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(una aproximaci�n
desde el �mbito pastoral)
Por Germ�n Medina Acosta
Seminario Mayor de Bogot�
�El amor gu�a la mirada�
(Santo Tom�s)
Introducci�n
En nombre del Seminario Mayor de Bogot�, de sus
formadores, profesores y estudiantes quiero saludar esta hist�rica
e importante iniciativa de las facultades y centros de estudios
de teolog�a del pa�s. El crear y favorecer espacios de b�squedas
conjuntas, de reflexi�n y trabajo mancomunado, no s�lo se constituye
en un signo de una nueva �poca, sino en una importante clave procedimental
que nos permitir� a todos completar nuestras propias miradas,
discernir mejor los nuevos signos de los tiempos, hacer m�s asequible
para todos en nuestras diversas comunidades eclesiales rurales
y urbanas, y en nuestros multiculturales grupos poblacionales,
la experiencia e inteligencia de la fe revelada.
Considero que las preguntas que centran nuestra
atenci�n en este simposio acerca del sentido y los procedimientos
en teolog�a, poseen tambi�n una estrecha relaci�n con los sujetos
que de diversas formas estamos llamados a involucrarnos en ella:
los sujetos, las significaciones y los procedimientos en teolog�a
se encuentran particularmente implicados y conectados.
De ah� que al introducir mi aporte a este ejercicio
de reflexi�n conjunta, vea necesario subrayar la importancia de
reconocernos e incluirnos en nuestra condici�n de
creyentes; quisiera comenzar entonces narrando una de las experiencias
personales que han permitido re-plantearme existencialmente la
pregunta acerca del sentido de mi quehacer como te�logo y como
pastor.
1.�������� La perspectiva
de la fe
Despu�s de 17 a�os de ejercicio pastoral y de
una permanente b�squeda, confrontaci�n y reflexi�n sobre la acci�n,
tuve la oportunidad de realizar con m�s detenimiento estudios
en el �mbito de la Teolog�a Pastoral.
No puedo olvidar la ocasi�n en la que despu�s
de tres a�os ininterrumpidos de investigaci�n, llev� mi tesis
a una de las �ltimas instancias de revisi�n. Yo hab�a concertado
previamente una cita con mi correlator. De alguna manera dicha
entrega representaba en ese momento para mi, el final de un largo
camino y esfuerzo. Me sent�a bastante ansioso y fatigado. Al llegar
a la Universidad me comuniqu� por cit�fono con el profesor; cuando
�l contest� lo not� un poco extra�o, pues su tono de voz que se
hab�a caracterizado siempre por ser amable, aparec�a esta vez
cortante y serio; sin detenerme a m�s, le comuniqu� que acaba
de llegar a la Universidad para cumplir con la cita y entregarle
la tesis. De la extra�eza pas� pronto al malestar, pues �l me
dijo que no pod�a recibirme y que no ir�a a tener tiempo para
revisar mi tesis sino hasta por lo menos despu�s de un mes. Trat�
de insistir en buscar otro momento, pero �l me interrumpi� cont�ndome
que un compa�ero suyo en la universidad, amigo de toda la vida,
hab�a muerto en las horas de la ma�ana y que �l estaba muy afectado
por su muerte y que quer�a y deb�a hacerse cargo de su funeral.
Permanec�, entonces, perplejo por la noticia. En ese momento,
fue su invitaci�n la que me hizo reaccionar: �Ve a la capilla
y acomp��alo un rato con tu oraci�n!, me dijo, y cort� la comunicaci�n.
Mi malestar fue mayor cuando al entrar a la capilla
me encontr� pr�cticamente s�lo delante de los restos mortales
de este hombre, se trataba de un sacerdote mayor, persona brillante,
te�logo bien reconocido por sus reflexiones y escritos. De un
momento a otro me encontraba yo all� frente a su cuerpo inerte
revestido con los ornamentos lit�rgicos sacerdotales. Ah� estaba
yo con mi tesis bajo mi brazo, sorprendido por la realidad y cercan�a
de la muerte. Y entonces, no pude dejar de proyectarme, de verme
en este sacerdote que acababa de morir y que yac�a ante mis ojos;
no pude dejar de interrogarme ante la crudeza de la muerte: �para
qu� todo el esfuerzo, el af�n?, �para qu� el estudio que ven�a
haciendo?. Era un hecho, no hab�a contado con la muerte. Fue la
oportunidad para confrontarme una vez m�s sobre el sentido y la
validez de lo que hago. Fue una fuerte y nueva interpelaci�n a
la autenticidad, fue una oportunidad para que pensando la muerte
repensara la vida, una oportunidad para recobrar la perspectiva
de la fe. Comprend� la importancia para el te�logo de anclar la
inteligencia a su objeto que es el Misterio de Dios.
Hoy tengo que reconocer que cuando el esp�ritu
contemplativo viene a faltar, la inteligencia permanece reducida
bajo el peso de las t�cnicas cient�ficas, “la ausencia de
la contemplaci�n tiene como resultado fatal, un pensamiento bajo
el poder de la duda y del tormento”,
[1] la contemplaci�n asegura a la teolog�a las condiciones
de su ejercicio normal. La vida de fe intensa y profunda es el
clima normal de la teolog�a.
Desde la perspectiva de la fe entonces realizo
este ejercicio de repensar la Teolog�a y sus M�todos. En raz�n
de la propia experiencia y especialidad voy a referirme sobre
todo al �mbito de la teolog�a pastoral. Proceder� en este aporte
se�alando primero la condici�n mudable de los contextos desde
donde hacemos teolog�a; luego centrar� la atenci�n en el misterio
de la encarnaci�n como paradigma b�sico en teolog�a pastoral;
posteriormente indicar� la experiencia del �ltimo S�nodo Arquidiocesano
como una importante experiencia eclesial de reflexi�n y producci�n
teol�gico-pastoral; al final se�alar� algunos horizontes teol�gicos
y de procedimiento que nos permitan dirigir y concretar nuestras
b�squedas.
2.�������� La condici�n
mutable de los nuevos escenarios
Considero hoy importante, en el esfuerzo por repensar
el sentido y las maneras de proceder en y desde el �mbito de la
teolog�a pastoral, tener muy presente el valor y la condici�n
mudable de los escenarios y contextos donde nos ubicamos.
En nuestra �poca cultural el cambio ocupa el centro.
