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Temas para la catequesis

EL M�TODO DE LAS RACIONALIDADES ESPECIALIZADAS
EN LA LABOR TEOL�GICA

P. V�ctor M. Mart�nez Morales, S.J.*

La fragmentaci�n del saber realizada en la modernidad llev� a la distinci�n de las especializaciones en la teolog�a, las cuales dado su objeto de conocimiento son identificadas como teolog�a fundamental o positiva, teolog�a sistem�tica o especulativa y teolog�a pr�ctica o aplicada.

La atenci�n viene a concentrarse en un saber particular y especializado, el inter�s est� ahora no en el todo sino en las partes. La unidad del saber general viene a distinguirse y separarse seg�n los m�todos y los planos de comprensi�n. La especializaci�n viene a erigirse a favor de la precisi�n, de un mejor uso de los m�todos y un adecuado manejo del lenguaje.

Se ha de reconocer que todo proceso de especializaci�n lleva a la instrumentalizaci�n del conocimiento queriendo apuntar a objetivos particulares. Ello trae como consecuencia la estrechez mayor de campos de conocimiento que se hacen cerrados y de tal manera especializados que al saber cada vez m�s de ellos se desconoce cada vez m�s de lo otro.

La racionalidad funcional afincada en subjetividades individuales cerradas y monol�ticas vienen a crear un ambiente cient�fico y acad�mico impersonal, an�nimo y masificador. La raz�n y la ciencia se instrumentalizan tras la b�squeda de prop�sitos particulares, no en pocos casos ego�stas y mezquinos.

Querernos aproximar al m�todo que da origen a las funciones especializadas de la teolog�a nos lleva a dar una mirada a su contexto remoto, contexto pr�ximo y contexto de realizaci�n [1] tal es el cometido que nos proponemos desarrollar en un primer momento. Luego, nos adentraremos en una mirada a estas funciones especializadas como hoy pueden ser presentadas. [2] Finalmente, a manera de conclusi�n daremos una mirada que anude los puntos destacados de aproximaci�n a lo que hoy hemos identificado como m�todo de las racionalidades especializadas.

Contexto remoto

En el desarrollo del siglo XV se viene a gestar esta conciencia que de “edad intermedia”, como distinta a la �poca antigua, da paso a una nueva �poca que procesualmente vamos a conocer como moderna.

Es el tiempo de los descubrimientos, 1492 el de Am�rica, marcar� el momento que d� p�e al deslinde de la �poca medieval y moderna.� En el orden filos�fico-teol�gico y cient�fico el nominalismo agoniza dando paso al humanismo. Ello significar� la emancipaci�n de las ciencias del proteccionismo filos�fico-teol�gico; el inicio por parte de las ciencias de seguir sus propios derroteros estaba dado.

Podemos se�alar el humanismo como la novedad de la modernidad, esta nueva visi�n cient�fica y art�stica del mundo la conoceremos como el renacimiento. Es en este tiempo donde la fe cristiana caracterizada por una s�lida unidad de la Europa occidental se ver�a afectada. La reforma protestante contar�a con el apoyo del mundo n�rdico, as� los cimientos de una nueva forma de hacer teolog�a basada en nuevos criterios de interpretaci�n de la Sagrada Escritura estaban siendo colocados.

Es en este contexto y en querer responder a lo suscitado donde a partir de la tradici�n, la m�stica y las misiones se dan las semillas de un primer tratado de metodolog�a teol�gica [3] , de las diferentes especializaciones que hasta hoy caracterizar�n el discurso teol�gico.

El retorno al mundo cl�sico en b�squeda de la perfecci�n y en contraposici�n a lo “b�rbaro”. La centralidad en lo humano destacando su dignidad y proclamando su individualidad, libertad y autosuficiencia consolida una visi�n antropoc�ntrica cuyo peligro vendr�a a estar en el desplazamiento de Dios por el hombre.

En relaci�n con el m�todo los aspectos hist�rico-cr�ticos han adquirido un lugar destacado. Se aplica a la interpretaci�n de la Escritura los criterios filol�gico-cr�ticos, importantes para la reconstrucci�n del texto y los criterios hist�rico-cr�ticos para la comprensi�n del contexto. Se quiere responder a la verificaci�n de la autenticidad de las fuentes y de los textos.

