EL M�TODO DE LAS RACIONALIDADES
ESPECIALIZADAS
EN LA LABOR TEOL�GICA
P. V�ctor M. Mart�nez Morales,
S.J.
La fragmentaci�n del saber realizada
en la modernidad llev� a la distinci�n de las especializaciones en
la teolog�a, las cuales dado su objeto de conocimiento son identificadas
como teolog�a fundamental o positiva, teolog�a sistem�tica o especulativa
y teolog�a pr�ctica o aplicada.
La atenci�n viene a concentrarse
en un saber particular y especializado, el inter�s est� ahora no en
el todo sino en las partes. La unidad del saber general viene a distinguirse
y separarse seg�n los m�todos y los planos de comprensi�n. La especializaci�n
viene a erigirse a favor de la precisi�n, de un mejor uso de los m�todos
y un adecuado manejo del lenguaje.
Se ha de reconocer que todo proceso
de especializaci�n lleva a la instrumentalizaci�n del conocimiento
queriendo apuntar a objetivos particulares. Ello trae como consecuencia
la estrechez mayor de campos de conocimiento que se hacen cerrados
y de tal manera especializados que al saber cada vez m�s de ellos
se desconoce cada vez m�s de lo otro.
La racionalidad funcional afincada
en subjetividades individuales cerradas y monol�ticas vienen a crear
un ambiente cient�fico y acad�mico impersonal, an�nimo y masificador.
La raz�n y la ciencia se instrumentalizan tras la b�squeda de prop�sitos
particulares, no en pocos casos ego�stas y mezquinos.
Querernos aproximar al m�todo que
da origen a las funciones especializadas de la teolog�a nos lleva
a dar una mirada a su contexto remoto, contexto pr�ximo y contexto
de realizaci�n tal es el cometido que nos proponemos desarrollar
en un primer momento. Luego, nos adentraremos en una mirada a estas
funciones especializadas como hoy pueden ser presentadas. Finalmente, a manera
de conclusi�n daremos una mirada que anude los puntos destacados de
aproximaci�n a lo que hoy hemos identificado como m�todo de las racionalidades
especializadas.
Contexto remoto
En el desarrollo del siglo XV se
viene a gestar esta conciencia que de “edad intermedia”, como distinta
a la �poca antigua, da paso a una nueva �poca que procesualmente vamos
a conocer como moderna.
Es el tiempo de los descubrimientos,
1492 el de Am�rica, marcar� el momento que d� p�e al deslinde de la
�poca medieval y moderna.� En el orden filos�fico-teol�gico y cient�fico
el nominalismo agoniza dando paso al humanismo. Ello significar� la
emancipaci�n de las ciencias del proteccionismo filos�fico-teol�gico;
el inicio por parte de las ciencias de seguir sus propios derroteros
estaba dado.
Podemos se�alar el humanismo como
la novedad de la modernidad, esta nueva visi�n cient�fica y art�stica
del mundo la conoceremos como el renacimiento. Es en este tiempo donde
la fe cristiana caracterizada por una s�lida unidad de la Europa occidental
se ver�a afectada. La reforma protestante contar�a con el apoyo del
mundo n�rdico, as� los cimientos de una nueva forma de hacer teolog�a
basada en nuevos criterios de interpretaci�n de la Sagrada Escritura
estaban siendo colocados.
Es en este contexto y en querer responder
a lo suscitado donde a partir de la tradici�n, la m�stica y las misiones
se dan las semillas de un primer tratado de metodolog�a teol�gica, de las diferentes especializaciones que hasta hoy
caracterizar�n el discurso teol�gico.
El retorno al mundo cl�sico en b�squeda
de la perfecci�n y en contraposici�n a lo “b�rbaro”. La centralidad
en lo humano destacando su dignidad y proclamando su individualidad,
libertad y autosuficiencia consolida una visi�n antropoc�ntrica cuyo
peligro vendr�a a estar en el desplazamiento de Dios por el hombre.