Hoy se da paso a la inestabilidad en todo lo que sea posible y
no se puede entender ni que algo deba permanecer, ni que alguien
busque defender permanencias. [2]
Ya el Concilio Vaticano II, en su prof�tica Constituci�n
Pastoral acerca de la Iglesia en el mundo de hoy Gaudium et
Spes, hab�a se�alado como singular caracter�stica del mundo
de los hombres contempor�neos los cambios extensivos, r�pidos
y profundos. Hoy somos testigos de las grandes transformaciones
que se han verificado en toda la familia humana y en su entorno.
Se trata de cambios radicales que el mismo Concilio no ha dudado
en calificar como verdadera metamorfosis sociocultural [3] , m�s a�n, la realidad extensiva, vertiginosa y profunda del
cambio nos llevado a reconocer hoy que se trata de un verdadero
cambio de �poca que afecta a todo el hombre en sus maneras de
ser, percibir, sentir, ver, comprender, relacionarse, vivir, crear
y creer.
Son m�ltiples las voces, las disciplinas, y, sobre
todo las realidades que hablan y confirman dicha condici�n radical
del cambio de �poca. En la actualidad se reconocen, por ejemplo,
cambios paradigm�ticos en las ciencias naturales y en la sociedad
misma: se ha pasado del paradigma industrial (mec�nico, newtoniano)
al virtual (abierto, flexible, ecol�gico, hol�stico) inspirado
en los principios de la f�sica cu�ntica: la autorregulaci�n, la
interdependencia, la sostenibilidad; en la as� llamada era de
la informaci�n, se ha inaugurado el paradigma de la interdiscursividad
multivocal y polif�nica.
Estos cambios remiten a nuevas epistemolog�as,
las cuales no s�lo nos permiten reconocer otras dimensiones de
la vida sino que a su vez se constituyen en factores de cambio:
nuevas epistemolog�as hacen posible ver, interpretar y proyectar
nuevas realidades humanas, el mismo ser del hombre. [4]
2.1.����������� Cambios en la teolog�a
No son pocos los te�logos que identifican en la
historia de la teolog�a diversas figuras del te�logo con sus correspondientes
tipolog�as,� cambios de recursos metodol�gicos y cient�ficos, [5] diferentes cuestiones que la
han interesado, [6] modas y cambios de las escuelas
teol�gicas. [7]
La teolog�a no es ajena a estas realidades del
cambio de �poca. Algunos te�logos han reconocido “paradigmas
diferentes” en la teolog�a. [8] En nuestra �poca contempor�nea, se est� repensando la teolog�a
en categor�as nuevas: hist�ricas, personalistas, hermen�uticas
y antropol�gicas, se�al�ndose, adem�s de los cl�sicos, otros lugares
teol�gicos (distintos a los signos de los tiempos). Se habla de
teolog�a como “interpretaci�n refleja de la revelaci�n”,
encaminada a decir, en la comunidad creyente, el sentido definitivo
de la historia y de la existencia humana; se ha pasado de un teocentrismo
a un antropocentrismo teol�gico, donde no existe una teolog�a
sino una pluralidad de teolog�as a releer en funci�n de cada contexto
cultural; se subrayan materias que regulan la estructura misma
de la teolog�a (fundamental-b�blico-dogm�tica), otras que regulan
la vida de la Iglesia en su estructura interna (historia-liturgia-moral-espiritualidad-derecho),
y otras que se�alan la dimensi�n de apertura de la Iglesia al
mundo (pastoral-misi�n-ecumenismo). Los sentidos �ltimos de teolog�a
van desde la liberaci�n (ortopraxis) hasta p�rdida y posible recuperaci�n
de los metarrelatos (postmodernidad), pasando por una teolog�a
transusual y transconfesional que se denomina contextual.
[9]
En Am�rica Latina, la Iglesia ha sido consciente
de estas transformaciones radicales. Recordemos que desde la II
Conferencia del Episcopado Latinoamericano (Medell�n 1968), ella
ha querido ser no un simple espectador del cambio sino un agente
que intervenga en �l y lo dirija hacia la liberaci�n aut�ntica
de nuestros pueblos seg�n el designio divino; recordemos tambi�n
que, posteriormente en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano
(Puebla 1979), ella opt� por los pobres buscando concretar
su ser agente de cambio (cf Puebla, n. 1153); luego, en
la IV Conferencia (Santo Domingo 1992), asumi� la categor�a cultura
para leer e interpretar la cambiante realidad latinoamericana
y para repensar su acci�n evangelizadora.
Hoy tenemos que reconocer que la categor�a cultura
nos ha permitido valorar otras dimensiones de la realidad (la
diversidad, la complejidad, las subjetividades en construcci�n)
y de la tarea evangelizadora de nuestra Iglesia latinoamericana
(la Nueva Evangelizaci�n, la Promoci�n Humana, la Cultura Cristiana);
sin embargo, es preciso estar atentos a no olvidar que en el contexto
latinoamericano, el factor econ�mico ejerce un papel determinante
y es explicativo de muchos de nuestros males. De ah� que el di�logo
fe-cultura no deba distraer la atenci�n y la urgencia del
di�logo fe-econom�a, sobre todo cuando los �ndices de la
pobreza en Am�rica latina y, particularmente en Colombia, reclaman
nuestra especial atenci�n frente al multidimensional fen�meno
de la exclusi�n social, que se verifica en nuestro medio al constatar
el hecho, por ejemplo, de que casi el 60% de la poblaci�n en el
pa�s se encuentra por debajo de la l�nea de la pobreza y el 23.4
% de la misma se encuentra por debajo de la l�nea de la indigencia,
lo cual significa que cerca de 1 de cada 4 colombianos no tiene
acceso a una canasta b�sica de alimentos y, por lo tanto se encuentra
en situaci�n de riesgo vital. [10]
La teolog�a latinoamericana de la liberaci�n ha
subrayado, precisamente, que la teolog�a debe hacerse a partir
de la acci�n transformadora, desde dentro de la acci�n, como cr�tica
a esa misma acci�n, y para la acci�n de liberaci�n; primero es
el compromiso hist�rico de la liberaci�n, luego la reflexi�n teol�gica. [11]
2.2.����������� Tendencias
en Teolog�a
En medio de las transformaciones epocales a las
que hemos anteriormente hecho referencia, cabe preguntarse: �Hacia
donde camina la teolog�a? Es la pregunta que se hace el te�logo
y hoy cardenal Walter Kasper, y que considero pertinente retomar.
