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Temas para la catequesis

LAS ALTERIDADES NEGADAS, NUEVOS SUJETOS TEOL�GICOS EN AMERICA LATINA

JUAN JOSE TAMAYO

Director de la C�tedra de Teolog�a y Ciencias de las Religiones �Ignacio Ellacur�a�.
Carlos III de Madrid. Espa�a

1. La teolog�a: entre la sistematicidad y la resistencia al sistema

La teolog�a latinoamericana de la liberaci�n est� abri�ndose a nuevos horizontes, a partir de los nuevos rostros y sujetos emergentes, de los nuevos niveles de conciencia y nuevos desaf�os que la propia realidad plantea: la naturaleza, la tierra, las mujeres, los afro-latinoamericanos, los ind�genas, el campesinado, los excluidos �cada vez m�s numerosos� por el neoliberalismo, etc. Ello comporta cambios profundos en el paradigma que empez� a desarrollarse hace cuatro d�cadas.

Las nuevas teolog�as que surgen dentro del paradigma de la teolog�a de la liberaci�n y que abren a �ste a nuevos horizontes no pueden considerarse puramente experimentales, sino que han adquirido un grado de madurez suficiente como para que nos preguntemos por los desaf�os que plantean a la teolog�a sistem�tica y por las cuestiones que �sta plantea a aqu�llas.

Toda teolog�a es, por su propia naturaleza, sistem�tica. Toda teolog�a es logos, discurso sobre Dios, reflexi�n ordenada que sigue una metodolog�a y parte de un principio o de unos principios (fides quaerens intellectum; spes quaerens intellectum; intellectus quaerens fidem; intellectus iustitiae et misericordiae; principio-liberaci�n, etc.). Toda teolog�a tiene su Sitz im Leben, su contexto vital, se mueve dentro de un determinado juego de lenguaje, posee su propia gram�tica y su propia l�gica o contra-l�gica.

Todas las teolog�as operan con una herramienta com�n: la hermen�utica, la pr�ctica de la interpretaci�n, ya que trabajan con textos considerados fundantes, sagrados, muchos de los cuales son del pasado y pertenecen a otro horizonte religioso y cultural. La hermen�utica es la herramienta propia, espec�fica, de la teolog�a. Sin ella, no hay teolog�a, sino recitaci�n, memorizaci�n o simple glosa de textos. Cuando las religiones y las iglesias renuncian a la hermen�utica, desembocan f�cilmente en el fundamentalismo. Las teolog�as en cuyas religiones predominan las tradiciones orales sobre las escritas recurren tambi�n a la interpretaci�n de dichas tradiciones, que leen desde la propia realidad. Los textos orales y escritos crecen en sentido con sus lectores, como dec�a san Gregorio Magno de la Escritura.

Tambi�n las teolog�as de Abya-Yala son sistem�ticas, con su propia sistematicidad, claro est�, como puede comprobarse sin especial dificultad en la exposici�n de las distintas teolog�as que se hace en esta obra.

Ninguna teolog�a puede erigirse en juez de las dem�s, alegando la existencia de unos principios universales, v�lidos para todo tiempo y lugar, y para todas las comunidades religiosas y teol�gicas. Y, sin embargo, as� se ha operado durante al menos los �ltimos siglos de teolog�a cristiana, desde Lutero y Trento para ac�, que han sido siglos de pensamiento teol�gico �nico y uniforme como uniforme era cada iglesia. Hemos elevado a universalmente v�lido y teol�gicamente correcto lo que s�lo es v�lido y correcto para un determinado grupo humano, una determinada comunidad religiosa o una cultura, la occidental, por cierto minoritaria. A partir de ah�, �las razones de los dem�s se nos antojan sinrazones y nos invitan a demonizarlos y a expulsarlos de nuestro mezquino para�so� [1] . Hay una tendencia dualista a considerar racional o al menos razonable la teolog�a occidental e irracionales las dem�s. Esa tendencia, igualmente dualista, se da en nuestra consideraci�n de la realidad, tambi�n de la realidad religiosa, donde establecemos distinciones r�gidas entre lo sagrado y lo profano, lo racional y lo irracional, la ciencia y el mito, la ideolog�a y la verdad, el bien y el mal, etc. Distinciones que resultan arbitrarias, ya que cada elemento contiene al otro de alguna manera.

Toda teolog�a se resiste a dejarse encerrar en una camisa de fuerza. Tambi�n la teolog�a sistem�tica por muy atrincherada que est� en su sistematicidad. �sta se encuentra en una permanente reconstrucci�n porque no se mueve en el horizonte de la raz�n pura, sino de la raz�n pr�ctica, y se reconstruye y reformula conforme a los procesos hist�ricos. A ella puede aplic�rsele el verso de Machado: �Se hace camino al andar�. En este caso, el camino es el sistema y se va haciendo seg�n se va caminando.

La resistencia es mayor cuando se intenta sistematizar la experiencia, toda experiencia, y de manera especial la experiencia religiosa, que constituye el punto de partida del acto teologal y de la actividad teol�gica, y cuando nos las habemos con realidades tan poco sistematizables como Dios, el Esp�ritu, la gracia, la salvaci�n, el pecado, la esperanza, la fe, el amor, la palabra de Dios, que no se dejan apresar en un mundo categorial estrecho. Hablamos de la Trinidad por decir algo, por no callar, dec�a� san Agust�n, lo que es aplicable a los diferentes temas de la teolog�a.

La teolog�a no s�lo posee car�cter asertivo, proposicional. Es tambi�n interrogativa, est� en actitud heur�stica, de b�squeda. La pregunta, dec�a Heidegger, es la suprema forma del saber. La teolog�a debe ser interrogativa y creativa, ha de estar en actitud de b�squeda, de sospecha, de cr�tica; sospecha y cr�tica que deben alcanzarla a ella misma. Lo expresaba magistralmente Kart Barth en un texto antol�gico, que deber�a servirnos de gu�a a quienes nos dedicamos al trabajo teol�gico y creemos que ya lo dominamos y tendemos a hacer nuestro trabajo de manera rutinaria, repetitiva y cansina:

�El trabajo teol�gico se distingue de los otros �y eso podr�a ser ejemplar para toda tarea del esp�ritu- por el hecho de que aquel que quiere realizarlo no puede llegar a �l descansado, desde unas cuestiones ya solucionadas, desde unos resultados ya seguros, no puede continuar el edificio sobre unos fundamentos ya que han sido colocados, no puede vivir de unos r�ditos de un capital acumulado ayer, sino que se ve obligado, cada d�a y cada hora, a volver a empezar por el principio�. En la ciencia teol�gica, �continuar� significa siempre �volver a empezar por el principio�. Ante� su radical riesgo, el te�logo debe ser suficientemente fuerte, al mov�rsele la tierra bajo sus propios pies, para buscar una nueva tierra firme sobre la que sostenerse, como si no la hubiera tenido nunca. Si la teolog�a no quiere precipitarse en la arterioesclerosis, en el aburrimiento ergotista, su trabajo de ning�n modo puede ser rutinario, no se puede realizar en funci�n de un automatismo�.

En toda teolog�a sistem�tica han de caber: elementos asist�micos, como la memoria hist�rica, una memoria no complaciente con el pasado sino siempre subversiva que busca rehabilitar a las v�ctimas, y la biograf�a del te�logo y de la te�loga as� como de la comunidad desde donde reflexiona; y elementos cr�ticos del sistema, como la m�stica, que no se deja apresar en la rigidez de una proposiciones doctrinales r�gidas, y la profec�a, que eleva el tono de voz de la denuncia cuanto mayor es la injusticia y la inhumanidad de los �humanos� y anuncia la utop�a de un mundo nuevo. La teolog�a, con mayor o menor grado de sistematicidad no debe descuidar la compasi�n, que est� en la entra�a misma de toda persona, es constitutiva de Dios y est� en la base del mensaje y de la praxis liberadora de Jes�s de Nazaret. A los te�logos y las te�logas nos deber�a ser aplicable lo que dec�a de los fil�sofos Epicuro: vana es la palabra del fil�sofo que no sirva para aliviar, siquiera m�nimamente, los sufrimientos humanos. La teolog�a, en fin, deber�a hacer realidad lo que dec�a Marx de la religi�n: �La religi�n es el suspiro de la criatura oprimida, el coraz�n de un mundo sin coraz�n, as� como el esp�ritu de un mundo sin esp�ritu�, y renunciar a ser lo que ya denunciara tambi�n Marx: �opio del pueblo�.

En lo que sigue no voy a juzgar a las actuales teolog�as de Abya-Yala desde� la teolog�a sistem�tica europea, ni siquiera desde la teolog�a latinoamericana de la liberaci�n m�s sistem�tica. Lo que har� ser� entrar en la entra�a misma de esas teolog�as y explicitar su car�cter sistem�tico, en cuanto reflexi�n teol�gica, y su car�cter trans-sist�mico, en cuanto acci�n prof�tica; explicitar los nuevos sujetos, las nuevos principios y las nuevas categor�as para terminar haciendo unas sugerencias sobre la necesidad de hacer teolog�a en el nuevo contexto de pluralismo cultural y religioso. Me centrar� en estas seis teolog�as: feminista, ind�gena, afro-latinoamericana campesina, ecol�gica, y teolog�a� y econom�a.

2. Teolog�a feminista [35]

2.1. Desencuentro entre mujer y teolog�a de la liberaci�n

En el origen del nuevo paradigma de la teolog�a latinoamericana se produjo un desencuentro entre teolog�a y mujer. Las mujeres cristianas, que desde el principio tuvieron un importante protagonismo en la praxis liberadora de los movimientos populares y en grupos cristianos de base, estuvieron ausentes en la configuraci�n del m�todo y de la epistemolog�a teol�gica, que llevaban la marca del var�n. Las experiencias de marginaci�n de las mujeres no entraban en la perspectiva del nuevo quehacer teol�gico, que acusaba los rasgos patriarcales del modelo cl�sico sin apenas correctivos. El rostro femenino de la pobreza estructural no aparec�a por ninguna parte. El Dios de los pobres se caracterizaba por ser el Dios liberador de rasgos patriarcales. El Cristo liberador era el var�n acostumbrado a sufrir por nuestros pecados. Las virtudes teologales respond�an al modelo masculino. El var�n era, en �ltimo termino, el referente, el modelo a imitar, tambi�n por las mujeres en los procesos de liberaci�n.

