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Temas para la catequesis

EL MÉTODO ANTROPOLÓGICO-TRASCENDENTAL DE KARL RAHNER�
como hermen�utica teol�gica del mundo y de la praxis [1]

 

Fernando Berr�os Medel

Universidad Cat�lica del Norte - Coquimbo

����������� En torno a la conmemoraci�n del 40� aniversario del Concilio Vaticano II (1962-1965), la teolog�a ha estado retomando sus intuiciones y ense�anzas fundamentales para valorar su recepci�n en el pensamiento y en la praxis eclesiales, o bien para asumir con esp�ritu renovado el desaf�o de apropi�rselas y de proyectarlas en el caminar de los cristianos. El tema que aqu� nos ocupa se inscribe en la misma motivaci�n b�sica: como una reflexi�n en sinton�a con la constituci�n Gaudium et spes y su doctrina sobre la actividad humana en el mundo, con el reconocimiento de su justa autonom�a a partir del principio de la bondad radical del mundo, y de su sentido humano y salv�fico en el horizonte escatol�gico de la historia de la humanidad (GS 33-39). Recogiendo el esp�ritu del concilio, en las siguientes p�ginas se intentar� hacer un aporte a una reflexi�n que ayude a los cristianos a valorar su caminar por la historia con un sentido de solidaridad con el mundo en que est�n insertos y de corresponsabilidad en su construcci�n mediante su concreta praxis, entendida como respuesta de la libertad humana interpelada por el Dios que act�a en la historia y desde ella. La reflexi�n sobre la praxis en la perspectiva de la teolog�a trascendental de Karl Rahner se ubica precisamente en ese horizonte. [2]

El prop�sito central de las siguientes p�ginas es bosquejar una reflexi�n acerca del m�todo antropol�gico-trascendental de Karl Rahner como camino para una lectura teol�gica de la realidad y para la comprensi�n creyente del sentido de la praxis humana; de su intuici�n fundamental (ac�pite 1.), de sus principales contornos como m�todo teol�gico para la comprensi�n de la realidad (ac�pite 2.) y del sustrato filos�fico en que se basa (ac�pite 3.), para finalmente analizarlo a la luz de una suerte de comparaci�n con la antropolog�a trascendental de otro autor relevante en esta perspectiva, el fil�sofo franc�s Maurice Blondel (1861-1949), c�lebre por el desarrollo del enfoque trascendental a partir de una “ontolog�a de la acci�n”. Con esta somera confrontaci�n pretendo aportar a un mayor esclarecimiento de la opci�n de Rahner por fundar su antropolog�a trascendental en una “metaf�sica del conocimiento”, para, a partir de all�, entender mejor el sentido y las posibilidades de una mirada teol�gico-trascendental de la praxis. Desde esta misma reflexi�n se har� alusi�n a algunos alcances cr�ticos a la perspectiva trascendental rahneriana.

1.� ������ El “giro antropol�gico” de la teolog�a seg�n Rahner

Un aspecto fundamental del pensamiento teol�gico de Karl Rahner fue su convicci�n de que la dogm�tica toda deb�a devenir una antropolog�a teol�gica. Para �l esto deb�a constituir un aut�ntico “giro” (Wendung), un vuelco “necesario y fecundo” de la teolog�a. [3] Para describirlo, utiliz� expresiones no poco audaces que pusieron de manifiesto el car�cter definitivamente “antropoc�ntrico” �y ya no s�lo “antropol�gico”� que �l asign� a tal giro, y que no dejan lugar a dudas sobre la radicalidad de su planteamiento. Para Rahner el tema del hombre no ha de ser considerado como uno m�s entre otros, sino como la cuesti�n que debe dominar “el conjunto” (das Ganze) de la teolog�a dogm�tica. [4]

����������� En esta comprensi�n de la teolog�a es b�sica la convicci�n de que no hay una oposici�n real entre lo “teoc�ntrico” y lo “antropoc�ntrico”, dado que lo antropol�gico, el ser humano en cuanto tal o “por naturaleza”, es concebido como “el ser de la trascendencia hacia el mundo (zu Welt) y hacia Dios (zu Gott)”, trascendencia que se traduce en su esencial y definitiva apertura. La comprensi�n del hombre como esencialmente “abierto” es la base de este, para Rahner, necesario giro de la teolog�a, pero adem�s es lo que le permite distanciarse del peligro de una mera reducci�n antropol�gica de la misma. Puesto que el hombre est�, en tal visi�n, esencialmente referido a Dios y dado que, por otra parte, �l no puede decir absolutamente nada de este Dios fuera de la posibilidad �gratuitamente recibida� de una tal referencia esencial, lo antropoc�ntrico y lo teoc�ntrico, bien entendidos, no son �ni podr�an ser� conceptos opuestos en la teolog�a cristiana. [5]

����������� Por lo mismo, menos aun puede haber en tal perspectiva una oposici�n entre este “centramiento antropol�gico de la teolog�a” [6] y el necesario centramiento cristol�gico de la misma. Bien entendidas, antropolog�a y cristolog�a se sostienen mutuamente en la dogm�tica cristiana, por cuanto una antropolog�a s�lo puede ser cristiana si en ella el hombre es concebido como “potentia oboedientialis para la �unio hypostatica�” y, por su parte, la cristolog�a, para evitar toda sospecha de una lectura mitologizante de dicha uni�n �como ocurrir�a en una cristolog�a meramente aposterior�stica�, requiere de la comprobaci�n de un “horizonte trascendental en el ser agraciado del hombre y de su historia para la idea del hombre-Dios”. [7]

Este “enfoque antropol�gico” (anthropologischer Ansatz) se aplica ciertamente a la dimensi�n individual-subjetiva del encuentro humano con Dios que se autocomunica, pero no menos a la dimensi�n intersubjetiva (estructural-social, comunitaria) de tal acontecimiento, la cual influye y se manifiesta de un modo decisivo en la concreta autorrealizaci�n de la Iglesia y, con ello, en la realizaci�n de su funci�n sacramental de la salvaci�n en cada momento de su despliegue hist�rico. [8] Esto aparece as� a partir de la convicci�n cristiana de que el destinatario de dicha misi�n mediadora de la Iglesia, que es el ser humano, la humanidad, tiene como una “determinaci�n fundamental” (Grundbestimmung) el ser, concretamente, “co-humanidad” (Mitmenschlichkeit) hist�rica. [9]

����������� Pero, �por qu� postular con tanto vigor este giro antropol�gico? Tres son b�sicamente los motivos que, para Rahner, lo hacen, en definitiva, “necesario”. [10] En primer lugar, un motivo que surge desde la teolog�a misma y su objeto: el hecho de que en ella, como en todo conocimiento “espiritual”, la pregunta por el objeto es tambi�n necesariamente pregunta por el ser del “sujeto cognoscente”, porque �ste “debe traer consigo aprior�sticamente el horizonte de la posibilidad de un tal conocimiento”. [11] Y dado que Dios no es un objeto entre otros en el �mbito de la experiencia aposterior�stica del ser humano, sino “el fundamento originario y el futuro absoluto de toda la realidad”, s�lo puede ser concebido en la teolog�a como el norte o destino absoluto (das absolute Woraufhin) de la trascendentalidad del hombre. Y una teolog�a as� entendida y enfocada es, pues, necesariamente una “antropolog�a trascendental”. Lo dicho se aplica a la noci�n cristiana misma de Revelaci�n, por cuanto �sta comporta, como “momento interno y condici�n de posibilidad” de su acogida por parte del hombre, el “horizonte trascendental-ilimitado del esp�ritu humano”. [12]

A esta �ndole “trascendental” del centramiento antropol�gico de la teolog�a aqu� postulado y a las implicancias para la comprensi�n de su engarce con la filosof�a,� habr� que referirse luego m�s detenidamente; pero hemos de consignar aqu� que el segundo motivo que Rahner esgrime para justificar la necesidad de dicho vuelco es, precisamente, su fuerte convicci�n de ser parte de una “situaci�n epocal” en que tanto para la filosof�a como la teolog�a no es ya posible dar pie atr�s del giro trascendental-antropol�gico de la filosof�a moderna, acontecido “desde Descartes, Kant, pasando por el idealismo alem�n (...) hasta la fenomenolog�a, la filosof�a existencial y la ontolog�a fundamental” [13] que, sabemos, el jesuita conoci� directamente de Martin Heidegger durante el tiempo de sus estudios de filosof�a en la Universidad de Freiburg.

