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Formación de catequistas
Temas para la catequesis
Abrir la puerta, para que entre el se�or

El Jubileo del a�o 2000 fue un tiempo de gracia para el encuentro profundo con el Dios de la Vida. Uno de los signos m�s importantes de ese a�o jubilar lo constituy� la puerta. El Papa Juan Pablo II inici� los festejos del a�o Santo abriendo una puerta e invitando a toda la Iglesia a pasar por ella para acercarnos a Dios y comprometer nuestras vidas en el seguimiento de su hijo Jes�s, construyendo el Reino. La puerta, como s�mbolo, tiene mucho para decirnos en nuestra vida de catequistas.

La puerta de nuestro coraz�n

Como catequistas transmitimos lo que llena nuestro interior. Como la planta que orienta y mueve sus hojas hacia la luz que le da vida, tambi�n nosotros debemos orientarnos hacia el Dios bueno que vivifica y fortalece.

La lectura de la Palabra, los sacramentos, la oraci�n personal y grupal, la experiencia de comunidad, el compromiso solidario, nos van renovando desde el interior y nos ayudan a mantener abierta la puerta de nuestro coraz�n.

Pero no siempre abrimos la puerta para que Dios entre y empape nuestra vida. Todos tenemos rincones de nuestra existencia que permanecen inaccesibles a la presencia del� Padre. El crecimiento de la vida de fe, orientada por el Evangelio, puede ir �abriendo� esas puertas cerradas, para que la brisa del Esp�ritu llegue a toda nuestra persona. Y este es un trabajo de toda la vida, �cu�nto m�s para un catequista que busca transmitir a otros la fuerza de la Palabra!

Mar�a, madre, modelo y maestra del catequista, es el espejo para mirar nuestra vida y tomar ejemplo. Ella, como ninguna, supo abrir la puerta de su coraz�n para que Dios habitara en su interior. Se hizo portadora de la Vida que no acaba, l�mpara que nos ofrece la llama siempre viva de Jes�s. Como Mar�a, para engendrar al Dios del Reino y ayudarlo a nacer en nuestras comunidades, digamos s�, al pedido del Se�or de abrir el coraz�n.

La puerta de nuestro entendimiento

Como catequistas tenemos la responsabilidad de ayudar a otros a descubrir a Jes�s y a fortalecer su fe, transmitiendo las ense�anzas del Se�or, a la luz de la experiencia y gu�a maternal de la Iglesia. La formaci�n permanente, la lectura espiritual, el intercambio con otros, la asistencia a cursos-talleres-encuentros, ir� permitiendo el desarrollo y crecimiento de nuestra fe, para poder razones de ella y ense�arla a los dem�s. Como la planta, que para crecer y ser fuerte necesita el riego cuidadoso, peri�dico y permanente, tambi�n nosotros precisamos la formaci�n que de cimientos s�lidos a nuestra fe.

Abrir la puerta de nuestra mente para que la sabidur�a del Se�or vaya impregnando nuestro entendimiento. Es una gran responsabilidad del catequista y de su comunidad: formarnos para crecer, para saber, para vivir, para transmitir con m�s fidelidad.

La puerta de nuestro entendimiento no es sencillo mantenerla abierta. �Cu�ntas veces nos cerramos en posturas y formas de �entender� la vida y la fe que no encuentran su ra�z en el evangelio de Jes�s! �Qu� dif�cil es abrir nuestra mente para que el Dios Sabio sacuda nuestras ideas y nos invite a pensar las cosas desde su punto de vista!

Una vez m�s la virgencita es quien nos orienta en el caminar de nuestra espiritualidad. Ella vivi� la apertura de mente al proyecto de Dios y nos muestra la manera de hacerlo tambi�n nosotros. Los textos de la infancia de Jes�s en el evangelio de Lucas, cuando hablan de Mar�a repiten dos veces una frase que suena a nuestros o�dos como letan�a de vida.

��Mar�a meditaba estas cosas y las guardaba en su coraz�n�(Lc. 2, 19; 2, 51).

La virgen nos ense�a que para entender las cosas de Dios, primero hay que abrir la puerta del coraz�n.

La puerta de nuestras manos

Como catequistas somos testigos de lo que anunciamos. Es decir, transmitimos con nuestras vidas lo que presentamos con la palabra. Nuestro ejemplo es la mejor ense�anza y ser� ciertamente lo que ayude a enraizar el evangelio en los dem�s.

Como la planta, que ba�ada por la luz y regada por el agua, brota y da fruto, tambi�n nosotros, si abrimos la puerta del coraz�n y la del entendimiento, podremos abrir las manos para ofrecer las semillas de nuestro trabajo.

Abrir las manos significa practicar lo que anunciamos, lo que anida en nuestro coraz�n.

Abrir las manos significa vivir, como Jes�s, para mostrar con la vida, y con gestos concretos, que es posible una existencia distinta, ofrecida a los dem�s; generosa con todos, abierta al Padre y a los hermanos.

Mar�a nos ense�a con su testimonio que la verdadera transmisi�n de la Buena Noticia comienza con la pr�ctica. Luego de la anunciaci�n sabemos que se dirigi� en forma r�pida y resuelta a colaborar con su prima Isabel, que necesita una mano pues era mayor y hab�a quedado tambi�n embarazada (Lc. 1, 39-56).

El camino espiritual del catequista:

Tener coraz�n, mentalidad y manos abiertas...
para que Dios abra la puerta,
y su Esp�ritu habite en nosotros,
y seamos testigos de Jes�s,
ense�ando con nuestra vida
lo que abunda en nuestro coraz�n.

Para pensar y meditar

Abrir la puerta, para que entre el se�or

• �C�mo est�n las puertas de tu coraz�n, tu mente y tus manos?

• �Cu�les son los cerrojos que impiden que se abran por completo?

• �C�mo puedes abrir estas puertas al Se�or?

Ofr�cele a Dios un compromiso para abrirle la puerta en tu tarea y vocaci�n catequista.

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