Son diversos los te�logos que intentan la respuesta.
Para el mismo Kasper la teolog�a actualmente oscila
entre “una teolog�a de testimonio, cargada de profetismo
y marginalidad, pluralista, diversificada y contextual, y una
teolog�a eclesial, cient�fica, abierta, sin perder su identidad,
universalidad y catolicidad”.
[12] Esta oscilaci�n nos lleva a reconocer m�s la necesidad
y urgencia del discernimiento que de la s�ntesis teol�gica misma.
Para el te�logo italiano R. Fisichella el futuro
de la teolog�a tendr� que ver tanto con la fidelidad al pasado
que la ha puesto en acto, como con el discernimiento de lo que
se est� viviendo en el presente. La teolog�a est� llamada a ser
una “teolog�a eclesial, en di�logo con la cultura y la filosof�a,
que busca la complementariedad entre oriente y occidente, y en
di�logo con otras religiones y ofertas salv�ficas”.
[13]
Para el te�logo espa�ol Ra�l Berzosa, la teolog�a
del futuro ser� m�s laical, menos masculina, menos occidental
y m�s dialogante con las ciencias. �l reconoce que nos estamos
encaminando hacia una teolog�a contextual, ecum�nica e interreligiosa;
posmoderna de resistencia, contextualizada, y ecum�nica; hacia
una teolog�a m�s cercana al hombre y m�s atenta a la sociedad,
hacia una teolog�a m�s responsable ante el hecho concreto de la
Iglesia y su renovaci�n.
La teolog�a del futuro descrita por Berzosa tendr�,
desde la perspectiva del m�todo, que saber conjugar la articulaci�n
de una fe que busca una inteligencia metaf�sica (Santo Tom�s),
una fe inteligencia existencial (K. Rahner), una inteligencia
pr�ctico-social (J. Moltmann) y una inteligencia escatol�gica.
Esta teolog�a del futuro tendr� que recuperar
al Dios de la Revelaci�n, sin que la pluralidad rompa la unidad,
inculturando el mensaje, con una correcta ex�gesis y un m�todo
interdisciplinar. A la luz del Dios de Jes�s el te�logo ve la
forma de la justicia, la forma de la esperanza y de la humanidad
completas. Y en el di�logo interreligioso, compagina teocentrismo
y cristocentrismo porque la cristolog�a es teoc�ntrica por ser
cristiana, y viceversa.
La teolog�a del futuro, va a concluir Berzosa,
tendr� que saber proclamar con la fuerza de siempre el recuerdo
hist�rico de Cristo, haci�ndolo actualidad y acontecimiento presente;
resistiendo a cualquier forma de olvido del kerigma, de distorsi�n
o de forzada transformaci�n en una �tica o ideolog�a. Un recuerdo
actualizado en el seno de una Iglesia que es tradici�n Viva. Al
mismo tiempo, ese recuerdo de Jesucristo deber� llevarnos a luchar
contra toda forma de violencia, injusticia e inhumanidad, poniendo
de relieve su potencial salv�fico y liberador.
3.�������� El paradigma b�sico: la encarnaci�n
En la b�squeda de paradigmas y categor�as en teolog�a,
en raz�n de la fidelidad a la Revelaci�n, es preciso tener presente
el evento-Jes�s es el Cristo y los principios teol�gicos
que de este se derivan.
3.1.����� El evento encarnaci�n
El evento-Jes�s es el Cristo es una expresi�n sint�tica que indica el mensaje sobre Dios propuesto
por Jes�s. [14]
Cuando usamos el t�rmino evento no s�lo
nos referimos a un fragmento de la vida de Jes�s, a una experiencia
entre tantas; si no a un punto de perspectiva para ver
el todo de Jes�s el Cristo, es un fragmento de la vida de Jes�s
tan decisivo que sirve para comprender el sentido de todo su misterio.
En Jes�s el Dios inaccesible y misterioso, el Dios inefable y
trascendente se ha hecho rostro y palabra. En el rostro y en la
palabra de Jes�s de Nazaret podemos hablar de Dios y hablar a
Dios. Jes�s es el �nico camino accesible para conocer el misterio
de Dios y del hombre.
[15] Jes�s nos revela un Dios para el hombre, presente y
escondido, su deseo de hacer nacer vida donde ha encontrado signos
de muerte (cf Lc 13, 16). Quien est� vivo debe empe�arse en vivir
como viviente. La encarnaci�n es tambi�n la experiencia de la
Iglesia apost�lica. En Jes�s la vida adquiere un sentido: �l salva
en la solidaridad, en la compa��a profunda esperanza en la vida,
donaci�n.
3.2.����� El principio encarnaci�n
Derivado del evento-Jes�s es el Cristo, tenemos
en teolog�a el principio encarnaci�n. Se trata de un principio
teol�gico fundamental destinado a unificar el entero discurso
pastoral; es un criterio de valoraci�n de las distintas propuestas
pastorales. Garantiza a la Teolog�a Pastoral su estatuto especifico
y la distingue de las otras disciplinas teol�gicas (ayuda a superar
las tensiones y las orientaciones que privilegian la dimensi�n
horizontal de la acci�n� eclesial a descuido de aquella vertical).
El misterio de Cristo, hombre-Dios, es su principal enunciado.
Este principio teol�gico unifica otros
principios sociol�gicos e incompletos (teolog�a ciencia de la
acci�n o teolog�a emp�rica); ilumina las coordenadas fundamentales
fe - no-fe caracter�sticas de amplios contextos socioculturales
actuales con los cuales debe confrontarse la acci�n pastoral.
Es un principio espec�ficamente cristiano que pone juntos el teocentrismo
y el cristocentrismo, ambos no eliminables de la reflexi�n propia
de la teolog�a pastoral; salvaguarda el primado de la persona
en la comunidad; hace posible la superaci�n del verticalismo y
de horizontalismo, y salva la dualidad naturaleza-sobrenaturaleza,
salvaci�n-redenci�n; ayuda a poner sutura entre teor�a y praxis
en la concreta situaci�n hist�rica-espacial; hace posible una
actitud unitaria entre vida intra-eclesial y empe�o hacia el mundo
por el justo puesto del aspecto personal de la existencia cristiana.
El evento-Jes�s el Cristo y el principio encarnaci�n
nos permiten reconocer un cambio de mirada, una manera siempre
nueva de ver a la naturaleza, al hombre y a Dios.