Pero lo relevante en este punto es el hecho de que el hombre de fe Rahner no s�lo conoce bien todo este movimiento filos�fico, sino que adem�s se deja interpelar por �l y por lo que reconoce como su intuici�n central. Aunque asume estar hablando de una corriente de pensamiento en cierto sentido “profundamente no cristiana” (unchristlich) en cuanto “filosof�a trascendental del sujeto aut�nomo” [14] , la reconoce por otra parte como “profundamente cristiana”, porque, para �l, en un cristianismo radical el hombre no es “un momento den�tro de un mundo (Kosmos) de cosas”, sino “el sujeto de cuya libertad subjetiva depende el destino de todo el cosmos” [15] . De otro modo, la historia de salvaci�n o de condenaci�n no tendr�a significaci�n cosmol�gica alguna, ni podr�a captarse el verdadero alcance de una cosmolog�a cristol�gica. Es esta perspectiva antropol�gica fundamental la que Rahner reconoce, precisamente, como aporte caracter�stico y definitivo de la filosof�a moderna que la teolog�a no puede soslayar, aun cuando algunos de sus contempor�neos sostuvieran ya la para �l al menos discutible tesis del “fin de la modernidad”. A su parecer, aun cuando se aceptara la apreciaci�n de estar en una �poca “post-moderna” o en la configuraci�n de una nueva “forma epocal”, el giro (Wendung) hacia una antropolog�a trascendental persiste como “una exigencia a la teolog�a de hoy y de ma�ana”. [16]

El tercer motivo esgrimido por Rahner para fundamentar la necesidad de esta orientaci�n antropol�gica de la teolog�a, brota de la necesaria determinaci�n “teol�gico-fundamental-apolog�tica” de la teolog�a. Se trata de aquella dimensi�n esencial de la teolog�a en cada contexto hist�rico-cultural, que consiste en descubrir e iluminar la relaci�n interna o correspondencia fundamental entre el contenido de las afirmaciones dogm�ticas de la doctrina cristiana y la experiencia que de s� mismo (Selbsterfahrung) hace concretamente el ser humano. Si esta relaci�n no se descubre, muchas afirmaciones teol�gicas se tornar�n incomprensibles y, con ello, dif�cilmente susceptibles de recibir un verdadero asentimiento de fe.

Por todo lo dicho, para Rahner la referida determinaci�n debe ser realizada concretamente como un “giro imperativo hacia un m�todo trascendental-antropol�gico en la teolog�a”. [17] A ello nos referiremos a continuaci�n.

2.      El m�todo trascendental como hermen�utica teol�gica de la realidad en apertura a la modernidad

Lo reci�n se�alado podr�a formularse tambi�n desde esta otra perspectiva: el necesario giro antropol�gico de la teolog�a tiene en el planteamiento de Rahner un car�cter espec�ficamente “trascendental”, el cual determinar� a su vez el m�todo de todo su proceder teol�gico.

Hemos constatado que el uso de esta terminolog�a y, sobre todo, el enfoque b�sico que comporta, reflejan una actitud fundamental de Rahner de apertura a la cultura moderna y su consecuente esfuerzo por formular los contenidos fundamentales del cristianismo en categor�as filos�ficas relevantes para sus contempor�neos, por considerar ello un desaf�o ineludible para la teolog�a y para las ciencias del esp�ritu en general a partir del vuelco antropol�gico acaecido y afianzado en el pensamiento filos�fico de la modernidad. Pero si la perspectiva general de la teolog�a se abre con ello a un giro o recentramiento “antropol�gico”, la comprensi�n propiamente teol�gico-trascendental de dicha antropolog�a refleja, por otra parte, con nitidez la convicci�n cristiana b�sica de que la revelaci�n y la salvaci�n, aun cuando ata�en al hombre, son ante todo un acontecimiento de la iniciativa divina. Un acontecimiento (Ereignis) que se da en el hombre, con el hombre y desde del hombre, pero que es primero y fundamentalmente obra de Dios. [18] La perspectiva trascendental de Rahner toca por ello, en cuanto aproximaci�n teol�gica, al modo de proceder salv�fico de Dios para con el ser humano, de tal manera que �ste pueda reconocerlo y experimentarlo.

2.1 La impronta trascendental del m�todo y su aplicaci�n a la praxis

Ahora bien, �c�mo expresar este enfoque antropol�gico de tal manera que el creyente moderno pueda captarlo y hacerlo suyo en una comprensi�n de la fe cuya relevancia alcance tambi�n sus esfuerzos hist�ricos, que �l realiza desde la convicci�n del valor decisivo de su autonom�a? Ello nos remite, a su vez, a otra pregunta fundamental: �qu� entiende exactamente Rahner por esta impronta “trascendental” que va a marcar el m�todo y el enfoque general de su reflexi�n teol�gica, y en qu� medida y modo ella puede determinar la comprensi�n cristiana de lo que llamamos “realidad”, que no es sino el mundo como desaf�o, en el acontecer hist�rico, al despliegue de la praxis?

Por “praxis” entendemos aqu� el concreto despliegue de la relaci�n del ser humano con el mundo en cuanto medio y horizonte de las condiciones hist�ricas de su existencia y coexistencia. No interesa en este enfoque entrar en la problem�tica de la polaridad teor�a-praxis, sino, por el contrario, entender por praxis el conjunto de la acci�n o del quehacer humano en general, ya sea de car�cter intelectual-especulativo o m�s bien poi�tico; ya sea marcado por una actitud pasiva-defensiva o por una actitud agresiva-transformadora en el mundo en su despliegue hist�rico. Se entiende aqu�, pues, por praxis, la totalidad de lo que el hombre, desde su propia autocomprensi�n, hace o deja de hacer en su existencia mundana, por cuanto todo ello constituye, de un modo u otro, su concreta manera de habitar el mundo. Siendo su morada, el mundo constituye al mismo tiempo lo distinto del hombre por antonomasia y es por lo mismo un desaf�o permanente a la acci�n, o a la reacci�n, o a la pasiva ausencia de ambas.

Establecido ello, volvamos a la pregunta por el sentido que Rahner da a la impronta trascendental del m�todo de la teolog�a. Hemos constatado que se trata de una noci�n que Rahner no inventa sino que toma ―como parte de un acto para �l necesario al quehacer teol�gico― del giro antropol�gico operado en la filosof�a moderna. Luego tendremos que precisar cu�l es el camino concreto que el jesuita alem�n recorre para llegar a esta asunci�n y en qu� medida y forma esa tradici�n marca su pensamiento. Por ahora es necesario aclarar qu� comporta en lo concreto esta �ndole trascendental del m�todo en el contexto de su programa de recentramiento antropol�gico de la teolog�a. [19] En lo fundamental ―y sin ahondar por el momento en su procedencia y trasfondo filos�ficos [20] ―, para Rahner un planteamiento “trascendental” de una cuesti�n se da “cuando y en la medida en que se pregunta por las condiciones de posibilidad del conocimiento de un determinado objeto en el sujeto cognoscente mismo”.

Esta perspectiva remite a su vez a una comprensi�n del conocimiento humano seg�n la cual �ste “no depende s�lo de las caracter�sticas del objeto, sino tambi�n de la estructura esencial del sujeto cognoscente.” Por ello, en todo planteamiento trascendental la atenci�n est� puesta m�s bien en la relaci�n mutua o, m�s exactamente, en la “relaci�n condicionante mutua” (das gegenseitige Bedingungsverh�ltnis) entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido. [21]

Lo reci�n apuntado es de especial importancia para una correcta comprensi�n del enfoque trascendental postulado por Rahner. No subrayar este inter�s prioritario por la relaci�n, esto es, por la mutua (gegenseitig) implicancia entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido, tendr�a como consecuencia �ltima ―y con especial gravedad en su aplicaci�n estrictamente teo-l�gica― una interpretaci�n reductoramente subjetivista de lo que, en la visi�n rahneriana, acontece en el acto del conocimiento. Por eso �l insiste en que “en la relaci�n condicionante mutua entre la subjetividad aprior�stica, trascendental, y el objeto del conocer (y de la libertad), el conocimiento de las condiciones aprior�sticas de la posibilidad del conocimiento en el sujeto significa tambi�n un momento del conocimiento del objeto mismo (...) Un planteamiento trascendental de la cuesti�n no es, por consiguiente, s�lo una pregunta sobrea�adida (zus�ztlich) a la pregunta por el objeto que se presenta original y aposterior�stica-emp�ricamente, sino que s�lo en �l el conocimiento del objeto mismo originario alcanza su plenitud (vollen Wesen). El conocimiento del sujeto cognoscente es, de por s�, siempre tambi�n un conocimiento de las estructuras metaf�sicas (en un sentido objetivo de ‘trascendentales’) del objeto mismo”. [22]

2.2 Dos reparos

A partir de esta comprensi�n fundamental de la perspectiva trascendental cabr�a aqu� destacar, adem�s del aspecto reci�n aludido, dos importantes �mbitos de posibles reparos para una teolog�a as� enfocada, de los que el jesuita alem�n se hizo consciente: el primero, con respecto a la relaci�n entre trascendencia e historia; y el segundo, con respecto a la relaci�n entre trascendentalidad y gratuidad de la autocomunicaci�n de Dios. Dado que ya me he referido de modo general a estos t�picos en otro lugar [23] , me limito aqu� a un par de alcances acerca de la manera como �l los recoge espec�ficamente en su presentaci�n del m�todo trascendental en teolog�a.