Es en este tiempo donde surge el movimiento protestante, complejo fen�meno, cuya aproximaci�n desborda nuestro prop�sito. B�stenos se�alar en lo que a su m�todo teol�gico se refiere el mantenimiento del principio luterano de la sola scriptura [4] interpretada con absoluta libertad individual. Se trata de una nueva teolog�a positiva, propuesta metodol�gica suficiente para el luteranismo oficial e indirectamente para las dem�s corrientes protestantes e iglesias reformadas calvinista, zwingliana, anglicana y sus numerosas desmembraciones que buscan adaptarse a las caracter�sticas propias de cada naci�n.

El concilio de Trento viene a afirmar la imprescindible necesidad, para el quehacer teol�gico, del binomio Escritura-Tradici�n. Ellas se constituyen en las formas bajo las cuales se da a conocer el mensaje de Jesucristo y sus ap�stoles. Ambas han de ser reconocidas, aceptadas y respetadas.

La respuesta dada por Trento en su conjunto es calificada por el mundo cat�lico de positiva y completa, subrayando como l�mite la ausencia de di�logo con los protestantes y el mundo moderno. Podemos indicar que mientras Trento opta por una teolog�a escol�stica, el mundo protestante opta teol�gicamente por el nominalismo.

La heredera m�s pr�xima al concilio de Trento es la teolog�a salmantina postridentina (1560-1660) caracterizada por su vuelta a Santo Tom�s de Aquino. En su conjunto el aporte de relevancia fue el “derecho natural” y por consiguiente la hip�tesis de la “natura pura” desarrollada por Francisco de Vitoria (1483-1546) y Francisco Su�rez (1548-1617). He aqu� el origen de la controversia de auxiliis, violenta y est�ril, que por m�s de veinte a�os sostuvieron a partir de 1582 el dominico Domingo B��ez (1528-1604) y el jesuita Luis de Molina (1536-1600).

Asc�ticos, como Ignacio de Loyola, Juan de �vila y Luis de Granada y m�sticos como Teresa de Jes�s y Juan de la Cruz, en el siglo XVI vienen a contribuir al nacimiento de la teolog�a espiritual en el siglo XVII. En un ambiente de contrastes y rechazos, padecidos en vida y mantenidos luego de su muerte, podemos destacar para nuestro inter�s la oraci�n y contemplaci�n como itinerario de encuentro con Dios, partiendo de la vida misma, de experiencias concretas y de una teolog�a encarnada en opciones humanas.

La actividad misionera del siglo XVI florece, llegando por una ruta a la India y al Oriente extremo, y por otra, a las Am�ricas y a Filipinas. M�todo evangelizador que se desarrolla en criterio de la “tabula rasa” en relaci�n con las costumbres locales y las propias creencias. Varias �rdenes religiosas (franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas) por varios siglos se han dedicado a esta labor misionera en la cual se destaca: el choque entre evangelizadores y conquistadores, la diferencia entre actividades propiamente misioneras y pastorales, por un lado, y acad�micas y de ense�anza de la teolog�a, por el otro. Hemos de anotar aqu� los primeros catecismos, las obras de c�mo evangelizar los ind�genas, la creaci�n de las primeras universidades en el nuevo mundo y la ense�anza de la teolog�a la cual era regida y depend�a por completo de la teolog�a europea.

Contexto pr�ximo

Calificada por algunos autores como la primera obra de metodolog�a teol�gica, el siglo XVI testificar� la obra De locis theologicis del dominico Merchor Cano (1509-60) publicada p�stuma en 1563. Para muchos sugerida por razones apolog�ticas en contraposici�n a las teolog�as de cu�o protestante.

Junto a ella y motivadas por disputas y controversias confesionales aparecen por primera vez los tratados apolog�ticos dogm�ticos y morales. En presentaci�n te�rica distinta y desarrollados en estilo unitario, separados y aut�nomos. Fragmentaci�n especializada que seguir� su curso en la medida que avance el tiempo propio de la modernidad.