S�lo cuando las mujeres se incorporaron a la reflexi�n teol�gica y participaron en la reformulaci�n de la fe cristiana en clave feminista, comenz� a corregirse el car�cter androc�ntrico del discurso cristiano liberador y a prestarse atenci�n a las discriminaciones de g�nero y a la feminizaci�n de la pobreza como elementos fundamentales de la opresi�n capitalista-patriarcal.

2.2. Feminismo y opci�n por la mujer pobre

La teolog�a feminista latinoamericana, nacida en el interior del discurso pol�tico y religioso de la liberaci�n, se ubica en el espacio de las mujeres social, eclesial, pol�tica y culturalmente empobrecidas, y en los movimientos de liberaci�n de la mujer, que trabajan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y por la eliminaci�n de las discriminaciones que someten a �stas a la condici�n de seres inferiores. Traduce hist�ricamente la opci�n por los pobres en la perspectiva de g�nero como �opci�n por la mujer pobre� [36].

El feminismo ofrece a esta teolog�a importantes instrumentos de an�lisis para identificar las diferentes manifestaciones de marginaci�n de las mujeres y las m�ltiples formas de violencia contra ellas, sus ra�ces m�s profundas, que se encuentran en el sistema patriarcal, su articulaci�n con otros sistemas de dominaci�n y sus mecanismos de perpetuaci�n. Asimismo, proporciona categor�as antropol�gicas y pol�ticas para elaborar un modelo de convivencia integradora y no excluyente, fundado en una concepci�n unitaria del ser humano al tiempo que multipolar, igualitaria al tiempo que respetuosa con la diferencia. El feminismo posee una base �tica que exige el final de la intolerancia y la construcci�n de un modelo de relaciones no jerarquizadas entre hombres y mujeres, que tiene su base en el reconocimiento de la equivalencia humana. El feminismo tiene tambi�n importantes efectos en el campo del conocimiento, que se institucionalizan bajo la f�rmula de estudios feministas, como reconoce Collin, y da lugar a una nueva epistemolog�a tanto filos�fica como teol�gica.

2.3. Etapas de un proceso

En la reconstrucci�n del itinerario de la teolog�a feminista latinoamericana a lo largo de un cuarto de siglo, las propias protagonistas convienen en distinguir tres momentos sucesivos, que se corresponden con tres importantes congresos de mujeres te�logas: el celebrado en M�xico, en 1979, el de Buenos Aires, en 1985, y el de R�o de Janeiro, en 1993 [37]. En el primer momento se empieza a descubrir a la mujer como sujeto hist�rico doblemente oprimido por razones de g�nero y de clase, como sujeto de liberaci�n y de producci�n teol�gica. Se hace una lectura b�blica desde la opresi�n de la mujer, centr�ndose en las mujeres de la Biblia que contribuyeron a la liberaci�n del pueblo. En el segundo momento son m�s las mujeres que se incorporan al quehacer teol�gico y se enfatiza la experiencia de la mujer como lugar epistemol�gico espec�fico. Se cuestiona el discurso teol�gico androc�ntrico calificado de racionalismo r�gido y logocentrismo. Se propone la elaboraci�n de una teolog�a desde la perspectiva de la mujer, que incorpora nuevos elementos: lo po�tico, lo est�tico, lo afectivo, etc. La �ptica de la mujer se convierte en criterio prioritario de interpretaci�n de la Biblia, donde se descubren im�genes femeninas de Dios. En el tercer momento se concede gran importancia a las teor�as de g�nero como instrumento de an�lisis de la exclusi�n de las mujeres y como m�todo de estudio de los textos b�blicos. Cabe destacar la incorporaci�n de algunos te�logos varones a esta reflexi�n.

2.4. Deconstrucci�n de las categor�as androc�ntricas

A lo largo de estos tres momentos, la teolog�a feminista latinoamericana ha ido elaborando su m�todo teol�gico y su hermen�utica b�blica con la ayuda de los estudios antropol�gicos, sociol�gicos y filos�ficos feministas, y en di�logo con las teolog�as feministas del Primer Mundo y de otros continentes del Tercer Mundo, como �frica y Asia. El proceso del nuevo m�todo se inicia con la deconstrucci�n de las categor�as androc�ntricas, que excluyen a las mujeres no s�lo del discurso teol�gico sino de la experiencia cristiana. La deconstrucci�n se lleva a cabo en todos los campos y temas de la teolog�a cristiana: la historia de la Iglesia, que invisibiliza a las mujeres; la antropolog�a cristiana, que presenta al var�n como criterio de lo humano; la eclesiolog�a, que entiende la Iglesia de manera jer�rquico-patriarcal; la cristolog�a, que ofrece una imagen patriarcal de Jes�s; la sacramentolog�a, donde s�lo los varones son reconocidos como mediadores de gracia y las mujeres quedan reducidas a receptoras pasivas; la �tica, marcada por el desprecio del cuerpo y por la consideraci�n del cuerpo de la mujer como motivo de pecado u ocasi�n de esc�ndalo; la soteriolog�a, que presenta a Cristo como redentor del pecado que entr� en el mundo por la mujer; las traducciones e interpretaciones de la Biblia hechas con categor�as ling��sticas y hermen�uticas androc�ntricas, etc., etc. Es la hermen�utica de la sospecha que se aplica no s�lo a los textos b�blicos, sino al resto de las fuentes del conocimiento teol�gico: definiciones dogm�ticas, textos de los Santos Padres, documentos del magisterio eclesi�stico, etc. Yo creo que en este punto queda todav�a mucho camino por recorrer.

2.5. Reconstrucci�n en perspectiva feminista

La segunda tarea de la metodolog�a teol�gica feminista latinoamericana es la reconstrucci�n, la relectura de las tradiciones y los documentos considerados fundantes de la fe desde la perspectiva feminista de g�nero, con categor�as inclusivas e incorporando dimensiones olvidadas en el quehacer teol�gico patriarcal: la corporalidad, la interdisciplinariedad, la concepci�n unitaria de la realidad, la cotidianidad como espacio de la experiencia religiosa, la comunicaci�n horizontal, la recuperaci�n de los sentimientos, la espiritualidad mediada corporalmente, la centralidad de los s�mbolos como lenguaje propio de la experiencia y transmisi�n de la fe, la experiencia subjetiva e intersubjetiva como clave hermen�utica; la presencia del Esp�ritu, la vida de las mujeres como criterio de lectura de los textos.

Conjugando estas y otras claves, las te�logas latinoamericanas est�n llevando a cabo una fecunda y creativa reformulaci�n de los grandes temas del cristianismo: antropolog�a unitaria bajo la mediaci�n del cuerpo; cosmovisi�n hol�stica no compartimentada; discipulado de iguales no discriminatorio por razones de g�nero, pero tampoco cl�nico, etc.

2.6. Recuperaci�n de la memoria hist�rica

Deconstrucci�n y reconstrucci�n en ning�n caso significan amnesia u olvido del pasado. Todo lo contrario: comportan la recuperaci�n de la memoria hist�rica en su doble vertiente: la experiencia de los sufrimientos de las mujeres y tambi�n de sus luchas, su paciencia acompa�ada de su resistencia, su invisibilidad unida a su dinamismo interior, su impotencia y su fuerza hist�rica. Es a partir de ah�, y no desde una reconstrucci�n idealizada y novelada, como cabe la recuperaci�n de la memoria de las antepasadas y la superaci�n del fatalismo impuesto a las mujeres. La recuperaci�n de la memoria hist�rica en clave feminista cuestiona radicalmente la normatividad de las tradiciones patriarcales opresoras. Frente a ellas hay que afirmar las tradiciones emancipatorias de las mujeres en la historia, pero sin caer en victimismos ni en hero�smos �femeninos�.

La teolog�a feminista latinoamericana subray� desde el principio la praxis del cari�o como elemento fundamental de la experiencia cristiana liberadora y de la metodolog�a teol�gica. Y creo que con raz�n. Pero debe entenderse bien. Ello no significa una feminizaci�n de la teolog�a o una proyecci�n de la concepci�n esencialista de los g�neros. La praxis del cari�o se entiende como un nueva forma de relaci�n entre los hombres y las mujeres, superadora de las relaciones de dominaci�n o regidas por el inter�s.

2.7. Teolog�a ecofeminista

Dentro de la teolog�a feminista latinoamericana, merece especial atenci�n el actual desarrollo de la teolog�a ecofeminista, que tiene su espacio privilegiado de reflexi�n en la revista Con-spirando. Revista Latinoamericana de Ecofeminismo, Espiritualidad y Teolog�a, editada en Santiago de Chile por un grupo de mujeres en clave interdisciplinar 38. La evoluci�n del feminismo al ecofeminismo se produce justamente en el momento en que se toma conciencia de las estrechas conexiones entre las distintas formas de opresi�n y violencia, desde las producidas en el seno de la familia, en la sociedad y en la vida pol�tica, hasta las llevadas a cabo contra la naturaleza [39]. Son las mujeres las primeras en caer en la cuenta de la relaci�n intr�nseca entre la violencia ejercida contra la naturaleza por el modelo de desarrollo antropoc�ntrico y la ejercida contra ellas por el modelo androc�ntrico de organizaci�n pol�tica, econ�mica, social, religiosa, familiar, educativa, etc. Al asociarse a la mujer con la naturaleza y al var�n con la cultura, se deja la v�a libre para la dominaci�n de la mujer y de la naturaleza por parte del var�n y de su modelo patriarcal de desarrollo. Sin embargo, esta relaci�n opresiva no se presenta como forma de dominaci�n, sino como proceso de liberaci�n y humanizaci�n, como veh�culo de integraci�n de la naturaleza y de la mujer en el �mbito de la cultura y el desarrollo humano �siempre, claro est�, bajo el prisma del var�n�. La mujer, liberada de la naturaleza, es introducida en el mundo de la cultura, donde tiene lugar su plena liberaci�n.

La teolog�a ecofeminista de la liberaci�n concreta todav�a m�s las conexiones antes citadas, hasta descubrir las existentes entre la exclusi�n econ�mica, social y pol�tica de las mujeres, sobre todo las negras, las campesinas y las ind�genas, y la posesi�n de la tierra por parte de un reducido n�mero de latifundistas. Son esas mujeres y esos ni�os los prioritariamente excluidos de los bienes que la tierra produce, los que se encuentran en primera l�nea de las amenazas contra el ecosistema y quienes sufren de manera directa los peligros de muerte procedentes de los desequilibrios ecol�gicos [40].