Con respecto a lo primero ―la relaci�n entre trascendencia e historia―: por una parte, para Rahner un planteamiento y m�todo trascendental en teolog�a no conlleva en absoluto la pretensi�n de que el sujeto hist�ricamente situado sea en s� y por s� el acontecer de la plenitud, sino que m�s bien all� �l se percibe a s� mismo, en la �ndole ilimitada de su trascendentalidad, como una pregunta “abierta” o “vac�a”, como un “ext�tico estar-referido (Verwiesenheit) a aquello que experimenta como lo que �l precisamente no es”. Esto, dado que el sujeto experimenta el volver-sobre-s�-mismo (Zusichselberkommen) de su trascendentalidad como mediado por la experiencia aposterior�stica del objeto que desde s� se muestra o se resiste y sobre el cual el sujeto no tiene dominio. [24] Se trata de una experiencia trascendental de la trascendencia, en el sentido bosquejado m�s arriba, que empero no llega a anular la diferencia entre el sujeto cognoscente y el objeto de su apertura infinita.

Por otra parte, este salvar la diferencia no implica una devaluaci�n de la historia como espacio ciego de la inmanencia. Lo que Rahner caracteriza como “el retorno del sujeto a las condiciones trascendentales de posibilidad de su conocimiento (y de su libertad)” implica, precisamente por ese movimiento, “la noci�n de su indefectible estar-referido a la historia”. [25] Tal vez el aspecto m�s caracter�stico y m�s sugerente del enfoque trascendental rahneriano lleg� a ser su intuici�n de una necesaria “mediaci�n hist�rica entre trascendentalidad y trascendencia” [26] . Esta mediaci�n permite, por un lado, evitar una comprensi�n de la trascendentalidad como realizaci�n ahist�rica de la autocomunicaci�n de Dios (comprensi�n que podr�a subyacer a una cierta noci�n del a priori); y por otro lado, la idea de que la trascendentalidad y, de este modo, la trascendencia misma acontecen hist�ricamente, abre de manera radical los horizontes de la historia en cuanto tal. [27]

El otro aspecto problem�tico indicado ―el de la relaci�n entre trascendentalidad y gratuidad de la autocomunicaci�n de Dios― es inseparable del reci�n rese�ado y toca directamente a la doctrina de la gracia, centro estructurante de la teolog�a rahneriana [28] . En lo que se refiere espec�ficamente al m�todo teol�gico, la intuici�n central es aqu� que “no es leg�timo presuponer (...) que un planteamiento trascendental respecto del conocimiento de una determinada realidad deba, por principio o de hecho, ‘adelantarse’ simplemente en cuanto tal al efectivo conocimiento de este objeto; dado que en este planteamiento de la cuesti�n siempre se pregunta por las condiciones aprior�sticas de posibilidad del conocimiento de una determinada realidad, tal planteamiento es, en consecuencia, pr�ctica y concretamente posible siempre y cuando el objeto referido ha sido ya reconocido.” [29] Es decir, el enfoque trascendental parte ya de una determinada experiencia de la autocomunicaci�n de Dios, y no al rev�s.

Como hemos observado m�s arriba, la �ndole trascendental de la autocomunicaci�n de Dios alude a un acontecimiento que se da en, por y para el hombre hist�ricamente situado, pero que es ante todo un obrar de Dios mismo. En consecuencia, el car�cter trascendental de la autodonaci�n salv�fica de Dios no merma en absoluto la radical gratuidad de �sta ni llega siquiera a opacar la distinci�n real entre el Dios que se autocomunica y el hombre agraciado por esta acci�n divina. En su nivel m�s radical ―explica Rahner―, “la escucha (H�ren) de la revelaci�n de Dios como palabra de Dios mismo (...) presupone como condici�n de posibilidad en el sujeto el que Dios mismo comparte (mittr�gt), por su propia autocomunicaci�n, como principio interno, el acto de tal escucha, y precisamente esto es lo que se ha dado en llamar gracia sobrenatural de la fe (�bernat�rliche Glaubensgnade)�. [30]

2.3 M�todo trascendental - praxis - libertad - historicidad

Recapitulando, lo que Rahner postula como “m�todo trascendental-antropol�gico en la teolog�a” [31] es relevante para una hermen�utica teol�gica de la praxis, ante todo porque comporta una comprensi�n fundamental de la revelaci�n y de la salvaci�n como acontecimiento de la definitiva y absoluta autocomunicaci�n de Dios en y por el hombre en cuanto ser hist�ricamente situado. Sin comprometer ni poner en duda el car�cter gratuito de esta autocomunicaci�n divina, ni la diferencia real y necesaria entre Dios y el hombre, la realidad humana toda, en su radical mundanidad e historicidad, aparece como el �mbito �nico de dicho acontecimiento y de la posibilidad misma de su reconocimiento por parte del ser humano as� agraciado.

Esto implica a su vez la convicci�n de que la autocomunicaci�n de Dios, en cuanto acontecimiento antropol�gico-trascendental, es tambi�n necesaria e inseparablemente un acontecimiento categorial. Tal convicci�n permite distanciar el enfoque trascendental rahneriano de una comprensi�n meramente subjetivista, ahist�rica e inmanentista de la revelaci�n y la salvaci�n. La fe cristiana tiene como centro y v�rtice precisamente un acontecimiento hist�rico, el acontecimiento de Cristo. La perspectiva trascendental, correctamente comprendida, no relativiza este hecho, sino, muy por el contrario, busca captarlo en toda su profundidad. Lo trascendental, como hemos observado, acontece hist�ricamente. Y por el otro lado, la dimensi�n categorial de este mismo acontecimiento se basa en y es posible por el hecho decisivo y previo de las condiciones aprior�sticas-trascendentales de posibilidad (y, por cierto, gratuitas) de un tal acontecimiento.

Ello implica, por otra parte, necesariamente la convicci�n de que Dios salva al hombre con el concurso de �ste, de su libertad hist�ricamente situada, y nunca sin ese concurso. Este m�todo trascendental-antropol�gico desaf�a, pues, radicalmente a una mirada teol�gica de la realidad que se haga cargo de la problem�tica de una aut�ntica afirmaci�n de la autonom�a del sujeto frente a Dios como el objeto de su apertura infinita, y ello en su indefectible articulaci�n hist�rica. En el �mbito de la praxis se juega para los cristianos el punto decisivo de la salvaci�n como acontecimiento de libertad. [32] La intuici�n teol�gica de fondo es b�blica, pero en Rahner adquiere adem�s, claramente, los rasgos de una conceptualizaci�n sensibilizada al pensamiento moderno. Por eso, �l llega a reconocer que tras su enfoque trascendental late la presencia de una filosof�a trascendental, si bien en un sentido amplio de la expresi�n. [33]


3. Trasfondo filos�fico de la antropolog�a trascendental de Rahner

3.1 Antecedentes biogr�ficos

�De d�nde surge este enfoque antropol�gico-trascendental? A decir verdad� ―y esto es especialmente interesante―, en el joven Rahner ello procedi� b�sicamente del influjo de determinadas perspectivas filos�ficas modernas a las que �l se abri� desde la tradici�n escol�stica en la que hab�a sido formado, y m�s exactamente, a trav�s de un profundo redescubrimiento de Tom�s de Aquino siguiendo una senda trazada por otros. [34]

Todos los conocedores de Rahner y �l mismo en un par de entrevistas concedidas en los �ltimos a�os de su vida, han destacado la especial importancia que tuvieron para el desarrollo de su pensamiento la lectura de la obra filos�fica del jesuita belga Joseph Mar�chal (1878-1944) El punto de partida de la metaf�sica. Lecciones sobre el desarrollo hist�rico y te�rico del problema del conocimiento [35] , durante el tiempo de su formaci�n filos�fica entre 1924 y 1927, y el per�odo de estudios para un doctorado en filosof�a en la Universidad de Freiburg entre los a�os 1934 y 1936. Habiendo sido destinado tempranamente por sus superiores jesuitas a desempe�arse como profesor de filosof�a al interior de su Orden, Karl Rahner fue aceptado en Freiburg como doctorando de Martin Honecker, pero paralelamente sigui� cursos y seminarios con el ya afamado Martin Heidegger, quien a la postre dejar�a, claramente, una m�s profunda huella en el joven jesuita.