Dado el inter�s de nuestro estudio adentr�monos en la obra de Melchor Cano (Cfr. Mart�nez, 1998: 131-140) cuyas caracter�sticas nos proporcionan los elementos de su metodolog�a al establecer los fundamentos teol�gicos de la ciencia teol�gica. Escrita en bello lat�n literario y presentando un sentido cr�tico genuinamente renacentista esta obra pasar� a convertirse en un verdadero cl�sico de la teolog�a.

En ella se hace la presentaci�n jer�rquica de los lugares teol�gicos: la Escritura y la tradici�n apost�lica son los lugares fundamentales. La iglesia cat�lica, los concilios, la iglesia romana, los padres y los te�logos son los lugares declarativos y finalmente, la raz�n, los fil�sofos juristas y la historia son los lugares auxiliares. La obra rechaza toda forma de fide�smo asign�ndole a la teolog�a tres finalidades: la defensa de la fe, la ilustraci�n del dogma a la luz de las ciencias humanas y la deducci�n de las conclusiones.

La aparici�n de las especializaciones teol�gicas se�ala la fragmentaci�n del saber teol�gico ya sea con base en los diversos objetos o de los m�todos diferentes. Es as� como se comienza a identificar y se�alar la teolog�a cristiana, teolog�a cat�lica, teolog�a m�stica, teolog�a dogm�tica, teolog�a pol�mica, teolog�a moral, teolog�a positiva, teolog�a escol�stica, etc. La apolog�a de la propia confesi�n va creando unas verdades apolog�ticas que no en todos los casos es una raz�n como �intellectus fidei� para cualificar la dogm�tica, sino el intento de atraer credibilidad hacia las propias iglesias.

La actitud apolog�tica va ganando terreno tanto entre los cat�licos como entre los protestantes en la medida en que las ciencias y la filosof�a se constituyen en un saber aut�nomo respecto de la teolog�a. En el curso del siglo XVIII se preferir� hablar de teolog�a fundamental e ir�n apareciendo obras que distinguen la apolog�tica de la dogm�tica.

Ya hacia finales del siglo XVI encontramos la distinci�n de la moral, algunos la atribuyen al influjo del mundo protestante, otros la acreditan al influjo tridentino acerca de la confesi�n detallada de los pecados que vienen a originar los manuales de casibus a los cuales se les agregaban argumentos consistentes de teolog�a moral. Finalmente, otros lo atribuyen a la publicaci�n de obras de te�logos jesuitas espa�oles bajo la estructura de moral general, sacramentos, leyes naturales y positivas y sanciones eclesi�sticas.

La caracter�stica m�s consistente de la modernidad es el predominio triunfal de la raz�n. Ella se va constituyendo en varias ciencias que reivindican su autonom�a de criterio en relaci�n con la filosof�a y la teolog�a. El inicio de la �poca cient�fica propiamente dicha comienza con la publicaci�n del Discurso sobre el M�todo (1637) por Descartes en donde se da a conocer como la duda met�dica es constitutiva del esp�ritu cient�fico, hasta que las matem�ticas en su aplicaci�n resuelvan la duda espec�fica con una afirmaci�n o una negaci�n. Las ciencias experimentales o emp�ricas conocer�n un desarrollo enorme a partir del siglo XVII hasta el XX.

Ante esta realidad la iglesia como la teolog�a van perdiendo de manera gradual el control de la situaci�n cultural. Iglesia y teolog�a vienen a afrontar la crisis de insignificancia experimentando el rechazo y aislamiento por la cultura moderna. Escepticismo no s�lo ante la teolog�a sino ante las humanidades en general, calific�ndolas de faltar a un criterio cient�fico definido y por tanto efectivo como el de las ciencias experimentales. La teolog�a viene a correr el riesgo de ser calificada de palabra est�ril al presentarse un divorcio entre las ciencias experimentales y las humanidades, el divorcio entre ciencia y fe es una de sus consecuencias.

Dos especializaciones m�s, a las tres ya afirmadas en el siglo XVI, vienen a crearse en respuesta a las novedades teol�gicas. Logra su autonom�a la teolog�a m�stica y espiritual la cual se mantendr� al margen de las universidades hasta el siglo XX. Mientras la teolog�a pastoral hace su aparici�n con honores, dada la reforma de los estudios teol�gicos liderada por Mar�a Teresa de Austria, la cual se extender� m�s all� de los l�mites austro-h�ngaros r�pidamente.

