Es hora de desenterrar el tesoro,
para compartir sus riquezas con los demás…

Por Yarolt Contreras, estudiante del último año de formación del Seminario
y en la actualidad, Diácono de la Arquidiócesis de Bogotá.

Quisiera compartir con los lectores de la página del Seminario -cuando estoy a pocos meses de culminar mi proceso de formación inicial- lo que ha significado  para mí, la experiencia formativa en esta Casa, aunque, de antemano, sé que es imposible abarcar en pocas palabras, el reconocimiento de todos los dones, las oportunidades, los encuentros formativos y los rasgos del perfil sacerdotal que el proceso educativo del Seminario ha forjado, con la Gracia de Dios, en mi vida; sin embargo, quiero invitarlos a desenterrar conmigo algunos de esos tesoros de la formación, esas piedras preciosas que se quedarán para toda la vida, y por las cuales el Señor ha realizado su obra.

 En primer lugar, el Seminario se ha convertido en Escuela de Discipulado,  como lugar privilegiado donde tuve los espacios y las oportunidades de encontrarme con el Señor y de instruirme a través de la Palabra, la Eucaristía, la Reconciliación y la Oración personal, que han fortalecido  mi vida y mi vocación  y me han permitido crecer en la inteligencia de la fe que sólo proviene del Espíritu. Sólo así he podido comprender el porqué de mi perseverancia en estos años y de la fidelidad al misterio de mi llamamiento en el ministerio ordenado.

En segunda instancia, el Seminario se convirtió en espacio privilegiado para la maduración humana, afectiva y comunitaria de mi vocación, permitiendo a través de todas las herramientas ofrecidas, el crecimiento en la sana autoestima, el autoconocimiento, la autoaceptación de mis limitaciones y el aprovechamiento de mis cualidades al servicio de mis hermanos de comunidad y de las diversas personas que encontré en las distintas comunidades parroquiales, a las cuales he servido y a quienes recuerdo con agrado.

En un tercer momento, esta Casa, orientada hacia la formación de verdaderos pastores a ejemplo de nuestro señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, me brindó los instrumentos necesarios para crear en mí, una inteligencia creyente, amante de la Palabra de Dios, las ciencias humanas y la Teología, como lenguajes propios de aquel que quiere comunicar de maneras diversas y en diferentes contextos, el mensaje del Evangelio, siempre en actitud dialogal con la cultura de este tiempo, sin temores y subterfugios frente a lo que ese anuncio pueda suscitar. Pienso en el valor de cada clase, congreso o seminario investigativo a los cuales tuve la oportunidad de asistir y frente a los cuales la visión del hombre, del mundo, de la Iglesia y de Cristo, maduró progresivamente.

En cuarto lugar, esta Casa y todos los que en ella viven, me enseñaron a través de la vida comunitaria, a valorar el don del otro, de su vocación y de la gradualidad de su respuesta en este proceso. Eso enriqueció mi cercanía y fraternidad con cada uno de ellos, así como la visión sobre el otro y sus riquezas, que con el paso de los años, se fue ampliando y convirtiendo para mí en continuo ejercicio de mi corresponsabilidad frente a sus procesos.

¿Qué decir en el ámbito de la experiencia pastoral? El aprendizaje y la adquisición de la sabiduría, las habilidades y el corazón del Buen Pastor que hoy se necesitan en el testimonio y la acción pastoral de nuestra ciudad, fueron constantemente forjadas en mi proceso, a través de las prácticas pastorales que el Seminario me brindó durante estos años.  Con gratitud, recuerdo las Parroquias de Santa María de Caná, Santa María de Jerusalén y María Estrella de Evangelización, al periódico El Catolicismo, al Centro de Pastoral Vocacional y la Casa de Retiros Espirituales Emaús, cuyas experiencias pastorales contribuyeron en la configuración de mi fisonomía como discípulo en camino de preparación hacia la adquisición de la mentalidad de Cristo y las capacidades para asumir las exigencias del Evangelio.

Por lo tanto, vivir y formarse en el Seminario, es una opción que implica coraje, conciencia y responsabilidad, de frente a la decisión asumida. Se requiere una profunda opción de fe en Jesucristo y en la Iglesia, así como una recta intención frente a la vivencia de la propia vocación, que no equivale a un puritanismo o un legalismo, sino al realismo de una opción hecha para hombres de carne y hueso, con sus cualidades y limitaciones y hacia los cuales, como en otro tiempo, se dirigió la mirada compasiva y misericordiosa de Cristo, Buen Pastor.

Al concluir este proceso de formación inicial, me siento comprometido a retribuirle a Dios en primer lugar y al Seminario, todo lo que me han concedido en estos años de la única manera que puede corresponder a lo recibido: con el buen ejercicio del ministerio a favor de los fieles y de las comunidades donde sea enviado por el Señor Arzobispo. Esto implica pensar que la formación es un proceso inacabado y que antes bien, es necesario continuar el proceso desde otra modalidad, bajo la perspectiva de un nuevo horizonte que se visualiza y  que permite divisar nuevos campos con tesoros, que exigirán por aquello mismo que poseen entrañablemente, dejar todo lo que se tiene para adquirirlos, desenterrarlos y compartirlos en sus riquezas con los demás.