Una serie de circunstancias, pero al parecer especialmente las fuertes diferencias de enfoques filos�ficos entre Heidegger y Honecker, culminaron con el rechazo, por parte de este �ltimo, de la tesis de grado de Rahner �ciertamente m�s influida por las intuiciones del autor de Sein und Zeit� [36] , que a�os m�s tarde ser�a publicada bajo el t�tulo Esp�ritu en el mundo: Acerca de la metaf�sica del conocimiento finito en Tom�s de Aquino [37] . Esta obra consiste, como bien lo ha sintetizado Albert Raffelt, en “una interpretaci�n especulativa de la metaf�sica tomista del conocimiento, influenciada por los trabajos de Joseph Mar�chal referidos a los planteos de Kant, y llevada a cabo a la luz del pensamiento heideggeriano de los a�os veinte y los primeros de la d�cada del treinta” [38] . Esto que aparece como la descripci�n general del marco referencial filos�fico del pensamiento de Rahner en un momento fundante, merece ser explicado con mayor detenci�n para mejor comprender la constituci�n final del enfoque trascendental de Rahner.

3.2 El punto de partida: la metaf�sica tomasiana del conocimiento

El punto de partida de Geist in Welt es la metaf�sica del conocimiento humano en el pensamiento del m�s importante exponente de la escol�stica medieval. De esta tradici�n proviene Rahner y en ella se inscribe su formaci�n sistem�tica en filosof�a y teolog�a. [39] Ello es algo que lo marcar� profundamente y en lo cual permanecer� siempre en lo fundamental, aun cuando su esp�ritu inquieto y especulativo lo lleve a abrirse a otras corrientes, siempre en la din�mica de una profundizaci�n de estas sus intuiciones m�s hondas y permanentes.

En este nivel de su pensamiento la convicci�n b�sica es el principio escol�stico-tomasiano de la identidad de conocer y ser. El prop�sito fundamental de Geist in Welt es precisamente mostrar que el conocimiento humano est� abierto, en cuanto el hombre es “esp�ritu”, a lo meta-f�sico, si bien ello acontece s�lo en y mediante el “mundo”, entendido aqu� concretamente como “la realidad que es asequible para la experiencia inmediata del hombre” [40] . Rahner basa esta convicci�n fundamental en la doctrina tomasiana de la permanente referencia del intelecto a la apariencia sensible, conocida como la doctrina de la conversio intellectus ad phantasma [41] , la cual se apoya a su vez en la noci�n de una “unidad originaria” de ser y conocer que se expresa en la �ndole permanente de tal movimiento del intelecto. [42]

La intuici�n inicial es aqu� la comprensi�n rahneriana ―inspirada, como veremos, en Pierre Rousselot― del conocer no como encuentro o “choque” entre realidades distintas, sino como despliegue del ser. Ser y conocer se identifican, porque el ser es, de por s�, conocer (Erkennen) y ser conocido (Erkanntsein). Conocer es el “ser-cabe-s�” (Beisichsein) del ser [43] ,� y este “ser-cabe-s�” es el ser del ente. As�, la mayor o menor “densidad de ser” (Seinsm�chtigkeit) de un ente se determinar� por su capacidad de “ser-cabe-s�”, lo que seg�n la interpretaci�n de Rahner corresponde a aquello que Tom�s designa como reditio in seipsum. [44] Por todo ello, conocer es originariamente “subjetividad”, antes que aquella “intencionalidad” propia de la relaci�n de un cognoscente a un objeto distinto de �l. [45] Subjetividad, debido a la unidad originaria en que el conocer acontece; unidad originaria del ser “que hace brotar de s� al conocer y al ser conocido, precisamente como caracter�stica propia suya, fundando as� la posibilidad intr�nseca de una previa, esencial e inmanente relaci�n rec�proca de ambos. El ser mismo es la primigenia unidad ‘unificante’ del ser y del conocer en su ‘realizada unidad’ en el ‘ser conocido’ (...) Por tanto, lo conocido tiene que ser siempre, de alguna manera, el mismo ser del cognoscente” [46] .

Esta unidad de ser y conocer que Tom�s de Aquino ve realizada en Dios, Rahner la extiende anal�gicamente al conocer humano, en el que empero no se da de manera absoluta sino s�lo incoada, como una “anticipaci�n” (Vorgriff) [47] . Este concepto de anticipaci�n adquirir� una especial importancia en su antropolog�a trascendental, precisamente para expresar la idea de que el hombre, en cuanto “esp�ritu en el mundo”, mediante su conocer aposterior�stico va realizando progresivamente, hist�rica y mundanamente, aquella unidad originaria de ser y conocer y va creciendo as� en el grado de ser-cabe-s� mismo. Lo que libera a esta concepci�n de una posible sospecha de idealismo subjetivista, es precisamente la noci�n de que no se trata de una identidad entre sujeto y objeto del conocer ya actualmente plenificada, sino solamente anticipada. De modo que ha de entenderse que se trata de un proceso que parte de una unidad originaria (por lo que puede estar “anticipada”), pero que s�lo se realizar� plenamente a trav�s de un proceso hist�rico y mundano. Por lo dem�s, para Rahner es tambi�n importante aclarar que el concepto Vorgriff no debe entenderse como anticipaci�n en sentido cronol�gico, sino como condici�n trascendental de posibilidad.

Como bien lo expresa Carlos Schickendantz, la intuici�n recogida aqu� por Rahner de la doctrina tomasiana de la conversio ad phantasma es que dicha identidad originaria de ser y conocer se manifiesta concretamente en “la necesidad del esp�ritu humano de encarnarse en la materia para llegar a ser �l mismo. La corporeidad es la manera necesaria y �nica por la que el hombre puede llegar a la realizaci�n de su ser espiritual (...) Para Rahner, en armon�a con el idealismo alem�n, el esp�ritu es un dato a priori del conocimiento humano, si bien necesitado de una articulaci�n refleja e interpretativa y, desde �l, y no a la inversa, se puede determinar metaf�sicamente lo que propiamente significan material y materia. Es este el camino de Geist in Welt”. [48]

Lo anterior permite entender, a mi juicio, la raz�n filos�fica de fondo por la que Rahner fundamenta su antropolog�a trascendental en una metaf�sica del conocimiento. El acto de conocer es concebido como un acontecimiento “ontol�gico”, m�s que como meramente “intencional”, y se entiende que est� posibilitado precisamente por aquella unidad originaria desde la cual el cognoscente ha de avanzar, desde lo ya anticipado, hacia una siempre mayor posesi�n del “ser-cabe-s� mismo” en la concreta inserci�n mundana del hombre. As�, de una metaf�sica del conocimiento se llega como de la mano y como consecuencia necesaria a una concepci�n antropol�gica en sentido estricto. El paso a una lectura teol�gica de esa antropolog�a ser�, en definitiva, todo el conjunto de la obra de Karl Rahner a partir de su ensayo de filosof�a de la religi�n El oyente de la palabra (H�rer des Wortes). [49]

3.3 El influjo de Joseph Mar�chal y su relectura trascendental- kantiana del punto de partida

Como hemos dicho m�s arriba, la tem�tica reci�n descrita es abordada por Rahner a la luz de la empresa filos�fica del jesuita belga Joseph Mar�chal, que consiste en una relectura trascendental kantiana de la metaf�sica del conocimiento de Tom�s de Aquino, incluyendo empero a la vez un esfuerzo de superaci�n de ciertos aspectos fundamentales del enfoque trascendental del mismo Kant. Podr�amos decir, con Emerich Coreth, que lo que se da en la obra de Mar�chal es un aut�ntico “giro trascendental de la metaf�sica escol�stica (m�s exactamente, de la tomista)” [50] .