Para este momento la teolog�a se ha encerrado cada vez m�s en manuales, tratados y enciclopedias perdiendo su originalidad y vitalidad. Ya para finales del siglo XVII nace con propiedad la teolog�a dogm�tica en oposici�n a la teolog�a escol�stica; se dejan los comentarios escol�ticos y se asume con propiedad el de los sistemas en donde la exposici�n org�nica, segura y abstracta reemplazar� la quaestio, el ordo inventionis o heuristicus es sustituido por el ordo expositionis de una presentaci�n suficientemente completa, abarcadora y de transmisi�n de todos los datos.

Este esp�ritu cient�fico viene a dar un fuerte aporte y beneficio a la teolog�a hist�rica, la sensibilidad por el uso de las fuentes, su autenticidad, confiabilidad y manejo. Mejorar ediciones, preparar nuevas, crear y organizar bibliotecas vino a dar muy buenos resultados en orden a ediciones cr�ticas de muy alto nivel que contribuyeron al trabajo de la teolog�a positiva. Es as� como el avance cient�fico del mundo preilustrado comenzaba a producir sus frutos en el �mbito teol�gico.

Podemos indicar que la subdivisi�n ternaria de teolog�a fundamental, teolog�a dogm�tica y teolog�a pr�ctica, que nace oficialmente en la modernidad, seguir� estando presente en el transcurso del siglo XX. [5] Divisi�n tripartita con la cual se identificar� toda la labor teol�gica anterior aunque de manera aproximativa; triple dimensi�n que se hace indispensable para los te�logos modernos quienes se dedican a una de las tres especializaciones.

Contexto de realizaci�n

Ubicarnos en la teolog�a del siglo XVI significa que la teolog�a ha desplazado su eje de inter�s de lo divino a lo humano, se ha pasado de una teolog�a entendida como “sabidur�a sobre Dios” a una teolog�a como “sabidur�a para el hombre” he aqu� donde nace el m�todo apolog�tico-dogm�tico, manual�stico.

No podemos desconocer que ya desde la labor teol�gica de los padres se pueden explicitar estas tres dimensiones b�sicas de la teolog�a fundamental, dogm�tica y moral. [6] El m�todo teol�gico en la patr�stica hab�a producido una teolog�a unitaria y pluralista, a partir del dato revelado. La escuela de los tradicionalistas dedicados a la dogm�tica, los apologistas a la fundamental, los latinos a la moral y los alejandrinos realizaron un compendio profundo y completo basados en las caracter�sticas anteriores. Igualmente, podemos se�alar de la teolog�a de los postnicenos latinos en sus m�ximos representantes: Agust�n y Gregorio Magno, el primero desde la dimensi�n apolog�tico-fundamental y te�rico-dogm�tica; el segundo, desde la dimensi�n pr�ctica-pastoral-espiritual.

Estos tres principales sectores en los cuales se dividir� la teolog�a moderna encuentran su

articulaci�n en torno a la autoridad: En primer lugar est� Dios, �l es la m�xima autoridad, s�lo �l merece la fe del hombre. La iglesia es el instrumento garante de la verdad y la autoridad. En un segundo lugar, podemos se�alar los ambientes propios e impropios de la revelaci�n y en tercer lugar, la misi�n de la iglesia, la cual es triple: declarar lo que a�n Dios no ha manifestado, deducir otras verdades y defender la doctrina contra errores y enemigos.

Su pretensi�n es establecer fuentes seguras para hacer teolog�a, de ah� que se indiquen como principios teol�gicos: Los fundamentales o propios constitutivos, son ellos la Sagrada Escritura y la tradici�n. Los declarativos o propios interpretativos, son la iglesia en cuanto conciencia de fe, los concilios, el papa, los padres de la iglesia, los te�logos. Y como principios auxiliares o impropios en cuanto no-teol�gicos est�n la raz�n humana, los fil�sofos y la historia.

He ah� los locis theologicis. Sin embargo, el locus no es el lugar donde se encuentra el te�logo, el locus va m�s all� del horizonte comprensivo o condici�n de posibilidad para hacer teolog�a. Los locis son las fuentes de la teolog�a, principios, autoridad.