[16]
Precisamente desde el cambio de mirada que el
evento encarnaci�n trae consigo, es que considero importante ubicar
el sentido del quehacer teol�gico-pastoral, sus sujetos y procedimientos.
A continuaci�n quisiera referirme a la Iglesia
local como sujeto y lugar teol�gico. Ella, el ejercicio y la reflexi�n
sobre su praxis permiten ilustrar una manera de hacer teolog�a
en el contexto urbano.
4.�������� El protagonismo
de la Iglesia local
En Occidente, a partir del Concilio Vaticano II,
se asiste a un cambio de perspectiva respecto de la iglesia local.
[17] Hoy se hace m�s evidente el protagonismo que le corresponde
en su acci�n evangelizadora. La iglesia local, expresi�n viva
de la iglesia universal, marcha y act�a en medio del mundo. Ella
no puede ser ajena a los influjos provenientes de ese mundo. [18]
El S�nodo Arquidiocesano
1998
Como signo
del protagonismo de la iglesia local, y como instrumento de esencial
significaci�n y eficacia para el cumplimiento de la misi�n del
Obispo en medio de su grey, se ofrece el s�nodo diocesano.
[19] Alrededor de este �instrumento pastoral�, se vienen desatando actualmente
verdaderos procesos de renovaci�n eclesiales. As� lo han vivido
diversas di�cesis en el mundo, as� lo comprend�a y quer�a el arzobispo
Cardenal Mario Revollo Bravo cuando anunci� el sexto S�nodo Arquidiocesano
de Bogot�: �Se trata de sentar las bases de una verdadera renovaci�n,
de la nueva evangelizaci�n a la cual invita el Papa Juan Pablo
II, de una real y efectiva conversi�n�; [20] as� tambi�n se vivi� y se valor� el camino recorrido a lo largo
del proceso sinodal. [21]
S�nodo es nombre de Iglesia, escribi� san Juan Cris�stomo. La Iglesia
puede ser llamada S�nodo. Dif�cilmente puede la Iglesia
reflejar lo que verdaderamente es si no se manifiesta como S�nodo,
como sinodalidad en ejercicio. Si S�nodo es el nombre de
Iglesia, sinodalidad es su futuro.
S�nodo quiere decir �comuni�n de caminos�.
[22] Los diversos caminos de los creyentes y de las iglesias
deben encontrarse en la comuni�n para que la misi�n sea real y
concreta. Ese encuentro en la comuni�n hace de la Iglesia experiencia
viva y convierte a cada cristiano en sujeto y protagonista.
Puede parecer excesivo afirmar que la sinodalidad
es el punto de llegada de toda la eclesiolog�a postconciliar.
Resulta m�s comprensible esta afirmaci�n si percibimos que el
detonante del Concilio Vaticano II y el aliento de todo el proceso
que provoc� fue la b�squeda de una figura hist�rica adecuada a
su identidad y que por ello le permita realizar de modo cre�ble
la misi�n que le ha sido encomendada. La consideraci�n que aporto
y presento en este coloquio sostiene que esa forma es precisamente
la sinodalidad.
Cuando Juan Pablo II valora el sentido y el alcance
del Concilio Vaticano II, pone de relieve que su estilo
y esp�ritu permanecen como un �reto para todas las iglesias
y una tarea para cada uno�. La recepci�n de dicho reto y dicha
tarea �ha sucedido sobre todo con los s�nodos postconciliares
(�) este m�todo sinodal responde a las expectativas de los diversos
ambientes (�) (los S�nodos diocesanos) se han convertido
en una manera de expresar la responsabilidad de cada uno hacia
la Iglesia. La responsabilidad comunitaria hacia la Iglesia, que
los laicos sienten de un modo especial, es ciertamente fuente
de renovaci�n. Esa responsabilidad forma el rostro de la Iglesia
para las nuevas generaciones, frente al tercer milenio”
[23] El rostro de la Iglesia, o lo que hemos
denominado su “figura hist�rica”, es lo que se encuentra
en juego en el m�todo sinodal (es decir, la sinodalidad).
4.1.1.�� Los descubrimientos
En virtud del proceso sinodal, la iglesia particular
de Bogot� realiz� importantes descubrimientos acerca de s� misma
y de su relaci�n con la ciudad, a partir de los cuales busc� discernir
los signos de la presencia de Jesucristo vivo y operante en ella,
y sus llamados a la conversi�n del coraz�n y de la praxis pastoral.
Entre estos descubrimientos me interesan sobre todo aquellos que
se refieren a la relaci�n de la Iglesia y sus miembros, y a la
relaci�n de la Iglesia con la cultura urbana.
[24] El S�nodo descubri�, por una parte, que la iglesia particular
como Pueblo de Dios, se encontraba diluida, y, por otra, que ella
estaba separada de la ciudad. Por eso va a optar por construir
el tejido eclesial como mediaci�n para la reconstrucci�n del
entramado social.
[25]
4.1.2.�� El m�todo
El m�todo emp�rico - cr�tico caracteriza
habitualmente la reflexi�n pastoral. Este organiza en una l�gica
espec�fica y coherente el di�logo de tres perspectivas: la perspectiva
normativa, la perspectiva cr�tica, la perspectiva estrat�gico
- proyectiva. La perspectiva normativa viene dada por una �soteriolog�a
en situaci�n�, y consiste en la recomprensi�n y formulaci�n de
la existencia cristiana con relaci�n a las concretas situaciones
hist�ricas; la perspectiva cr�tica o an�lisis de la situaci�n
presente busca, desde la precomprensi�n de la perspectiva normativa
y mediante aproximaciones antropol�gicas, recoger imperativos
pastorales y poner bajo juicio las realizaciones carentes; la
perspectiva estrat�gico-proyectiva elabora, tambi�n desde la precomprensi�n
normativa y el recurso a las ciencias proyectivas, un proyecto
pastoral. De esta manera, en el m�todo emp�rico-cr�tico la reflexi�n
pastoral parte de la realidad, interpretada en aquella �mirada
de fe� que permite recoger los desaf�os por los cuales sentirse
interpelados y los signos positivos a potenciar en vista de proyectos
nuevos. [26]
El S�nodo de Bogot� propuso y fue construyendo
en su pr�ctica una metodolog�a singular que guarda concordancia
con el m�todo emp�rico-cr�tico, y que deseo recuperar y resignificar.