Lo reci�n dicho vale sobre todo para el tomo V de El punto de partida de la metaf�sica, publicado en 1926 bajo el t�tulo: El tomismo ante la filosof�a cr�tica (Le Thomisme devant la Philosophie critique) y que, como hemos dicho, el joven Rahner estudi� con especial inter�s y profundidad durante sus a�os de formaci�n filos�fica (1924-1927). En esta misma �poca y en la misma l�nea, aunque probablemente con menor intensidad, influyeron tambi�n fuertemente en �l los escritos de Pierre Rousselot acerca del dinamismo inherente al conocimiento intelectual. [51] Que la interpretaci�n rahneriana de la metaf�sica del conocimiento de Tom�s de Aquino se mueve en el esp�ritu inspirador de estos dos pensadores, es algo que el mismo Rahner reconocer� en el pr�logo de la primera edici�n de Geist in Welt. [52]

Los conocedores de Rahner coinciden en destacar que su enfoque trascendental tiene una innegable conexi�n con el pensamiento kantiano, pero ello muy fuertemente mediado por la relectura de Mar�chal de dicha impronta trascendental. Rahner se beneficia, en la elaboraci�n de su propia concepci�n antropol�gica, de la aproximaci�n cr�tica y creativa del jesuita belga a Kant. Emerich Coreth [53] ha destacado el hecho de que hasta Mar�chal, Kant hab�a sido visto como un verdadero “aniquilador” de toda metaf�sica por el hecho de restringir el alcance del conocimiento a la experiencia y el fen�meno. Por otro lado, la pregunta trascendental kantiana por las condiciones de posibilidad del conocimiento se hab�a tornado fundamental para las m�s nuevas empresas filos�ficas, como el idealismo alem�n, el neokantianismo y la filosof�a existencial. As�, con su rechazo del pensar trascendental el pensamiento metaf�sico tradicional hab�a llegado a plantearse como francamente opuesto a todas esas nuevas formas de la filosof�a. Mar�chal quiso, precisamente, superar esa contraposici�n tenaz asumiendo el pensar trascendental del gran fil�sofo moderno, pero bajo el ambicioso proyecto de “superar a Kant por medio de Kant”. [54] Esto es: plantear la pregunta trascendental por las condiciones de posibilidad del conocimiento, pero con un alcance que trascendiera al mismo Kant, para mostrar as� mediante el an�lisis trascendental no s�lo las condiciones aprior�sticas en el sujeto finito limitado a la experiencia, sino adem�s y sobre todo “la apertura aprior�stica del pensar al ser, en orientaci�n (Hinordnung) din�mica al ser absoluto”. [55]

Dicho de otro modo, Mar�chal y, con �l, Rahner asumen el enfoque trascendental kantiano, pero bajo la observaci�n cr�tica de que el fil�sofo no habr�a considerado todas las condiciones de posibilidad del proceso del conocimiento al no tomar en cuenta el “rol de la finalidad din�mica en el proceso del conocimiento objetivo”. [56] Este enfoque trascendental de la cuesti�n del conocimiento indica, en todo caso, c�mo y en qu� medida la tem�tica antropol�gica, t�pica de la filosof�a moderna, comienza a ser integrada en la tradici�n de pensamiento m�s fuertemente asentada en los c�rculos cat�licos.

3.4 Rahner y Heidegger: el horizonte ontol�gico-existencial

Por �ltimo, tal empe�o se abre a las grandes intuiciones de la corriente de pensamiento m�s importante de la primera parte del siglo XX �y acaso de todo ese siglo�, representado por la filosof�a existencial y su principal exponente, Martin Heidegger. [57] Ya hemos mencionado el fuerte influjo que �l tuvo en Rahner ―pero tambi�n en otros importantes pensadores cristianos contempor�neos a �l� durante el per�odo de estudios en vistas a un finalmente fallido doctorado en filosof�a en Freiburg (1934-1936). [58] Y aun cuando no parece ser exacto considerar a Rahner como un “disc�pulo” en sentido estricto del gran fil�sofo, incluso durante aquellos a�os, el mismo jesuita alem�n manifest� en m�s de una ocasi�n, sobre todo al final de sus d�as, su admiraci�n y reverencia hacia Heidegger. [59]

La raz�n por la cual no ha de considerarse a Rahner como un disc�pulo de Heidegger en el sentido estricto de la expresi�n, es doble: en primer lugar, porque, como el mismo jesuita lo precis� en su momento, no es posible hablar de una dependencia de contenido, pues se trata de la relaci�n de un te�logo con un fil�sofo. Es m�s, Rahner destaca el hecho de que ni uno solo de los contenidos de su pensamiento teol�gico podr�a ser hallado en el discurso filos�fico de Heidegger; de modo que si hay que reconocer una cierta dependencia suya con respecto al fil�sofo, �sta debe buscarse sobre todo en los aspectos formales del pensamiento, la estructura del discurso racional, la forma de interpretar un texto, la concepci�n del pensar como pregunta y como b�squeda. He ah� la gran influencia. [60] En segundo lugar, despu�s de aquella cercan�a del tiempo de Freiburg, Rahner no sigui� el ulterior desarrollo del pensamiento de Heidegger. Esto pudo deberse a diversos factores relacionados con la evoluci�n experimentada por cada cual en su propio camino; pero el hecho es que Rahner reconoci� al final de su vida no haber continuado la lectura atenta de los posteriores textos heideggerianos. [61]

En el enfoque de fondo del pensamiento rahneriano, el gran influjo del Heidegger de Sein und Zeit parece ser la ampliaci�n de horizontes que le abre el an�lisis existencial del Dasein. Esto le permite apuntar su perspectiva trascendental, incluso en su aspecto expl�cito, m�s all� del mero conocimiento, como algo que efectivamente abarca todo el conjunto de las aspiraciones m�s profundas, el querer y el actuar del hombre. En este sentido, el pensamiento heideggeriano presta una decisiva base ontol�gica al reenfoque antropol�gico de la teolog�a emprendido por Rahner, lo que se expresar� concretamente en ciertos conceptos fundamentales asumidos y desarrollados por �ste. Entre ellos destacan la noci�n de “existencial” como determinaci�n ontol�gica de la existencia humana y que m�s tarde se concretar� en la noci�n teol�gica-antropol�gica de “existencial sobrenatural” (�bernat�rliches Existential) y, sobre todo, la fuerte consideraci�n de la historicidad (Geschichtlichkeit) esencial del existir humano (Dasein), que servir� a Rahner para expresar y desarrollar sistem�ticamente el contenido b�blico de la historia como “lugar posible” de la revelaci�n divina. La noci�n de que la historia (Geschichte) puede ser ―y de hecho ha sido― “historia de salvaci�n” (Heilsgeschichte), ha sido una tem�tica especialmente cara a Rahner para expresar su comprensi�n trascendental de la revelaci�n salv�fica. Su intuici�n de fondo es que si bien ambos conceptos no se identifican ―por cuanto la historia de la salvaci�n no “es”, sin m�s, la historia en cuanto tal, sino que m�s bien “acontece en” ella―, la concreta historicidad de la salvaci�n es de por s� testimonio elocuente de la dimensi�n trascendental del actuar salv�fico de Dios en favor del hombre. [62]

3.5 Visi�n de conjunto

Emerich Coreth ha destacado el hecho de que Rahner mantuvo siempre una misma posici�n filos�fica fundamental, a saber, la comprensi�n trascendental-metaf�sica del esp�ritu humano en apertura y referencia al ser absoluto; en definitiva, “en apertura al misterio infinito de Dios” [63] . Por lo mismo, es importante hacer presente el sentido rahneriano preciso del adjetivo trascendental: �como una categor�a tomada de la filosof�a moderna pero reinterpretada creativamente en funci�n de una concepci�n teol�gica del hombre no opuesta ni simplemente yuxtapuesta a aqu�lla, sino articulada en un di�logo fecundo.� [64] Es opini�n un�nime entre los conocedores de Rahner el que todas y cada una de las nociones filos�ficas que �l asumi� deben ser entendidas en un sentido muy espec�fico y riguroso dentro de su pensamiento creativo y propiamente teol�gico. Pero siendo ello innegable, no ha de entenderse como expresi�n de una disciplina cerrada o autorreferente, sino, muy por el contrario, como signo de una teolog�a que busca articularse, en su especificidad, desde una actitud b�sica de apertura a los impulsos y palpitaciones de la situaci�n hist�rica y cultural en la que est� inserta en cada momento de su quehacer.

Un importante escrito de Rahner sobre el m�todo en la teolog�a, al que ya hemos aludido en el presente trabajo, incluye una observaci�n que invita a situar el enfoque trascendental en un horizonte m�s amplio: “la teolog�a trascendental no es el todo de la teolog�a y no puede tener la pretensi�n de ser m�s que un t�tulo o un aspecto”. [65] Y aunque es conocida y suficientemente reconocida la centralidad de este “aspecto” en la teolog�a de Rahner, no es menos elocuente que �l mismo en estas importantes reflexiones sobre su m�todo concluya con una invitaci�n a la reductio in mysterium. [66] Es tambi�n de destacar el hecho de que en este escrito considerado “tard�o” [67] , el autor retome como un corolario de sus reflexiones una de sus intuiciones teol�gicas primigenias, a saber, que hay una afinidad radical entre la teolog�a y la m�stica, que expresa un sentido profundo del misterio absoluto de Dios. [68] Precisamente, la perspectiva trascendental contribuye a la comprensi�n de Dios como Alguien que no puede ser considerado por el hombre como un “objeto m�s” del conocimiento finito, sino, al contrario, como la “fuente de la subjetividad” ―que a su vez se articula como apertura― y, a la vez, como su sentido �ltimo. [69]

Al comienzo de estas p�ginas destac�bamos la apreciaci�n de Rahner de que el giro antropol�gico de la teolog�a es posible y necesario por el hecho b�sico de que no hay, para el cristianismo, una real contradicci�n Anthropozentrik - Theozentrik. Esta afirmaci�n supone una concepci�n de la inmanencia, de la trascendencia y de la relaci�n entre ambas, que la justifique y sostenga. Desde la s�lida base filos�fica que aqu� hemos descrito someramente [70] , toda la teolog�a trascendental del jesuita alem�n, en especial su teolog�a de la gracia, ser�, en definitiva, un gran desarrollo de aquella convicci�n fundamental.