2.8. Interacci�n de perspectivas

�No se aprecia en la teolog�a feminista cierta tendencia a absolutizar categor�as como �g�nero� y �patriarcado� con descuido, o el menos minusvaloraci�n, de otras igualmente importantes en la teolog�as de la liberaci�n como �clase�, raza�, �etnia�, �identidad cultural�, etc.? Es necesario descubrir e identificar todas las discriminaciones, considerarlas de manera unitaria y no disgregadamente. Y a partir de ah�, coordinar las diferentes estrategias de lucha contra todas las formas de exclusi�n. Dentro de la marginaci�n de la mujer, la teolog�a feminista de la liberaci�n debe poner el acento en la exclusi�n sufrida por las mujeres, los ni�os y las ni�as afro-latinoamericanas, ind�genas y campesinas.

A su vez, la teolog�a ecofeminista debe tener una actitud vigilante para no caer en un doble peligro que constantemente le ronda: la sacralizaci�n del mundo de la naturaleza y la absolutizaci�n del mundo de la mujer. Por eso ha de aproximarse a ambos mundos cr�ticamente.

3. Teolog�a ind�gena

3.1. Una teolog�a vieja y, a la vez, nueva

Es una de las tendencias m�s innovadoras del actual panorama teol�gico latinoamericano que est� llamada a hacer aportaciones �revolucionarias� en el conjunto de la teolog�a, ya que abre horizontes nuevos, preteridos, cuando no negados expl�citamente, por la teolog�a cristiana [54]. La teolog�a ind�gena, reprimida desde la �poca de la conquista, es la que mejor responde a la experiencia religiosa de las comunidades amerindias. Hoy se encuentra en pleno proceso creativo. El primer momento de dicho proceso consiste en la dignificaci�n de las religiones ind�genas, la recuperaci�n de sus culturas originarias y la afirmaci�n de su propia identidad. De todo ello tuvieron que despojarse muchos ind�genas como condici�n necesaria para ser cristianos.

A este respecto creo que es aplicable a la teolog�a cristiana la actitud que atribuye E. Galeano a la cultura dominante en relaci�n con las culturas ind�genas y negras: �la cultura dominante (la teolog�a cristiana dominante) admite a los ind�genas y negros como objetos de estudio, pero no los reconoce como sujetos de historia; tienen folklore, no cultura; practican supersticiones, no religiones; hablan dialectos, no idiomas; hacen artesan�as, no arte� [55].

La teolog�a ind�gena en cuanto sabidur�a religiosa de los pueblos originarios de Amerindia hunde sus ra�ces en un pasado muy lejano y es, por tanto, m�s antigua que la teolog�a cristiana. Sin embargo, la irrupci�n de las culturas y religiones ind�genas en la sociedad y la Iglesia latinoamericana se inici� hace 30 a�os. Por eso los ind�genas tienen conciencia de ser al mismo tiempo antiguos y nuevos sujetos de la historia de las Am�ricas. Durante la d�cada de los 90 se han celebrado tres Encuentros Latinoamericanos de teolog�a ind�gena, que constituyen hitos hist�ricos en el proceso de concientizaci�n de los pueblos ind�genas abya-yalenses: en M�xico el a�o 1991, en Panam� en 1993 y en Bolivia en 1997.

3.2. Culturas ind�genas, �lugares teol�gicos�

Los propios cultivadores de la teolog�a ind�gena la definen en los siguientes t�rminos: �Es el conjunto de experiencias y de conocimientos religiosos que los pueblos indios poseen y con los cuales explican, desde milenios hasta el d�a de hoy, su experiencia de fe, en el contexto de su visi�n global del mundo y de la visi�n que los dem�s tienen de estos pueblos... Es, por tanto, un acervo de pr�cticas religiosas y de sabidur�a teol�gica popular, del que echan mano los miembros de los pueblos indios para explicarse los misterios nuevos y antiguos de la vida. Por eso no se trata de algo nuevo ni de un producto propiamente eclesial, sino de una realidad muy antigua que ha sobrevivido a los embates de la historia�.

En la base de la teolog�a ind�gena se encuentra la memoria hist�rica colectiva. A partir de ah� reconoce a las culturas ind�genas como �lugares teol�gicos� y espacios de revelaci�n del amor de Dios. Por eso intenta recuperar los mitos, ritos y utop�as ancestrales como �mbitos privilegiados donde se encuentran las verdades fundamentales de la humanidad, la fuente de activaci�n de la energ�a espiritual de los pobres y el principio de resistencia frente a la actual colonizaci�n occidental de signo neoliberal. Las experiencias y pr�cticas religiosas rituales que otrora fueron anatematizadas como idol�tricas y supersticiosas por el cristianismo occidental �tanto el ortodoxo como el renovador�, hoy son reconocidas como paradigmas de espiritualidad y se compaginan arm�nicamente con las liturgias cristianas.

La defensa de la vida de todo lo viviente constituye su principal objetivo: plantas y animales, r�os y bosques, hombres y mujeres, personas y comunidades humanas. Espiritualidad y cotidianidad son dos de sus rasgos fundamentales. Es en la vida cotidiana donde se vive la experiencia de lo sagrado, �la convivencia con la Pacha Mama-Madre Tierra, que constituye el Sacramento del amor de Dios Padre y Madre, criadora, providente, saturada de vida en su multiformidad�, afirma D. Llanque, sacerdote y te�logo ind�gena peruano [56].

Entre las caracter�sticas de esta teolog�a cabe citar las siguientes: c�smico-ecol�gica, ritualizada y celebrativo-festiva, m�tico-simb�lica, comunitaria; busca el equilibrio entre divinidad, naturaleza y comunidad; vive la experiencia de la contemplaci�n en medio de la creaci�n; se realiza en un clima de di�logo pluralista, interreligioso, intercultural y transhist�rico.

3.3. Teolog�as ind�genas plurales

La teolog�a ind�gena es tan plural como plurales son sus pueblos, culturas, religiones y espacios geogr�ficos de ubicaci�n: polares, de la Pradera, aridamericanos, mesoamericanos, caribe�os, andinos, amaz�nicos, Cono Sur, australes, etc. Desde el Polo Norte hasta el Extremo Sur pueden distinguirse m�s de 500 pueblos con lenguas y culturas diferenciadas. Tales diferencias aparecen en la reflexi�n sobre las divinidades masculinas y femeninas. Con todo, todas tienen un aire de familia y poseen unas l�neas teol�gicas afines.

Algunas de estas teolog�as se desarrollan en el marco de las teolog�as de la liberaci�n. La Asociaci�n Ecum�nica de Te�logos del Tercer Mundo cuenta con te�logas y te�logos ind�genas y anima importantes procesos teol�gicos en algunas zonas latinoamericanas.

3.4. Riesgos y desaf�os

La teolog�a ind�gena no se desarrolla de manera aislada y en estado puro. Avanza y madura al ritmo de los tiempos, que son cambiantes, y en contacto con otras teolog�as, religiones y culturas. Por eso no puede encerrarse en s� misma. Ha de responder a una serie de desaf�os, que pueden resumirse en �stos:

� La reconstrucci�n del sujeto ind�gena como persona y pueblo, sobre todo en el momento actual en que se ve de nuevo amenazado por los intentos neoliberales de uniformidad cultural y econ�mica.

� La importancia de la elaboraci�n te�rica y de la articulaci�n metodol�gica, siempre en sinton�a con el caminar del pueblo.

� El acceso sistem�tico a las propias fuentes de la sabidur�a ind�gena.

� El saber compaginar la resistencia frente a los intentos de dominaci�n cultural de la modernidad y la acogida de los aspectos humanizadores de �sta.

� El di�logo intercultural e interreligioso como exigencia de la civilizaci�n y la conciencia planetarias.

Junto a los desaf�os debe estar atenta a los riesgos que puede correr y ante los que ha de tener una actitud vigilante y correctiva. He aqu� algunos de ellos:

� El peligro de aislarse y convertirse en gueto. Procede, por ello, mantener una comunicaci�n permanente con otras concepciones de la realidad.

� La sacralizaci�n de la propia cultura. Se requiere, entonces, sentido autocr�tico y receptividad ante las cr�ticas que vienen de fuera.

� La reconstrucci�n arqueol�gica en busca de la pureza religiosa. Es importante, seg�n esto, tener una concepci�n din�mica y evolutiva de las culturas, religiones e identidades populares.

� El fundamentalismo en el acceso a los textos sagrados. Es necesario, en consecuencia, el recurso a la hermen�utica, constitutiva del discurso teol�gico.

� La reducci�n de la religi�n y la teolog�a a solo rito, generalmente con sentido c�clico y sin referencia a la historia. Como correctivo, hay que atender a los aspectos �ticos de las religiones ind�genas.

4. Teolog�a afro-latinoamericana

Es otra de las corrientes teol�gicas m�s vivas hoy en Am�rica Latina, que se desarrolla en torno a numerosas experiencias comunitarias y se elabora metodol�gicamente en centros de estudio e investigaci�n y en publicaciones interdisciplinares [57].

4.1. Conciencia de discriminaci�n y despertar de la identidad cultural

El punto de partida de esta teolog�a es la conciencia de discriminaci�n cultural y religiosa en la sociedad y en las iglesias que tienen los pueblos afro-americanos por tres causas: el ser negros, el tener otras religiones y la pr�ctica del sincretismo. La discriminaci�n no constituye un fen�meno nuevo; comienza a principios del siglo XVI con la implantaci�n del sistema colonial esclavista en Abya Yala, adonde fueron tra�dos negros africanos despose�dos de todo: dignidad, derechos, bienes materiales y espirituales, lenguas, religi�n e identidad cultural [58]. Es entonces cuando comienza la resistencia de los negros frente al sistema esclavista y se inicia la teolog�a negra en un sentido amplio.

Hay que esperar, sin embargo, hasta finales del siglo XX para que surja una reflexi�n sistem�tica sobre la experiencia de Dios en la historia multisecular del pueblo negro en Am�rica Latina. Fue concretamente en 1985 cuando, bajo la iniciativa de la Asociaci�n de Te�logos del Tercer Mundo (ASSET), se celebr� la Consulta sobre cultura negra y teolog�a en Am�rica Latina en Nova Igua�u, barrio de los suburbios de R�o de Janeiro, que cuenta con una gran concentraci�n de comunidades negras, v�ctimas de la discriminaci�n racial y de la violencia policial. En ella se abord� la problem�tica de los negros/as en Am�rica Latina desde perspectivas complementarias: raza, clase, g�nero y religi�n [59].