Hasta antes de la modernidad la teolog�a era una, la proveniente de la edad media, tal era la teolog�a conocida en Las Sentencias de Pedro Lombardo o en La Suma teol�gica de Santo Tom�s, la teolog�a sistem�tica. La teolog�a dogm�tica (Lorda, 1999: 182-189) (Siglo XVII) vendr� a designar no una materia teol�gica sino una manera particular de trabajar la teolog�a, se trata de la demostraci�n del dogma, se trata de la teolog�a positiva. La teolog�a asc�tica o m�stica viene a darse en contraposici�n con la teolog�a escol�stica, teolog�a especulativa. Ya muy pronto tendremos la teolog�a moral, teolog�a casu�stica; la teolog�a apolog�tica, la teolog�a del derecho, la teolog�a espiritual y la teolog�a pastoral.

Es as� como la teolog�a sistem�tica podr� dividirse en diversas disciplinas teol�gicas y en diversas partes o tratados en la teolog�a dogm�tica. Son reconocidos De ecclesia, De Deo Uno et Trino, De Deo creante et elevante, De Verbo incarnato, De Christo Redentore, De Beata Vergine, De Gratia, De Peccato originale, De Virtutibus Teologalibus, De Sacramenti, de Novissimis.

La teolog�a signada por el humanismo, el renacimiento y la reforma viene a caracterizarse por: la creaci�n de facultades de teolog�a, el retorno a lo cl�sico (la cultura laical), la pluralidad de escuelas teol�gicas (agustinismo, tomismo, escotismo, nominalismo), la preocupaci�n por la evangelizaci�n (dado los descubrimientos, particularmente Am�rica), la reforma protestante.

Los manuales sistem�ticos vienen a estar en forma en el siglo XVIII, ellos armonizan lo escol�stico, positivo y pol�mico. En las facultades de teolog�a existen las c�tedras de locis theologicis, teolog�a dogm�tica [7] , teolog�a escol�stica, concilios e historia eclesi�stica. Siempre estar� presente la Sagrada Escritura.

El m�todo teol�gico positivo-apolog�tico-manual�stico est� dado:

Tesis�������������������������� propuesta dogm�tica magisterial.

Contrarios������������������ enumeraci�n de adversarios y objeciones

Pruebas��������������������� Comprobar la verdad de la tesis.

���������������������������������� Argumentos de la Sagrada Escritura, la Tradici�n, el Magisterio.

Respuesta������������������ A las objeciones.

Consideraciones�������� De car�cter espiritual, de orden pr�ctico.

Se� va realizando una teolog�a positiva o hist�rica caracterizada por la fragmentaci�n en especialidades, la escisi�n entre teolog�a cat�lica, luterana, calvinista y otras. Controversias y disputas entre las diferentes escuelas teol�gicas. Imitando la cultura civil los manuales se han impuesto con una metodolog�a enciclopedista en donde se impone el ordenamiento de materias antes que la argumentaci�n de las fuentes. Igualmente, la apolog�tica racionalista o teolog�a fundamental es la que impera.

La complejidad de la teolog�a preconciliar nos testifica con la crisis modernista y el paso de una teolog�a magisterial a una teolog�a de la revelaci�n c�mo hasta la primera mitad del siglo XX la fragmentaci�n de la teolog�a y el predominio de sus especializaciones presentada en manuales se conservaba con mucha fuerza. (Cfr. Berzosa, 1994: 9-33)

La racionalidad del kerigma en la especializaci�n de la palabra

Si Dios se ha revelado en la palabra y por la palabra, tal es el fundamento de la teolog�a kerigm�tica, el texto escrito adquiere todo nuestro inter�s en cuanto a hacer teolog�a se trata.

Se ha de partir del an�lisis textual de la Sagrada Escritura, son los dos testamentos como textos inspirados la realidad de estudio con relaci�n al m�todo que hemos de seguir. Se ha de abordar el nivel sem�ntico, gramatical, estructural, redaccional e hist�rico-cr�tico.

El objetivo es establecer el significado que los autores de los libros sagrados quisieron expresar mediante la aplicaci�n de una cuidadosa ex�gesis� que logre acceder a la acci�n de Dios que se manifiesta en la Palabra.