En relaci�n con el m�todo los aspectos
hist�rico-cr�ticos han adquirido un lugar destacado. Se aplica a la
interpretaci�n de la Escritura los criterios filol�gico-cr�ticos,
importantes para la reconstrucci�n del texto y los criterios hist�rico-cr�ticos
para la comprensi�n del contexto. Se quiere responder a la verificaci�n
de la autenticidad de las fuentes y de los textos.
Es en este tiempo donde surge el
movimiento protestante, complejo fen�meno, cuya aproximaci�n desborda
nuestro prop�sito. B�stenos se�alar en lo que a su m�todo teol�gico
se refiere el mantenimiento del principio luterano de la sola scriptura interpretada con absoluta libertad individual. Se
trata de una nueva teolog�a positiva, propuesta metodol�gica suficiente
para el luteranismo oficial e indirectamente para las dem�s corrientes
protestantes e iglesias reformadas calvinista, zwingliana, anglicana
y sus numerosas desmembraciones que buscan adaptarse a las caracter�sticas
propias de cada naci�n.
El concilio de Trento viene a afirmar
la imprescindible necesidad, para el quehacer teol�gico, del binomio
Escritura-Tradici�n. Ellas se constituyen en las formas bajo las cuales
se da a conocer el mensaje de Jesucristo y sus ap�stoles. Ambas han
de ser reconocidas, aceptadas y respetadas.
La respuesta dada por Trento en su
conjunto es calificada por el mundo cat�lico de positiva y completa,
subrayando como l�mite la ausencia de di�logo con los protestantes
y el mundo moderno. Podemos indicar que mientras Trento opta por una
teolog�a escol�stica, el mundo protestante opta teol�gicamente por
el nominalismo.
La heredera m�s pr�xima al concilio
de Trento es la teolog�a salmantina postridentina (1560-1660) caracterizada
por su vuelta a Santo Tom�s de Aquino. En su conjunto el aporte de
relevancia fue el “derecho natural” y por consiguiente la hip�tesis
de la “natura pura” desarrollada por Francisco de Vitoria (1483-1546)
y Francisco Su�rez (1548-1617). He aqu� el origen de la controversia
de auxiliis, violenta y est�ril, que por m�s de veinte a�os
sostuvieron a partir de 1582 el dominico Domingo B��ez (1528-1604)
y el jesuita Luis de Molina (1536-1600).
Asc�ticos, como Ignacio de Loyola,
Juan de �vila y Luis de Granada y m�sticos como Teresa de Jes�s y
Juan de la Cruz, en el siglo XVI vienen a contribuir al nacimiento
de la teolog�a espiritual en el siglo XVII. En un ambiente de contrastes
y rechazos, padecidos en vida y mantenidos luego de su muerte, podemos
destacar para nuestro inter�s la oraci�n y contemplaci�n como itinerario
de encuentro con Dios, partiendo de la vida misma, de experiencias
concretas y de una teolog�a encarnada en opciones humanas.
La actividad misionera del siglo
XVI florece, llegando por una ruta a la India y al Oriente extremo,
y por otra, a las Am�ricas y a Filipinas. M�todo evangelizador que
se desarrolla en criterio de la “tabula rasa” en relaci�n con las
costumbres locales y las propias creencias. Varias �rdenes religiosas
(franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas) por varios siglos
se han dedicado a esta labor misionera en la cual se destaca: el choque
entre evangelizadores y conquistadores, la diferencia entre actividades
propiamente misioneras y pastorales, por un lado, y acad�micas y de
ense�anza de la teolog�a, por el otro. Hemos de anotar aqu� los primeros
catecismos, las obras de c�mo evangelizar los ind�genas, la creaci�n
de las primeras universidades en el nuevo mundo y la ense�anza de
la teolog�a la cual era regida y depend�a por completo de la teolog�a
europea.