[27]
El Plan Global de Pastoral, fruto del S�nodo
Arquidiocesano, asume como pedagog�a para la acci�n, la misma
pedagog�a del S�nodo, a saber, un proceso de consulta permanente
que implica: escuchar (percibir la realidad con ojos
y o�dos nuevos: abrir el o�do, prestar atenci�n con serenidad
de esp�ritu, con �nimo abierto, con la sencillez de aquel que
sabe que m�s all� de la propia visi�n hay personas que est�n en
capacidad de descubrirnos horizontes y abrirnos caminos); discernir
(penetrar en esa realidad con entra�as de misericordia: supone
procesar, ponderar, dar a cada una de las voces su valor y aut�ntico
contenido, a la luz del Evangelio); responder (actuar eficazmente:
implica comprometernos en una acci�n clara y definitiva, en una
acci�n profundamente evang�lica y eclesial, que nos exige asumir
la necesidad de nuestra conversi�n y renovar nuestra acci�n apost�lica).
[28]
Cabe anotar aqu� el cambio en el uso del lenguaje:
si bien se mantienen los tres momentos del m�todo emp�rico-cr�tico
y por tanto las tres perspectivas cr�tica, normativa, estrat�gico-proyectiva,
se utilizan categor�as quiz�s m�s cercanas al lenguaje, sensibilidad
y experiencia de las comunidades cristianas: escuchar, discernir,
responder.
En este proceso la Iglesia particular de Bogot�
reconoce un m�todo para hacer teolog�a pastoral caracterizado
por: un sujeto (=la comunidad diocesana), un punto de partida
(=la vida misma de la iglesia y de la ciudad); unos pasos (=consultar-escuchar,
discernir evang�licamente y generar unas l�neas de acci�n pastoral),
unas herramientas (=las ciencias sociales, la semi�tica y la hermen�utica).
En la presente
reflexi�n me permito manejar con cierta libertad el lenguaje para
referirme a los tres momentos del m�todo emp�rico - cr�tico anteriormente
descrito, y que el S�nodo de Bogot� tambi�n ha desarrollado creativamente. [29]
El cambio de mirada
El S�nodo de Bogot� quiso entenderse como camino
de conversi�n y en el momento del discernimiento descubri� que
era necesario sub-vertir (hacer girar, voltear, poner en movimiento)
algunos �rdenes: �Nuestro caminar habr� de estar enmarcado por
un cambio de mirada que nos coloque con el �nimo abierto
para reconocer y re-valorar nuestro mundo y nos ponga en una actitud
de b�squeda con el deseo sincero de una permanente transformaci�n
interior para poder realizar nuestro ser cristiano en comunidad
contribuyendo a formar ciudad�.
[30]
El S�nodo caracteriz� este cambio de mirada
que puede poner en camino de con-versi�n (dar la vuelta entera)
indicando los siguientes rasgos: asumir la interpretaci�n
como esencial para poder comprender y dar sentido a lo que se
conoce; pensar en relaci�n, cambiar el �o� por el �y�;
cambiar lo disyuntivo, por lo conjuntivo, reconociendo tiempos
simult�neos; dar valor al lenguaje, establecer met�foras,
hacer vivo el lenguaje de las sagradas escrituras; reconocer la
realidad como m�ltiple y diversa, siempre
mediada, descubriendo c�mo hombre y realidad se construyen
mutuamente; dar importancia a la relaci�n inseparable sujeto-objeto,
como base del compromiso; privilegiar lo razonable sobre
lo racional dando cabida y fomentando nuestra sensibilidad
y la acci�n de nuestra fe; dar lugar a �lo otro�,
lo que nos aparece como diferente, lo que nos cuestiona y confronta
y por eso mismo nos permite construirnos personas en subjetividad
(base para el despliegue de nuestra misericordia y caridad);
re-conocer que frente al mundo no s�lo hemos de pensar en lo que
es y debe ser, sino tambi�n en lo que puede ser posible
(aqu� cobra fuerza la imaginaci�n y nos sit�a en actitud de profunda
esperanza); disponernos para la transformaci�n, sabiendo que si
nos involucramos de coraz�n, nos comprometemos y algo pasa
en nuestro interior). [31]
5.����������� Aperturas
Con el �nimo de abrir horizontes que nos permitan
seguir adelantando nuestras b�squedas, se�alo algunas tareas derivadas
lo que hasta ahora he expuesto. Estas tareas son: la conversi�n
de la mirada, la inserci�n en la fe y en la historia, y la b�squeda
de convergencias.
5.1.����� Asumir el cambio de mirada
Se ha visto c�mo el momento actual exige en distintos
�rdenes y �mbitos de la vida, pero sobre todo en el �mbito de
la teolog�a y de la acci�n pastoral de la Iglesia, giros, cambios
radicales que puedan encaminarnos hacia la conversi�n seg�n el
Evangelio. [32]
Ciertamente, desde la experiencia cristiana la conversi�n es mucho
m�s que un cambio de perspectiva te�rica; se trata de la novedad
de Dios que se ofrece como don, que es siempre posibilidad que
procede de Dios mismo, y tambi�n es respuesta humana, esfuerzo,
docilidad, caminar en consecuencia. La conversi�n es toda la vida,
pues es camino, es proceso.
Al detenerme a considerar los rasgos del cambio
de mirada indicados por el S�nodo, descubro que estos pueden ser
agrupados y estudiados en torno a tres disciplinas que me permiten
ir m�s all� de los supuestos, profundizar su sentido y la relaci�n
que encuentran con la realidad teol�gica de la conversi�n. Se
trata de la epistemolog�a, la antropolog�a y la eclesiolog�a.
Soy consciente de la amplitud de cobertura de cada una de estas
disciplinas; mi intenci�n aqu� es s�lo indicativa, pretendo simplemente
ilustrar c�mo en estos �mbitos se encuentran b�squedas y razones
sociales y teol�gicas para realizar el cambio de mirada al que
estamos convocados si queremos comprender el mundo en el que vivimos
y si queremos discernirlo (valorarlo) con la mirada de Dios. [33]
He ubicando en tres �mbitos los giros radicales
que estamos invitados a favorecer para dinamizar dicho proceso
de conversi�n: en el campo del conocimiento (el paso de la raz�n
monol�gica a una raz�n abierta, rememorativa en convergencia con
la raz�n comunicativa y la fundamental importancia de la actitud
teologal de la fe que expresa y reclama un saber sapiencial);
en el campo de la antropolog�a (una visi�n integral del hombre
como ser dialogal, relacional abierto al Totalmente Otro y a los
otros), en el campo de la eclesiolog�a (m�s all� del cambio en
la conciencia eclesiol�gica, evidenciar el cambio en la vida eclesial
y su praxis desde la configuraci�n de comunidades -fraternidades-
vivas y sus consecuentes formas de organizaci�n en donde se privilegie
el ejercicio prof�tico (cr�tico, de resistencia) del discernimiento
cultural.