4.      Antropolog�a trascendental y praxis: los caminos de Blondel y Rahner

A luz de todo lo anterior resulta especialmente interesante profundizar en la opci�n de Rahner de tomar como punto de partida de su antropolog�a trascendental el camino de una metaf�sica del conocimiento (Esp�ritu en el mundo), luego complementado con el de una filosof�a de la religi�n (El oyente de la palabra), a diferencia de la v�a seguida por el c�lebre fil�sofo franc�s Maurice Blondel, tan influyente en la Nouvelle th�ologie ―que el jesuita conoci� bien [71] ― y en el enfoque que los grandes representantes de la misma dan a la cuesti�n de la relaci�n naturaleza-gracia. [72] Blondel, tambi�n representante eminente del m�todo trascendental, hab�a optado por una “ontolog�a de la acci�n”, en un enfoque de gran inter�s para el tema que aqu� nos ocupa.

4.1  El enfoque de Blondel

Lo dicho podr� comprenderse mejor con una somera presentaci�n del enfoque trascendental blondeliano en L’Action. El hombre actual, aunque est� privado de la gracia, se encuentra interiormente ordenado a la visi�n beat�fica. Hay en �l una ordenaci�n interior permanente al fin �ltimo sobrenatural. Por el acento en esta intuici�n central, a Blondel se le acus� de inmanentismo, del mismo inmanentismo del que m�s tarde se acusar�a a H. de Lubac. [73] Por eso, aunque piensa que el estado de “naturaleza pura” no existe ni ha existido nunca de hecho y que por lo tanto no es posible definir su estructura y sus condiciones reales de existencia [74] , en L’action de 1936 reconoce y justifica su posibilidad:

��Hay que decir (...) que un estado de naturaleza pura es imposible, a no ser que est� dolorosamente frustrado y que los seres espirituales no contienen ninguna perfecci�n (ach�vement) relativa a su condici�n y capaz de procurar la alegr�a de un deber cumplido, de un servicio dado, de una humilde y meritoria virtud recompensada? De ninguna manera: pues precisamente porque la inteligencia de los esp�ritus imperfectos conoce sus l�mites y juzgar�a insensata (d�raisonnable) esta presunci�n de la cual se escandalizan los antiguos sabios, la actitud normal ser�a para ellos una reserva sumisa ante la sublimidad divina, un rol de alabanzas modestamente adoratrices unido al ejercicio de virtudes naturales bajo la conducci�n de la ciencia, de la raz�n, de la mutua amistad, conforme a la unidad de naturaleza y a la sociedad de los esp�ritus. Ser�a pues falso decir que un estado de naturaleza pura razonable es inconcebible, falso igualmente pretender que fuera de la fe positiva una moral natural y de justas sanciones no tendr�a consistencia alguna ni justificaci�n posible”. [75]

En atenci�n a esto, podr�a considerarse que Blondel se ubica �junto a Rahner, Bribois y Malevez� en una posici�n intermedia entre la teor�a neoescol�stica extrinsecista del sobrenatural y la l�nea m�s radical del H. de Lubac de Surnaturel.

En cuanto al m�todo, que es el aspecto que aqu� m�s nos interesa, Blondel hace un an�lisis fenomenol�gico cuyo punto de partida es la naturaleza concreta e hist�rica del hombre. Su aproximaci�n es un an�lisis del deseo humano m�s profundo, tal como se revela en la acci�n del hombre. Descubre as� en su sicolog�a un deseo del bien �ltimo trascendental, lo “�nico necesario”. As� considerada en su concreci�n e historicidad, la naturaleza humana manifiesta una fundamental e inalienable necesidad de actuar, que a su vez expresa o traduce su dinamismo interno. Con el an�lisis del “movimiento dial�ctico implicado en la acci�n” [76] , Blondel busca develar el verdadero sentido y orientaci�n de la tendencia volitiva necesaria (vouloir n�cessaire) que acompa�a a todas las acciones del hombre, recon�zcalo �ste o no [77] , pero sin dejar de subrayar, por otra parte, “el car�cter libre de la opci�n necesaria”.

Blondel lo expresa claramente, en una s�ntesis apretada:

�la necesidad, para el hombre, de optar, no hace m�s que manifestar su voluntad de ser lo que quiere. Su acci�n tiene, pues, un ser necesario. Pero este ser, si el hombre pretende encontrarlo o verlo completamente en s� mismo, se vuelve contra �l. Si su libertad, frente a la alternativa que se le impone, no lo encamina hacia una forma nueva de la vida, es su perdici�n. In�til conocer ya esta vida superior, para saber que, si sus actos no la tienen en cuenta (repoussent) , falta su destino. No ser cambiado en absoluto es, para el hombre, la muerte de la acci�n. S�lo podr� vivir, pues, renaciendo, por as� decirlo, en el esfuerzo de un nuevo alumbramiento (enfantement) y abri�ndose a otra acci�n distinta de la suya. Pero, sea cual sea la manera en que se resuelva el conflicto, la opci�n de la libertad no suprimir� lo que haya de ser necesario en la acci�n querida (action voulue).� [78]

Con todo esto, De la Pienda considera que varios de los aspectos fundamentales de la noci�n rahneriana de existencial sobrenatural [79] �ya fueron intuidos por Blondel en su an�lisis fenomenol�gico de la acci�n humana�. [80] Pero este autor se limita a destacar que en Blondel hay antecedentes importantes de la antropolog�a trascendental de Rahner. Otra cosa distinta, que s� intenta Nikolaus Knoepffler [81] , es tratar de delimitar en qu� medida y de qu� modo ha podido haber una concreta influencia de Blondel sobre Rahner en este punto decisivo.

4.2  Blondel y Rahner

No deja de sorprender el hecho que el tema de una eventual influencia de Blondel sobre Rahner suele ser omitido en los estudios sobre el trasfondo filos�fico del m�todo trascendental de �ste �ltimo, o bien es considerado como un influjo menor (Lehmann) [82] , “indirecto” (Raffelt-Verweyen) o “subterr�neo” (Knoepffler). La pregunta de fondo que aqu� podr�a plantearse es si esta manera diversa de desarrollar el enfoque trascendental pudiera implicar, por parte de Rahner, una cierta infravaloraci�n de la dimensi�n pr�ctica del despliegue hist�rico de la existencia humana en apertura al Infinito.

En otro lugar he mostrado que la tem�tica de la praxis es un t�pico transversal en la obra teol�gica de Rahner, si bien en muchos momentos no constituye un objeto directo o expl�cito de su atenci�n. [83] Su enfoque trascendental de la teolog�a, en especial de la doctrina de la gracia y de la cristolog�a, otorga un lugar central a la libertad humana interpelada desde dentro por Dios en el transcurso de la historia. Con ello, la praxis hist�rica, entendida como la actualizaci�n de la libertad humana creada, trascendentalmente sostenida y a la vez realmente interpelada, deviene un aspecto de primer�sima importancia. Pero, como hemos visto, el punto de partida rahneriano no es �ste, sino una metaf�sica del conocimiento. Intentemos una mejor comprensi�n de esta opci�n.

Por de pronto, es necesario precisar qu� tipo de contacto tuvo Karl Rahner con el pensamiento trascendental blondeliano. [84] Por referencias expl�citas del jesuita [85] , sabemos que �l conoci� y valor� en gran medida el pensamiento de Blondel; pero se ha podido establecer que no ley� L’Action ni la “Carta” de 1896 en que el autor franc�s expone la concepci�n metodol�gica de su filosof�a de la religi�n en di�logo con la apolog�tica contempor�nea. En cambio, s� formaron parte de la lista de lecturas de Rahner en 1932/33 [86] los textos blondelianos Le probl�me de la philosophie catholique (1932) (en la que empero son recogidas ciertas partes de dicha Carta) y su Itin�raire philosophique (1928). Es decir, Rahner se habr�a familiarizado, mediante sus lecturas, m�s bien con la concepci�n filos�fica del Blondel tard�o, nuevamente aproximado al “pensamiento metaf�sico y escol�stico”. [87]

Debido a ello hoy tiende a destacarse, como hemos advertido, el car�cter m�s bien indirecto o “subterr�neo” de la influencia del enfoque trascendental blondeliano sobre Rahner. N. Knoepffler sostiene la tesis de que el enfoque trascendental rahneriano, y espec�ficamente como se expresa en su obra de madurez Grundkurs des Glaubens, depende “subterr�neamente” de la perspectiva trascendental de L�Action de M. Blondel, aunque tambi�n hay, a su parecer, “diferencias esenciales” entre ambos autores. En su esfuerzo por tomar nociones fundamentales de la filosof�a kantiana, pero a la vez super�ndola (con el an�lisis del car�cter din�mico del conocimiento humano), Rahner se ubica en una tradici�n que viene de Blondel y que llega a �l, reiter�moslo, por la mediaci�n de Pierre Rousselot y, sobre todo, de Joseph Mar�chal.�

En una perspectiva aun m�s amplia, Raffelt y Verweyen, por su parte, reconocen un influjo blondeliano “indirecto” sobre Rahner a trav�s del contacto que tuvieron con Blondel los ya mencionados pero tambi�n otros importantes intelectuales jesuitas franceses de la primera mitad del sigo XX, cuya influencia es, a su vez, inobviable para una cabal comprensi�n del pensamiento de Rahner. La interpretaci�n rousselotiana de Tom�s de Aquino, de tanta importancia para Rahner, “le debe mucho al an�lisis de la din�mica subjetiva en L’Action� [88] , pero tambi�n Teilhard de Chardin, Henri de Lubac y toda la Nouvelle th�ologie francesa de los a�os cuarenta, muy valorada en el ambiente teol�gico alem�n, fueron fuertemente influidos por Blondel.