Contexto pr�ximo
Calificada por algunos autores como
la primera obra de metodolog�a teol�gica, el siglo XVI testificar�
la obra De locis theologicis del dominico Merchor Cano (1509-60)
publicada p�stuma en 1563. Para muchos sugerida por razones apolog�ticas
en contraposici�n a las teolog�as de cu�o protestante.
Junto a ella y motivadas por disputas
y controversias confesionales aparecen por primera vez los tratados
apolog�ticos dogm�ticos y morales. En presentaci�n te�rica distinta
y desarrollados en estilo unitario, separados y aut�nomos. Fragmentaci�n
especializada que seguir� su curso en la medida que avance el tiempo
propio de la modernidad.
Dado el inter�s de nuestro estudio
adentr�monos en la obra de Melchor Cano (Cfr. Mart�nez, 1998: 131-140)
cuyas caracter�sticas nos proporcionan los elementos de su metodolog�a
al establecer los fundamentos teol�gicos de la ciencia teol�gica.
Escrita en bello lat�n literario y presentando un sentido cr�tico
genuinamente renacentista esta obra pasar� a convertirse en un verdadero
cl�sico de la teolog�a.
En ella se hace la presentaci�n jer�rquica
de los lugares teol�gicos: la Escritura y la tradici�n apost�lica
son los lugares fundamentales. La iglesia cat�lica, los concilios,
la iglesia romana, los padres y los te�logos son los lugares declarativos
y finalmente, la raz�n, los fil�sofos juristas y la historia son los
lugares auxiliares. La obra rechaza toda forma de fide�smo asign�ndole
a la teolog�a tres finalidades: la defensa de la fe, la ilustraci�n
del dogma a la luz de las ciencias humanas y la deducci�n de las conclusiones.
La aparici�n de las especializaciones
teol�gicas se�ala la fragmentaci�n del saber teol�gico ya sea con
base en los diversos objetos o de los m�todos diferentes. Es as� como
se comienza a identificar y se�alar la teolog�a cristiana, teolog�a
cat�lica, teolog�a m�stica, teolog�a dogm�tica, teolog�a pol�mica,
teolog�a moral, teolog�a positiva, teolog�a escol�stica, etc. La apolog�a
de la propia confesi�n va creando unas verdades apolog�ticas que no
en todos los casos es una raz�n como �intellectus fidei� para
cualificar la dogm�tica, sino el intento de atraer credibilidad hacia
las propias iglesias.
La actitud apolog�tica va ganando
terreno tanto entre los cat�licos como entre los protestantes en la
medida en que las ciencias y la filosof�a se constituyen en un saber
aut�nomo respecto de la teolog�a. En el curso del siglo XVIII se preferir�
hablar de teolog�a fundamental e ir�n apareciendo obras que distinguen
la apolog�tica de la dogm�tica.
Ya hacia finales del siglo XVI encontramos
la distinci�n de la moral, algunos la atribuyen al influjo del mundo
protestante, otros la acreditan al influjo tridentino acerca de la
confesi�n detallada de los pecados que vienen a originar los manuales
de casibus a los cuales se les agregaban argumentos consistentes de
teolog�a moral. Finalmente, otros lo atribuyen a la publicaci�n de
obras de te�logos jesuitas espa�oles bajo la estructura de moral general,
sacramentos, leyes naturales y positivas y sanciones eclesi�sticas.
La caracter�stica m�s consistente
de la modernidad es el predominio triunfal de la raz�n. Ella se va
constituyendo en varias ciencias que reivindican su autonom�a de criterio
en relaci�n con la filosof�a y la teolog�a. El inicio de la �poca
cient�fica propiamente dicha comienza con la publicaci�n del Discurso
sobre el M�todo (1637) por Descartes en donde se da a conocer como
la duda met�dica es constitutiva del esp�ritu cient�fico, hasta que
las matem�ticas en su aplicaci�n resuelvan la duda espec�fica con
una afirmaci�n o una negaci�n. Las ciencias experimentales o emp�ricas
conocer�n un desarrollo enorme a partir del siglo XVII hasta el XX.