Pensar la teolog�a hoy exige pues la conversi�n
de la mirada. Esta se puede favorecer realizando tres giros
fundamentales: epistemol�gico, antropol�gico y eclesial. Una
racionalidad abierta que haga posible una nueva hermen�utica teol�gica
y que permita repensar la actitud teologal de la fe (el cambio
de ver a ser visto, de llamar a ser llamado, de buscar a ser buscado).
Una nueva antropolog�a: interdisciplinaria, dialogal, abierta
a la perspectiva del Totalmente Otro, que valore la originalidad
de la antropolog�a cristiana. Una praxis eclesial atenta a la
originalidad tambi�n de la metodolog�a y pastoral de Jes�s y de
la praxis de las primeras comunidades (grupo, familia, fraternidad,
peque�a comunidad).
5.2.����������� Insertarnos en la fe y en la
historia
El objeto de la teolog�a es el mismo Jesucristo,
mediado por la vida de fe de la Iglesia. Esa vida de fe hace referencia
a la revelaci�n de Dios uno y Trino, manifestado en su plenitud
en Jes�s, el Cristo. [34]
La teolog�a desarrolla su reflexi�n bajo la luz
de la fe, esto implica por parte del te�logo tanto la inserci�n
en la fe de la Iglesia, como la experiencia personal de la fe
y la relativizaci�n de las mediaciones culturales.
La teolog�a, entonces, debe tener presente su
ser eclesial (la fe se vive en comunidad eclesial y en
ella se desarrolla la tarea prof�tica); su ser cient�fico
(el saber teol�gico se presenta como mediaci�n entre el saber
de la fe y las articulaciones de un saber racional humano); y
su ser pastoral (la teolog�a parte de la comunidad, contextual
y socio-culturalmente, y debe volver a esa misma comunidad y sociedad). [35]
Por otra parte, la teolog�a debe mostrar que la
raz�n humana en su referencia al mundo actual (sensibilidad, vinculaci�n
a la cultura, contextualizaci�n, historicidad, sociabilidad),
est� radicalmente abierta a la trascendencia y que el hombre puede
ser oyente de una aut�ntica revelaci�n de Dios en la historia.
La teolog�a adem�s debe tener en cuenta los tres
postulados que hacen que una ciencia tenga su estatuto epistemol�gico:
postulado proposicional o sentido de la teolog�a; postulado
de coherencia o delimitaci�n de su objeto propio y postulado
de controlabilidad o definici�n cient�fico-operativa del propio
m�todo (=formulaci�n exacta de la pregunta a la que se intentar�
responder con los medio adecuados). [36]
5.3.����� Buscar convergencias
Es preciso que reconozcamos una teolog�a con diversos
niveles en su m�todo: nivel existencial relacional
o punto de partida desde donde reflexiona el te�logo, y donde
se sit�a la comunidad eclesial provocada culturalmente; nivel
opcional-cient�fico o las fuentes y lugares de revelaci�n
que se priman; nivel gnoseol�gico-metodol�gico o metodolog�a
y hermen�uticas propias; nivel teol�gico-pastoral o destinatarios
para quienes se hace teolog�a. [37]
El m�todo teol�gico comportar�a: 1) Una pregunta:
�Qu� significa, c�mo puede interpretarse y hacerse comprensible
la doctrina de la revelaci�n de Dios en Cristo, atestiguada por
la fe, vida y predicaci�n de la Iglesia? 2) Un sujeto: la misma
comunidad eclesial, cuyo contenido doctrinal salv�fico se vive
y conoce, aunque no necesariamente este justificado y comprendido
de forma refleja, cr�tica y sistem�tica. 3) Un predicado: el resultado
o la necesidad precisa de comprender, refleja, org�nica y pr�xicamente,
la vida y el pensamiento de la Iglesia en su apelaci�n a la revelaci�n
y misterio de Dios. 4) Un condicionante: la teolog�a est� igualmente
condicionada por el car�cter personal de quien hace teolog�a (te�logo)
y por las provocaciones culturales que vive la iglesia en cada
momento hist�rico. La teolog�a no se define solo por el esfuerzo
de justificar el contenido de la fe sino por presentarlo en su
continuidad hist�rica y en su desarrollo a lo largo de los siglos,
por explicarlo en el contexto de la revelaci�n, y por aclararlo
ilustrando su alcance y su actualidad existencial e hist�rica
para que el hombre de todos los tiempos pueda comprender el sentido
de su vida y destino �ltimos.
Se descubre as� una tarea en doble sentido
[38] : desde la fe vivida en comunidad eclesial y retada por
la cultura del tiempo, verificar el v�nculo entre la fe actual
de la Iglesia y el acontecimiento salv�fico definitivo de Jesucristo
(auditus fidei o funci�n positiva de la teolog�a); responder
a las exigencias y desaf�os del pensamiento y de la cultura actual,
haciendo comprensible la inteligencia humana los contenidos de
la fe, mostrando la eficacia pr�ctica y existencial del mensaje
cristiano, y realizando una s�ntesis org�nica cada vez m�s profunda
de las verdades reveladas (intellectus fidei o funci�n
reflexiva y actualizante de la teolog�a). Posteriormente deber�a
la fe l�cida volver a la comunidad, provocando, incluso, a esa
cultura que aparec�a, al principio, retadora. Aqu� radica el nuevo
sentido pastoral de la teolog�a, cuando lo es de verdad.