Y hay otros puntos de contacto particulares. Por de pronto, la ya aludida asunci�n cr�tica del kantismo. En Blondel el esfuerzo por dialogar con Kant y a la vez superar su enfoque, se expresa elocuentemente en el subt�tulo de L’action: “Ensayo de una cr�tica de la vida y de una ciencia de la pr�ctica”. Concentra su atenci�n en aquello que se manifiesta como “necesario” en todo querer y obrar humano. Su m�todo en L’action es la “cr�tica inmanente”, que se basa en la idea de que “en toda situaci�n de la naturaleza y del esp�ritu est� presente lo Infinito”. [89] La acci�n muestra que todo querer, todo deseo que se dirige a lo finito, experimenta la contradicci�n. Porque a todo deseo subyace el anhelo de lo infinito. Y este “querer fundamental” (= volont� voulant) no es solamente fundamento trascendental de posibilitaci�n del querer, sino un acto volitivo real, aunque desde el punto de vista introspectivo-sicol�gico no puede ser directamente concebido, sino siempre a partir del concreto hacer o actuar deseado (volont� voulue). [90]

Otro aspecto de la influencia de Blondel sobre Rahner que Knoepffler destaca: para Blondel el cumplimiento del deseo, as� como el desear mismo, el anhelo, s�lo son posibles en el hombre como don de Dios. Blondel llama “sobrenatural” precisamente a este “don divino plenificador”. La determinaci�n rahneriana de la “experiencia trascendental” como “sobrenatural” (gratuita, divina, aunque “existencial”) encuentra aqu� sus ra�ces a trav�s de la mediaci�n espec�fica de te�logos franceses como Rondet, Bouillard y de Lubac. [91]

Por �ltimo, otra influencia: la idea rahneriana del Logos encarnado como causa final y s�mbolo absoluto de Dios [92] est� presente en la idea blondeliana del Panchristismus: Jesucristo es el �nico sujeto absoluto, que “a trav�s de la unidad de su ser y padecer funda absolutamente la pasividad y actividad de los fen�menos” [93] . Dios realiza en la creaci�n su hacer absoluto; y as�mismo realiza �l en la encarnaci�n, y sobre todo en el cl�max de la Pasi�n, el padecer absoluto.

Tanto De la Pienda como Knoepffler se ocupan, sin embargo, en destacar las diferencias entre Blondel y Rahner. Como hemos dicho al comienzo, para el tema de la presente investigaci�n es altamente interesante determinar estas relaciones y tratar de dilucidar por qu� Rahner, que conoci� bien la Nouvelle th�ologie ��sta s� claramente influida por Blondel�, no sigui� en su antropolog�a la l�nea blondeliana de una “ontolog�a de la acci�n”, sino la l�nea m�s especulativa del an�lisis trascendental de una metaf�sica del conocimiento, en la senda de Joseph Mar�chal.

Para De la Pienda, la principal diferencia entre Blondel y Rahner radica en que el primero no recurre expl�citamente en L’action a la noci�n de desiderium naturale videndi Deum, a pesar ―es necesario acotarlo― de la importancia que le concede al tema del deseo manifestado en la acci�n humana. Ello se debe a que para Blondel lo que pone en juego la dial�ctica de la acci�n no es propiamente el fin �ltimo (la visi�n beat�fica) sino el desaf�o presente implicado en el llamado (gratuito) de Dios a vivir en comuni�n con �l cumpliendo su voluntad. En el deseo de lo sobrenatural ir�a impl�cita, seg�n esto, m�s bien una asc�tica concreta.

Nikolaus Knoepffler destaca, por su parte, la diferencia de los puntos de partida. Blondel parte del hecho del actuar. Rahner asume la perspectiva de una teor�a del conocimiento. M�s bien dicho: de una “metaf�sica del conocimiento” a partir del principio escol�stico de la identidad de ser y conocer. En uno el punto de partida es el “dinamismo del querer, del desiderium�; en el otro se trata de un �dinamismo del conocer�.

Un aspecto fundamental que ser�a necesario precisar es que, probablemente, Rahner, con su an�lisis trascendental, busca las condiciones de posibilidad del conocimiento y en definitiva del conocimiento absoluto, de la absoluta apertura al ser. Pero luego del planteamiento inicial ya no contin�a, a diferencia de Blondel, con una argumentaci�n filos�fica. [94] Este aspecto decisivo habr�a que profundizarlo tomando en consideraci�n tambi�n aspectos biogr�ficos de Karl Rahner, en el sentido de la evoluci�n que tuvo en su vida la relaci�n de su pensamiento teol�gico con la filosof�a. Este parece haber sido un aspecto importante de la trayectoria intelectual del jesuita alem�n, quien, pese a las reiteradas instancias de algunos de sus disc�pulos frente a ciertas cr�ticas filos�ficas a H�rer des Wortes, nunca emprendi� la tarea de una tal “relectura” de las problem�ticas fundamentales abordadas por su obra. [95]

Volviendo a lo central, en estricto rigor Rahner con su teorema del existencial sobrenatural va a desarrollar una antropolog�a teol�gica: una comprensi�n del hombre como acontecimiento (Ereignis) de la autocomunicaci�n trascendental de Dios. [96] Con ello, la “revelaci�n trascendental” aparece como siempre, de hecho, dada. Con el acontecimiento de Cristo ella adquiere su forma absoluta; por eso Cristo es su “causa final” y su “confirmaci�n”. Blondel, en cambio, se limita a mostrar que en el querer humano se manifiesta un anhelo por lo infinito, cuya satisfacci�n se da s�lo como un gratuito acontecimiento hist�rico. Por eso el acontecimiento de Cristo no puede ser “causa final” de una siempre dada revelaci�n trascendental, sino que s�lo funda el “vinculum substantiale”. Este aspecto tambi�n merecer�a ser retomado en profundidad.

Por �ltimo, otra diferencia, tambi�n observada por Knoepffler y que me parece de gran inter�s, est� dada por el objetivo de cada obra expresado en sus respectivos subt�tulos: Rahner agrega al t�tulo del Curso fundamental sobre la fe, la especificaci�n: introducci�n al concepto del cristianismo. Se trata, pues, de una aproximaci�n racional, especulativa, un esfuerzo por dar raz�n de lo cre�do. Blondel intenta, en cambio, con L’Action una “cr�tica de la vida” y, con esa misma intencionalidad, “de una ciencia de la pr�ctica”. Su an�lisis de la acci�n humana parecer�a apuntar as� m�s bien a animar, al menos m�s directamente, a una decisi�n por una “praxis de fe cat�lica”. Es necesario evitar, con todo, una lectura superficial de esta diferencia, so pena de caer en el simplismo. De maneras diversas o desde distintos puntos de partida te�ricos, hay una identidad de fondo en cuanto al camino elegido, el m�todo trascendental, que no es sino la expresi�n de una convicci�n profunda que est� ligada, a su vez, a una cr�tica radical del “extrinsecismo” craso de la concepci�n neoescol�stica de la relaci�n inmanencia-trascendencia. La autodonaci�n de Dios, con sus efectos en el hombre y en su inserci�n en el mundo, pasa a ser comprendida, en sinton�a con la doctrina tradicional de la fe y a la vez con la sensibilidad moderna, como un acontecer en el hombre hist�ricamente situado. Esta intuici�n fundamental ser� probablemente la de mayor repercusi�n en la concepci�n de Dios, de la realidad humana y de su relaci�n en la teolog�a a partir del siglo XX.