Ante esta realidad la iglesia como
la teolog�a van perdiendo de manera gradual el control de la situaci�n
cultural. Iglesia y teolog�a vienen a afrontar la crisis de insignificancia
experimentando el rechazo y aislamiento por la cultura moderna. Escepticismo
no s�lo ante la teolog�a sino ante las humanidades en general, calific�ndolas
de faltar a un criterio cient�fico definido y por tanto efectivo como
el de las ciencias experimentales. La teolog�a viene a correr el riesgo
de ser calificada de palabra est�ril al presentarse un divorcio entre
las ciencias experimentales y las humanidades, el divorcio entre ciencia
y fe es una de sus consecuencias.
Dos especializaciones m�s, a las
tres ya afirmadas en el siglo XVI, vienen a crearse en respuesta a
las novedades teol�gicas. Logra su autonom�a la teolog�a m�stica y
espiritual la cual se mantendr� al margen de las universidades hasta
el siglo XX. Mientras la teolog�a pastoral hace su aparici�n con honores,
dada la reforma de los estudios teol�gicos liderada por Mar�a Teresa
de Austria, la cual se extender� m�s all� de los l�mites austro-h�ngaros
r�pidamente.
Para este momento la teolog�a se
ha encerrado cada vez m�s en manuales, tratados y enciclopedias perdiendo
su originalidad y vitalidad. Ya para finales del siglo XVII nace con
propiedad la teolog�a dogm�tica en oposici�n a la teolog�a escol�stica;
se dejan los comentarios escol�ticos y se asume con propiedad el de
los sistemas en donde la exposici�n org�nica, segura y abstracta reemplazar�
la quaestio, el ordo inventionis o heuristicus
es sustituido por el ordo expositionis de una presentaci�n
suficientemente completa, abarcadora y de transmisi�n de todos los
datos.
Este esp�ritu cient�fico viene a
dar un fuerte aporte y beneficio a la teolog�a hist�rica, la sensibilidad
por el uso de las fuentes, su autenticidad, confiabilidad y manejo.
Mejorar ediciones, preparar nuevas, crear y organizar bibliotecas
vino a dar muy buenos resultados en orden a ediciones cr�ticas de
muy alto nivel que contribuyeron al trabajo de la teolog�a positiva.
Es as� como el avance cient�fico del mundo preilustrado comenzaba
a producir sus frutos en el �mbito teol�gico.
Podemos indicar que la subdivisi�n
ternaria de teolog�a fundamental, teolog�a dogm�tica y teolog�a pr�ctica,
que nace oficialmente en la modernidad, seguir� estando presente en
el transcurso del siglo XX. Divisi�n tripartita con la cual se
identificar� toda la labor teol�gica anterior aunque de manera aproximativa;
triple dimensi�n que se hace indispensable para los te�logos modernos
quienes se dedican a una de las tres especializaciones.
Contexto de realizaci�n
Ubicarnos en la teolog�a del siglo
XVI significa que la teolog�a ha desplazado su eje de inter�s de lo
divino a lo humano, se ha pasado de una teolog�a entendida como “sabidur�a
sobre Dios” a una teolog�a como “sabidur�a para el hombre” he aqu�
donde nace el m�todo apolog�tico-dogm�tico, manual�stico.
No podemos desconocer que ya desde
la labor teol�gica de los padres se pueden explicitar estas tres dimensiones
b�sicas de la teolog�a fundamental, dogm�tica y moral.