Una mirada cr�tica nos lleva a ver c�mo el car�cter emp�rico-exeg�tico de esta funci�n kerigm�tica dado su alto porcentaje de positivismo hist�rico viene a ubicar en el pasado de la historia del pueblo de Israel y de la Iglesia apost�lica el cenit de la revelaci�n. En consecuencia el cristianismo queda identificado como religi�n de archivos, tradici�n, libros, c�digos y documentos que hemos de interpretar desde una ex�gesis ortodoxa para desde all� poder deducir la doctrina a la cual hoy como cristianos hemos de acomodarnos.

El peligro ha sido el de una racionalidad exeg�tica, reduciendo todo a una hermen�utica de �ndole textual. A partir de all�, el texto escrito viene a tomar tal identidad con el acto de revelaci�n que la palabra se petrifica vaci�ndose de todo significado de sentido vital y existencial para la generaci�n que interpreta. Por ello, en vez de gestar transformaci�n y cambio permanece en formar especialistas en ex�gesis b�blica donde la sem�ntica y gram�tica textual es su �nico inter�s.

No podemos desconocer el aporte que para la labor teol�gica ha significado la ex�gesis en su rigor gramatical e hist�rico textual de la Sagrada Escritura, ella es y sigue siendo el fundamento normativo paradigm�tico y �nico. El int�rprete reconociendo la objetividad del texto sagrado no permanece inm�vil ante �l, su realidad como su entorno se ven alterados y modificados.

La racionalidad hermen�utica en la especializaci�n de la historia

Basada en la historia como lugar donde Dios acontece, la teolog�a hist�rico-hermen�utica se fundamenta en la revelaci�n que acontece en la historia de la salvaci�n, la cual pertenece a la historia universal. [8]

De ah� la interpretaci�n de los acontecimientos para comprender la acci�n de Dios en la historia. Es la historia, el aqu� y el ahora, el ayer y el hoy, la situaci�n real y concreta con la cual se trabaja, desde sus l�mites y alcances, luces y sombras, positividades y negatividades. El m�todo hermen�utico-hist�rico interpretar� la historia como historia� salv�fica donde Dios se revela.

El objetivo es establecer el sentido salv�fico del acontecer hist�rico mediante la razonabilidad de la historia que se dignifica como lugar de fe y revelaci�n.

Una mirada cr�tica nos lleva a ver que las teolog�as de la historia de car�cter positivista han venido a ahogar el presente haciendo del pasado y de su memoria el eje articulador del acontecer salv�fico.

Sesgos de la racionalidad hist�rico-hermen�utica de opciones est�ticas, culturales, progresistas y art�sticas han dejado de lado otras historias en su elaboraci�n, dejando s�lo como historia la oficial. Igualmente, se hace historia de los metarelatos originarios de superestructuras olvidando los minirelatos y fragmentos de peque�as historias, los cuales vienen a ser oscurecidos y a no ser tenidos en cuenta.

No podemos desconocer el aporte que para la labor teol�gica ha significado la raz�n hist�rico-hermen�utica. La revelaci�n sucede en la historia y es en ella donde hemos de hallar la acci�n de Dios. Sensible al contexto situacional la teolog�a se aproxima a los fen�menos hist�ricos como acontecimientos mediadores de la revelaci�n hist�rica de Dios cuyo presente y futuro se ven afectados y exigidos como lo fue el ayer que es objeto de estudio.

La racionalidad pol�tico-social en la especializaci�n de la liberaci�n

Dios se revela de manera particular en los procesos de liberaci�n. La teolog�a pol�tica se fundamenta en la revelaci�n de Dios unida a la acci�n emancipadora y liberadora del pobre, oprimido y cautivo en b�squeda de mejores condiciones de vida. [9]

El m�todo aplica una reflexi�n cr�tica sobre la historia cuya praxis de liberaci�n socio-pol�tica-econ�mica-cultural de las v�ctimas es el eje nuclear de la acci�n salv�fica y redentora de Dios. Son las estructuras sociales de convivencia en orden institucional donde se han de objetivar los ideales evang�licos de paz, justicia y libertad.

