino originario: ‘Creemos que Dios est� presente en todas partes, y que los ojos del Se�or observan en todo lugar a buenos y malos� (Prov. 15, 13 ), pero sobre todo debemos creerlo sin la menor vacilaci�n cuando asistimos al oficio divino. Por eso acord�monos siempre de lo que dice el profeta : Servid al Se�or con temor� (Sal 2,11 ). Y tambi�n: Cantad al Se�or sabiamente� (Sal 46,8 ). Y en presencia de los �ngeles te alabar�. Consideramos, pues, de qu� manera hemos de asistir ante la presencia de la divinidad y de sus �ngeles, y estemos en la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz3’ .

Los textos b�blicos citados por San Benito atestiguan que en la salmodia hay una presencia especial de Dios, su raz�n se deriva de aquella afirmaci�n de San Atanasio, de que hemos de rezar� los salmos como si fu�ramos sus autores o como si su autor los hubiera compuesto expresamente para nosotros4. La salmodia tiene esa gracia especial que no tienen los otros actos lit�rgicos, ni tampoco otros escritos b�blicos; en cada salmo, el salmista habla literalmente a Dios, o bien, en algunos casos, Dios habla literalmente al salmista, de modo que por el simple hecho de tomar en serio el texto y asumir personalmente esas palabras quien salmodia se encuentra con que est� hablando a Dios o con que Dios le habla a �l directamente. Dios nos habla y nosotros le hablamos de muchas maneras ; pero en ninguna, como en la salmodia, tenemos esa especie de ‘sacramento’ o realidad concreta y sensible, que es prenda de la uni�n con �l. Claro que no siempre tenemos consciencia de ello y con frecuencia no lo aprovechamos como deber�amos ; por eso, es conveniente procurar que en la salmodia ‘nuestra mente concuerde con nuestra voz ‘ y que nos demos cuenta de con qui�n hablamos, para que esta gracia de uni�n no resbale ; luego vendr� el contenido concreto del salmo, sobre todo lo que el salmista quiere que le digamos a Dios, y que se lo digamos como cosa propia.

Si la lectura del Antiguo Testamento presenta problemas, porque algunas cosas no se entienden y otras se entienden demasiado, el caso de los salmos es m�s grave, porque se trata de un libro que no es s�lo para leer, sino para hacerlo propio y rezarlo. Como podemos ver, los salmos no s�lo plantean dificultades, sino verdaderos casos de conciencia, que en m�s de un cristiano se traducen en una especie de objeci�n de conciencia de cara al rezarlos.

La mentalidad moderna valora mucho la sinceridad y la autenticidad, y por eso se hace dif�cil la pr�ctica de aquella regla de oro ; se piensa m�s bien que son las palabras que rezamos las que deber�an concordar o ser expresi�n fiel de lo que sentimos en el fondo del coraz�n, por eso se juzga inaut�ntico, por no decir hip�crita, rezar con palabras que no salen del coraz�n. En la pr�ctica, el problema radica en la dificultad de rezar un salmo triste en un d�a en que uno est� alegre, o a la inversa.

La Ordenaci�n General de la Liturgia de las Horas  trata con realismo esta cuesti�n y al hacerlo da una nueva aplicaci�n a aquella regla benedictina ; afirma que quien recita los salmos en la liturgia de las horas no lo hace tanto en nombre propio como en nombre de todo el cuerpo de Cristo ; en el caso de que el que est� triste o afligido se encuentra con un salmo de j�bilo o, por el contrario, sinti�ndose alegre se encuentra con un salmo de lamentaci�n, en la oraci�n privada podr� buscar salmos adecuados al estado de su esp�ritu ; pero en el oficio divino se recorre toda la cadena de los salmos, no a t�tulo privado, sino en nombre de la Iglesia, incluso cuando alguien hubiera de recitar las horas individualmente5. Con todo, quien recita los salmos siempre puede encontrar un motivo de alegr�a o de tristeza, porque tambi�n aqu� tiene su aplicaci�n aquel dicho del Ap�stol ‘alegraos con los que se alegran y llorad con los que lloran6’, y as�, la fragilidad humana indispuesta en muchas ocasiones, se sana por la caridad, que hace que concuerden el coraz�n y la voz del que recita el salmo. En cuesti�n de salmodia no hay que pretender comer a la carta, sino que lo m�s sabroso y provechoso ser� siempre el plato del d�a ; salvando ocasiones excepcionales, si prescindimos de las lecturas y de los salmos seleccionados por la Iglesia y los reemplazamos por los que m�s nos gustan caeremos en un extremo empobrecimiento y nos desconectaremos de la realidad eclesial.

Es evidente que la oraci�n de las horas, como santificaci�n de la jornada, no es una cuesti�n ajena a la realidad en que se desenvuelve la Iglesia y sus miembros; antes bien, propuesta como voz de la iglesia que alaba p�blicamente a Dios, es un medio comunitario y eficaz para el alimento de la vida espiritual. As� lo ha entendido san Cipriano en su reflexi�n sobre la oraci�n del Se�or, y nosotros, hoy, siguiendo sus ense�anzas : ‘Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hici�ramos una oraci�n individual y privada, de modo que cada cual rogara s�lo por s� mismo. No decimos : Padre m�o, que est�s en el cielo, ni :dame hoy mi pan de cada d�a, ni pedimos el perd�n de las ofensas s�lo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular� que no caigamos en tentaci�n y que nos libre del mal. Nuestra oraci�n es p�blica y com�n, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos cada uno7.•�� ��

NOTAS

1 Cf. S.C. No. 90: Por eso se exhorta en el Se�or a los sacerdotes y a cuantos participan en dicho oficio que, al rezarlo, la mente concuerde con la voz y para conseguirlo mejor adquieran una instrucci�n lit�rgica y b�blica m�s rica, principalmente acerca de los salmos.

2 Cf. Carta 211, No. 7: hoc vertur in corde, quod perfertur in voce. Y, carta 48, No. 3: vocibus a corde non dissonis.

3 Cf. San Benito de Nursia, Regula monasteriorum, �cap 19, De disciplina psallendi (Del modo de salmodiar).

4 S. Atanasio de Alejandr�a, Ep�stola a Marcelino sobre la interpretaci�n de los salmos, Patrolog�a Graeca, vol 27, n�ms 2-14.

5� Cf. Ordenaci�n General de la Liturgia de las Horas, No. 108.

6 Rm 12, 15.

7 Cf. Cap. 8-9 CSEL, 271 272. Del tratado de san Cipriano, obispo y m�rtir, sobre la oraci�n del Se�or, en Oficio Divino, p, 381.

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