El m�todo teol�gico en la patr�stica hab�a producido una teolog�a
unitaria y pluralista, a partir del dato revelado. La escuela de los
tradicionalistas dedicados a la dogm�tica, los apologistas a la fundamental,
los latinos a la moral y los alejandrinos realizaron un compendio
profundo y completo basados en las caracter�sticas anteriores. Igualmente,
podemos se�alar de la teolog�a de los postnicenos latinos en sus m�ximos
representantes: Agust�n y Gregorio Magno, el primero desde la dimensi�n
apolog�tico-fundamental y te�rico-dogm�tica; el segundo, desde la
dimensi�n pr�ctica-pastoral-espiritual.
Estos tres principales sectores en
los cuales se dividir� la teolog�a moderna encuentran su
articulaci�n en torno a la autoridad:
En primer lugar est� Dios, �l es la m�xima autoridad, s�lo �l merece
la fe del hombre. La iglesia es el instrumento garante de la verdad
y la autoridad. En un segundo lugar, podemos se�alar los ambientes
propios e impropios de la revelaci�n y en tercer lugar, la misi�n
de la iglesia, la cual es triple: declarar lo que a�n Dios no ha manifestado,
deducir otras verdades y defender la doctrina contra errores y enemigos.
Su pretensi�n es establecer fuentes
seguras para hacer teolog�a, de ah� que se indiquen como principios
teol�gicos: Los fundamentales o propios constitutivos, son ellos la
Sagrada Escritura y la tradici�n. Los declarativos o propios interpretativos,
son la iglesia en cuanto conciencia de fe, los concilios, el papa,
los padres de la iglesia, los te�logos. Y como principios auxiliares
o impropios en cuanto no-teol�gicos est�n la raz�n humana, los fil�sofos
y la historia.
He ah� los locis theologicis.
Sin embargo, el locus no es el lugar donde se encuentra el te�logo,
el locus va m�s all� del horizonte comprensivo o condici�n de posibilidad
para hacer teolog�a. Los locis son las fuentes de la teolog�a,
principios, autoridad.
Hasta antes de la modernidad la teolog�a
era una, la proveniente de la edad media, tal era la teolog�a conocida
en Las Sentencias de Pedro Lombardo o en La Suma teol�gica de Santo
Tom�s, la teolog�a sistem�tica. La teolog�a dogm�tica (Lorda, 1999:
182-189) (Siglo XVII) vendr� a designar no una materia teol�gica sino
una manera particular de trabajar la teolog�a, se trata de la demostraci�n
del dogma, se trata de la teolog�a positiva. La teolog�a asc�tica
o m�stica viene a darse en contraposici�n con la teolog�a escol�stica,
teolog�a especulativa. Ya muy pronto tendremos la teolog�a moral,
teolog�a casu�stica; la teolog�a apolog�tica, la teolog�a del derecho,
la teolog�a espiritual y la teolog�a pastoral.
Es as� como la teolog�a sistem�tica
podr� dividirse en diversas disciplinas teol�gicas y en diversas partes
o tratados en la teolog�a dogm�tica. Son reconocidos De ecclesia,
De Deo Uno et Trino, De Deo creante et elevante, De Verbo incarnato,
De Christo Redentore, De Beata Vergine, De Gratia, De Peccato originale,
De Virtutibus Teologalibus, De Sacramenti, de Novissimis.
La teolog�a signada por el humanismo,
el renacimiento y la reforma viene a caracterizarse por: la creaci�n
de facultades de teolog�a, el retorno a lo cl�sico (la cultura laical),
la pluralidad de escuelas teol�gicas (agustinismo, tomismo, escotismo,
nominalismo), la preocupaci�n por la evangelizaci�n (dado los descubrimientos,
particularmente Am�rica), la reforma protestante.
Los manuales sistem�ticos vienen
a estar en forma en el siglo XVIII, ellos armonizan lo escol�stico,
positivo y pol�mico. En las facultades de teolog�a existen las c�tedras
de locis theologicis, teolog�a dogm�tica, teolog�a escol�stica, concilios e
historia eclesi�stica. Siempre estar� presente la Sagrada Escritura.