Cabe la pregunta sobre la posibilidad y pertenencia
de la articulaci�n entre diversas disciplinas y m�todos teol�gicos:
�Podr�amos pretender se�alar dimensiones de un m�todo teol�gico
integral? [39]
Quisiera terminar retomando al S�nodo en su redescubrir
del �amor hecho misericordia� como clave de la vida cristiana:
La misericordia es �una actitud fundamental ante
el sufrimiento ajeno, que nos da ojos nuevos para ver la verdad
de la realidad, un mundo de pecado donde hay muerte y un mundo
de gracia donde hay vida. Asimismo descubrir la verdad del hombre:
un misterio que no se agota, pero que se comprende mejor desde
los d�biles, desde los pobres, y se manifiesta en las Bienaventuranzas
de Jes�s y en la par�bola del Buen samaritano. La misericordia
ayuda a encontrar la verdad de la Iglesia, Pueblo de Dios necesitada
tambi�n de conversi�n. La misericordia manifiesta la verdad de
Dios revelado por Jesucristo, un Padre misericordioso, que ama
con ternura; que ayuda a curar, a sanar, a liberar, a tener en
ello el gozo y el sentido de la vida, ya que nada hay m�s humano
y humanizante y, por tanto, m�s divino, que reflejar el amor de
Dios en la pr�ctica de la misericordia. La Buena Noticia del Reino
de Dios es esa presencia din�mica y transformante de Jesucristo,
que hace posible el cambio del coraz�n inhumano, que todos tenemos,
por un coraz�n de carne, verdaderamente humano, por la fuerza
del Esp�ritu en nuestro interior�. [40]
[1] Cf Georges COTTIER, Le vie della ragione.
Temi di epistemolog�a teologica e filosofica, Milano, San
Pablo, 2002.
[2] Ciertamente el cambio es un ingrediente
en toda cultura: ninguna cultura posee una estabilidad absoluta;
sin embargo, hasta ahora los hombres ven�an haciendo prevalecer
la permanencia sobre el cambio, hasta ahora consideraban que
el cambio era un complemento de la permanencia que era secundario
ante ella. Hoy se da por sentado que no debe darse tregua a
la permanencia, ella no puede instalarse: hay que vivir cambiando
(cf Ra�l MENDEZ, Por una Iglesia viva. Propuesta para
el discernimiento. Penetraci�n y adecuaci�n de la pastoral en
una cultura contempor�nea, Bogot�, Publicaciones de la Arquidi�cesis,
1996, 15).
[3] Cf CONCILIO VATICANO II, Gaudium et
Spes, n. 4.
[4] Acerca de la exigencia mod�lica que caracteriza
una �poca cultural y su correspondiente modo de ser v�ase Ra�l
MENDEZ, Por una Iglesia viva, 10 y 11.
[5] Algunos m�todos son sistem�ticos y org�nicos,
otros se limitan a intentos de exposici�n fragmentaria (cf Ra�l
BERZOSA, �Qu� es Teolog�a? Una aproximaci�n a su identidad
y a su m�todo, Bilbao, Descl�e de Brouwer, 1999,14).
[8] El te�logo alem�n Hans K�ng reconoce seis
tipos de paradigmas: protocristiano apocal�ptico, veteroeclesial-helenista,
cat�lico-romano-medieval, de la reforma protestante,
moderno-ilustrado y transmoderno-ecum�nico contempor�neo;
el te�logo espa�ol Juan Jos� Tamayo se�ala horizontes comunes
desde donde se pueden encontrar las diferentes teolog�as (intercultural
e interreligioso, hermen�utico, feminista, ecol�gico, �tico-pr�xico,
ut�pico, anamn�tico, simb�lico); el tambi�n te�logo espa�ol
Ra�l Berzosa presenta los momentos m�s creadores y creativos
de la cultura teol�gica. V�ase respectivamente Hans K�NG, El
cristianismo. Esencia e historia, Madrid, Trotta, 1997;
Juan Jos� TAMAYO, Nuevo paradigma teol�gico, Madrid,
Trotta, 2003; Ra�l BERZOSA, Opus cit.
[10] Cf Luis Jorge GARAY,
Colombia entre la exclusi�n y el desarrollo, 11.
[11] Cf Leonardo BOFF- BOFF
Clodovis, C�mo hacer teolog�a de la liberaci�n, Bogot�,
Paulinas, 1986; Gustavo GUTI�RREZ, Conversaciones en Salamanca.
Teolog�a de la liberaci�n y V Centenario, �Ciencia Tomista�,
117 (1990), 119-137; Juan Carlos SCANNONE, Teolog�a de la
liberaci�n y evangelizaci�n. Nuevas perspectivas, �Seminarium�
32 (1992), 463-473.
[12] Walter KASPER, Teolog�a e Iglesia,
Barcelona, Herder, 1989.
[13] R. FISICHELLA, Il futuro de la Teologia,
en �Sacra Doctrina� 38 (1993), 45-57.
[14] Cf MIDALI Mario, Teologia pratica.
1. Camino storico di una riflessione fondamentale e cientifica,
Roma, Las, 2001, 195-199s.
[15] Con
la palabra evento se quiere subrayar que son muchos los
advenimientos, al centro de los cuales est� Jes�s de Nazaret
como persona hist�rica que ha suscitado una experiencia nueva
en medio de su pueblo y de sus disc�pulos. Ellos lo confiesan
el Cristo, el Mes�as esperado, el Se�or de la vida, el �nico
nombre por el cual es posible la salvaci�n. Con esta expresi�n
pues hacemos referencia a la historia de Jes�s y a la fe que
�l ha suscitado. As� la encarnaci�n es la experiencia central
y fundamental de la vida de Jes�s y de la fe que ha �l ha suscitado.
[16] En el Misterio de la Encarnaci�n, “Dios
no s�lo se hace hombre y asume lo humano, sino que nos muestra
-en la humanidad y vida de Jes�s- c�mo es lo humano y a partir
de lo humano donde resulta posible alcanzar y vivir “en”
Dios. Llegar a Dios, en efecto no supone la salida de lo humano,
sino que consiste en procurar m�s profundamente la plenitud
y la realizaci�n de la propia y com�n humanidad (el �mbito de
la trascendencia es visto no s�lo como “superioridad”,
sino tambi�n como “profundidad”). El encuentro con
Dios acontece en la carne humana, en la historia humana, en
el tiempo, en el espacio humanos -reconciliados con lo eterno-,
en la l�gica de la libertad humana, y los modelos existenciales
humanos -ser libre, con otros, abierto a la trascendencia-,
realiz�ndose definitivamente en la plena humanizaci�n, -cuya
base se encuentra en el “don”-” (Carlo NANNI,
�Est� la escuela para hacer pastoral?, en �Misi�n Joven�
42 (2002) 302, 18).