4.2. Cr�tica del fetiche de lo blanco

La teolog�a afro-americana no nace para la defensa de ortodoxias, ni ancestrales ni actuales, sino como afirmaci�n de la vida y de los valores del pueblo negro. La recuperaci�n de los valores religiosos y culturales de dicho pueblo, sus ra�ces hist�ricas, sus profetas y m�rtires, constituyen una parte fundamental de su vida, la pasada y la presente. Sin ellos, la vida carece de sentido, ya que se configura en torno a una axiolog�a impuesta desde fuera y ajena a la propia identidad.

Por eso, en el inicio del pensar teol�gico negro se hace una cr�tica radical del fetiche de lo blanco como modelo de identificaci�n normativo y estructurante de lo humano. Es el momento de deconstrucci�n de una antropolog�a etnoc�ntrica, que se eleva a la categor�a de evidencia y se convierte en hecho inapelable. Tras la cr�tica de la normatividad de lo blanco, la teolog�a negra acent�a el reconocimiento de la alteridad y la afirmaci�n de la diferencia como principios de una identidad humana plural. As� se priva de toda base antropol�gica a las actitudes xen�fobas y racistas.

El pensar teol�gico negro intenta descubrir la presencia liberadora de Dios en las diferentes manifestaciones de la negritud, que en el pasado fueron objeto de demonizaci�n. A la pluralidad �tnica y racial de lo humano ha de responder religiosamente un �Dios plural�. Quiere responder, a su vez, al grito de la injusticia sufrida por los negros de Abya Yala y a las exigencias de justicia de dicha comunidad.

4.3. Encuentro de espiritualidades y proyecto pol�tico

La teolog�a negra considera compatibles la espiritualidad evang�lica y la afro-americana. Ninguna de las dos es dualista, es decir, no establece compartimentos estancos entre materia y esp�ritu, interior y exterior, persona y comunidad, sagrado y profano, religi�n y cultura. Ambas se caracterizan, m�s bien, por la concepci�n unitaria, hol�stica, de la realidad y del ser humano. La experiencia religiosa es vivida en la cotidianidad, en contacto con la naturaleza y en comunidad. La relaci�n con Dios no tiene lugar en momentos aislados o en situaciones excepcionales, sino en cada momento de la vida, en cada experiencia humana.

La teolog�a afro-latinoamericana lee los textos sagrados de las religiones ancestrales desde la Biblia y �sta desde aqu�llos, en busca de la conciliaci�n de los contenidos de unos y otros textos, a partir de la vivencia comunitaria de los valores de ambas tradiciones. Se aplica, por tanto, la circularidad hermen�utica.

La reflexi�n teol�gica de la comunidad afro-latinoamericana no se queda en la esfera religiosa. Tiene repercusiones en el �mbito sociopol�tico y econ�mico. �C�mo? Yendo a la ra�z de la persona y proponiendo unos valores alternativos a los del neoliberalismo. De ello son bien conscientes las te�logas y los te�logos negros: �Nuestro proyecto pol�tico, tejido desde lo simb�lico-cultural, tiene una realidad abarcante que subvierte la l�gica m�gica del neoliberalismo y apunta a valores que son vitales para la humanidad y dan respuestas a la p�rdida de identidad y a la angustia existencial de la humanidad, en la medida en que nos afirma como persona con un valor en s� misma y no como unidad de producci�n, y concibe la tierra no como reserva de valor, de lucro, sino como espacio vital� [60].

4.4. Algunos desaf�os

Tambi�n esta teolog�a tiene ante s� importantes desaf�os que no puede desatender:

� C�mo compaginar la pertenencia a la comunidad negra y a la comunidad cristiana, con universos simb�licos tan divergentes.

� C�mo asumir la doble herencia recibida: la de la cultura negra, fuente de su identidad, y la del cristianismo, impuesta por la fuerza y negadora de esa identidad.

� C�mo hacer posible la doble inculturaci�n: de la fe cristiana en las tradiciones negras y de las religiones originarias en el cristianismo liberador.

� Qu� hermen�utica aplicar a los textos propios de sus religiones.

� C�mo armonizar la fidelidad a las propias tradiciones con la apertura a otras distintas.

� C�mo compaginar la creencia en los dioses y las diosas de sus religiones y la fe en el Dios de Jes�s.

� C�mo traducir la opci�n por los/as pobres/as como opci�n por la negritud, sin excluir de dicha opci�n otras situaciones de pobreza y marginaci�n por razones de g�nero, clase, etc.

� C�mo responder a las presiones de la globalizaci�n neoliberal y del pensamiento �nico que pretende uniformar las culturas y dominar las econom�as, eliminando la alteridad en todos los �mbitos de las comunidades afro-latinoamericanas.

5. Teolog�a campesina [2]

����������� De la experiencia conflictiva y dial�ctica de los campesinos con la tierra� surge la teolog�a campesina, una teolog�a que logra superar algunas de las claves rom�nticas de la teolog�a ecol�gica. Tiene su ra�z en la teolog�a b�blica de la tierra, recurre a los mitos como portadores de utop�a y esperanza. Est� radicada en las culturas y costumbres campesinas que buscan la recuperaci�n de los valores de la solidaridad y el compartir. Intenta descubrir las dimensiones liberadoras de la religiosidad campesina, al tiempo que se muestra autocr�tica de las perversiones de dicha religiosidad. Valora la experiencia comunitaria del trabajo de la tierra. Deconstruye la concepci�n id�lica que suele tenerse de la tierra, sobre todo cuando no se vive en relaci�n directa con ella ni se vive de su trabajo; concepci�n que no se corresponde con la cruda realidad. Propone modelos alternativos de convivencia, cultivo y reparto de los bienes de la tierra. El trabajo en y con la tierra es concebido como trabajo solidario y cooperador, no explotador ni de las personas que la trabajan ni de la tierra trabajada. Un trabajo donde impera el valor de uso sobre el de cambio.

����������� El primer momento de la teolog�a campesina es el an�lisis cr�tico de la realidad: c�mo viven las comunidades y los pueblos campesinos; cu�l es su organizaci�n; c�mo es su econom�a; qu� valores priorizan; qu� mecanismos emplea el modelo neoliberal para someter a los campesinos, apropiarse de la tierra y� del fruto del trabajo; c�mo el sistema destruye sus valores originarios e impone sus valores utilitarios; c�mo sustituye el tejido comunitario y solidario de vida por modelos competitivos generadores de insolidaridad. Y todo esto en el contexto de globalizaci�n. En un segundo momento se pregunta por la articulaci�n entre fe y vida en las comunidades campesinas, entre el seguimiento de Jes�s de Nazaret la resistencia en el seno de la doble conflictividad en que viven los campesinos: con sus depredadores y con la propia tierra. El tercer momento de la reflexi�n es la teolog�a de la tierra en las distintas tradiciones: b�blica, ind�gena, afroamericana, y en la historia de la teolog�a cristiana. El cuarto momento desemboca en la praxis, en una pr�ctica libertadora y solidaria con la lucha de los campesinos y de las campesinas.

Estos cuatro momentos de la teolog�a campesina de la liberaci�n est�n presentes en la Plegaria a un labrador, de V�ctor Jara:

����������� �Lev�ntate y mira la monta�a,

����������� de donde viene el viento, el sol y el agua,

����������� t� que manejas el curso de los r�os,

����������� t� que sembraste el vuelo de tu alma;

����������� lev�ntate y m�rate las manos

����������� para crecer, estr�chala a tu hermano;

����������� juntos iremos unidos en la sangre,

����������� hoy es el tiempo que puede ser ma�ana.

����������� L�branos de aquel que nos domina en la miseria,

����������� Tr�enos tu reino de justicia y de igualdad;

����������� Sopla como el viento a la flor de la quebrada,

����������� Limpia como el fuego el ca��n de tu fusil.

����������� Lev�ntate y m�rate a las manos

����������� Para crecer, estr�chala a tu hermano;

����������� Juntos iremos unidos en la sangre

����������� Ahora y en la hora de nuestra muerte, am�n�

6. Teolog�a y econom�a

6.1. El debate teol�gico entre capitalismo y socialismo

El nuevo paradigma teol�gico latinoamericano, consecuente con la opci�n por los pobres que le inspiraba y con la utilizaci�n de la mediaci�n socioanal�tica, no fue ajeno a la realidad econ�mica. Los aspectos econ�micos estuvieron muy presentes en las obras fundantes de dicho paradigma y en otros escritos igualmente relevantes [41]. Los te�logos se inspiraban en los soci�logos y economistas de la teor�a de la dependencia, que constitu�a una alternativa a la teor�a del desarrollo, entonces hegem�nica en el continente. A partir de ah� establecieron la relaci�n causa-efecto entre el desarrollo de los pa�ses del Norte y el subdesarrollo de los del Sur, y entraron en el vivo debate teol�gico-pol�tico-econ�mico sobre �capitalismo y socialismo�, decant�ndose por la alternativa socialista. En ese debate desempe�� un papel importante el movimiento �Cristianos por el Socialismo�, que contribuy� al desbloqueo ideol�gico de la incompatibilidad entre el cristianismo y el marxismo, y defendi� la convergencia cristiano-marxista desde la perspectiva �tica y en el horizonte de la praxis liberadora [42].

6.2. Ante la globalizaci�n neoliberal

A las primeras reflexiones teol�gico-econ�micas sigui� un tiempo de silencio �de afasia, dir�amos mejor�, que coincidi� con el repliegue del nuevo paradigma a cuestiones intrarreligiosas. Pero el problema no pod�a permanecer oculto por mucho tiempo, sobre todo cuando, tras el fracaso del desarrollismo, se impuso otro modelo econ�mico m�s severo, el neoliberalismo, y otra estrategia geopol�tica, la globalizaci�n, que no s�lo han fomentado la marginaci�n de determinados sectores sociales, sino que han extendido la franja de exclusi�n a pueblos y continentes enteros. As� lo ha reconocido recientemente en un foro empresarial argentino el que fuera Secretario General del Fondo Monetario Internacional durante 13 a�os, Michel Camdessus: �La globalizaci�n se suele acompa�ar de una creciente desigualdad en la distribuci�n del ingreso y hasta ahora hemos fallado pr�cticamente en corregir estas crecientes desigualdades... Am�rica Latina tiene lamentablemente el r�cord mundial y poco envidiable de la incidencia de la desigualdad... �se es el lujo que se dan los directores del Fondo, sobre todo los europeos�. En el mismo Foro propuso poner de moda de nuevo la palabra �redistribuci�n� y, antes que eso, conceder la m�xima importancia a �la lucha contra la pobreza, incluso en pa�ses ricos�, ya que en un mundo que se globaliza, concluy�, �la pobreza es el riesgo m�ximo del sistema�� [43].