El m�todo teol�gico positivo-apolog�tico-manual�stico
est� dado:
Tesis�������������������������� propuesta
dogm�tica magisterial.
Contrarios������������������ enumeraci�n
de adversarios y objeciones
Pruebas��������������������� Comprobar
la verdad de la tesis.
����������������������������������
Argumentos de la Sagrada Escritura, la Tradici�n, el Magisterio.
Respuesta������������������ A las
objeciones.
Consideraciones�������� De car�cter
espiritual, de orden pr�ctico.
Se� va realizando una teolog�a positiva
o hist�rica caracterizada por la fragmentaci�n en especialidades,
la escisi�n entre teolog�a cat�lica, luterana, calvinista y otras.
Controversias y disputas entre las diferentes escuelas teol�gicas.
Imitando la cultura civil los manuales se han impuesto con una metodolog�a
enciclopedista en donde se impone el ordenamiento de materias antes
que la argumentaci�n de las fuentes. Igualmente, la apolog�tica racionalista
o teolog�a fundamental es la que impera.
La complejidad de la teolog�a preconciliar
nos testifica con la crisis modernista y el paso de una teolog�a magisterial
a una teolog�a de la revelaci�n c�mo hasta la primera mitad del siglo
XX la fragmentaci�n de la teolog�a y el predominio de sus especializaciones
presentada en manuales se conservaba con mucha fuerza. (Cfr. Berzosa,
1994: 9-33)
La racionalidad del kerigma en la
especializaci�n de la palabra
Si Dios se ha revelado en la palabra
y por la palabra, tal es el fundamento de la teolog�a kerigm�tica,
el texto escrito adquiere todo nuestro inter�s en cuanto a hacer teolog�a
se trata.
Se ha de partir del an�lisis textual
de la Sagrada Escritura, son los dos testamentos como textos inspirados
la realidad de estudio con relaci�n al m�todo que hemos de seguir.
Se ha de abordar el nivel sem�ntico, gramatical, estructural, redaccional
e hist�rico-cr�tico.
El objetivo es establecer el significado
que los autores de los libros sagrados quisieron expresar mediante
la aplicaci�n de una cuidadosa ex�gesis� que logre acceder a la acci�n
de Dios que se manifiesta en la Palabra.
Una mirada cr�tica nos lleva a ver
c�mo el car�cter emp�rico-exeg�tico de esta funci�n kerigm�tica dado
su alto porcentaje de positivismo hist�rico viene a ubicar en el pasado
de la historia del pueblo de Israel y de la Iglesia apost�lica el
cenit de la revelaci�n. En consecuencia el cristianismo queda identificado
como religi�n de archivos, tradici�n, libros, c�digos y documentos
que hemos de interpretar desde una ex�gesis ortodoxa para desde all�
poder deducir la doctrina a la cual hoy como cristianos hemos de acomodarnos.
El peligro ha sido el de una racionalidad
exeg�tica, reduciendo todo a una hermen�utica de �ndole textual. A
partir de all�, el texto escrito viene a tomar tal identidad con el
acto de revelaci�n que la palabra se petrifica vaci�ndose de todo
significado de sentido vital y existencial para la generaci�n que
interpreta. Por ello, en vez de gestar transformaci�n y cambio permanece
en formar especialistas en ex�gesis b�blica donde la sem�ntica y gram�tica
textual es su �nico inter�s.
No podemos desconocer el aporte que
para la labor teol�gica ha significado la ex�gesis en su rigor gramatical
e hist�rico textual de la Sagrada Escritura, ella es y sigue siendo
el fundamento normativo paradigm�tico y �nico. El int�rprete reconociendo
la objetividad del texto sagrado no permanece inm�vil ante �l, su
realidad como su entorno se ven alterados y modificados.