[17] Por Iglesia local estoy entendiendo un
grupo de creyentes en Cristo que posee una aut�ntica consistencia
eclesial y una relaci�n constitutiva con el lugar como elemento
importante de su identidad (cf Antonio CONTRI, La teolog�a
della Chiesa locale e i suoi orientamenti fondamentali, en
�Euntes Docete� 25 [1972] 339-342).
[18] El Concilio Vaticano II ha precisado
la relaci�n entre el subsistir local de la Iglesia y su ser
universal con una encarnaci�n en la realidad hist�rico-social,
y ha contribuido a sentir y a vivir como propio de cada iglesia
particular la situaci�n problem�tica del mundo y de la iglesia
universal (cf SAB, Anuncio, en DS, Bogot�, PdA, 1998,
76 -78).
[19] �El s�nodo diocesano es una asamblea de sacerdotes y de otros fieles escogidos
de una Iglesia particular, que presentan su ayuda al obispo
de la di�cesis para bien de toda la comunidad diocesana� (CIC,
can. 460, Citt� del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana,
1983, 84).
[20] El
S�nodo de Bogot� es un �instrumento especial� que contribuye
a configurar la fisionom�a pastoral de la di�cesis (cf Germ�n
ISAZA, El contexto del s�nodo arquidiocesano de Bogot�,
en �Theologica Xaveriana� 49/4 [1999] 132, 367).
[21] �Se parti� de lo que ha sido un s�nodo
en la tradici�n hist�rica, se tuvieron en cuenta los lineamientos
del Anuncio y sin propon�rnoslo, como guiados por la
mano divina, el S�nodo se fue haciendo original precisamente
porque se hizo justicia al sentido profundo de lo que es un
s�nodo: caminar-juntos-en-conversi�n� (Mariluz RESTREPO, El
camino re-le�do: El S�nodo se fue haciendo original, en
�Theologica Xaveriana� 49/4 [1999] 132, 401).
[22] Cf JUAN PABLO II, Homil�a. Misa
solemne de clausura de la Asamblea especial para Am�rica. S�nodo
de los obispos, 12 de febrero
de1997.
[23] Cf IDEM, Cruzando
el umbral de la esperanza, Bogot�, Norma, 168.
[24] Cf IVPD, Bogot�, PdA, 1996, 6 y 7.
[27] Cf SAB, Anuncio, 78 y 79.
[28] Cf PGP, Bogot�, PdA, 1999, 65 y 66.
[29] Acerca del car�cter novedoso del camino
(m�todo) del S�nodo de Bogot� v�ase: Germ�n ISAZA, El contexto
del s�nodo, 372; y, sobre todo, el art�culo de Mariluz RESTREPO,
El camino-rele�do, 365-402.
[32] La conversi�n desde la perspectiva
de la fe es el proceso en el cual es dado al hombre apercibirse
de la verdad radical de s� mismo y sobre s� mismo, y esto es
un don de la gracia de Dios. La conversi�n tiene su origen en
Dios, aunque est� socialmente mediada e incluso entregada a
los mecanismos que rigen las relaciones sociales y afectan la
operatividad de la mente.
[33] Acerca de la mirada de Dios, v�ase el
comentario de Jos� Antonio Merino sobre los an�lisis que de
ella hacen Paul Ricoeur y Mart�n Buber (cf Jos� Antonio MERINO,
Visi�n franciscana de la vida cotidiana, 74).
[34] El objeto de la teolog�a
es la fe en la auto-revelaci�n de Dios en la persona de Jes�s
de Nazaret, testificada por la Iglesia. El fin de esta auto-comunicaci�n
divina es que los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado,
tengan acceso al Padre en el Esp�ritu y se hagan consortes de
la naturaleza divina (DV 2).
[35] Fe-eclesialidad-cientificidad-pastoralidad:
definen la verdadera teolog�a. La teolog�a s�lo es posible desde
la communio eclesial, porque la teolog�a es algo as�
como la memoria refleja de la fe de la Iglesia, muy al mismo
tiempo, cient�fica y pr�ctica (saber dar raz�n de lo que cree)
(Cf Walter KASPER, Teolog�a e Iglesia)
[36] En teolog�a el punto de partida es la toma de contacto
con la experiencia concreta de la vida de fe, eclesialmente
vivida en sus elementos objetivos conocibles (Fides quae) y
en los modos como los vive la comunidad y cada creyente (Fides
qua), que quieren hacer presente a Jesucristo como misterio
de comuni�n trinitaria, con un proyecto concreto (Reino de Dios)
y en todas sus dimensiones mist�ricas (sacerdote, profeta, rey
y sanador). Esta vivencia eclesial est� inmersa en una Iglesia
particular concreta, a su vez contextualizada en una sociedad
y cultura determinadas.
[37] Estos niveles se pueden integrar desde un c�rculo complementario
tridimensional: fe vivida en comunidad y provocada culturalmente
(nivel 1); fe memoria-ilustrada-org�nica-sistem�tica (niveles
2 y 3); fe operante-provocadora (nivel 4).
[38] Se trata de dos momentos del m�todo teol�gico
que se complementan: momento positivo o toma de contacto
con la fe de la Iglesia (revelaci�n, escritura, tradici�n -magisterio-);
momento especulativo (realizar una s�ntesis coherente
del misterio cristiano): este es a su vez actualizante porque
confronta la teolog�a con la cultura contempor�nea; explicitativo-pastoral
porque devuelve la teolog�a a la comunidad; y unitivo porque
es capaz de unir vida espiritual-especulaci�n, ortodoxia-ortopraxis.
[39] De hecho algunos lo han intentado, Berzosa
por ejemplo se�ala como dimensiones de un m�todo teol�gico integral:
la dimensi�n filos�fica: �Fides quaerens intellectum
ontologicum� (Santo Tom�s) la fe que se explica conceptualmente;
la existencial: �Fides quaerens intellectum existentialem�
(K. Rahner) la fe que quiere unirse con la vida; la pastoral:
�Fides quarens intellectum prattico-socialem� (Moltmann) la
fe que se compromete; la escatol�gica: �Fides quaerens
intellectum eschatologicum� (teolog�a-patristico-martirial)
la fe que abre a la esperanza.
[40] Cf ARQUIDI�CESIS DE BOGOTA, Plan Global de Pastoral
199-2008, Bogot�, Publicaciones de la Arquidi�cesis, 1999,
38.
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