6.3. Relevancia teol�gica de la econom�a

En este nuevo escenario, se ha redescubierto la importancia y significaci�n de la econom�a, hasta convertirse en cuesti�n central de la realidad latinoamericana y en uno de los n�cleos fundamentales de la reflexi�n teol�gica. Se estudian en profundidad �m�s all� de las meras apariencias� las relaciones entre las pr�cticas y los discursos religiosos y las pr�cticas y los discursos econ�micos [44]. En el primer nivel del an�lisis se constata que la econom�a es un sistema de creencias y opera como religi�n econ�mica. La econom�a posee presupuestos teol�gicos. Asimismo, la teolog�a opera siempre, de manera m�s o menos consciente, dentro de una determinada concepci�n religiosa. Por ello, a la econom�a se le reconoce, en el nuevo paradigma, relevancia teol�gica y se le concede prioridad en todos los �mbitos de la reflexi�n cristiana.

Los propios te�logos neoliberales describen la econom�a de mercado con las caracter�sticas propias de una religi�n. Hablan de las �ra�ces evang�licas del capitalismo� y enfatizan la afinidad entre la tradici�n judeocristiana, la econom�a de mercado y la democracia. El mercado aparece a sus ojos como un nuevo �mbito de lo sagrado y como historizaci�n del reino de Dios. El capital se presenta como un medio eficaz para expandir el reino de Dios. Los empresarios se consideran enviados, como el profeta Isa�as y Jes�s de Nazaret (Is 61,1-2; Lc 4,16-21), a anunciar la buena noticia a los pobres, aliviar los sufrimientos de los hermanos y procurar la expansi�n de su libertad. La Business Corporation constituye la encarnaci�n de la presencia de Dios en este mundo. �ste es el planteamiento de M. Camdessus y de M. Novak, entre otros. He aqu� un testimonio de este �ltimo: �Por muchos a�os uno de los textos preferidos de la Escritura era Isa�as 53,2-3: �Creci� en su presencia como brote, como ra�z en el p�ramo: no ten�a presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas ni aspecto que nos cautivara. Despreciado y evitado de la gente, un hombre hecho a sufrir, curtido en el dolor; al verlos se tapaban la cara: despreciado, lo tuvimos por nada�. Quisiera aplicar estas palabras a la Business Corporation moderna, una extremadamente despreciada encarnaci�n de la presencia de Dios en este mundo� [45].

La religi�n del mercado tiene sus dogmas que deben aceptarse sin discusi�n; su dios, el Capital, en quien hay que creer; sus lugares sagrados, los bancos, que hay que frecuentar; sus sacramentos, los productos comerciales, que hay que consumir; sus textos sagrados, donde se contiene la doctrina econ�mica ortodoxa; sus leyes, que no pueden transgredirse; su �tica individualista de la competitividad y del lucro sin l�mite, que impone el darwinismo social; sus acciones sagradas, el sacrificio de la vida de los pobres y de la naturaleza. As� lo describe J. de Santa Ana: �Se trata de una violencia sacrificial. Los sectores populares desempe�an el papel de chivo emisario que permite el bienestar de las minor�as que viven en la opulencia. Es un sacrificio que purifica a la sociedad; mejor dicho, que purifica a los ricos... Esta violencia, impuesta por las �leyes del mercado�, surge como una exigencia exterior a la vida humana. Por lo tanto, trascendente. Proviene de algo numinoso, que atrae... y que fascina. No obstante, al mismo tiempo, constituye una terrible amenaza: �cuidado con entrar al mercado sin observar sus imperativos, sus leyes de marketing!� [46]. El car�cter idol�trico de esta religi�n es objeto de desenmascaramiento teol�gico.

6.4. Cr�tica teol�gica de la racionalidad econ�mica

La cr�tica teol�gica se dirige al car�cter reduccionista de la econom�a burguesa, que se orienta a la b�squeda del lucro financiero y es ajena a la creaci�n de condiciones de vida m�s favorables para todos los pueblos. Pone el �nfasis en que �las pr�cticas econ�micas burguesas expresan creencias que caracterizan una religi�n idol�trica� [47]. Muestra que los problemas econ�micos deben ser resueltos a partir de definiciones pol�ticas que fomenten actitudes y pr�cticas de solidaridad real y efectiva. Subraya el car�cter radicalmente �tico de la econom�a, en contra de Milton Friedman y los neoliberales, para quienes la econom�a es neutra y nada tiene que ver con los principios morales.

Esta cr�tica nada tiene de ingenua ni se realiza desde fuera, sino que parte de la propia realidad econ�mica y de las orientaciones que establecen las grandes l�neas de las pr�cticas de producci�n, mercado, distribuci�n, investigaci�n tecnol�gica, etc. La racionalidad econ�mica se sustenta en la eficiencia y la competitividad, que se convierten en valores supremos y criterios decisivos para juzgar sobre la validez del resto de los valores. Lo que es eficiente y competitivo se considera bueno, necesario y �til. De la eficiencia se pasa a la bondad, de la bondad a la necesidad y de la necesidad a la utilidad. �sta se constituye, entonces, en exigencia �tica �ltima. Ahora bien, Himkelammert se pregunta si la racionalidad econ�mica es tan racional como parece y si la eficiencia es tal. Y responde con un s�mil muy expresivo: �Somos como dos competidores que est�n sentados cada uno sobre la rama de un �rbol, cort�ndola. El m�s eficiente ser� aquel que logre cortar con m�s rapidez la rama sobre la cual est� sentado. Caer� primero, pera habr� ganado la carrera por la eficiencia�. Y concluye con gran lucidez: Mientras celebramos la racionalidad y la eficiencia, �estamos destruyendo las bases de nuestra vida� [48].

6.5. El Dios de la vida y las condiciones materiales de existencia

Uno de los n�cleos fundamentales en la reflexi�n sobre las relaciones econom�a-teolog�a es el Dios de la vida, de profunda ra�z b�blica y patr�stica [49], y en plena sinton�a con la situaci�n de miseria de las mayor�as populares. La fe de las personas amenazadas por una muerte injusta y prematura en el Dios de la vida constituye un impulso para luchar por mejores condiciones de vida. Como dijera san Ireneo, la gloria de Dios es la vida del ser humano o, seg�n la traducci�n de monse�or Romero, la vida del pobre. �ste es el lugar de encuentro entre teolog�a y econom�a. Porque el Dios de la vida no es s�lo el Dios de la vida eterna, de la vida espiritual, como afirma la teolog�a conservadora; es el Dios de toda vida, de la vida humana en toda su plenitud y de la vida de la naturaleza en su integridad, el Dios de los elementos materiales de la vida.

El Dios de la vida remite derechamente a la opci�n por los pobres, pero �sta debe tener un contenido integral: alimento, vestido, salud, educaci�n, y no quedarse en el simple consuelo espiritual, o en las llamadas a la resignaci�n, o en el reconocimiento de la propia contingencia humana. Como afirma Himkelammert, �no se puede tener una opci�n preferencial por los pobres sin tener una opci�n sobre la producci�n y reproducci�n de los elementos materiales de la vida humana�. Ahora bien, sigue diciendo, �la econom�a es... el �mbito de la producci�n y reproducci�n de los elementos materiales de la vida humana� [50]. Por tanto, la incorporaci�n de la econom�a en el �mbito de la fe y su recuperaci�n en la reflexi�n teol�gica no responden a una moda; son inherentes a la fe en el Dios de la vida.

7. Teolog�a desde la perspectiva ecol�gica

Otra de las perspectivas en la que se ubica hoy la teolog�a latinoamericana es la ecolog�a, ausente en los inicios y los primeros desarrollos del nuevo paradigma. La teolog�a apenas ha mostrado inter�s por la ecolog�a, al entender que era una materia ajena al �mbito espec�fico de su reflexi�n, Dios, y por creer que su lugar de estudio eran las ciencias de la naturaleza y la filosof�a de la naturaleza.

La teolog�a moderna, inspirada en el giro antropol�gico del Renacimiento y de la Ilustraci�n, ha intentado responder, desde la fe, a los principales interrogantes del ser humano sobre el sentido de la existencia y a los desaf�os planteados por la modernidad al cristianismo, pero me parece que ha descuidado, o al menos no ha prestado la debida atenci�n a los desaf�os que proven�an del hogar com�n de todos los seres humanos, que es la naturaleza, y no ha sido cr�tica con el modelo cient�fico-t�cnico de desarrollo.

Algo parecido puede decirse de la nueva teolog�a latinoamericana. Desde el comienzo intent� responder a los desaf�os planteados por el mundo de la pobreza como hecho mayor del continente y escuchar el grito de los oprimidos traduciendo la salvaci�n de Cristo como liberaci�n integral de todas las esclavitudes. Sin embargo, no incorpor� en su discurso el grito de la Tierra sometida a la dominaci�n del ser humano sin piedad, que se cree su due�o y se�or, y amenazada de extinci�n por la l�gica calculadora e inmisericorde del actual modelo socioecon�mico.

La causa �ltima de esta ausencia es, a mi juicio, la concepci�n antropoc�ntrica de la realidad, propia de la teolog�a cristiana y de la filosof�a occidental, que sit�a al ser humano en el �mbito de los fines y a la naturaleza en el de los medios. En consecuencia, se considera que la raz�n de ser de la naturaleza no est� en ella misma, ni en su propia existencia o su vida, sino en el servicio al ser humano; servicio que, por la acci�n depredadora de �ste, se torna servidumbre y sumisi�n. El antropocentrismo en la concepci�n de la realidad tiene sus efectos en la concepci�n de la liberaci�n, que se centra en el ser humano y excluye a la naturaleza del �mbito salv�fico-liberador.

�sta ha sido la l�gica dominante en el discurso teol�gico latinoamericano hasta hace algo m�s de una d�cada, en que el horizonte de la reflexi�n se ha abierto a la ecolog�a, pero no como algo lateral a la vivencia de la fe o a la reflexi�n cristiana, o como un vac�o que hab�a que llenar dada la importancia concedida hoy a los problemas medioambientales, ni siquiera como tema nuevo, sino como uno de los momentos fundantes del �ser religioso� y uno de los n�cleos fundamentales del pensar teol�gico.