La racionalidad hermen�utica en
la especializaci�n de la historia
Basada en la historia como lugar
donde Dios acontece, la teolog�a hist�rico-hermen�utica se fundamenta
en la revelaci�n que acontece en la historia de la salvaci�n, la cual
pertenece a la historia universal.
De ah� la interpretaci�n de los acontecimientos
para comprender la acci�n de Dios en la historia. Es la historia,
el aqu� y el ahora, el ayer y el hoy, la situaci�n real y concreta
con la cual se trabaja, desde sus l�mites y alcances, luces y sombras,
positividades y negatividades. El m�todo hermen�utico-hist�rico interpretar�
la historia como historia� salv�fica donde Dios se revela.
El objetivo es establecer el sentido
salv�fico del acontecer hist�rico mediante la razonabilidad de la
historia que se dignifica como lugar de fe y revelaci�n.
Una mirada cr�tica nos lleva a ver
que las teolog�as de la historia de car�cter positivista han venido
a ahogar el presente haciendo del pasado y de su memoria el eje articulador
del acontecer salv�fico.
Sesgos de la racionalidad hist�rico-hermen�utica
de opciones est�ticas, culturales, progresistas y art�sticas han dejado
de lado otras historias en su elaboraci�n, dejando s�lo como historia
la oficial. Igualmente, se hace historia de los metarelatos originarios
de superestructuras olvidando los minirelatos y fragmentos de peque�as
historias, los cuales vienen a ser oscurecidos y a no ser tenidos
en cuenta.
No podemos desconocer el aporte que
para la labor teol�gica ha significado la raz�n hist�rico-hermen�utica.
La revelaci�n sucede en la historia y es en ella donde hemos de hallar
la acci�n de Dios. Sensible al contexto situacional la teolog�a se
aproxima a los fen�menos hist�ricos como acontecimientos mediadores
de la revelaci�n hist�rica de Dios cuyo presente y futuro se ven afectados
y exigidos como lo fue el ayer que es objeto de estudio.
La racionalidad pol�tico-social en
la especializaci�n de la liberaci�n
Dios se revela de manera particular
en los procesos de liberaci�n. La teolog�a pol�tica se fundamenta
en la revelaci�n de Dios unida a la acci�n emancipadora y liberadora
del pobre, oprimido y cautivo en b�squeda de mejores condiciones de
vida.
El m�todo aplica una reflexi�n cr�tica
sobre la historia cuya praxis de liberaci�n socio-pol�tica-econ�mica-cultural
de las v�ctimas es el eje nuclear de la acci�n salv�fica y redentora
de Dios. Son las estructuras sociales de convivencia en orden institucional
donde se han de objetivar los ideales evang�licos de paz, justicia
y libertad.
El objetivo es establecer la liberaci�n
de personas y comunidades mediante la acci�n de emancipaci�n de estructuras
injustas como finalidad y pretensi�n salv�fica de la revelaci�n de
Dios en la historia.
Una mirada cr�tica a las teolog�as
de la liberaci�n, entendiendo por ellas la teolog�a pol�tica m�s de
tinte europeo y norteamericano, como las de Latinoam�rica, Asia y
�frica, nos lleva a verificar el� uso y manejo que le dan a la filosof�a
y a las ciencias sociales, en donde en no muy pocos casos es tal la
amalgama realizada que la teolog�a se diluye o pareciera estar supeditada
a �stas.
Una cr�tica constante ha sido la
mirada parcializada o sesgada sobre la liberaci�n en sentido pragm�tico,
donde su acci�n apunta a una praxis determinada en orden pol�tico
social o econ�mico dejando a un lado el car�cter liberador integral
y total.
El uso de mediaciones de orden filos�fico
y social no suficientemente sopesadas, valoradas y discernidas hacen
que el instrumental anal�tico se coloque al servicio de otros presupuestos,
muchas veces de car�cter ideol�gico, alej�ndose de la estructura teol�gica
y por lo tanto de la fe eclesial.