El objetivo es establecer la liberaci�n de personas y comunidades mediante la acci�n de emancipaci�n de estructuras injustas como finalidad y pretensi�n salv�fica de la revelaci�n de Dios en la historia.

Una mirada cr�tica a las teolog�as de la liberaci�n, entendiendo por ellas la teolog�a pol�tica m�s de tinte europeo y norteamericano, como las de Latinoam�rica, Asia y �frica, nos lleva a verificar el� uso y manejo que le dan a la filosof�a y a las ciencias sociales, en donde en no muy pocos casos es tal la amalgama realizada que la teolog�a se diluye o pareciera estar supeditada a �stas.

Una cr�tica constante ha sido la mirada parcializada o sesgada sobre la liberaci�n en sentido pragm�tico, donde su acci�n apunta a una praxis determinada en orden pol�tico social o econ�mico dejando a un lado el car�cter liberador integral y total.

El uso de mediaciones de orden filos�fico y social no suficientemente sopesadas, valoradas y discernidas hacen que el instrumental anal�tico se coloque al servicio de otros presupuestos, muchas veces de car�cter ideol�gico, alej�ndose de la estructura teol�gica y por lo tanto de la fe eclesial.

Finalmente, el exclusivismo de la teolog�a como �nicamente liberadora la convierte en dogmatismo intransigente yendo en contra de la misma acci�n liberadora de la teolog�a.

No podemos desconocer el aporte que para la labor teol�gica ha significado la reflexi�n cr�tica sobre la praxis hist�rica de liberaci�n socio-econ�mica y pol�tico-social de los pobres como acci�n salv�fica de Dios que se revela en la historia. La funci�n social pol�tica-liberadora de la teolog�a contribuye a descubrir como ella se ha de realizar a partir de la acci�n transformadora que genera la opci�n por los pobres.

Conclusi�n

El relieve dado a la ciencia y con ella al saber y a la raz�n en la modernidad conlleva un �nfasis en su positividad, defini�ndola como un sistema objetivo de organizaci�n de fen�menos que busca responder al sentido de la vida y de la realidad. Los hechos se absolutizan, la autonom�a ejerce su fascinaci�n y la distinci�n y separaci�n seducen. Lo cual trae como consecuencia la fragmentaci�n del conocimiento y la especializaci�n de sus funciones.

La teolog�a a partir del m�todo apolog�tico-dogm�tico, manual�stico en b�squeda del retorno a las fuentes de la fe y la controversia con el mundo protestante viene a dar origen a la teolog�a positiva en contraposici�n con la teolog�a especulativa hasta ahora trabajada en todo el medioevo. He ah� la fuerza de las ediciones cr�ticas de los textos antiguos, donde la Sagrada Escritura y manuscritos de los padres de la iglesia fueron la condici�n t�cnica del trabajo teol�gico positivista.

La fragmentaci�n del saber teol�gico ha llegado hasta el siglo XX con una divisi�n tripartita de especialidad teol�gica: teolog�a b�blica, teolog�a dogm�tica, teolog�a pastoral. La atenci�n se focaliza en un saber teol�gico particular, el inter�s no radica en la unidad teol�gica o en la teolog�a como unidad de conocimiento sino en un apartado. En una teolog�a que podemos denominar cl�sica esta fragmentaci�n de la unidad del saber teol�gico cre� especializaciones y un sin n�mero de perspectivas [10] , ayer afincadas en el horizonte de las preocupaciones intraeclesiales, hoy en la urgencia de la secularizaci�n, lo laical, la anal�tica del lenguaje, la problem�tica pol�tico-social.

Ciertamente, la especializaci�n del m�todo en �reas del conocimiento ha tra�do como consecuencia la fragmentaci�n con ella la separaci�n en compartimentos intocables donde la incomunicaci�n, la poca intersubjetividad y la ausencia de lo social origina la incapacidad de un tejido en proyectos comunes de articulaci�n.

Para una �poca como la nuestra, las diferentes especializaciones de la teolog�a antes de contribuir a la ruptura de la unidad del saber teol�gico nos lleva a asumir con rigor el m�todo que hemos de trabajar a partir de la interrelaci�n de las funciones, cuya configuraci�n e interpretaci�n del contexto hist�rico y cultural de la realidad en la que se vive nos hace realizar una labor teol�gica integral, suficientemente interactiva e interdisciplinaria.