La teolog�a en perspectiva ecol�gica sit�a en el mismo plano al ser humano y a la naturaleza. Ambas son creaci�n e imagen de Dios. Es sensible por igual al grito de los pobres y al grito de la Tierra, y quiere colaborar en la curaci�n de las heridas de ambos. �ste es el planteamiento de L. Boff, uno de los m�s creativos del actual panorama teol�gico, que abre nuevos horizontes de cara al futuro. Intentar� resumir a continuaci�n de manera objetiva las l�neas b�sicas del nuevo enfoque [51].

La nueva reflexi�n empieza por cuestionar la supuesta fuerza emancipadora del paradigma cient�fico-t�cnico de la modernidad, pues ni es universalizable ni es integral. Salva a quienes ya est�n salvados �una minor�a privilegiada�, y s�lo en su aspecto material, dejando insatisfechas amplias zonas del ser humano, y condena a unas condiciones inhumanas de vida a quienes el sistema ha colocado previamente en los m�rgenes �la mayor�a en el Tercer Mundo�. El car�cter discriminatorio y excluyente del paradigma de la modernidad vuelve a aplicar en el terreno del desarrollo-subdesarrollo humano la vieja m�xima excluyente del cristianismo: �fuera de la civilizaci�n cient�fico-t�cnica no hay salvaci�n�. Estamos ante un paradigma insolidario a nivel humano y ecol�gico, porque genera desigualdad y muerte en la humanidad y en la naturaleza. �El ser humano �asevera Boff� puede ser el Sat�n de la Tierra, �l que fue llamado a ser su �ngel de la guarda y celoso cultivador. Ha demostrado que, adem�s de homi-cida y etno-cida, puede transformarse tambi�n en biocida y genocida� [52].

La teolog�a en clave ecol�gica critica la concepci�n optimista del mundo basada en la idea de �progreso infinito� en las dos direcciones: infinito en recursos e infinito en cuanto al futuro. Porque est� m�s que comprobado que los recursos son limitados y que el crecimiento indefinido en el futuro es imposible.

Por eso propone un cambio de paradigma como condici�n necesaria, y no s�lo suficiente, para la supervivencia del planeta y de la humanidad. Es el paso del antropocentrismo, que excluye a la naturaleza, al cosmocentrismo, que incluye al ser humano. El nuevo paradigma entiende la realidad de manera unitaria, hol�stica. Precisamente la ecolog�a se entiende como un saber sobre las interconexiones e interdependencias de todo con todo.

En el nuevo paradigma, el ser humano no se encuentra en competencia con la naturaleza sino en di�logo y comunicaci�n sim�tricos. Sus relaciones ya no son de sujeto a objeto, sino de sujeto a sujeto. El ser humano y la naturaleza conforman un entramado de relaciones multidireccionales caracterizadas por la interdependencia y no por la autosuficiencia. Se establece, as�, un pacto entre todos los seres del cosmos, basado en una religaci�n no opresora, y regido por la solidaridad c�smica y la fraternidad-sororidad sin fronteras ni gremialismos. La divinidad se entiende tambi�n como un haz de relaciones, como Realidad pan-relacional.

A partir de aqu�, el imperativo �tico por excelencia consiste en la defensa por igual de los derechos y la dignidad de la Tierra y los derechos y dignidad de los seres humanos, en la lucha por la justicia ecol�gica y la justicia social, en la liberaci�n del ser humano y de la Tierra.

Una importante aportaci�n a esta teolog�a es la idea de intuici�n cosmote�ndrica, desarrollada por R. Panikkar, para quien la realidad est� constituida por tres dimensiones entrelazadas, relacionadas intr�nsecamente, imbricadas inter-in-dependientemente: lo c�smico, lo humano y lo divino. No se trata de tres modos de una realidad monol�tica, como tampoco de tres elementos de un sistema pluralista. Las tres constituyen el todo. Entre Dios, el cosmos y el ser humano no hay competencia por ocupar el centro del mundo, sino sinton�a y pluricentralidad. Las tres dimensiones tienen su centro en cada momento de la libre interacci�n. La intuici�n cosmote�ndrica se�ala el camino por el que ha de transitar la concepci�n hol�stica que ya empieza a aflorar [53].

El actual enfoque ecol�gico ensancha el campo del nuevo paradigma latinoamericano y lo abre a otras disciplinas, a otros discursos cient�ficos, los que tienen que ver con la tierra, el cosmos, la vida, el ser humano: antropo-log�a, geo-log�a, bio-log�a, cosmo-log�a, eco-log�a, bio-�tica, etc.

8. Nuevos sujetos,� nuevos principios, nuevas categor�as de las teolog�as de Abya- Yala

����������� �Es aqu� donde se ha producido la gran revoluci�n, incruenta por cierto, al menos por parte de los nuevos sujetos de las transformaciones que se est�n produciendo en Abya-Yala. A esto s� puede llamarse la revoluci�n de la subjetividad. Quienes no eran considerados personas, quienes estaban fuera de la �rbita de la dignidad, quienes se ve�an privados de derechos y s�lo ten�an deberes, se tornan personas, sujetos en plenitud: las mujeres, los ind�genas, los afrolatinoamericanos, los campesinos y las campesinas, los excluidos del modelo econ�mico dominante, los ni�os y ni�as de la calle, la tierra.

Quienes fueron acusados de irracionales (conforme a las categor�as de la raz�n instrumental, cient�fico-t�cnica, dominadora de otros pueblos y depredadora de la naturaleza), se tornan poseedores de otra racionalidad m�s aut�ntica y radical: la simb�lica, la ut�pica, la imaginativa, la convivial, la solidaria, la dial�gica. Quienes fueron acusados de agresivos, violentos, se muestran tolerantes con otras formas de vida y con otras creencias, y resisten activa, pero pac�ficamente, a las agresiones del modelo neoliberal y de la globalizaci�n excluyente que viene del Norte y del �mundo civilizado�.

Quienes fueron considerados ignorantes, in-cultos, atrasados, se autodescubren poseedores de una sabidur�a que viene de lejos y trasciende los saberes modernos y postmodernos. Quienes fueron acusados de carecer de filosof�a, vienen haci�ndose desde siglos, a trav�s de sus mitos, historias, leyendas y tradiciones orales, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y de la muerte, de la existencia humana y de su lugar en el universo, y responden a esas preguntas a trav�s de unas pr�cticas y un estilo de vida que d� sentido a la vida amenazada de sin-sentido por doquier.

Quienes fueron acusados de paganos e irreverentes con la trascendencia, viven a diario la experiencia del Misterio y se muestran respetuosos de la sacralidad de la Tierra, a quienes reconocen como Madre y con la que conviven arm�nicamente sin violencias. Quienes fueron tildados de inmorales, fuera de toda ley, divina y humana, se tornan sujetos morales, con responsabilidad, con capacidad de actuar libremente. Quienes fueron acusados de comportamientos aberrantes, se tornan sujetos religiosos que viven experiencias religiosas en profundidad. Quienes fueron acusados de vivir fuera de la civilizaci�n y de ir contra el rumbo de la historia (de la idea de historia seg�n las categor�as de la evoluci�n) se tornan sujetos, tejedores y constructores de su propia historia. Quienes fueron considerados id�latras, acusados de vivir bajo todo tipo de supercher�as, demuestran a los creyentes racionales, el nivel profundo de su espiritualidad y la gratuidad de su experiencia de lo sagrado.

Quienes fueron excluidos de la pertenencia a la Iglesia por sus creencias polite�stas, son hoy sujetos eclesiales de pleno derecho y se encuentran en el centro de la comunidad cristiana ejerciendo funciones ministeriales al servicio del anuncio del evangelio de la liberaci�n, de la justicia, de la paz y de la libertad. Quienes fueron excluidos del mundo sacramental por estar contaminados de ritualidad pagana, se tornan sujetos sacramentales, portadores de gracia, mediadores de salvaci�n. Quienes vivieron al margen del conocimiento teol�gico y fueron sostenidos en la �ignorancia religiosa� se convierten en sujetos teol�gicos que reformulan creativamente la fe, la esperanza y la caridad, hablan de Dios y a Dios,� a partir de sus experiencias personales y comunitarias de sufrimiento y de lucha en su propio lenguaje, con sus propias categor�as, en plena sinton�a con la Tradici�n y con sus tradiciones religiosas y culturales.

����������� Cuando decimos �nuevos sujetos�, conviene aclarar que son nuevos, para nosotros, porque fueron sujetos desde antiguo, aunque la cultura occidental no les reconociera como tales.

Los nuevos sujetos viven experiencias nuevas: en su relaci�n con la tierra, con sus semejantes, con las religiones ancestrales, con sus ra�ces, con sus antepasados; en su actitud hacia la civilizaci�n cient�fico-t�cnica que no ha respetado sus formas de vida, y con la globalizaci�n, que se ha comportado tan inhumanamente con ellos, con la sociedad patriarcal, que ha discriminado a las mujeres hasta su invisibilizaci�n. Son experiencias de sufrimiento, la mayor�a de las veces interiorizado, vivido en silencio silenciado, acallado con la represi�n y las amenazas de muerte; experiencias de lucha comunitaria, de resistencia solidaria.

Las nuevas experiencias de los nuevos sujetos dan lugar a la propuesta de nuevos principios teol�gicos: Liberaci�n; Misericordia, Vida; Tierra; Cosmos; Esperanza; Opci�n por los Pobres; Dios de Vida, Di�logo Interreligioso, Solidaridad, Interespiritualidad, Sujeto que Grita, Holismo, y de nuevas categor�as de an�lisis: g�nero, etnia, comunidad, pueblo, redes, tejidos, tapiz, proceso hist�rico, praxis, espiritualidad, patriarcado, autonom�a, globalizaci�n, pluralismo religioso.

Los nuevos sujetos teol�gicos se abren a nuevas disciplinas con las que inter-comunicarse e inter-actuar: ciencias sociales, antropolog�a cultural, etnohistoria, ciencias de la vida, ciencias de las religiones (filosof�a de la religi�n, antropolog�a religiosa, fenomenolog�a de la religi�n, historia de las religiones, sociolog�a de la religi�n, psicolog�a de la religi�n, pedagog�a de la religi�n, etc.). Son todas ellas disciplinas que ampl�an los horizontes del quehacer teol�gico m�s all� de los estrechos l�mites nocionales de las teolog�as confesionales.