Podemos concluir, pues, con absoluta claridad, que el enfoque trascendental de Rahner basado en una metaf�sica del conocimiento, no comporta una relativizaci�n o desvalorizaci�n del despliegue pr�xico del hombre en la historia, puesto que ello constituir�a una contradicci�n interna de su propia perspectiva trascendental, y que m�s bien se explica por la tradici�n escol�stica en que est� enraizada su formaci�n filos�fica y teol�gica y sobre todo por la influencia, a fin de cuentas sin contrapeso, de Joseph Mar�chal con su lectura kantiana, a la vez creativa y cr�tica, de las intuiciones de Tom�s de Aquino.

Recapitulaci�n y perspectivas

����������� El inter�s �ltimo de estas reflexiones ha sido vislumbrar el significado de la antropolog�a trascendental de Karl Rahner para una comprensi�n teol�gica de la praxis hist�rica en apertura a la modernidad. Precisamente por ello hemos partido por una explicaci�n del “recentramiento antropol�gico” de la teolog�a como programa fundamental de la obra del jesuita alem�n (ac�pite 1.). Tal recentramiento, como �l mismo lo ha dicho, tiene como una de sus justificaciones principales el car�cter insoslayable, para la teolog�a, del giro antropoc�ntrico que la filosof�a occidental experiment� en la cultura moderna en la tradici�n que arranca de Descartes y que Rahner considera hasta la filosof�a existencial y la ontolog�a fundamental de M. Heidegger.

En apertura a esa corriente, pero a la vez recuperando muy profundamente la tradici�n escol�stica de Tom�s de Aquino, el pensamiento de Rahner se encamina a dicho recentramiento antropol�gico desde una perspectiva trascendental, que va a determinar el m�todo de todo su proceder teol�gico. A la presentaci�n general y al an�lisis de algunos aspectos centrales de tal proceder metodol�gico se ha dedicado el segundo ac�pite del presente trabajo.

Es necesario precisar el sentido y el alcance de tal m�todo y sus consecuencias para una lectura teol�gica de la praxis hist�rica. Tal ha sido el inter�s de fondo del presente estudio. En funci�n de ello, en el tercer ac�pite se ha hecho una presentaci�n de las principales l�neas que concurren en la formaci�n del sustrato filos�fico de la impronta antropol�gico-trascendental de la teolog�a del jesuita alem�n. La praxis como tema de reflexi�n deb�a ser ubicada en el contexto general de la antropolog�a que decanta, en el pensamiento de Rahner, de todo ese proceso.

Hemos concluido con una breve comparaci�n entre el m�todo trascendental que adquiere diferentes formas en Rahner y en el influyente fil�sofo cristiano Maurice Blondel (ac�pite 4.). Ambos, por caminos distintos, desembocan en una antropolog�a determinada por el sobrenatural como momento interno. A partir de la constataci�n de que el te�logo alem�n ha optado por el camino de una metaf�sica del conocimiento para llegar a una tal antropolog�a trascendental, mientras que Blondel parte de una “ontolog�a de la acci�n”, se hace necesario, primero, precisar esta percepci�n de la diferencia y luego, logrado ello, profundizar en la comprensi�n de las intuiciones de fondo que gu�an cada opci�n y de su posible repercusi�n para una reflexi�n teol�gica sobre la praxis hoy. Igualmente interesante es la consideraci�n de los aspectos que comparten ambas formas de reflexi�n trascendental. Todo ello constituye, en rigor, una tarea que supera las posibilidades de este trabajo, pero que ha quedado al menos bosquejada en sus principales contornos.

Un resultado relevante de todo este recorrido ha sido constatar la necesidad de distinguir-sin separar en la obra teol�gica de Rahner entre los antecedentes concretos y el espec�fico punto de partida de la antropolog�a transcendental, por una parte, y el desarrollo global de la misma en el conjunto de esa obra, por otra. No se postula con esto una relativizaci�n de tales antecedentes ni una mirada de su obra que disocie artificialmente una consideraci�n diacr�nica de otra sincr�nica. Pero, a mi juicio, s�lo la complementaci�n de ambas aproximaciones permitir� entender el modo como se relacionan en la teolog�a del jesuita aspectos diversos, incluso aparentemente contradictorios o alternativos. Esta es tal vez la mayor fortaleza del pensamiento rahneriano y a la vez uno de sus aspectos m�s cuestionados en cuanto a la concreta manera de llevarla a cabo: la integraci�n de lo diverso en una visi�n unitaria de la realidad hist�rica, del hombre y del actuar mismo de Dios en ellos.

En tal sentido hemos hecho m�s arriba una alusi�n a la “recuperaci�n” que hace Rahner, en el contexto de una reflexi�n “tard�a” sobre el m�todo en teolog�a, de una intuici�n primigenia de su pensamiento: el v�nculo estrecho entre m�stica y teolog�a, como signo de que el m�todo trascendental, lejos de debilitar el sentido del misterio absoluto que es Dios, se orienta a radicalizar la comprensi�n de ese misterio como fuente y sentido �ltimo de la subjetividad integralmente considerada, “en conocimiento y libertad”. [97] Se trata aqu� de la integraci�n de trascendencia e inmanencia, de misterio absoluto y finitud, de soberan�a divina y libertad personal-humana, de trascendentalidad e historicidad. Integraci�n radical en un sentido sincr�nico.

Pero, adem�s, salta a la vista que en Rahner esa idea de “recuperaci�n” hay que entenderla m�s bien como la capacidad de retener y desarrollar en el tiempo ciertas intuiciones fundamentales, enriquecidas y potenciadas con el aporte de otros enfoques y otras intuiciones descubiertas o adquiridas en ese mismo transcurso, como una suerte de testimonio concreto de la historicidad de la teolog�a y ―en contra de la opini�n de algunos detractores del jesu�ta― de la misma impronta trascendental de su pensamiento teol�gico. [98] Se trata aqu� de la dimensi�n diacr�nica de la b�squeda de integraci�n.

A ambas aproximaciones, claramente permeadas por la sensibilidad moderna, es esencial el rasgo de la historicidad. Historicidad de la salvaci�n como don y como acontecimiento de encuentro. La integraci�n de lo diverso en la unidad acontece siempre hist�ricamente. Y en cuanto tal acontecer, la noci�n de “antropolog�a trascendental” y el m�todo teol�gico a ella asociada implican, necesariamente, todo cuanto el ser humano despliega en su existencia ante la invitaci�n del Dios que lo interpela, al decir de Rahner, trascendental y categorialmente. Una reflexi�n teol�gica trascendental sobre la praxis hist�rica ―en el sentido amplio en que la comprendemos en el presente trabajo― deber�a, pues, ubicarse en tal horizonte: no s�lo como una cuesti�n abordable desde la pregunta �tica �por cierto, leg�tima y necesaria�, sino ante todo como ocasi�n para pensar y valorar la posibilidad para el ser humano �para todo cuanto �l es, hace y busca� del encuentro integrador salv�fico con Dios, en su dimensi�n tanto sincr�nica como diacr�nica.

Aqu� destaca la importancia central de la fuente espiritual ignaciana de la teolog�a de Karl Rahner y de su m�todo antropol�gico-trascendental como “racionalidad cimentada preconceptualmente” en la fe en un Dios que “se hace experimentable en forma no-objetual (ungegenst�ndlich) a trav�s de decisiones humanas, para llamar al hombre a lo m�s propio de su ser” [99] . La mirada ignaciana de la existencia humana como historia personal que acontece ante Cristo y con �l, y que implica as� la confianza creyente tanto en la acci�n transformadora y sanante de Dios como en el hecho de que ello puede ocurrir desde dentro del actuar personal hist�ricamente situado, es una invitaci�n al cristiano a una respuesta integradora existencial a Dios, como un “contemplativo en la acci�n”, es decir, como un permanente interrogador de s� mismo, de sus opciones y de su situaci�n hist�rica, en su inevitable ambivalencia como posible llamado divino u ocasi�n de alienaci�n, en la b�squeda de Dios que se da e interpela.

La praxis del cristiano, en clave ignaciana, ha de ser la praxis del que “busca a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Dios”, esto es: del que busca en una existencia hist�rica responsable y siempre abierta �sin recetas absolutas o preestablecidas, pero a la vez asumiendo el contexto comunitario-tradicional de su opci�n�, en actitud de discernimiento. Un enfoque trascendental rahneriano de la reflexi�n teol�gica sobre la praxis puede ser, as�, un valioso aporte a la Iglesia como la comunidad de los cristianos que peregrina por la historia buscando los signos del reino de Dios para cuyo servicio existe. En esta b�squeda, una actitud permanente de discernimiento, personal y eclesial, ser� siempre una contribuci�n decisiva para una respuesta m�s pura de la libertad humana a la interpelaci�n del Dios que, en Jes�s, ha queri

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