Hoy, despu�s del proceso recorrido a lo largo de los siglos de racionalismos y positivismos pseudoteol�gicos, llegar a afirmar que la teolog�a no es una ciencia en el sentido moderno del t�rmino no la hace no cient�fica sino por el contrario la hace suficientemente capaz de encontrar su propia vocaci�n no como ciencia opuesta, contraria y rival de las otras ciencias sino la de una sabidur�a memorial del Evangelio, experiencia de la vida cristiana y conciencia cr�tica de la fe personal y comunitaria.

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* ������������ Doctor en Teolog�a, Universidad Gregoriana, Roma. Decano Acad�mico, Facultad de Teolog�a, Pontificia Universidad Javeriana. En representaci�n del grupo Didaskalia -Equipo interdisciplinario de docencia e investigaci�n teol�gica-, creado en 1999. Sus miembros son: P. V�ctor Mart�nez, S.J., P. Eduardo D�az, profesores Jos� Alfredo Noratto, Libardo Hoyos, Jos� Mar�a Ortiz y Gabriel Su�rez.

[1] .��������� Se trata de realizar una mirada planogr�fica de contexto hist�rico que nos logra ubicar en el tema objeto de nuestro estudio. (Delpero, 1998: 180-265)

[2] .��������� Para esta mirada contempor�nea nos basamos en Parra, 2003: 47-72.

[3] .��������� Hoy se presenta la teolog�a del siglo XV a XVIII como teolog�a del descubrimiento, teolog�a humanista, teolog�a de la reforma y contrareforma, teolog�a barroca. En ellas se fueron gestando lo que hoy identificamos como m�todo de las racionalidades especializadas. (Berzosa, 1999: 71-87)

[4] .��������� Una presentaci�n breve y muy completa, tanto sobre Lutero como de Melchor Cano la encontramos en Wicks, 2001: 18-24.

[5] .��������� No podemos desconocer la teolog�a realizada en 1870 a 1950 donde hemos de destacar la teolog�a del Vaticano I, las enc�clicas “Aeterni Patris” de Le�n XIII en 1879 y Humani generis, en 1950 de P�o XII. Una presentaci�n suficiente sobre este tema la encontramos en� Mart�nez, 2003: 19-39.

[6] .��������� “La explicitaci�n de las tres dimensiones b�sicas� de la teolog�a fundamental, dogm�tica y moral no representan ninguna novedad para los postnicenos latinos, porque la hallamos claramente existentes entre los prenicenos y tambi�n en el Nuevo Testamento: hay una perspectiva apolog�tica en los escritos neotestamentarios, que los prenicenos han desarrollado abiertamente en la �poca de las persecuciones; tambi�n existe en las mismas fuentes una preocupaci�n dogm�tica constantemente proyectada hacia la toma de conciencia de las diferentes verdades cristianas seg�n las exigencias culturales del ambiente; puntualmente aparece en los escritos neotestamentarios y prenicenos la misma dimensi�n moral, pues la novedad evang�lica se reviste de costumbres y comportamientos, como para aterrizar en la vida pr�ctica, para con la cual han sido sensibles los hombres de toda �poca.” (Delpero, 1998: 98-99)

[7] .��������� “Los te�logos dogm�ticos eran hijos de su tiempo, positivista, y por ello en sus tesis y conclusiones procuraban, ante todo, acumular pruebas sacadas de las fuentes. Habitualmente, un cap�tulo de esa teolog�a comenzaba con la enunciaci�n precisa de la ense�anza m�s reciente de la Iglesia sobre un punto concreto. Despu�s segu�an las pruebas, sacadas de la Escritura, la Tradici�n y los argumentos de raz�n para demostrar los fundamentos de la doctrina que se estaba exponiendo.” (Wicks, 2001: 28)

[8] .��������� Una mirada m�s profunda en Cfr. Forte, 1990.

[9] .��������� Para una mirada suficientemente abarcadora ver Boff, 1978.

[10] .������� Algunos autores dan a conocer como a partir de all� se di� origen a las denominadas teolog�a del genitivo. (Alszeghy y Flick, 1976: 99-125)

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