Finalmente, el exclusivismo de la
teolog�a como �nicamente liberadora la convierte en dogmatismo intransigente
yendo en contra de la misma acci�n liberadora de la teolog�a.
No podemos desconocer el aporte que
para la labor teol�gica ha significado la reflexi�n cr�tica sobre
la praxis hist�rica de liberaci�n socio-econ�mica y pol�tico-social
de los pobres como acci�n salv�fica de Dios que se revela en la historia.
La funci�n social pol�tica-liberadora de la teolog�a contribuye a
descubrir como ella se ha de realizar a partir de la acci�n transformadora
que genera la opci�n por los pobres.
Conclusi�n
El relieve dado a la ciencia y con
ella al saber y a la raz�n en la modernidad conlleva un �nfasis en
su positividad, defini�ndola como un sistema objetivo de organizaci�n
de fen�menos que busca responder al sentido de la vida y de la realidad.
Los hechos se absolutizan, la autonom�a ejerce su fascinaci�n y la
distinci�n y separaci�n seducen. Lo cual trae como consecuencia la
fragmentaci�n del conocimiento y la especializaci�n de sus funciones.
La teolog�a a partir del m�todo apolog�tico-dogm�tico,
manual�stico en b�squeda del retorno a las fuentes de la fe y la controversia
con el mundo protestante viene a dar origen a la teolog�a positiva
en contraposici�n con la teolog�a especulativa hasta ahora trabajada
en todo el medioevo. He ah� la fuerza de las ediciones cr�ticas de
los textos antiguos, donde la Sagrada Escritura y manuscritos de los
padres de la iglesia fueron la condici�n t�cnica del trabajo teol�gico
positivista.
La fragmentaci�n del saber teol�gico
ha llegado hasta el siglo XX con una divisi�n tripartita de especialidad
teol�gica: teolog�a b�blica, teolog�a dogm�tica, teolog�a pastoral.
La atenci�n se focaliza en un saber teol�gico particular, el inter�s
no radica en la unidad teol�gica o en la teolog�a como unidad de conocimiento
sino en un apartado. En una teolog�a que podemos denominar cl�sica
esta fragmentaci�n de la unidad del saber teol�gico cre� especializaciones
y un sin n�mero de perspectivas, ayer afincadas en el horizonte de
las preocupaciones intraeclesiales, hoy en la urgencia de la secularizaci�n,
lo laical, la anal�tica del lenguaje, la problem�tica pol�tico-social.
Ciertamente, la especializaci�n del
m�todo en �reas del conocimiento ha tra�do como consecuencia la fragmentaci�n
con ella la separaci�n en compartimentos intocables donde la incomunicaci�n,
la poca intersubjetividad y la ausencia de lo social origina la incapacidad
de un tejido en proyectos comunes de articulaci�n.
Para una �poca como la nuestra, las
diferentes especializaciones de la teolog�a antes de contribuir a
la ruptura de la unidad del saber teol�gico nos lleva a asumir con
rigor el m�todo que hemos de trabajar a partir de la interrelaci�n
de las funciones, cuya configuraci�n e interpretaci�n del contexto
hist�rico y cultural de la realidad en la que se vive nos hace realizar
una labor teol�gica integral, suficientemente interactiva e interdisciplinaria.
Hoy, despu�s del proceso recorrido
a lo largo de los siglos de racionalismos y positivismos pseudoteol�gicos,
llegar a afirmar que la teolog�a no es una ciencia en el sentido moderno
del t�rmino no la hace no cient�fica sino por el contrario la hace
suficientemente capaz de encontrar su propia vocaci�n no como ciencia
opuesta, contraria y rival de las otras ciencias sino la de una sabidur�a
memorial del Evangelio, experiencia de la vida cristiana y conciencia
cr�tica de la fe personal y comunitaria.
Bibliograf�a
Alszeghy Z.,
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