9. El desaf�o del pluralismo religioso

����������� No vivimos en tiempos de religi�n �nica, sino de pluralismo religioso, lo que exige renunciar a la teolog�a de la religi�n �nica. Am�rica Latina es hoy un continente religiosamente plural, con un pluralismo cada vez m�s acusado. El cristianismo sigue siendo la religi�n hegem�nica, pero no tiene el monopolio de la experiencia religiosa. Hay un crecimiento, lento, pero gradual, de otras religiones: ind�genas, espiritistas, musulmana, nuevas religiones, etc.

����������� Hoy no es posible vivir instalados en la teor�a exclusivista del �fuera de la iglesia no hay salvaci�n�, como pretenden todav�a algunos jerarcas de nuestras iglesias. Tampoco parece coherente defender la teor�a inclusivista, que defiende la centralidad y la universalidad de la salvaci�n cristiana para todos los creyentes de todas las religiones, a quienes se tiende a considerar �cristianos an�nimos�. La teor�a inclusivista exige a las religiones no cristianas aceptar la mediaci�n salv�fica de Cristo. Y eso supone una falta de respeto hacia la identidad de cada una de las religiones y una falta de reconocimiento de su dimensi�n soteriol�gica. Desde esa posici�n resulta dif�cil, por no decir imposible, activar procesos de di�logo interreligioso, y m�s dif�cil todav�a poner en marcha cualquier proyecto de teolog�a ecum�nica de las religiones.

El actual pluralismo religioso reclama un di�logo entre las religiones, pero no tanto para llegar a acuerdos doctrinales o a establecer un culto com�n �lo cual no ser�a una aportaci�n positiva-, cuanto para descubrir la pluralidad de manifestaciones de Dios en la historia, la pluralidad de caminos de salvaci�n y la pluralidad de respuestas de la humanidad a esas manifestaciones. Un di�logo en el que las religiones se encuentren en situaci�n de igualdad, no se encierren en la problem�tica exclusivamente religiosa, y se hagan co-responsables de los problemas de la humanidad. El di�logo deber�a desembocar en la elaboraci�n de una teolog�a ecum�nica de las religiones que recupere los elementos liberadores presentes en todas las tradiciones religiosas, y no s�lo de una teolog�a cristiana de la liberaci�n [3] .

����������� No vivimos en tiempos de cultura �nica, sino de pluralismo cultural, lo que exige renunciar a la teolog�a culturalmente monoc�ntrica. Am�rica Latina es un rico mosaico de culturas. Pero cada cultura no puede encerrarse en su caparaz�n y aislarse del resto de las culturas. La identidad cultural debe compaginarse con la apertura a otras culturas, y la apertura requiere una actitud permanente de di�logo que debe llevarse a cabo en igualdad de condiciones, sin jerarquizaciones culturales previas. La nueva din�mica en la relaci�n entre culturas es la interculturalidad como estilo de vida, forma de comunicaci�n, modelo de convivencia, actitud �tica. Esto debe traducirse en una nueva epistemolog�a y en un muevo m�todo filos�fico y teol�gico [4] .

����������� Actualmente se est�n dando pasos importantes hacia la elaboraci�n de una teolog�a liberadora de las religiones en Am�rica Latina. La Comisi�n Teol�gica de la Asociaci�n Ecum�nica de Te�logos y Te�logas del Tercer Mundo en Am�rica Latina ha iniciado un proyecto de largo alcance en esta l�nea con el objeto de hacer teolog�a no desde la postura inclusivista, sino desde el pluralismo religioso, facilitar la recepci�n positiva de la teolog�a pluralista en Am�rica Latina y posibilitar el di�logo entre ella y la teolog�a de la liberaci�n que se elabora all�.

����������� El proyecto tiene programadas cinco obras. La primera acaba de publicarse bajo el t�tulo Por los muchos caminos de Dios. Desaf�os del pluralismo religioso a la teolog�a de la liberaci�n (Verbo Divino, Quito, 2003). Tras unos datos estad�sticos sobre las religiones en Am�rica Latina (F. Damen) y un an�lisis de la intolerancia religiosa� en la historia de Am�rica Latina (A. Lampe), se exponen en ella los distintos desaf�os que el pluralismo religioso y cultural plantea a la teolog�a latinoamericana en general (F. Teixeira), a las diferentes teolog�as emergentes en Am�rica Latina como las indias (D. Irarr�zabal), las afroamericanas (A. Aparecido da Silva), la feminista de la liberaci�n (L. Tomita), y a la espiritualidad (J. M� Vigil). El pluralismo religioso y cultural aparece se presenta como el nuevo eje de teolog�a de la liberaci�n (M. Barros). El libro recoge la madrugadora contribuci�n de Paul Knitter a la teolog�a de las religiones en su emblem�tico y pionero art�culo �Un di�logo necesario: entre la teolog�a de la liberaci�n y la teolog�a del pluralismo�, aparecido por primera vez en 1987.

����������� Estamos ante uno de los m�s importantes desaf�os que tiene que dar lugar a cambios profundos en el paradigma de la teolog�a de la liberaci�n. �sta es, a mi juicio, uno de los nuevos caminos por los que han retransitar con decisi�n y sin demora las actuales teolog�as de Abya-Yala que aqu� he analizado.�

Notas

[1] S. Giner, Carisma y raz�n, Alianza, Madrid, 2003, p. 10.

[2] Cf. M. de Barros, La Biblia e a luta pela terra,� S�o Paulo, 1982;� M. de Barros y J. L. Caravias, Teolog�a de la tierra, Madrid, 1988; J. L. Caravias, Religi�n campesina y liberaci�n, Indo-American Press, Bogot�, 1978; id., En busca de la tierra sin mal. Movimientos campesinos en el Paraguay, Indo-American Press Service, Bogot�, 1982; Conferencia Nacional de Obispos Brasile�os (CNBB), Igrejas e problemas da terra, Petr�polis, 1981; id., Terra de Deus, terra de irmaos, Brasilia, 1986.

[3] A la elaboraci�n de una teolog�a liberadora de las religiones he dedicado varios trabajos, entre los que cabe citar: J. J. Tamayo, �, �Las religiones en tiempos de globalizaci�n�, en Diez palabras clave sobre globalizaci�n, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2002; Id., Nuevo paradigma teol�gico, Trotta, Madrid, 2003; Id., �Fundamentalismo y di�logo interreligioso�: Vida y Pensamiento, n. 21, 1 (2003) (San Jos�).�

[4] Cf. A este respecto los trabajos de R. Fornet-Betancourt, pionero de la filosof�a intercultural, con especial atenci�n a la filosof�a en Am�rica Latina: Transformaci�n intercultural de la filosof�a, Descl�e de Brouwer, Bilbao, 2001; Interculturalidad y filosof�a en Am�rica Latina, Aachen, 2003.


[35].Cf. M� P. Aquino (ed.), M�. P. Aquino, Nuestro clamor por la vida. Teolog�a latinoamericana desde la perspectiva de la mujer, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1992; M� P. Aquino y E. Tamez, Teolog�a feminista latinoamericana, Ediciones Abya-Yala, Quito 1998; M.-L. R. Brandao, �Genero e experiencias das mulheres�, en Varios, Teologia aberta ao futuro, SOTER-Loyola, S�o Paulo 1997, 155-165; I. Gebara, �Construyendo nuestras teolog�as feministas�: T�picos �90 (septiembre 1993) (Chile); id., Teolog�a a ritmo de mujer, San Pablo, Madrid 1994; M. Lagarde, G�nero y feminismo. Desarrollo humano y democracia, Horas y Horas, Madrid 1996; M.-J. F. Rosado Nunes, �G�nero, saber, poder e religi�o�, en M. Fabri dos Anjos (org.), Teologia e novos paradigmas, SOTER-Loyola, S�o Paulo 1997, 89-104; E. Tamez, Te�logos de la liberaci�n hablan sobre la mujer. Entrevistas, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1986); id., Las mujeres toman la palabra. Entrevistas, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1989; id., La sociedad que las mujeres so�amos, DEI, San Jos� 2001;A.-M� Tepedino y M� Pilar Aquino, Entre la indignaci�n y la esperanza. Reporte sobre el II Encuentro de Mujeres Te�logas Latinoamericanas, R�o de Janeiro, diciembre 1993; L.-E. Tomita, �A teologia feminista no contexto de novos paradigmas�, en Varios, Teologia aberta ao futuro, SOTER-Loyola, S�o Paulo 1997, 141-154; Varias, El rostro femenino de la teolog�a, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1985; E. Voula, Teolog�a feminista. Teolog�a de la liberaci�n. Los l�mites de la liberaci�n, IEPALA, Madrid 2000. Me he ocupado de la teolog�a feminista latinoamericana en: J.-J. Tamayo-Acosta, Para comprender la teolog�a de la liberaci�n, Verbo Divino, Estella 2000, 131-134; id., La teolog�a de la liberaci�n, Ediciones de Cultura Hisp�nica, Madrid 1990, 21-23; id., Presente y futuro de la teolog�a de la liberaci�n, San Pablo 1994, 96-109; id., Teolog�a, pobreza y marginaci�n. Una reflexi�n desde Europa, PPC, Madrid 1999, 81-114.

[36] �La reflexi�n que presento est� necesariamente marcada por mi condici�n de mujer latinoamericana, por mi opci�n de vida, por mi situaci�n de intelectual, por lo que mis ojos ven, mis o�dos oyen, mis sentidos sienten y mi raz�n relaciona. Mi aproximaci�n al tema es, por tanto, limitada. Intento simplemente comunicar y compartir c�mo vivimos nosotras el anuncio de la buena noticia a los pobres, y en especial a las mujeres pobres de Am�rica Latina�, cf. I. Gebara, �La opci�n por el pobre como opci�n por la mujer pobre�, a. c., 464; id., �A dimens�o femenina na luta dos pobres�: Revista Eclesi�stica Brasileira (junio-julio 1985).

[37] Cf. I. Gebara, �Aportes para una teolog�a feminista�, a. c.; E. Tamez, �Hermen�utica feminista de la liberaci�n. Una mirada retrospectiva�, en M� P. Aquino y E. Tamez, Teolog�a feminista latinoamericana, Abya-Yala, Quito 1998, 78-109.

[38] Cf. M. In�cia D�Avila y N. Vasconcelos (orgs.), Ecologia, feminismo, desenvolvimento, EICOS/AFRJ 1 (1993); E. Galeano, Seis historias de mujeres pobres narradas por ellas mismas, Buenos Aires 1994 (in�dito); I. Gebara, Intuiciones ecofeministas. Ensayo para repensar el conocimiento y la religi�n, Trotta, Madrid 2000 O. Maduro, Mapas para a festa. Reflex�es latino-americanas sobre a crise do conhecimento, Vozes, Petr�polis 1994; R. Radford Ruether, Gaia y Dios: una teolog�a ecofeminista de la recuperaci�n de la Tierra, DEMAC, M�xico 1993.

[39] Cf. Rosa Domingo Trapasso, �Ecofeminismo: revisando nuestra conexi�n con la naturaleza�: Con-spirando 4 (1993) 3.

[40] Coincido a este respecto con I. Gebara, para quien �la problem�tica ecol�gica tiene que ver con la raza, el sexo y la clase, y por consiguiente no puede ser estudiada como disciplina aislada de la problem�tica social mundial en la cual vivimos�, Intuiciones ecofeministas, o. c., 25.

[41] Cf., por ejemplo, G. Guti�rrez, Teolog�a de la liberaci�n. Perspectivas, S�gueme, Salamanca 1990, 14� ed.; H. Assmann, Teolog�a desde la praxis de la liberaci�n, S�gueme, Salamanca 1973; J.-L. Segundo, �Capitalismo-socialismo: cruz theologica�, Concilium 96 (1974); I. Ellacur�a, �Teor�as econ�micas y relaci�n entre cristianismo y socialismo�, Concilium 125 (1977), a. c.

[42] Cf. P. Richard, Cristianos por el socialismo. Historia y documentaci�n, S�gueme, Salamanca 1976.

[43] Tomo las declaraciones del diario peruano La Rep�blica (Lima) 9 de julio de 2000, p. 16.

[44] Cf. H. Assmann y F. Himkelammert, A idolatria do mercado. Ensaio sobre economia y teologia, Vozes, Petr�polis 1989; E. Dussel, Las met�foras teol�gicas de Marx, Verbo Divino, Estella 1993; F. Himkelammert, Las armas ideol�gicas de la muerte, S�gueme, Salamanca 1978; id., Sacrificios humanos y sociedad occidental. Lucifer y la bestia, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1991; id., Cultura de la esperanza y sociedad sin exclusi�n, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1995; id., El mapa del emperador, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1996; id., El grito del sujeto. Del teatro-mundo del evangelio de Juan al perro-mundo de la globalizaci�n, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1998; F. Himkelammert (comp.), El hurac�n de la globalizaci�n, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1999; J. Mo Sung, La idolatr�a del capital y la muerte de los pobres, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1991; id., Teolog�a y econom�a, Nueva Utop�a, Madrid 1996; id., Deseo, mercado y religi�n, Sal Terrae, Santander 1999; J. de Santa Ana, La pr�ctica econ�mica como religi�n. Cr�tica teol�gica de la econom�a pol�tica, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1991. La revista Pasos, editada por el DEI (Departamento Ecum�nico de Investigaciones) de San Jos� (Costa Rica), es uno de las mejores espacios de reflexi�n en torno a la relaci�n entre econom�a y teolog�a.

[45]. Tomo el testimonio de F. Himkelammert, Democracia y totalitarismo, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1987, 180.

[46]� J. de Santa Ana, �Coste social y sacrificio a los �dolos�: Pasos 6 (1986) 4-5.

[47] J. de Santa Ana, La pr�ctica econ�mica como religi�n, o. c., 12.

[48] F. Himkelammert, El mapa del emperador, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1996, 13.

[49] Cf. G. Guti�rrez, El Dios de la vida, CEP, Lima 1982.

[50] F. Himkelammert, Democracia y totalitarismo, o. c., 259.

[51] Cf. L. Boff, Ecologia, mundializa��o, espiritualidade. A emerg�ncia de um nuovo paradigma, Atica, S�o Paulo 1993; id., �Teolog�a de la liberaci�n y ecolog�a: �alternativa, confrontaci�n o complementariedad?�: Concilium 261 (1995) 93-105; id., �Las tendencias de la ecolog�a�: Pasos 68 (1996) 1-9; id., Ecolog�a: grito de la tierra, grito de los pobres, Trotta, Madrid 21997; J.-J. G�mez Hinojosa, �De la ecolog�a a la ecofilia. Apuntes para una ecolog�a liberadora�: Pasos 30 (1990); id., ��Est� viva la naturaleza?�: Pasos 38 (1991); F. Mires, El discurso de la naturaleza. Ecolog�a y pol�tica en Am�rica Latina, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1993; J. Moltmann, Dios en la creaci�n. Doctrina ecol�gica de la creaci�n, S�gueme, Salamanca 1987; J.-J. Tamayo, Leonardo Boff. M�stica, ecolog�a y liberaci�n, Descl�e de Brouwer, Bilbao 1999. Tambi�n: H. Assmann, �Ecoteologia: um ponto cego do pensamento crist�o�, en Varios, Teologia aberta ao futuro, SOTER-Loyola, S�o Paulo 1997, 192-208.

[52] L. Boff, Ecolog�a: grito de la tierra, grito del pobre, o. c., 11-12.

[53] Cf. R. Panikkar, Ecosof�a, San Pablo, Madrid 1994; id., La intuici�n cosmote�ndrica, Trotta, Madrid 1999.

[54] Cf. D. Irarr�zaval, Rito y pensar cristiano, CEP, Lima 1993; id., Cultura y fe latinoamericanas, Rehue, Santiago de Chile 1994; id., Un cristianismo andino, Abya-Yala, Quito 1999; E. L�pez Hern�ndez, �La teolog�a india en la globalizaci�n actual�, en L.-C. Susin (org.), O mar se abriu. trinta anos de teologia na Am�rica Latina, SOTER-Loyola, S�o Paulo 2000, 109-114; P. Suess, A conquista espiritual da Am�rica espanhola, Vozes, Petr�polis 1992; id., Evangelizar a partir dos projetos hist�ricos dos Outros, Paulus, S�o Paulo, Abya-Yala, Quito 1995; P. Suess (org.), Los confines del mundo en medio de nosotros. Simposio Misiol�gico Internacional, Ediciones Abya-Yala, Quito 1999; Varios, Teolog�a india. Primer Encuentro Taller Latinoamericano. M�xico, CENAMI-Abya Yala, M�xico-Quito 1991; Varios, Teolog�a india. Segundo Encuentro-Taller Latinoamericano. Panam�, CENAMI-Abya Yala, M�xico-Quito, 1994; Varios, Teolog�a india II. Sabidur�a ind�gena, fuente de esperanza. Aportes. III Encuentro-Taller Latinoamericano (Cochabamba, Bolivia, 24 al 30 de agosto de 1997), Cusco 1998; Varios, B�squeda de espacios para la vida. I Encuentro Continental de teolog�as y filosof�as afro, ind�gena y cristiana. Cayambe-Ecuador 1994, Ediciones Abya-Yala, Quito 1995.

[55] Tomo la cita de B�squeda de espacios para la vida, o. c.

[56] D. Llanque Clana, �Introducci�n�, en III Encuentro-Taller Latinoamericano, Sabidur�a ind�gena, fuente de esperanza, Cusco 1998, 3.

[57] Cf. A. Aparecido da Silva, Comunidade negra. Interpela��es � vida religiosa, CRB, R�o de Janeiro 1988; id., �Vida religiosa. Nova Evangeliza��o e povo negro�, Conv�rgencia 217 (noviembre 1988) 558-575; A. Aparecido da Silva (org.), Existe um pensar teologico negro?, Paulinas, S�o Paulo 1998; id., �Caminhos e contextos da teologia afro-americana�, en L.-C. Susin (org.), O mar se abriu. Trinta anos de teologia na Am�rica Latina, SOTER-Loyola, S�o Paulo 2000, 11-38; J.-O. Beozzo, Escravid�o negra e a hist�ria da Igreja na Am�rica Latina, Vozes, Petr�polis 1987; id., �Ecumenismo e mundo afro-brasileiro�: Tempo e Presen�a 235 (octubre 1988); C. Correa das Chagas, Negro, uma identidade em constru��o, Vozes, Petr�polis 1997; J.-E. Martins Terra, O Negro e a Igreja, Loyola, S�o Paulo 1984; S. Regina, �La teolog�a negra latinoamericana como un espacio de descubrimiento y afirmaci�n del sujeto�, Pasos 89 (2000) 28-31; J.-G. Rocha, Teologia e negritude, Pallotti, Santa Mar�a 1998; V.-C. da Sousa J�nior (org.), Uma d�vida, muitas d�vidas: Os afro-brasileiros querem recebir, Atabaque, S�o Paulo 1998; id. (org.), Encontro e solidaridade: Igreja Cat�lica e Religi�es afro-brasileiras no per�odo de 1955 a 1999, Atabaque, S�o Paulo 2000; Varios, Afroamericanos y V Centenario, Mundo Negro, Madrid 1992; Varios, Cultura negra y teolog�a, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1986; Varios, B�squeda de espacios para la vida. I Encuentro Continental de teolog�as y filosof�as afro, ind�gena y cristiana (Cayambe-Ecuador 1994), Abya Yala, Quito 1995; Varios, Teologia Afro-americana. II Consulta Ecum�nica de Teologia e culturas afro-americana e caribenha, Paulus, S�o Paulo 1997.

[58] El sistema de esclavitud impuesto entonces y mantenido ininterrumpidamente durante cinco siglos ha sido calificado por Juan Pablo II de �gran crimen y grav�sima injusticia cometidos contra las poblaciones negras del continente africano�, Mensaje a los Afro-Americanos, Santo Domingo 1992.

[59] En la consulta participaron 25 personas negras y 5 blancas, procedentes de Brasil, Costa Rica, Cura��o, Rep�blica Dominicana, Hait�, Panam� y Per�. Hab�a cristianos de distintas confesiones: cat�licos, bautistas, metodistas, episcopales y presbiterianos, as� como personas del �mbito Vud�, Lumbal� y Candombl�. La memoria y las ponencias de la Consulta est�n recogidas en Cultura negra y teolog�a, DEI, San Jos� (Costa Rica) 1986, que es de obligada lectura para el conocimiento de los primeros pasos y las bases de esta teolog�a.

[60] Varios, Teolog�a afro-latinoamericana, o. c., 137.

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